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sábado, septiembre 29, 2012

sobre la mano invisible del mundo del libro


A pesar de que la entiendo, esta fijación de los escritores de que los (re)conozcan transnacionalmente suele perder de perspectiva que realmente ellos no conocen la narrativa (ese borroso monstruo total) de otros países. Digo, conocen aquello que les llega. Aquellos escritores publicados por editoriales grandes o editoriales independientes con distribución amplia. Pero no aquellos que son publicados por casas pequeñas en lugares grandes como México o Argentina digamos, o pequeños como Uruguay, o Paraguay (de seguro hay escritores allá), como las que nos publican acá, o inclusive en ramas de las grandes editoriales que no distribuyen más allá de su específico recinto. Recuerden el caso de Alfaguara en Puerto Rico, que sólo enviaba uno que otro ejemplar a las otras ramas, a ver si estas se interesaban en publicarlo. Y aun cuando conseguimos reeditar en otros países, se sigue tratando de núcleos bastante específicos, de ediciones que están limitadas a fronteras nacionales. Sigo pensando que es trabajo (y responsabilidad) del escritor buscar y hacer contactos en otros países, expandir sus redes; mientras más, mejor. Pero aun así, no debe ser esto el mayor criterio de juicio. Al mismo tiempo, nada alegra más que un buen autor local (Luis Negrón, por ejemplo) consiga guisos en Costa Rica, o Estados Unidos. Bueno, el punto es que hoy en día se publica mucho más que nunca, y al igual que nunca, los libros que consiguen atención fuera de sus lindes nacionales son los menos--y, la mayor parte de las veces, queda anónimo el trabajo del mismo escritor o de algún fiel lector que se fajó para conseguir esa ampliación del radio de distribución de equis libro. Supongo que eso es lo que quiero decir: que no hay una mano invisible dirigiendo el actual mercado editorial. Que detrás de todos los mitos románticos (el super premio editorial, el místico agente literario), el mundo del libro está tan fracturado como siempre lo ha estado, en donde las cosas más interesantes suceden fuera de los lindes de las cuatro o cinco empresas transnacionales (aunque a veces estas lo pegan).



martes, septiembre 18, 2012

fenomenología del miope

Estoy seguro que hay o debe haber una fenomenología del miope, del espejuelado, del anteojado desde niñez; y que esta gira en torno al no fijarse en el vidrio para poder ver, para evitar el mareo; en ignorar el a través, olvidar la condición misma de la vista; en hacerle caso omiso a los bordes borrascoso que enmarcan el mundo; en el mundo como pantalla, como monitor; en la dificultad de explicar cómo ver a través de una ventana, o observar una videograbación no es tan diferente al cotidiano. El punto de todo esto es que mi taza de café se ve bien: es grande y verde y está hasta el tope; pero más importante es que huele bien, que sabe bien. Sí, tiene que ver con el café nomás

jueves, mayo 10, 2012

do you dream often, they asked, their faces the shape of dehydrated tortoises

Goya, Disparate número dos
They came up and they asked, do you dream often? And I said, of course I don't, even if I was precisely asleep at that moment. They shook their heads, and started walking away, dismissing me completely, dismissing me like a three-legged cat is dismissed on a black sabbath. What could I have done, if not just run after them, call out their names, which I didn't know yet, and yell, cry, plea for them to give me one more opportunity. I wouldn't lie this time around, I sniffled apologetically, but they wouldn't give me the time of day, the time of night, they wouldn't give me time, period, and that's what I needed, because I could hear the alarm clock's bray on the other side of the placenta, and I was suddenly certain, positive, genuinely and indisputably confident, like you can only be in the subjunctive of dreams, that what they had to say carried a truth, no, the truth of that singular instant. When they finally stopped, and turned around, with faces the shape of dehydrated tortoises, they uttered--in a language so mine that it escaped me completely--a whisper (can a whisper be uttered?), and I realized that that was it, that that was all there was, stepped back, let myself fall, fall on my ass, fall on my body, fall awake: calm, so calm, so placid and serene. My bed was so soft. The fan was going about its rounds. The upstairs neighbor was stomping her feet.

