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jueves, septiembre 29, 2011

"vintage", una columna

Esta columna salió publicada en Buscapié de El Nuevo Día ayer, miércoles, 28 de septiembre del 2011. Aquí la pongo un poquito atrasado.

"Vintage"

Esperando en una oficina de un pueblito mínimo americano, encontré un pequeño libro de fotografías históricas del lugar. Las imágenes acompañadas por la fecha de captura, todas en blanco y negro. Lo abrí. Veinte años atrás y de la avenida principal desaparecían 40% de los edificios. Treinta y la mitad del mapa. Cien y sólo unas cuadras, un pequeño recinto universitario.

Esa mirada de larga distancia causa algo parecido al vértigo. Falta saltar. Please, rewind.

Resté mi edad al día de hoy y sentí cómo se evaporó mi teléfono, del maletín la laptop, y regresó eso de ‘no saber nada’ de alguien. Lo que frustra de la política de hoy estalló en átomos y quedó lo que frustra de la política de los 80s. Insistí. Sesenta años al día y fuera los televisores, fuera cierta complacencia de los jóvenes de hoy; bienvenida cierta complacencia de los jóvenes de ayer. Empeoran cuestiones de raza, género. El radio se enciende: alguna canción familiar.

La edad de abuela, casi un siglo, y lo que reconocemos como país está ido: nos hacemos ruralía, periferia de un limitado mundo que recién sale de una guerra mundial. Queda un islote, un cuarto de la población, temporales hechos maldiciones; políticos ahora generales extranjeros, o incipientes jóvenes de una clase criolla acomodada que sueña con otra clase criolla acomodada. La violencia de hoy se transforma en la de antes. Las infidelidades de hoy se transforman en las de antes. En cuestiones de materia social, no cambia mucho; aunque la vida de una mayoría mejora, se hace vivible.

Pausa. Stop. Eject. En el radio, una canción de los ‘fifties’. Se me ocurre que la promesa del progreso liberal sólo rindió media canasta. Suficiente como para hacer posible que estemos aquí; que nuestros antepasados no hayan perecido por polio, tétano, etcétera. Suficiente para que estemos un poquito más acá que allá, pero no para que se deshagan ciertos prejuicios, cierta idea de que nuestros males son nuevos, que una ideal población jíbara anduvo libre de pesares.

La historia está pa’ movilizarse, utilizarse más como foco, que mera moda vintage.

martes, marzo 22, 2011

La frontera, una columna

Días antes de abordar un avión cuyo destino final sería El Paso, mi amiga Camila me dijo que allí ‘sentiría la frontera’. Los primeros días estuve dislocado, desestabilizado por el paisaje desértico. Nunca antes había visitando un lugar tan seco, tan surreal en sus largos juegos de sombras. Ya el segundo día había abandonado el inglés como modus operandi. Olvidé que estaba en los Estados Unidos para fijarme en un espacio movedizo que tampoco era México. Eso, supuse, era ‘sentir’ la frontera.

Previsiblemente, cuando Ana, una mexicana a quien conocí allá, anunció que desde algún punto del recinto de la Universidad de El Paso se podía ver la frontera, le dije que necesitaba ir. Ver la frontera y quizás concretizar la sensación que Camila predijo. Un rato después: Ana y yo parados en una montaña árida desde donde se veía todo. Frente a nosotros, desparramándose, las calles y estacionamientos y automóviles, la tierra y montañas y personas. Con su dedo índice, me dijo “detrás de ese autopista, comienza México”. Y Juárez era todo lo que veíamos cubierto de casas apiñadas. “Desde aquí no podremos ver el río”, advirtió. De hecho, desde allí no podíamos ver la frontera per se. Estaba escondida, desaparecida detrás de la autopista. Lo que veíamos era una superficie continua, un mismo espacio.

Tomé una foto con mi teléfono y decidimos regresarnos. Por eso de flanquear el incómodo silencio de recién-conocidos, le dije que yo no concebía la idea de fronteras, o algo así medio cursi. Para nosotros está el mar y ya, añadí. Y ella respondió, aunque quizás lo imaginé, que fronteras hay en todos lados, entre barrios, entre calles, entre sectores. Pero entonces se detuvo y recapituló con lo que creo fue una pregunta, como queriendo dejar la posibilidad abierta de que podemos cruzarlas, de que no estamos tan aislados: ¿no es Puerto Rico parte de un archipiélago, por definición una cadena de islas conectadas submarinamente, todas juntas e inseparables? ¿Parte de algo mucho más grande?

Nos despedimos con un ‘mucho gusto’ frente a la sala de conferencias y caminamos en direcciones contrarias. Estaba animado por su idea. Las fronteras, después de todo, no son sólo separación, sino que también son conjunto, coyunturas en un mismo cuerpo, comunión.

[Esta columna se publicó en Buscapié de El Nuevo Día, el miércoles 23 de marzo del 2011. La coloco en el blog porque los links del periódico sólo sobreviven por dos meses]