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martes, marzo 05, 2019

los 90 al papagayo, una columna

Esta columna se publicó en El Nuevo Día el 5 de marzo del 2019.



Los 90 al papagayo

A menudo intento hacer listas al papagayo de los eventos más importantes de una década. Fracaso profundamente. A menudo lo intento, particularmente, con los noventa, con la intención de entender algo, lo que sea, del presente.
Hasta ahora me agoto diciendo que se cayó el muro de Berlín, empezó y acabó la primera Guerra del Golfo, despuntó sangrientamente la de la antigua Yugoslavia, que se pasó una ley que hacía pero no hacía del español idioma oficial, que la isla entera recibió un premio literario a manos de un rey español por su excelsa defensa de la lengua, que se derogó esa ley, que se celebró el Quinto Centenario (¡la Gran Regata Colón!), nació la Unión Europea, ganó Rosselló (no este, el otro), que hubo no uno, no dos, sino tres plebiscitos, uno constitucional, dos de status (y sí, “ninguna de las anteriores” sigue siendo una locura); “Provócame, mujer, provócame”, que el desempleo llegó a veintitantos por ciento y los “carjackings” estaban de moda, “Mano dura contra el crimen”.
Inhalo, exhalo: que en Norteamérica se firmó NAFTA, “aum, oye lo que es un bembé”, que se alzaron los zapatistas en Chiapas, que le gané a mi hermano una pelea en Street Fighter II, que Ricky Martin lanzó A medio vivir (“tanta pasión, tanta osadía, oh, tú, fuego de noche, nieve de día”), que nació mi hermana, que Lorena Bobbit, OJ Simpson, Bill Clinton; ay, no, Selena, pobrecita; chiji, chijá, ganó el capitalismo; Madonna se pasó la bandera por…, el huracán Hortensia anunció a Georges, mi abuela perdió el techo de la casa; me conecté a internet por primera vez, se reconoció un primer ciudadano puertorriqueño, “Chim bum bam, que viva la alegría”, se derogó la 936 (pero dio tumbos una década más), se privatizó la Telefónica, hubo huelga nacional, una bomba mató a David Sanes en Vieques, se les dio clemencia a varios presos políticos…
Y hasta ahí doy, siempre con la impresión de que he olvidado lo más importante.

lunes, marzo 04, 2019

crisis de historia, una columna


Crisis de historia

Una amiga, en plena crisis de historia, me dice que la cosa está mala. No se refiere a la “cosa” de hoy día; mala desde que los dos salimos de la isla hace nueve años, seis meses y ocho días. Se refiere a la cosa histórica, esa de la que me escribe por Whatsapp cada vez que termina el capítulo más reciente de equis libro de historia. La crisis le pega periódicamente, casi siempre reflejo de algún altibajo personal. A medida que se va acercando la década afuera (“una sale pero no se va”, le gusta decir) se ha hecho más aguda y constante.
En esta ocasión, cuando escribe, se refiere a la cosa cafetalera. Si hace dos semanas me hablaba del principio del siglo diecinueve, ahí por fin va cerrando centuria. Desafortunadamente, había puesto sus esperanzas en el café. Antes de sus más recientes mensajes, la última vez que habíamos hablado, me había dejado con una escena que bien podía ser el final de temporada de una de esas series-vicio a las que todos estamos adictos. La escena, probablemente imaginada, me presentaba a un viejo Flaubert en París, una treintañera Pardo Bazán en Madrid, un asmático Tolstoi, y un Zeno Gandía en Ponce, justo en el mismísimo instante aléphico en el que comentaban, al son, el dulce aroma del grano puertorriqueño.
En su último mensaje, sin embargo, pega el año 1899 y el huracán San Ciriaco insiste en destruir la economía cafetalera y sus esperanzas. Decepcionada, me dice que va frustrándose, que sabe que lo que le sigue a esa época es la cañaveralización del país. Y esto le duele. Lo que busca, sabiendo que no lo encontrará, es un pasado ideal, un punto a partir del cual decir que todo se fastidió. Es una pena que lo único que encuentra, tanto para sí como para mí, es la novela de crecimiento de la maquinaria que terminará expulsándonos de la isla.