A song. What was that song?

lunes, mayo 07, 2012

la escalera


La escalera se torció frente a él. Se hizo un espiral, una chorrera, un torbellino hecho de pequeñísimas vorágines ansiosas por consumirlo; y, al otro lado, llovía. Llovía un aguacero frío, aguacero hecho para darle fin al espeso calor que humedecía impregnablemente esas ocho de la noche. Llovía y él en chancletas, y él allí, frente a ese escalón, con todo puesto en su contra, a sus espaldas un espacio cálido, a sus espaldas una opción, un hueco que apuntaba a otra vida, pero insistía en la escalera, y esa insistencia surgía de su piel, no de un supuesto interior, pero sino de una pulsión en su piel que declaraba su existencia por primera vez, y, en su voz neonata le ordenaba a descender, a saltar, a desperdigarse por aquél acantilado, a alimentar el sinnúmero de fauces que esperaban, impávidas, por su banquete, por esa oportunidad de devorar las temporalidades paralelas que surgirían tan pronto él tomase la decisión. Y lo hizo. Dio el paso. Bajó la escalera casi corriendo. Abordó el automóvil.


Por la algarabía de la diluvio, no escuchó la puerta cerrarse detrás de él. 

sábado, marzo 24, 2012

¿Qué tiene el desastre? ¿Qué tiene el desastre que posibilita tanto? ¿Será su cualidad de interrupción, de emergencia siniestra, de disparo del vacío? ¿Por qué es en el desastre--el asesinato de un muchacho de quince años, la catástrofe natural, la devastación xenofóbica--que encontramos el surgimiento de la comunidad, o la posibilidad de lo político? 

miércoles, marzo 14, 2012


Ese viejo placer riopedrense de caminar en semiembriaguez a las dos a.m, traducido a otro espacio, otro idioma, otro contexto y un frío hijo de puta, pero embaucando el mismo silencio, llegando al mismo ajeno lugar.

miércoles, febrero 29, 2012

ocupar la retaguardia, una cita

José Clemente Orozco, Retarguardia.
Da alguito de aire tropezarse con enunciaciones similares a las de uno, a las de cómo uno piensa su propia posición en cuanto a lo que escribe, y esa escritura en cuanto al campo literario (imaginario) hacia y dentro del cual la proyecta. En todo caso se trata de una posición movediza, pero aun así la considero una posición que aun no logro poder enunciar con claridad (quizás eso mismo sea el obstáculo, la claridad). De eso consta, supongo, la condición de escritor primerizo. Especialmente, cuando uno decide ocupar tal posición en el momento mismo de sentarse a escribir; o sea, escribir como si nunca hubiese salido nada con su nombre, escribir con total descuido de ese racimo de ideas que insinúan algún tipo de sedimentación: "un estilo", "la obra completa", "novelista", etc. Quizás por eso una idea como la del rearguard, la retaguardia o retroguardia, me parece tan atractiva; quizás por la habilidad que le veo en cuanto a evitar la pulsión autodestructiva del constante quiebre, o de la innovación eterna, etc....

La idea la encuentro en el artículo de Duchesne Winter, a quien he estado leyendo quizás demasiado últimamente, Literary Communism, a manifesto of the rearguard

Todo esto como introducción a la cita, supongo.

There is really no lack of vanguard stances in the history of Latin American and Caribbean letters, at least in the Spanish speaking area. What we have missed is an enduring rearguard. Even in the military sense of the metaphor, we can say that most guerrilla movements in Latin America were really drawn back by the lack of a strategic rearguard. The rearguard is often underestimated; there is a supposition that it involves less drama and less heroism. But it can be argued that the rearguard is the heart of resistance. It is the space of relative autonomy where a new sense of community can be built, it is also a refuge from traumatic exposure to violence, a place for convalescence and creativity, and more than anything, it is an out-of-place, an outer-nationa location where the multitude can gather in order to launch its utopia-in-resistance. The maroon Palenque or clandestine community in resistance is a concrete paradigm of the rearguard. In literary terms, the rearguard heeds the rumor of resistance, it interprets, it translates it, entertains dialogues, takes care, and builds a legacy. It does not lead the struggle, it does not point the way. Rearguard activity is not necessarily a synonym nor an antonym of militancy or activism.
Juan Duchesne Winter, Literary Communism, a manifiesto for the rearguard. Journal of Latin American Cultural Studies, vol. 19, no.3. Diciembre 2010, pp. 225-236. 

