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lunes, abril 01, 2019

desaparecer, una columna


¿Cuánta indignación aguanta un cuerpo? ¿Cuántas rabias puede uno internalizar e incubar hasta que la cría empollada se haga llamarada y consuma todo lo que nos rodea?
¿Cómo es que hay tantas personas que, a través de las redes, logran avecindarse en esa ira biempensante y consiguen satisfacerla con la mera palabra o el gesto simbólico, sin sentir la necesidad de salir y llevar a cabo una acción real y materialmente radical? ¿O cómo es que los únicos locos que salen a la calle y se entregan a su arbitraria cólera son los que habitan en las más profundas cloacas racistas?
Me pregunto esto no sólo porque, como alguien que escribe y lee todo el tiempo, empiezo a pensar que se me ha averiado algo en la válvula de escape y ya no hallo solaz político o moral alguno ni en la palabra ni en la epifanía escrita. También me lo pregunto porque ante el imperativo contemporáneo (¡indígnate!) sólo logro responder con un profundo cansancio, o con un cinismo casi automático, que me sorprende y me incomoda, y tras el cual termino cuestionando al hablante, reaccionando al profundo narcicismo del otro, del “mi opinión importa”. No se me escapa lo irónico de decir esto en una columna de opinión. ¿Será, simplemente, que mi cuerpo ya no da más? ¿Qué, por ahora, he alcanzado algún límite neuronal? ¿Cómo hacer, entonces, para evitar la victoria de un profundo y dañino cinismo?
Por ahora, la respuesta ha sido, por un lado, darle la espalda a lo contemporáneo, mirarlo sólo de reojo, buscar los bolsillos de lo cotidiano en los que se anuncian otros modos, otras formas (la historia, a veces; la literatura, más a menudo); por el otro, intentar hacer de aquella vieja “How to Disappear Completely” de Radiohead un modo de vida: “Ese allí / ese no soy yo / voy a donde quiera / camino a través de las paredes / floto río abajo por el Liffey / no, no estoy aquí”.

martes, marzo 05, 2019

los 90 al papagayo, una columna

Esta columna se publicó en El Nuevo Día el 5 de marzo del 2019.



Los 90 al papagayo

A menudo intento hacer listas al papagayo de los eventos más importantes de una década. Fracaso profundamente. A menudo lo intento, particularmente, con los noventa, con la intención de entender algo, lo que sea, del presente.
Hasta ahora me agoto diciendo que se cayó el muro de Berlín, empezó y acabó la primera Guerra del Golfo, despuntó sangrientamente la de la antigua Yugoslavia, que se pasó una ley que hacía pero no hacía del español idioma oficial, que la isla entera recibió un premio literario a manos de un rey español por su excelsa defensa de la lengua, que se derogó esa ley, que se celebró el Quinto Centenario (¡la Gran Regata Colón!), nació la Unión Europea, ganó Rosselló (no este, el otro), que hubo no uno, no dos, sino tres plebiscitos, uno constitucional, dos de status (y sí, “ninguna de las anteriores” sigue siendo una locura); “Provócame, mujer, provócame”, que el desempleo llegó a veintitantos por ciento y los “carjackings” estaban de moda, “Mano dura contra el crimen”.
Inhalo, exhalo: que en Norteamérica se firmó NAFTA, “aum, oye lo que es un bembé”, que se alzaron los zapatistas en Chiapas, que le gané a mi hermano una pelea en Street Fighter II, que Ricky Martin lanzó A medio vivir (“tanta pasión, tanta osadía, oh, tú, fuego de noche, nieve de día”), que nació mi hermana, que Lorena Bobbit, OJ Simpson, Bill Clinton; ay, no, Selena, pobrecita; chiji, chijá, ganó el capitalismo; Madonna se pasó la bandera por…, el huracán Hortensia anunció a Georges, mi abuela perdió el techo de la casa; me conecté a internet por primera vez, se reconoció un primer ciudadano puertorriqueño, “Chim bum bam, que viva la alegría”, se derogó la 936 (pero dio tumbos una década más), se privatizó la Telefónica, hubo huelga nacional, una bomba mató a David Sanes en Vieques, se les dio clemencia a varios presos políticos…
Y hasta ahí doy, siempre con la impresión de que he olvidado lo más importante.

