Compañero buscabuya, peleón sin razón, y pugilista
feisbuquero, porfa, préstame un segundito de tu tiempo.
Te escribo tras harta consideración, después de decenas de
ocasiones en el pasado mes en el que, sin aviso, me descubrí en conversaciones
y debates con los tuyos y tú que terminaron por colmar el pequeño espacio en mi
corazón que les guardo. En cada una de estas instancias, tras gastar los
cartuchos informativos con los que defendieron agresivamente equis o ye
argumento (desde la misoginia, la superioridad de la clase media, la
acumulación del oro olímpico del estadounidense hasta el racismo, el éxito de
Trump, y la corrupción política puertorriqueña) ustedes remataron la
conversación apelando a la ciencia y atribuyéndole el comportamiento o la
situación en cuestión a la naturaleza humana.
La próxima vez que te halles a punto de culminar un
argumento apelando al comportamiento evolutivo de la actual rama del homo
sapiens sapiens, no lo hagas. Es fácil. Hasta los científicos que estudian los principios
de la especie suelen evitarlo. De hecho, en una revisión de los avances recientes
en las teorías evolutivas, Berwick y Chomsky han insistido que gran parte del
campo parte de la premisa que la biología en general, y la evolutiva en
específico, tiene más en común con la casuística que con la física de Newton.
Es decir, que construye sus reglas sobre el camino, a la vez que va
tropezándose con casos concretos, por lo cual siempre debe permanecer humilde, contingente.
Si no puedes evitarlo, te ofrezco una técnica retórica: la
próxima vez en la que te halles sin argumentos y no quieras aceptar tu
desconocimiento, te pido que reemplaces el fragmento “es que es naturaleza
humana” por uno más apto para tu situación: “me lo dijo un pajarito”. Quizás,
así, puedes ver dónde le van los puntos a las íes.
En fin, compañero buscabuya, ya que te consideras una
persona inteligente y racional, porfa, no seas bruto.
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