lunes, febrero 27, 2012

la lectura expuesta


Últimamente no puedo evitar la terrible sensación, después de varias horas de estar rajándome frente a un libro, de que hoy en día la más particular de las particularidades de la literatura no se encuentra sólo en el contenido del texto leído, en su forma de afectarnos, sino en el acto mismo de la lectura profunda. Que su singularidad yace en ese posicionamiento incómodo frente a un pedazo de papel, o frente a una pantalla, en el que te abres en dos; en el que suspendes todos tus alrededores (cuando ya estás hondo, hondo) y te vuelves la más vulnerable de las criaturas, te transformas en el lector de Cortazar, aquél de La continuidad de los parques. Por un momento se suspenden ciertos presupuestos, y entras en una extrañísima relación en común con otro, quien-sea.

Si no es eso, o si no es eso ahora mismo, estoy tan lejos como siempre lo he estado. En momentos así, ese intento de alcanzar lo literario desde el estar-juntos, ese comunismo literario del que escriben demasiado pocos, me parece tan cerca de acertar.

lunes, febrero 13, 2012

midwest


Conduces quinientas millas desde el midwest norteamericano hacia el sureste,  cruzando largas planicies vacías, de montañas tan lejanas que son inexistentes, salpicadas por pequeñas islas de nieve y hielo que forman a lo largo del paisaje un archipiélago titubeante. Aunque sabes lo suficiente como para deshacerte de la idea, se hace extremadamente difícil elidir el pensamiento que te dice toda esta tierra está vacía, toda esta tierra se puede poblar, y, tomado por ese mismo aire que suaviza el cerebro, comienzas a formular las posibilidades comunales que históricamente han vertido hacia el fracaso. Comienzas a imaginarte a un grupo de personas que, aprovechándose del aislamiento, del silencio de las geografías ajena a los mares y a las urbes, ignorando totalmente que también la tierra es historia (la historia de otros, pero también la de los nuestros, Walcott), deciden comenzar desde cero, dejar la mugre de los días atrás, construir una gran casona que funja de origen, y un concepto, muy semejante al ascetismo, a la austeridad de las ermitas. Desde cero: o partiendo del cero. Son unos solos pocos. Quizás sean los únicos, y se piensen a sí mismos no como los integrantes de la comunidad, sino como sus productores, como mero eslabón en ese producto que harán entre todos, consumado por sus hijos, y los hijos de sus hijos...

Ves un automóvil despejar el paisaje, en dirección contraria. Es el primero que ves en más de media hora. Una camioneta roja, cristales oscuros. Al borde del camino, hay una bolsa ensangrentada. No sabes si fue un perro, o un venado.   

viernes, enero 27, 2012

comforter, un cuentito

Candler Park de mañanitas, otra vez.