lunes, marzo 04, 2019

crisis de historia, una columna


Crisis de historia

Una amiga, en plena crisis de historia, me dice que la cosa está mala. No se refiere a la “cosa” de hoy día; mala desde que los dos salimos de la isla hace nueve años, seis meses y ocho días. Se refiere a la cosa histórica, esa de la que me escribe por Whatsapp cada vez que termina el capítulo más reciente de equis libro de historia. La crisis le pega periódicamente, casi siempre reflejo de algún altibajo personal. A medida que se va acercando la década afuera (“una sale pero no se va”, le gusta decir) se ha hecho más aguda y constante.
En esta ocasión, cuando escribe, se refiere a la cosa cafetalera. Si hace dos semanas me hablaba del principio del siglo diecinueve, ahí por fin va cerrando centuria. Desafortunadamente, había puesto sus esperanzas en el café. Antes de sus más recientes mensajes, la última vez que habíamos hablado, me había dejado con una escena que bien podía ser el final de temporada de una de esas series-vicio a las que todos estamos adictos. La escena, probablemente imaginada, me presentaba a un viejo Flaubert en París, una treintañera Pardo Bazán en Madrid, un asmático Tolstoi, y un Zeno Gandía en Ponce, justo en el mismísimo instante aléphico en el que comentaban, al son, el dulce aroma del grano puertorriqueño.
En su último mensaje, sin embargo, pega el año 1899 y el huracán San Ciriaco insiste en destruir la economía cafetalera y sus esperanzas. Decepcionada, me dice que va frustrándose, que sabe que lo que le sigue a esa época es la cañaveralización del país. Y esto le duele. Lo que busca, sabiendo que no lo encontrará, es un pasado ideal, un punto a partir del cual decir que todo se fastidió. Es una pena que lo único que encuentra, tanto para sí como para mí, es la novela de crecimiento de la maquinaria que terminará expulsándonos de la isla.

miércoles, enero 16, 2019

de amigos, una columna




De amigos

“Un amigo es un peso en el bolsillo”, nos dijo la maestra, como sentencia. Quería que confesáramos quién había cometido ya ni sé cuál fechoría. Recuerdo claramente que apunté el refrán en mi libreta porque no lo entendí de entrada. ¿Qué podría significar que un amigo fuera un peso, un dólar, cuidadosamente guardado en el mahón color khaki del uniforme?
No pregunté, claro está, porque quien flaqueaba, perdía y pasé el resto de la clase malinterpretándolo. En aquel entonces, antes de comenzar a repartir periódicos a los doce años, mi mamá me daba dos pesos a la semana y, en general, intentaba ahorrarlos, a pesar de que todos los días algún dulce o fritura o carta Magic the Gathering me tentara en horario escolar. A veces ahorraba por meses y, de repente, daba una semana de insatisfacción y los desperdiciaba todos en porquerías.
¿Querría decir la maestra que un amigo era ese peso, que gastaba por capricho? ¿O era todo lo contrario? ¿Que un amigo era ese peso que intentaba no derrochar, que ahorraba por mucho tiempo, aun sabiendo que, eventualmente lo usaría, ficha de intercambio al fin, y me arrepentiría?
Me pareció un refrán cruel y lo olvidé poco después. Solo lo recordaría cada vez que me preguntara por aquel mejor amigo (el culpable, de hecho) que me acompañó durante los años escolares hasta que desapareció poco antes de graduarnos. Lo recuerdo siempre, también, en esta época, aunque ya entiendo que el peso al que se refería la maestra no era cuestión monetaria.
Una forma de hacer inventario de un año es con una lista de amistades, nuevas y viejas, recién adquiridas o finalmente perdidas. Hay años que terminas en superávit, años loterías que casualmente culminan prósperos, repletos de cariños nuevos. Pero también hay otros que no, años como este que pasó, años rojos con más bajas de lo esperado, cada una pequeña bancarrota, un doloroso fin de mundo. La única resolución válida, en momentos así, es querernos más, querer mejor.

miércoles, diciembre 05, 2018

Esta columna se publicó en El Nuevo Día el 3 de diciembre del 2018.