miércoles, enero 16, 2019

de amigos, una columna




De amigos

“Un amigo es un peso en el bolsillo”, nos dijo la maestra, como sentencia. Quería que confesáramos quién había cometido ya ni sé cuál fechoría. Recuerdo claramente que apunté el refrán en mi libreta porque no lo entendí de entrada. ¿Qué podría significar que un amigo fuera un peso, un dólar, cuidadosamente guardado en el mahón color khaki del uniforme?
No pregunté, claro está, porque quien flaqueaba, perdía y pasé el resto de la clase malinterpretándolo. En aquel entonces, antes de comenzar a repartir periódicos a los doce años, mi mamá me daba dos pesos a la semana y, en general, intentaba ahorrarlos, a pesar de que todos los días algún dulce o fritura o carta Magic the Gathering me tentara en horario escolar. A veces ahorraba por meses y, de repente, daba una semana de insatisfacción y los desperdiciaba todos en porquerías.
¿Querría decir la maestra que un amigo era ese peso, que gastaba por capricho? ¿O era todo lo contrario? ¿Que un amigo era ese peso que intentaba no derrochar, que ahorraba por mucho tiempo, aun sabiendo que, eventualmente lo usaría, ficha de intercambio al fin, y me arrepentiría?
Me pareció un refrán cruel y lo olvidé poco después. Solo lo recordaría cada vez que me preguntara por aquel mejor amigo (el culpable, de hecho) que me acompañó durante los años escolares hasta que desapareció poco antes de graduarnos. Lo recuerdo siempre, también, en esta época, aunque ya entiendo que el peso al que se refería la maestra no era cuestión monetaria.
Una forma de hacer inventario de un año es con una lista de amistades, nuevas y viejas, recién adquiridas o finalmente perdidas. Hay años que terminas en superávit, años loterías que casualmente culminan prósperos, repletos de cariños nuevos. Pero también hay otros que no, años como este que pasó, años rojos con más bajas de lo esperado, cada una pequeña bancarrota, un doloroso fin de mundo. La única resolución válida, en momentos así, es querernos más, querer mejor.

miércoles, diciembre 05, 2018

Esta columna se publicó en El Nuevo Día el 3 de diciembre del 2018.


Los salarios

Un titular en este diario ayer anunciaba “Los empleos con la mejor y la peor paga”. Al ojearlo, en vez de pasar a leer sus contenidos y deprimirme un poco más, casi por instinto saqué un papel y escribí “Diez empleos que en mi mundo pagarían un montón”.
 Inmediatamente lo infantil del título de mi lista, intensificado por mi caligrafía preadolescente, me dio un poco de vergüenza y la rebauticé: “Teoría aplicada sobre salario social y valor de uso”. Sintiéndome filósofo marxista, y, por lo tanto, listo pa’ lo que fuera, me pregunté por mi criterio.
 De entrada, no se me ocurrió nada. Mentira; la verdad es que mi primer impulso fue poner mi empleo en el primer lugar y cerrar el proceso. Sin embargo, ya que había hecho nacer un mundo, tenía la increíble e ineludible responsabilidad de decidir qué valorizar más: aquellos trabajos necesarios para el funcionamiento social (justo en ese momento, un camión de basura se detenía frente a casa a recoger los zafacones), o trabajos superespecializados (por ejemplo, el grupo de personas que diseñaron el camión de la basura; también en el dentista con quien tengo cita en dos horas). Pensé que, tal vez, reconocer esos dos ejes sería suficiente y algún balance podría sacarse de ellos. Si realmente creaba un mundo, era inevitable que tuviera asistentes, así que les pasaría a ellos la resolución de la ecuación. Mi lista, confieso, sería alguna combinación de: maestra, basurero, albañil, ingeniero, doctor, científico, superhéroe, gente que sirve comida a otros, amas de casa, etcétera.
Temí que La Oposición (mi mundo es democrático, obvio) insistiría en que debía dejar que el mercado resolviera el asunto y, como ya no me pareció divertido, decidí concluir el juego, y leer el artículo en cuestión. En el top ten de empleos más remunerados, estaban los legisladores y los altos ejecutivos en el gobierno y el sector privado. Qué badtrip.
 Tengo un amigo que dice que el que hace la ley, hace la trampa.