H despierta y se endereza, sentándose en su cama. A su alrededor, todo está desperdigado en una serie de nubarrones de distintas variedades circulares y de colores chatos. Entre la espesa nubosidad una forma como de silla derretida, plateada. Inhala profundo y aguantando el pulmón expandido, estira su mano izquierda hacia la mesa de la noche. La palpa, con duda en la punta de sus dedos. Tumba un vaso de agua. Maldice. Retira la mano un segundo, la mueve un poco más hacia la izquierda, vuelve a palpar. Sienta la forma plástica que busca. La toma y la lleva a su rostro. Baja la cabeza, y acomoda los espejuelos de pasta por sobre sus ojos, pero mantiene estos cerrados, por unos segundos más. Lo hace con cuidado. Evitando los golpes. Recuerda lo que sucedió la noche (¿el mes?) anterior. Recuerda el estrépito con el que culminó todo, el azote que hizo que quedara en silencio, la angustia con la que se deslizó entre las sábanas perfectamente cuadradas con el comforter. Abre los ojos pero no ve nada. Los vuelve a cerrar y lleva el brazo izquierdo hacia detrás de su cabeza, en busca del cordón de la cortina, y lo tira, haciendo que todo explosione en una luminosidad obtusa. La habitación está deshecha; testamento de la más indómita y febril desilusión de la que puede sufrir un hombre que acaba de sobrevivir un accidente automovilístico que claudicó la vida de su hermana y su novio.
H no tiene frío, pero teme salirse de entre las sábanas. Lentamente, se quita la mano izquierda del rostro (la misma que tomó los espejuelos, la misma que tumbó el vaso de agua y aún sigue húmeda.) Mira por encima de su hombro por la ventana hacia afuera. Más allá de la escalera que cubre la vista, más allá de la explanada de asfalto que funge de estacionamiento para el complejo, y más allá de la verja, puede ver el parque, aun cubierto por una finísima capa de neblina. Mirándola la pequeña inclinación del terreno, hace descender su mano por entre las colchas, rozando su muslo, hasta que alcanza la rodilla aruñada y la detiene.

Continuar la exploración, lo sabe, significaría dar paso a la certeza de lo perdido. 

jueves, enero 26, 2012

el poema, la poesía, y el pulular


Candler Park hace como dos días, en la mañana.


Caminando a casa con dolor de cuello, me estaba preguntando hoy que cuál es la relación entre la poesía y el poema. Es una paja mental, y pensé que podía escribir algo más extenso luego, tras leer ciertas cosas que tengo pendiente, y que creo que tocan el tema. Pero de todos modos, cuando por fín llegué a casa seguí pensándolo y, por impaciente, decidí saltar al vacío en el blog, un ratito, como descanso de todas las tareas que tengo que hacer. Entonces, ¿cuál es la relación entre la poesía y el poema si entendemos la poesía como ese algo inasible, inaccesible, e irrepresentable? Ese algo que nos sobretoma, que nos sobra, y que nos sobrepasa, ¿puede el poema expresarla? El poema como producción cultural tiene data histórica: sus formas y contenidos son productos que han evolucionado por siglos, por lo cual cualquier poema, todo poema es parte de ese sistema literario. Ningún poema sale de esos parámetros, ningún poema es máquina soltera, en ese sentido.  El poema es producción, y, aún el poema más azaroso, el poema más repentino debe entenderse producción racional porque recurre al idioma, a esa otra maquinaria del pensamiento. Esto dicho, debe quedar algún rastro de la poesía en el poema, y quizás ese rastro sea lo único a lo que podemos acércanos: todo lo demás es tradición, propia o ajena; todo lo demás está social, cultural, e históricamente predeterminado.

El poema es aquello que dice algo distinto. Cuando decimos “esa pintura es un poema” nos referimos a esa cualidad esquiva que sabemos que carga el poema. No obstante, la poesía no es ese algo: dentro de nuestros sistemas de significación la poesía no es nada de lo que podemos nombrar (¿ah?). ¿Entonces? ¿Entonces, qué tanto de la poesía hay en el poema? Supongo que sólo su murmullo, sólo el eco de lo que fue la poesía. Y aún así ¿no es esto una visión bastante optimista? ¿Pensar que queda algo de aquella cosa que es la poesía? Si la poesía deja algo, deja algún rastro, debe operar de algún modo. Y si opera, produce. Porque toda operación es la producción de algo. No sé.

Pienso esto, y luego me incomodo porque esa concepción de la poesía es demasiado religiosa. Demasiado cristiana, demasiado mítica y recostada de la inspiración divina, de la irrupción de una experiencia mística. ¿No debería la experiencia mística trastocarnos y dejarnos incapaces de producir? Entiendo que sí. Entonces, lo que producimos después es el mero eco, la mera repetición ya perdida de aquello que no sabemos que fue pero que fue. Reemplacemos lo de místico con lo otro. No una experiencia mística, sino una experiencia otra.