Los salarios

Un titular en este diario ayer anunciaba “Los empleos con la mejor y la peor paga”. Al ojearlo, en vez de pasar a leer sus contenidos y deprimirme un poco más, casi por instinto saqué un papel y escribí “Diez empleos que en mi mundo pagarían un montón”.
 Inmediatamente lo infantil del título de mi lista, intensificado por mi caligrafía preadolescente, me dio un poco de vergüenza y la rebauticé: “Teoría aplicada sobre salario social y valor de uso”. Sintiéndome filósofo marxista, y, por lo tanto, listo pa’ lo que fuera, me pregunté por mi criterio.
 De entrada, no se me ocurrió nada. Mentira; la verdad es que mi primer impulso fue poner mi empleo en el primer lugar y cerrar el proceso. Sin embargo, ya que había hecho nacer un mundo, tenía la increíble e ineludible responsabilidad de decidir qué valorizar más: aquellos trabajos necesarios para el funcionamiento social (justo en ese momento, un camión de basura se detenía frente a casa a recoger los zafacones), o trabajos superespecializados (por ejemplo, el grupo de personas que diseñaron el camión de la basura; también en el dentista con quien tengo cita en dos horas). Pensé que, tal vez, reconocer esos dos ejes sería suficiente y algún balance podría sacarse de ellos. Si realmente creaba un mundo, era inevitable que tuviera asistentes, así que les pasaría a ellos la resolución de la ecuación. Mi lista, confieso, sería alguna combinación de: maestra, basurero, albañil, ingeniero, doctor, científico, superhéroe, gente que sirve comida a otros, amas de casa, etcétera.
Temí que La Oposición (mi mundo es democrático, obvio) insistiría en que debía dejar que el mercado resolviera el asunto y, como ya no me pareció divertido, decidí concluir el juego, y leer el artículo en cuestión. En el top ten de empleos más remunerados, estaban los legisladores y los altos ejecutivos en el gobierno y el sector privado. Qué badtrip.
 Tengo un amigo que dice que el que hace la ley, hace la trampa.

martes, noviembre 06, 2018

ciencia ficción, una columna



Ciencia ficción


Ya habías escuchado de ellos. De vez en cuando y de mil en cien, sus nombres habían sido pronunciados por algún conocido. Quizá no lo registraste en el momento, pero ahora que lo piensas, ahora que es inevitable, recuerdas esas conversaciones.
Llevan ahí mucho tiempo, después de todo, aunque imperceptibles para la mayoría de la isla. Su trabajo, sin embargo, se ha llevado a cabo con fuerza e intensidad, pero en voz baja. Te preguntas, ahora, ¿cómo es que no los notaste antes?
Fue solo el huracán, la destrucción, y el colapso posterior lo que los dejó expuestos. Fue entonces que los viste como eran, no ya grupos dedicados a equis o ye tipo de trabajo social o ecológico, sino células autogestionadas que, de repente, parecían funcionar a partir de otras coordenadas.
Recuerdas cómo, cuando fuiste enterándote de las iniciativas post-María de estas distintas brigadas, de los distintos comedores sociales y grupos comunitarios, de la Casa Pueblo de Adjuntas, etcétera, pensaste precisamente en que no parecía real.
Para procesarlo, imaginaste una historia de ciencia ficción que tomaba lugar en un mundo distópico, de destrucción medioambiental, explotación mercantil, y gobiernos ineficientes. En ese mundo, cada cierto tiempo se daban crisis terribles en los que la vida se hacía imposible. Casi por reflejo, surgían pequeñas repúblicas fugaces. En ese espacio, estas pequeñas agrupaciones activaban solidaridades viejas y garantizan la supervivencia de sus pequeños territorios. Luego, cuando pasaba la crisis, se deshacían en el aire, y la gente volvía a lo suyo.
En tu historia, lo que generaba el drama era el momento en el que un grupo de gente intentaba sostener esas pequeñas irrupciones republicanas más allá de su instante. En tu historia, los personajes se preguntaban ¿qué pasaría si insistían en mantener abierto ese espacio de autonomía más allá de la crisis? ¿Qué pasaría si aceptaran que el futuro no es un después, y que lleva tiempo entre nosotros?