martes, noviembre 06, 2018

ciencia ficción, una columna



Ciencia ficción


Ya habías escuchado de ellos. De vez en cuando y de mil en cien, sus nombres habían sido pronunciados por algún conocido. Quizá no lo registraste en el momento, pero ahora que lo piensas, ahora que es inevitable, recuerdas esas conversaciones.
Llevan ahí mucho tiempo, después de todo, aunque imperceptibles para la mayoría de la isla. Su trabajo, sin embargo, se ha llevado a cabo con fuerza e intensidad, pero en voz baja. Te preguntas, ahora, ¿cómo es que no los notaste antes?
Fue solo el huracán, la destrucción, y el colapso posterior lo que los dejó expuestos. Fue entonces que los viste como eran, no ya grupos dedicados a equis o ye tipo de trabajo social o ecológico, sino células autogestionadas que, de repente, parecían funcionar a partir de otras coordenadas.
Recuerdas cómo, cuando fuiste enterándote de las iniciativas post-María de estas distintas brigadas, de los distintos comedores sociales y grupos comunitarios, de la Casa Pueblo de Adjuntas, etcétera, pensaste precisamente en que no parecía real.
Para procesarlo, imaginaste una historia de ciencia ficción que tomaba lugar en un mundo distópico, de destrucción medioambiental, explotación mercantil, y gobiernos ineficientes. En ese mundo, cada cierto tiempo se daban crisis terribles en los que la vida se hacía imposible. Casi por reflejo, surgían pequeñas repúblicas fugaces. En ese espacio, estas pequeñas agrupaciones activaban solidaridades viejas y garantizan la supervivencia de sus pequeños territorios. Luego, cuando pasaba la crisis, se deshacían en el aire, y la gente volvía a lo suyo.
En tu historia, lo que generaba el drama era el momento en el que un grupo de gente intentaba sostener esas pequeñas irrupciones republicanas más allá de su instante. En tu historia, los personajes se preguntaban ¿qué pasaría si insistían en mantener abierto ese espacio de autonomía más allá de la crisis? ¿Qué pasaría si aceptaran que el futuro no es un después, y que lleva tiempo entre nosotros?

martes, septiembre 04, 2018

Caguas, una columna




En junio, salí tempranísimo de la casa de mis papás en Bairoa y encontré la Avenida Luis Muñoz Marín de Caguas tan vacía que pude hasta casi imaginármela nueva. No tenía ni idea de cuándo la construyeron, pero supuse (incorrectamente) que no hacía tanto, que seguramente el municipio entero rebosó los cauces que lo mantuvieron ruralía en algún momento de los años sesenta. Pero me la estaba inventando, claro. En mi recorrido madrugador, me di cuenta que me habría gustado poder racionalizar el entorno, historizarlo. Desafortunadamente, sólo cuatro o cinco municipios en esta isla se permiten a sí mismos la vanidad de tener historia. Los otros se entregan a la merced de la memoria de sus habitantes.
Si cierro los ojos y pienso en el municipio, veo la plaza, el Paseo de las Artes, y un tramo vulgar y cotidiano pero específico de la carretera que me encanta desde niño. Es el pedacito que va desde la irrupción violenta de la Avenida en una de las orillas de la PR#1 hasta el punto donde coincide con la Rafael Cordero. Justo a la mitad de ese trayecto de milla y media está el Caldero Chino, un restaurante al cual nunca he ido a pesar de que le he pasado por el lado un millar de veces, y casi diametralmente opuesta a este, la inmensa torre de los Condominios Santa Juana. Cuando era niño, toda esa área apestaba mucho.
Otro lugar que puedo visualizar sin mucho esfuerzo, también en la Rafael Cordero, es el Parque de béisbol Solá Morales, antiguo hogar de los Criollos de Caguas, a pesar de que fui sólo dos o tres veces de niño. Pero no insistiré en este aquí, ya que recientemente han anunciado que, en vez de conservarlo, o museificarlo, lo derribarán. He decidido que sólo recordaré las calles cagüeñas y nada más, así me será posible hacer las paces con el hecho de que mi municipio insiste en hacerse estandarte del afán del olvido y la desmemoria.