La poesía en tanto inasible debe pertenecer a otro registro. No obstante, depositarla en un registro externo que nos da o golpea  de repente me parece equívoco. Otra vez, le rehúyo a la inspiración divina. Pero, entonces, si la poesía nos surge de adentro debe provenir de algún lugar dentro de nuestra biología, como el pensamiento mismo. ¿Será que la poesía, ese golpe que nos conmueve, nos trastoca y nos deja en ese lelo tras el cual producimos el poema no es más que la accidentada aumentación, o disminución de algún químico en ese adentro que en los campos culturales ignoramos? ¿Ese adentro que no es un vacío, sino algo que está bastante lleno de cosas pegajosas y órgaons?  ¿Podemos pensar la poesía como la repentina conjugación de ciertas sustancias en nuestro cerebro? ¿Por qué no? ¿Por qué mantenerla en la pura abstracción y no insertarla a la abstracción de nuestra propia biología? Si es así, si ese ímpetu se trata de un cortocircuito neuronal, ¿cambia algo? Ese cortocircuito sería la poesía y de él sólo quedaría el trazo en el poema. ¿Qué causa este cortocircuito? ¿Qué está adentro de los electrones y neutrones que estallan uno en contra del otro? Por más que busquemos, adentro, y adentro, y cada vez más adentro, a lo que llegamos, al fin y al cabo, siguiendo esta línea de pensamiento es a la poesía como algo que nos pasa, como evento o acontecimiento, y aún entonces no llegamos a nada. Estamos donde comenzamos. ¿Cuál es la relación de la poesía con el poema?

No sé, y pensarlo me cansa. Puede que no sea tan complicado. Puede que sea algo que hacemos y en lo que insistimos. Puede que se trate de otro mito, que no haya tal cosa como la Poesía y todo sea poema. Esto estaría bien también. No apuesto nada. Pero si es así, ¿cómo desmitificar si no seguir ahondándonos en él hasta dar con una pared? ¿No sería esta pared, entonces, la poesía? ¿Haríamos de esta pared, consecuentemente, el secreto milagroso? Responder la pregunta sería conseguirme otro hobby, así que por ahora la dejo ahí, porque mañana tengo que caminar a la uni nuevamente.

viernes, enero 06, 2012

elefantes

A veces los elefantes me parecen demasiado alborotosos, sus pasos pierden la gracia que les cantan, sus colmillos se vuelven como navajas, o uñas limadas con celo y malas ganas pa' cortar.


–Los cementerios de elefantes no existen –me dijo alguien, alguna vez.

lunes, octubre 31, 2011

un moño medio alto, medio samurái

A lo lejos, a través de la ventana, ves una pareja que conoces, en su motocicleta, detenida en el tráfico de la estrecha carretera. El vehículo es algo delgado, negro, con pequeños detalles rojizos serpenteando por el muffler. Las ruedas parecen caricaturas, como si fueran demasiado grandes. Ambos tienen sus cascos, negros, impenetrables. No los reconoces por la motora, no, ni sabías que tenían una. Los reconoces porque ella viste el abrigo de cuero, adornado con cremalleras en los brazos, y él lleva su hoodie negro. Ambos visten mahones. El tráfico está detenido. Sólo cede algunos centímetros por minuto. Cuando les toca moverse, en vez de acelerar, el conductor de la motora da unos pasos, impulsando la moto hacia adelante. Ella simplemente se balancea.