martes, septiembre 04, 2018

Caguas, una columna




En junio, salí tempranísimo de la casa de mis papás en Bairoa y encontré la Avenida Luis Muñoz Marín de Caguas tan vacía que pude hasta casi imaginármela nueva. No tenía ni idea de cuándo la construyeron, pero supuse (incorrectamente) que no hacía tanto, que seguramente el municipio entero rebosó los cauces que lo mantuvieron ruralía en algún momento de los años sesenta. Pero me la estaba inventando, claro. En mi recorrido madrugador, me di cuenta que me habría gustado poder racionalizar el entorno, historizarlo. Desafortunadamente, sólo cuatro o cinco municipios en esta isla se permiten a sí mismos la vanidad de tener historia. Los otros se entregan a la merced de la memoria de sus habitantes.
Si cierro los ojos y pienso en el municipio, veo la plaza, el Paseo de las Artes, y un tramo vulgar y cotidiano pero específico de la carretera que me encanta desde niño. Es el pedacito que va desde la irrupción violenta de la Avenida en una de las orillas de la PR#1 hasta el punto donde coincide con la Rafael Cordero. Justo a la mitad de ese trayecto de milla y media está el Caldero Chino, un restaurante al cual nunca he ido a pesar de que le he pasado por el lado un millar de veces, y casi diametralmente opuesta a este, la inmensa torre de los Condominios Santa Juana. Cuando era niño, toda esa área apestaba mucho.
Otro lugar que puedo visualizar sin mucho esfuerzo, también en la Rafael Cordero, es el Parque de béisbol Solá Morales, antiguo hogar de los Criollos de Caguas, a pesar de que fui sólo dos o tres veces de niño. Pero no insistiré en este aquí, ya que recientemente han anunciado que, en vez de conservarlo, o museificarlo, lo derribarán. He decidido que sólo recordaré las calles cagüeñas y nada más, así me será posible hacer las paces con el hecho de que mi municipio insiste en hacerse estandarte del afán del olvido y la desmemoria.

martes, agosto 07, 2018

Mala hierba, una columna




Mala hierba

De repente, parado en pleno jardín con guantes puestos, me doy cuenta que no sé qué estoy haciendo. Digo, sé que, para darle paz al vecindario, finalmente me estoy encargando de poner el jardín de la casa en orden. También sé que esto implica arrancar las malas hierbas, dejar espacio específicamente para las plantas que florecen o florecerán. Sé que, para lograrlo, no debo tener presente sólo lo evidente, sino más importante poder entender tanto el pasado y futuro de aquello que he dejado convertirse en matorral.
Ante la creciente sensación de estar donde no debo, miro los jardines de los vecinos e intento comparar los matojos que crecen aquí y allá. ¿Qué tan difícil puede ser? Decido hacer lo que sí sé y me siento entre las plantas y me busco por internet qué exactamente caracteriza una mala hierba. La definición clásica, desafortunadamente, no ayuda: es cualquier planta que crece espontáneamente, fuera de lugar.
Al verme, una vecina recomienda que me asegure de eliminar las raíces de no-sé-qué. Le sonrío y digo eso intento, pero que esas malditas se escabullen. Se ríe y dice que así es. La farsa me hace sentir aún más inútil.
Mentiría si les dijera que cuando vivía en la isla era un especialista en la flora cagüeña. Pero, más allá de poder diferenciar entre equis y ye planta, lo que sí tenía era el vocabulario para nombrar todo lo que crecía por mi casa. De hecho, no sólo lo que crecía. Creo que podría nombrar cada ave que pasaba por nuestro patio, cada insecto y lagartija.
La migración no sólo implica grandes cambios y desplazamientos, o pérdidas y ganancias dramáticas. Hay todo un registro de pequeñas dislocaciones que nos toma años descubrir. Pérdidas mínimas —hasta banales, es cierto—, por ejemplo, la incapacidad de nombrar esas flores de pétalos amarillos que se estiran como una falda en una cintura morena y que, al mirar alrededor de mí, a los lindes del jardín, me rodean.