martes, agosto 07, 2018

Mala hierba, una columna




Mala hierba

De repente, parado en pleno jardín con guantes puestos, me doy cuenta que no sé qué estoy haciendo. Digo, sé que, para darle paz al vecindario, finalmente me estoy encargando de poner el jardín de la casa en orden. También sé que esto implica arrancar las malas hierbas, dejar espacio específicamente para las plantas que florecen o florecerán. Sé que, para lograrlo, no debo tener presente sólo lo evidente, sino más importante poder entender tanto el pasado y futuro de aquello que he dejado convertirse en matorral.
Ante la creciente sensación de estar donde no debo, miro los jardines de los vecinos e intento comparar los matojos que crecen aquí y allá. ¿Qué tan difícil puede ser? Decido hacer lo que sí sé y me siento entre las plantas y me busco por internet qué exactamente caracteriza una mala hierba. La definición clásica, desafortunadamente, no ayuda: es cualquier planta que crece espontáneamente, fuera de lugar.
Al verme, una vecina recomienda que me asegure de eliminar las raíces de no-sé-qué. Le sonrío y digo eso intento, pero que esas malditas se escabullen. Se ríe y dice que así es. La farsa me hace sentir aún más inútil.
Mentiría si les dijera que cuando vivía en la isla era un especialista en la flora cagüeña. Pero, más allá de poder diferenciar entre equis y ye planta, lo que sí tenía era el vocabulario para nombrar todo lo que crecía por mi casa. De hecho, no sólo lo que crecía. Creo que podría nombrar cada ave que pasaba por nuestro patio, cada insecto y lagartija.
La migración no sólo implica grandes cambios y desplazamientos, o pérdidas y ganancias dramáticas. Hay todo un registro de pequeñas dislocaciones que nos toma años descubrir. Pérdidas mínimas —hasta banales, es cierto—, por ejemplo, la incapacidad de nombrar esas flores de pétalos amarillos que se estiran como una falda en una cintura morena y que, al mirar alrededor de mí, a los lindes del jardín, me rodean.

martes, junio 05, 2018

el limonero, una columna



Confieso que es la primera vez que regreso a la isla después del huracán. También que, cuando me levanté el segundo día y salí a caminar por el patio de la casa de mis papás, olvidé los estragos de las ráfagas, los videos, los zapatos frente al Capitolio y, con ellos, nuestros muertos. No fue un olvido intencional sino una de esas lagunas a las que te empuja a fuerza la cotidianidad. Lo olvidé todo y, aunque me pregunté por el palo de guayabas que ya no estaba, hice un repaso de los otros y noté que allí seguían, verdes. Me tomó un segundo registrar que, entre el muro de contención que aguanta el monte y el de propiedad que marca el vecindario, detrás de los otros árboles y al fondo del patio, algo sucedía con el limonero.
El palo de limón lo sembraron antes de que me fuera. Pero a través de lo que ya va haciéndose una década de regresos intermitentes e imposibles, lo he visto crecer. Cada vez que vuelvo, salgo a coger los limones verdes y duros que produce y los exprimo a la docena hasta sacarles el poco jugo que insisten en ofrecer y que siempre me ha parecido una prueba fehaciente del carácter voluntarioso de la vida vegetal.
El limonero estaba seco. A primera vista, sus ramas se expandían en todas las direcciones, fuertes. Pero no tenían ni una hoja. Toqué una rama y pude romperla sin esfuerzo. ¿Qué le pasó?, me pregunté y, al instante, noté que si las ramas permanecían en su lugar era porque alguien—mi padre, supongo—les había armado un exoesqueleto de alambres y sogas finitas que las mantenían en su lugar. Tracé el armatoste hasta el tronco y de ahí otra vez hacia las ramas más extensas. En la punta de una, anunciándose futuro, vi dos hojitas verdes renacer.
“María”, me dije, como explicándomelo y me sentí profundamente culpable.
Desde entonces encuentro ese limonero en todos lados; en los letreros aún caídos, en los postes inclinados, en las anécdotas de mis familiares. A primera vista, uno parecería ver el mundo antes de María, pero uno no hace más que acercarse y nota los alambres y soguitas que lo sostienen todo, evitando el desplome.



martes, mayo 01, 2018

El interruptor 36210, una columna

Esta columna apareció el martes, 1 de mayo del 2018, en El nuevo día.