Parpadeas. Cuando vuelves a mirarlos, ella se ha quitado el casco, revelado el recorte nuevo que le viste la semana pasada—adiós larga cabellera morocha. Recuerdas cómo te sorprendiste cuando descubriste todos los piercings que tenía en su oreja izquierda, pensaste en las libretas que prohibieron en la escuela en tu quinto grado, aquellas con las argollas plateadas que podías desenrollar para hacer ganchos. Raro que no lo habías notado antes, si siempre tenía el pelo recogido en un moño medio alto, medio samurái. Ahora parece otra persona. Completamente distinta. Más brava, más dura. Su novio sigue igual, eso sí. Un poco más barbudo cada vez, un poco más viejo.
El tráfico avanza. Los dos pares de piernas se acomodan en el costado de la moto y aceleran. Ves cómo ella inclina su cabeza cubierta por el caso hacia la espalda del conductor y la recuesta, como si odiase ver el camino inminente, y prefiriese el paisaje colateral. Cuando se deshacen, te quedas con esa imagen en la cabeza, se te queda la suavidad, la normalidad de ese gesto, de ese acomodar la cabeza en silencio, parsimoniosamente.
Un auto ocupa su lugar, un momento después, negro, de cristales blindados.

jueves, octubre 27, 2011

eres tú y eres tú, soy yo y soy yo



El día está bonito y sales de la casa para comprar algo en la repostería cercana. Pasas frente al parque y ves, en la explanada verde, un hombre arrodillado: un hombre negro, fornido, pelo blancuzco, y camisa azul. Arrodillado y ya. Supones que medita, pero realmente no lo sabes. Igual supones, segundos después, que el perro que ronda unos metros más allá, es su propiedad. El animal es grande, también. Debe ser un cachorro, porque se mueve con una vitalidad extraña, con una energía que no está en las cosas que viven mucho; casi como si se moviera por él, y por el hombre hecho estatua más adelante.
Sigues caminando. Los olvidas. Las ramas de árboles que socorren la acera dejan caer unas pelotitas a las que le llamas nueces, simplemente porque parecen avellanas. Ninguna te cae exactamente en la cabeza, siempre un paso adelante, o un paso detrás. Cuando las pisas, se quiebran, te hacen pensar en navidad.
Candler Park, foto tomada en el verano.
Compras los biscuits y, digamos, te tropiezas con alguien que no ves hace tiempo. Quizás no sucede realmente, pero te imaginas que sucede, que comienzas a hacer fila detrás de quiénsea, y no te percatas de su identidad hasta que se da la vuelta y ambos se frizan, se congelan, como un retrato. Es sólo un instante. Un breve instante de eres tú y eres tú, soy yo y soy yo. Las sonrisas les llegan accidentadas, pero la conversación irrumpe como no como un comienzo, sino como la continuación de algo que recién dijiste. Tú y quiénsea intercambian palabras, ríen, y se desvanecen los años que van sin verse; se desvanecen, pero aún están ahí. No es como si lo que vivieras ahora se deshiciese, como si nunca lo hubieses vivido. De hecho, es todo lo contrario. Lo has vivido, y al ver la persona y sentir los años desvanecerse, lo has vivido aún más. Es cuestión de identificación. Ordenas los biscuits y conversas con las personas. Digamos que estás en escuela graduada, o que eres un publicista; hablas de tu proyecto actual, el mismo, o una variación del que tenías cuando tú y quiénsea se eran regulares, cuando comenzaron esta conversación que ahora, contigo más arrugado, o más arrugada, y con quiénsea un poco más cansado o cansada, continúan.
No sabes cuánto dura esta conversación. Realmente no importa. No importa porque no sucedió, o porque es sólo imaginación; pero tampoco importa porque lo que vale es ese segundo que siguió la identificación eres tú y eres tú, soy yo y soy yo, ese segundo en el que ambos, porque les pasa ambos, sienten una continuidad que no es nada sino ominosa, ominosa en el sentido de unheimliche de Freud, ese que puede es al mismo tiempo familiar y foráneo.
De repente estás caminando de vuelta, otra vez frente al parque, otra vez pisando nueces, y otra vez mirando al hombre arrodillado allí, quieto, y al perro vivaracho a su alrededor. Te detienes un momento, el hombre te mira. Le sonríes. Cae una nuez, y esta vez se encesta en el bolso en el que cargas los biscuits. Cuando llegas a casa, escribes esto suponiendo ese encuentro, y piensas que aunque Paul Auster a veces cansa, tiene razón en insistir en lo increíble de la coincidencia, en cómo es la coincidencia nuestro verdadero dios. Te preguntas si es la coincidencia o el azar, pero ahora mismo, no ves la diferencia, no ves más que lo increíble de ese momento de incertidumbre en el que tropiezas con personas, en el que los extraños se hacen familiares, ese momento en el que todo cambia, porque todo siempre cambia, y por más que intentemos hacerlo cuentos, narrarlos, darle una coherencia lineal y narrativa todo cambia por un simple malentendido, o por una palabra dicha demás, o por el vuelo que casi pierdes un minuto antes, o porque un nuez te cae dentro del bolso de los biscuits o frente al zapato que lo quiebra.
Digamos que te despediste de quiénsea, con una facilidad igual de natural. Le dijiste te veo después, como bien le dijiste la última vez que se vieron. Observas, desde el interior de la repostería, cómo se montan en su automóvil y desaparecen tras el semáforo. Ordenas los biscuits.