sábado, julio 21, 2018

sed de historia, una columna



Sed de historia

Últimamente despierto con sed de historia. Llevo casi un mes así, con una sequía en la garganta que no logro saciar ni con la historia que aprendí en la escuela y en la universidad.
Sufriendo de la condición, el otro día daba una vuelta por la Plaza de Caguas y, viéndola aun arrasada, quise saber algo de ella más allá de los datos sueltos y los recuerdos que he acumulado a través de los años. Al llegar a casa, le escribí a un amigo que parece saber la historia de todo, y me contó de cuarenta años de política municipal, de la época de los nacionalistas en Caguas, las décadas tabaqueras del municipio, y, eventualmente, del hatillo de Tomás de Castro. Sin embargo, mientras leía sus respuestas, me comencé a percatar que lo que busco es otro tipo de historia.
Poco a poco, descubrí que lo más que se acerca a esta, hasta ahora, se encuentra en la anécdota. No sólo la de los viejos, aunque esta es la más ofrecida, la más intrigante. No hablo necesariamente del pasado “histórico”. Hoy por hoy parecería ser más fácil hablar de los años cincuenta y sesenta, que de los setenta, ochenta, y noventa. Resulta que, por alguna razón, es ahí que se halla el vaso de agua que ansío. Cuando se ofrecen anécdotas de esta época reciente, salto a ellas y, sin darme cuenta, me paso de la raya. Las preguntas dejan de ser casuales y se hacen demasiado quisquillosas. A nadie le gusta el averiguau.
Pero es que también he descubierto que lo que intento es enlazar todas estas anécdotas y armar una historia que explique el momento actual; armar un relato que no se agote ni en la política ni en lo personal. Quizás sea ahí, en ese otro registro, desde ese otro lugar, que se pueda contar una historia de la fuerza de esta isla que contenga esa cosa que la mantiene flotando aún en este perenne estado de sitio.