Central de Palo Seco

El interruptor 36210

Hace unas semanas se le fue la luz otra vez a un amigo. Me escribió poco después para disculparse por haberse ausentado a una reunión que tendríamos por videoconferencia. Cuando hablamos, me explicó, de manera casual, que la interrupción en el servicio se debió a la activación de un mecanismo de seguridad que tumbó la central de Palo Seco para protegerla de una avería y explosión que ocurrió minutos antes en el interruptor 36210 de Monacillo, lo que pudo haber echado a perder todo el sistema.
Mi amigo lo había leído online. Le comenté que me sorprendía que la información sugiera tan natural y nos reímos. Me confesó que no sabía por qué sentía la necesidad, después del huracán, de averiguar ahora qué falla causó qué. No era que pudiera hacer algo al respecto, pero de repente le parecía importante saber.
Después de casi cinco meses de estar sin luz y tras su repentino regreso en enero, el sistema eléctrico había adquirido una materialidad que nunca antes había considerado. Me dijo que cada vez que prendía un interruptor se imaginaba una de esas escenas de las películas en las que se viaja a alta velocidad por una serie de tubos y nervios. Era casi como si pudiera ver toda la infraestructura sobre la que dependía su vida —y más él que trabaja desde su casa. No sólo visualizaba la infraestructura, sino además que sentía (y temía) su fragilidad.
Poder identificar el origen del problema —el interruptor 36210, en el caso anterior—, le hacía sentir despierto. Como si al tener claro el diagnóstico, pudiera estar un poco más en control de los remedios.
Esta consciencia infraestructural, uno de los legados materiales más claros de María, insinúa un potencial social y político prometedor. Quizás su generalización haga posible comenzar a llamar al pan, pan, y al vino, vino. Quizás entonces podamos ver la necesidad de salir a la calle este primero de mayo.

viernes, marzo 09, 2018

ciento veintisiete, una columna





Ciento veintisiete

Ciento veintiseis familias puertorriqueñas han emigrado, después de María, a Lorain, Ohio un pueblo limítrofe al mío. El número varía siempre que me lo mencionan—le suman o restan veinte, aunque desde enero ha sido bastante estable. Así lo reportó, también, el Cleveland Chronicle ayer.
La verdad es que me lo mencionan mucho. La última vez fue el jueves pasado, como a las cuatro de la tarde. Iba de camino a casa y alguien me detuvo. Me preguntó si sabía que ciento veintitantas familias boricuas se habían mudado a Lorain. Le dije que algo así había escuchado. Sonrieron y ya, se despidieron.
En ese momento llovía. A las cinco, granizaba. A las ocho, se fue la luz por un ratito y entre ráfagas logré ver la nieve acumulándose encima del buzón, el cual accidentalmente dejé abierto al llegar. En la isla, Palo Seco se había ido a pique. Pensé el nuestro como un acto de solidaridad.
La primera vez que me mencionaron lo de los puertorriqueños fue poco después del huracán. Alguien me comentó, en un bar, que los expertos decían que llegarían seis mil boricuas al área antes de que diera el día del pavo. En mi pueblo apenas hay ocho mil personas. No había duda que se trataba de una exageración. Sin embargo, antes de que el tipo terminara de explicarme cómo esto cambiaría el mapa electoral o salvaría la economía local, o terminaría de sepultar el sistema escolar (ya no sé cuál de esas fue la suya), se me empañó la vista y juré ver, en el único televisor del bar, el edulcorado rostro del gobe Ricky Roselló; escuchar el suave susurro de Chayanne en la radio; y, por mi madre, oí, pasando las mesas altas del bar y llegando al 2005, la tierna voz de mi difunta abuela, regañándome y obligándome a besar una bolsa de pan tras haberla dejado caer.
Cientoveintiseis familias puertorriqueñas han emigrado a Lorain, Ohio. A mi pueblo, sólo llegó mi hermana. 

domingo, febrero 04, 2018

imagínate, mi columna del mes pasado

Se me olvidó colgar mi columna del mes pasado, que salió el 2 de enero del 2018. La verdad que últimamente he estado esporádico, pero espero corregir eso en el 2018. A ver si encuentro de qué escribir.