martes, junio 05, 2018

el limonero, una columna



Confieso que es la primera vez que regreso a la isla después del huracán. También que, cuando me levanté el segundo día y salí a caminar por el patio de la casa de mis papás, olvidé los estragos de las ráfagas, los videos, los zapatos frente al Capitolio y, con ellos, nuestros muertos. No fue un olvido intencional sino una de esas lagunas a las que te empuja a fuerza la cotidianidad. Lo olvidé todo y, aunque me pregunté por el palo de guayabas que ya no estaba, hice un repaso de los otros y noté que allí seguían, verdes. Me tomó un segundo registrar que, entre el muro de contención que aguanta el monte y el de propiedad que marca el vecindario, detrás de los otros árboles y al fondo del patio, algo sucedía con el limonero.
El palo de limón lo sembraron antes de que me fuera. Pero a través de lo que ya va haciéndose una década de regresos intermitentes e imposibles, lo he visto crecer. Cada vez que vuelvo, salgo a coger los limones verdes y duros que produce y los exprimo a la docena hasta sacarles el poco jugo que insisten en ofrecer y que siempre me ha parecido una prueba fehaciente del carácter voluntarioso de la vida vegetal.
El limonero estaba seco. A primera vista, sus ramas se expandían en todas las direcciones, fuertes. Pero no tenían ni una hoja. Toqué una rama y pude romperla sin esfuerzo. ¿Qué le pasó?, me pregunté y, al instante, noté que si las ramas permanecían en su lugar era porque alguien—mi padre, supongo—les había armado un exoesqueleto de alambres y sogas finitas que las mantenían en su lugar. Tracé el armatoste hasta el tronco y de ahí otra vez hacia las ramas más extensas. En la punta de una, anunciándose futuro, vi dos hojitas verdes renacer.
“María”, me dije, como explicándomelo y me sentí profundamente culpable.
Desde entonces encuentro ese limonero en todos lados; en los letreros aún caídos, en los postes inclinados, en las anécdotas de mis familiares. A primera vista, uno parecería ver el mundo antes de María, pero uno no hace más que acercarse y nota los alambres y soguitas que lo sostienen todo, evitando el desplome.



martes, mayo 01, 2018

El interruptor 36210, una columna

Esta columna apareció el martes, 1 de mayo del 2018, en El nuevo día.

Central de Palo Seco

El interruptor 36210

Hace unas semanas se le fue la luz otra vez a un amigo. Me escribió poco después para disculparse por haberse ausentado a una reunión que tendríamos por videoconferencia. Cuando hablamos, me explicó, de manera casual, que la interrupción en el servicio se debió a la activación de un mecanismo de seguridad que tumbó la central de Palo Seco para protegerla de una avería y explosión que ocurrió minutos antes en el interruptor 36210 de Monacillo, lo que pudo haber echado a perder todo el sistema.
Mi amigo lo había leído online. Le comenté que me sorprendía que la información sugiera tan natural y nos reímos. Me confesó que no sabía por qué sentía la necesidad, después del huracán, de averiguar ahora qué falla causó qué. No era que pudiera hacer algo al respecto, pero de repente le parecía importante saber.
Después de casi cinco meses de estar sin luz y tras su repentino regreso en enero, el sistema eléctrico había adquirido una materialidad que nunca antes había considerado. Me dijo que cada vez que prendía un interruptor se imaginaba una de esas escenas de las películas en las que se viaja a alta velocidad por una serie de tubos y nervios. Era casi como si pudiera ver toda la infraestructura sobre la que dependía su vida —y más él que trabaja desde su casa. No sólo visualizaba la infraestructura, sino además que sentía (y temía) su fragilidad.
Poder identificar el origen del problema —el interruptor 36210, en el caso anterior—, le hacía sentir despierto. Como si al tener claro el diagnóstico, pudiera estar un poco más en control de los remedios.
Esta consciencia infraestructural, uno de los legados materiales más claros de María, insinúa un potencial social y político prometedor. Quizás su generalización haga posible comenzar a llamar al pan, pan, y al vino, vino. Quizás entonces podamos ver la necesidad de salir a la calle este primero de mayo.

jueves, abril 05, 2018

la sangría, una columna



La sangría

“Hacienda proyecta la pérdida de 500,000 contribuyentes en cinco años”, anunció un titular de este diario esta semana. Cuando lo leí, me tembló un poco la mano. Me abaniqué, y, a pesar de que nunca había sentido una cosa así, concluí que aquello era una alegría inusitada, profunda. La alegría surgía del hecho de que, por primera vez, pude imaginarme un Puerto Rico más justo y equitativo.
La caminata hacia ese horizonte de la igualdad sería jalda arriba, me dije.
Valdría la pena imaginársela como una sangría, el procedimiento médico más popular desde la antigüedad hasta el siglo XIX. Las sangrías o flebotomías implicaban hacer un tajito en una vena periférica a través del cual un paciente dejaba salir un chorrito continuo de sangre. La expulsión, creeríamos, culminaría en beneficios ya que dejaría escapar malos humores. Si lo de llenar un envase de sangre parecía de mal gusto al paciente, también podrían colocarse, de manera estratégica, una serie de sanguijuelas que chuparían la sangre infectada. Al finalizar el proceso, una vez toda la sangre había sido eliminada, el paciente habría de volver a fortalecerse, tras un periodo de descanso.
Para restaurar y fortalecer a la isla, para crear un Puerto Rico justo e igualitario, sería necesario continuar la sangría. Con quinientas mil emigraciones más cada cinco años, en cuestión de treinta, la isla se vaciaría, y podría tomarse un break. Las sanguijuelas las hemos tenido pegadas al costado desde el principio de nuestra historia, aunque ahora están halando más sangre que nunca. Si, desde entonces, nuestra clase política sólo ha sido capaz de trabajar para sí, quizás dejándole el canto y yéndonos todos nosotros para otros lares, redistribuirían el bienestar y accederían a garantizarle a la población restante, que serían ellos mismos, un poco de dignidad. Quizás sin pueblo, también se comprometerían a la justicia e igualdad.
Ignoremos que, a menudo, las sangrías mataran a los pacientes. Podría ser una victoria de esas que llaman pírricas.

viernes, marzo 09, 2018

ciento veintisiete, una columna





Ciento veintisiete

Ciento veintiseis familias puertorriqueñas han emigrado, después de María, a Lorain, Ohio un pueblo limítrofe al mío. El número varía siempre que me lo mencionan—le suman o restan veinte, aunque desde enero ha sido bastante estable. Así lo reportó, también, el Cleveland Chronicle ayer.
La verdad es que me lo mencionan mucho. La última vez fue el jueves pasado, como a las cuatro de la tarde. Iba de camino a casa y alguien me detuvo. Me preguntó si sabía que ciento veintitantas familias boricuas se habían mudado a Lorain. Le dije que algo así había escuchado. Sonrieron y ya, se despidieron.
En ese momento llovía. A las cinco, granizaba. A las ocho, se fue la luz por un ratito y entre ráfagas logré ver la nieve acumulándose encima del buzón, el cual accidentalmente dejé abierto al llegar. En la isla, Palo Seco se había ido a pique. Pensé el nuestro como un acto de solidaridad.
La primera vez que me mencionaron lo de los puertorriqueños fue poco después del huracán. Alguien me comentó, en un bar, que los expertos decían que llegarían seis mil boricuas al área antes de que diera el día del pavo. En mi pueblo apenas hay ocho mil personas. No había duda que se trataba de una exageración. Sin embargo, antes de que el tipo terminara de explicarme cómo esto cambiaría el mapa electoral o salvaría la economía local, o terminaría de sepultar el sistema escolar (ya no sé cuál de esas fue la suya), se me empañó la vista y juré ver, en el único televisor del bar, el edulcorado rostro del gobe Ricky Roselló; escuchar el suave susurro de Chayanne en la radio; y, por mi madre, oí, pasando las mesas altas del bar y llegando al 2005, la tierna voz de mi difunta abuela, regañándome y obligándome a besar una bolsa de pan tras haberla dejado caer.
Cientoveintiseis familias puertorriqueñas han emigrado a Lorain, Ohio. A mi pueblo, sólo llegó mi hermana. 

martes, febrero 06, 2018

bogotá39-2017, una columna

Escribí unas 330 palabras pa mi columna mensual, más afectadas de lo que me habría gustado, sobre la semana pasada en el Hay Festival-Cartagena y el Bogotá39-2017.
Acá unos veintitantos de los 39. La foto es de Daniel Ferreira, uno del grupo.