Imagínate

Imagínate juntar a los tuyos y darte a la fuga. Dejarlo todo atrás y seguir la vida en otro lugar. Digamos que ya estás harta del status quo, que ya criticaste y participaste de todas las protestas en las que podías participar, y que simplemente te cansaste lo suficiente.
Olvida los detalles. Pichéale a las deudas que se acumulan, al pagaré del auto en el que escaparás. Ignora todo los peros que te surjen de repente, y entregate a la imaginación: ¿con quién y a dónde?
¿Te gustaría echarlo todo al baúl y salir todos en caravana hacia el interior, hacia el monte, manejar sin destino jalda arriba por esa oscura carretera que pasas siempre la única vez en el año que vas a visitar a tu suegra, o a tu abuela allá en el campo? ¿Querrías, por pura suerte, dar con un lote vacío, con un patio edénico, repleto de frutas y verduras y gallinas para el friasé, una casa ya lista, y lo necesario para bregar? Imagínate que se les dá, y que todos a los que invitaste se apuntaron, y que están felices y dispuestos, ¿qué forma le darías a ese nuevo mundo entonces? ¿Sería igual que este?
Si lo del regreso a la naturaleza no es lo tuyo, imagínate que frotas una botella accidentalmente, y un genio te dice que tú y los tuyos se pueden ir al lugar que tú quieras y que ese país los acogerá, les dará todo y ayudará a materializar tu visión, ¿a dónde irías? ¿cómo vivirías?
O, mi querida Bartleby, si prefieres no hacerlo, imagínate que te quedas tal y como estás, y que no cambiará mucho en tu vida, que quizás tendrás un momento feliz aquí, uno tristón allá, pero que mes tras mes, armarás resoluciones de año nuevo que no podrás satisfacer por completo, y que mañana tras mañana despertarás justo ahí, en ese mismísimo lugar, hasta el día que ya no.
Lo que importa es que imagines.

miércoles, agosto 23, 2017

el juego de gallitos, una columna

Esta columna se publicó en El nuevo día el miércoles, 23 de agosto del 2017. 


El juego de gallito

La imagen está detenida y tú en plena acción, tu brazo estirado, tu mano apretando un gabete del que has tirado y, en el aire, a punto de azotar el de tu contrincante, está tu gallito, un poco escascarado porque accidentalmente lo raspaste al sacarlo de la vaina de algarroba. Míralo cómo vuela.
Eres el menor de la calle. O, por lo menos, de ese grupo de vecinos. Te encantaría ganar. Casi nunca ganas. Hasta ese momento. En ese instante, lo crees posible. Pones, por un segundo, todas tus esperanzas en esa semilla dura. Imaginas que si ganas te tomarán un poquito más en serio.
Entonces la imagen se activa; se lanza hacia delante, como si pasara de Pausa a Fast Forward, echando a un lado el Play. Tu gallito le pega, con fuerza, al del otro. Una nube de polvo se levanta. Vuelan pedazos de cáscara. No sueltas el gabete. Tu vecino tampoco. No quieres mirar, pero miras. Tu gallito está clavado en el de él.
Parpadeas y el minuto insiste en pasar y te sorprendes al ver que tu gallito, en cuestión de nada, se deshace, se desmorona. El de tu contrincante permanece intacto. Perdiste otra vez.
Te acuerdas de esto tras un sueño, tantos años después. Ese encuentro lo recuerdas claramente. ¿Fue esa la última vez que jugaste? Es posible. ¿Cómo se jugaban los gallitos exactamente? Se te hace difícil precisarlo. Estás casi seguro de que ni tan siquiera los habías pensado en una década. Lo buscas en YouTube. Hay un video. Lo ves. Te ríes. Sientes la necesidad de ponerlo en Facebook. Otros se ríen y comentan.
Decides escribir de ello. No es nostalgia, lo sabes. Es, en todo caso, un intento, en estos días en los que todo está en juego, en venta, de registrarlo, de incluirlo en un inventario que fije la antigua forma de tus días. ¿De nuestros días?