#Bogotá39

A veces las formas que tenemos de hacer el tiempo legible nos fallan. De golpe miras el calendario y ese día intenso y alegre que recién viviste realmente fueron seis. Te descubres en ese momento incapaz de procesar lo vivido, de decir qué aprendiste, si algo. Para asirlo, lo que queda es alternar al registro periodístico, sacudir lo inenarrable. De modo que te ves obligado a decir, tanto a los demás como a ti mismo, que el miércoles pasado culminó, en Cartagena y Bogotá, un encuentro asociado al Hay Festival llamado Bogotá39, en el que participaste por casi una semana.
El evento partía de una lista del mismo nombre, curada por Carmen Boullosa, Leila Guerrero y Darío Jaramillo, que ofrecía un panorama de escritores prometedores latinoamericanos menores de 40. Era la segunda edición de una del 2007, en la que Yolanda Arroyo representó la isla. En el marco del Festival, se dieron charlas que partían de la literatura para hablar del desplazamiento, de lo político, del activismo, de la desigualdad de género, la creatividad, etcétera, aunque siempre se regresó a aquello por lo que estaban allí, los libros…
Y ya. Me disculpo. Apenas puedo añadir mucho más que eso. Siento que le hago una injusticia al evento. Culpo a la persona que decidió meternos en un hotel, hacernos convivir como si de un experimento social se tratase. Confieso que no sé qué pasó allí que fuera memorable para un público lector y que me siento como parte de un culto, testigo deficiente, pero creyente al fin, de un pequeñísimo milagro.
Si algo puedo decir aquí con certeza, es que, durante el Bogotá39, aquel largo día que realmente fueron seis, se vivió, entre una treintena de desconocidos, un extrañísimo momento de sincronía, un momento a partir del cual se suspendió lo cotidiano y, como si en un vacío, lo literario fue suficiente para entablar complicidades.
Supongo que sí aprendí algo; que la literatura también es eso: el imprevisible misterio de coincidir con extraños.

domingo, febrero 04, 2018

imagínate, mi columna del mes pasado

Se me olvidó colgar mi columna del mes pasado, que salió el 2 de enero del 2018. La verdad que últimamente he estado esporádico, pero espero corregir eso en el 2018. A ver si encuentro de qué escribir.




Imagínate

Imagínate juntar a los tuyos y darte a la fuga. Dejarlo todo atrás y seguir la vida en otro lugar. Digamos que ya estás harta del status quo, que ya criticaste y participaste de todas las protestas en las que podías participar, y que simplemente te cansaste lo suficiente.
Olvida los detalles. Pichéale a las deudas que se acumulan, al pagaré del auto en el que escaparás. Ignora todo los peros que te surjen de repente, y entregate a la imaginación: ¿con quién y a dónde?
¿Te gustaría echarlo todo al baúl y salir todos en caravana hacia el interior, hacia el monte, manejar sin destino jalda arriba por esa oscura carretera que pasas siempre la única vez en el año que vas a visitar a tu suegra, o a tu abuela allá en el campo? ¿Querrías, por pura suerte, dar con un lote vacío, con un patio edénico, repleto de frutas y verduras y gallinas para el friasé, una casa ya lista, y lo necesario para bregar? Imagínate que se les dá, y que todos a los que invitaste se apuntaron, y que están felices y dispuestos, ¿qué forma le darías a ese nuevo mundo entonces? ¿Sería igual que este?
Si lo del regreso a la naturaleza no es lo tuyo, imagínate que frotas una botella accidentalmente, y un genio te dice que tú y los tuyos se pueden ir al lugar que tú quieras y que ese país los acogerá, les dará todo y ayudará a materializar tu visión, ¿a dónde irías? ¿cómo vivirías?
O, mi querida Bartleby, si prefieres no hacerlo, imagínate que te quedas tal y como estás, y que no cambiará mucho en tu vida, que quizás tendrás un momento feliz aquí, uno tristón allá, pero que mes tras mes, armarás resoluciones de año nuevo que no podrás satisfacer por completo, y que mañana tras mañana despertarás justo ahí, en ese mismísimo lugar, hasta el día que ya no.
Lo que importa es que imagines.