miércoles, julio 26, 2017

sobrevivir la porquería, una columna




Sobrevivir la porquería



Llevo como un año pensando que la situación del país tocó fondo y mañana tras mañana descubro que me equivoqué nuevamente y me digo, con una seguridad inocente, “ahora sí es que es”. Pero vuelvo a errar y repito toda la rutina otra vez el día siguiente.
Ya ni lo digo por la existencia de la Junta.
 Si no lees los periódicos y borras a todos tus conocidos que hablan de política por Facebook, puede llegar a parecer que la Junta no existiera. La Junta, después de todo, sigue estando compuesta por las mismas gentes, por los mismos apellidos. Y, para bien o para mal, los golpes de sus medidas tienen más de tortura china que de operación militar gringa y aunque ambas tácticas matan, la primera toma más tiempo en registrar.
Lo que me hace pensar que la cosa tocó fondo es, más que nada, lo demás. Por ejemplo, las cenizas en Peñuelas. O la retrógrada perseverancia del discurso homofóbico. O el sádico individualismo de muchos a quienes cualquier reclamo de justicia (educativa, social, económica) les parece changuería, disturbio, vagancia. Etcétera. 
Después de todo, la situación del país no es sólo la porquería de clase política. La situación política es, también, la gente. Y, caramba, mañana tras mañana intento negármelo con todas las herramientas críticas e imaginativas que tengo: contextualizo, historizo, narrativizo y todo eso, pero como quiera me asedia la conclusión de que hay mucha gente porquería. Supongo que la hay en todos lados, pero qué chavienda.
Así que, esta mañana, desperté y acepté que no hay fondo que tocar. Que se trata de una caída libre. Que ya. Que quizás sólo queda darle la espalda al asunto y comenzar a vivir como si estuviéramos en una de esas películas posapocalípticas que tanto pegan últimamente y en las que, ante la debacle, la justicia y la política vuelven a desplegarse en lo cotidiano, en el entablar una forma de vida un poco menos puerca que la anterior.

miércoles, mayo 24, 2017

días raros, una columna




La foto es de El nuevo día.

Han sido días raros. El miércoles pasado sintonicé la radio y hablaban de Oscar López Rivera. Pasé a las redes sociales y varios medios transmitían con una costa de trasfondo y allí hablaba este hombre, ataviado en negro, sí, pero en un negro que lo hacía parecer fotoshopiado. Daba la impresión de que lo sacaron de otro lugar y lo pegaron en aquel cuadro y que, a todo esto, la operación había sido ejecutada por un principiante. No lograba verse natural. Había algo en cómo la superficie de su ropa, de su piel, y el rojo de sus zapatos repelían la luz del sol que aumentaba la impresión.
Las preguntas y las respuestas ofrecidas no hicieron más que intensificar la sensación de dislocación. Al escucharlo, sentía que estaba frente a una cápsula del tiempo, una retransmisión de algo que había pasado hacía mucho, pero de lo que sólo había leído u oído hablar en murmullos.
Pero no escuchaba, realmente. Eso me tomó un rato. Tuve que aguzar la oreja, primero. Luego, el ojo. Una vez lo hice la cosa cambió. Expandí el video hasta que ocupó todo el monitor y fue entonces que me percaté que me había equivocado.
No era el cuerpo que distorcionaba la luz. Esta parecía provenir de una fuente que no entraba en la cámara. Nunca he sido muy bueno en la edición de fotos ni videos, pero juré que, de hecho, era el trasfondo playero lo que repentinamente parecía artificial, que lo único que observaba en tiempo real era precisamente al hombre en negro. De improvisto, las respuestas se hicieron extremadamente relevantes, fuertes toneladas de contemporaneidad que me tomaron por sorpresa.
Han sido días raros, sí. Desde entonces, cada vez que leo o escucho a Oscar López Rivera hablar me veo en las mismas, alternando entre ambas sensaciones, las de un pasado que suena impropio y un presente demasiado vivo. Una sensación bienvenida, supongo, en tiempos desmemoriados.