lunes, octubre 24, 2011

1655 n. decatur



De seguro alguien dijo algo importante en esta casa alguna vez. Es lo suficientemente vieja como para traficar historias en lo venoso de sus maderas, en las ventanas selladas por años y años de pintura indiscriminada, en sus pasillos alfombrados a la fuerza y sus habitaciones transformadas en oficinas vacías. No sé si fue la universidad que la compró, o si una anciana terrateniente, azorada por la nostalgia, la donó en un testamento mecanografiado. 

Sólo una ventana abre, y la abro aunque haga frío, para dejar escapar la brisa vieja que quién-sabe-cuánto tiempo lleva encerrada, como una inhalación que una vez concebida es detenida por alguna fuerza que busca congelar su potencialidad.
A las afueras de la oficinita en la que escribo esto, en la que me siento todas las mañanas a hacer nada, en lo que dan las horas de irme a dar clases, hay como una pequeña salita con muebles incómodos que tienen un llanto como de vaho, y que sostienen un cuadro de una reproducción de Dalí que parece que alguien alguna vez quiso colgar y dejó ahí.
La oficina está remodelada, dicen. Un escritorio nuevo en forma de ele y unas sillas extremadamente cómodas. En las paredes hay dos pizarras, una de corcho, y la otra de marcadores. En ambas un proyecto como abortado, o quizás en estado de suspensión animada, como la inhalación.

Comencé a leer La Vorágine acá adentro y me pareció algo tan atroz que lo detuve. Me pregunto si hay lugares que exigen tipos específicos de lecturas. Si fuera así, supongo que este lugar exige una poesía como la inhalación ajolote que dejo escapar empujando la ventana de madera. Una poesía que prometa pero no cumpla, pero que no por eso sea insatisfactoria. O una poesía que se encaje en el momento de pasar de in- a ex-.

Van dando las nueve y quince. Ahora a caminar a la clase.

Nos vemos orita, bye.  

martes, octubre 11, 2011

del país: cuestionario a luz de una canción del viejito cohen






pregunta: ¿cuánto tiempo hay que pasar afuera de un país para deslindarse, a nivel personal?
pregunta: ¿cuántas veces hay que visitar al país, al año, para seguir asociado, a nivel social?
pregunta: ¿hay que visitar al país para seguir asociado?
pregunta: ¿cuánto tiempo hay que pasar afuera de un país para deslegitimarse, a nivel social?
pregunta: ¿cuánto esfuerzo debe invertirse en mantenerse “auténtico” a largo plazo, cuando se está afuera del país?
pregunta: ¿cuántas veces hay que visitar al país, al año, para seguir asociado, a nivel personal?
pregunta: ¿debe exagerarse el aferro al país mediante un hincapié inusitado en lo del país ?
pregunta: ¿cuánto tiempo hay que esperar para el arranque nostálgico?
pregunta: ¿cuántos arranques nostálgicos al año son necesarios para seguir siendo parte del país?
pregunta: ¿cuánto se debe resistir adoptar expresiones ajenas para mantener lo del país intacto?
pregunta: ¿hasta qué medida es más importante lo del país que la comunicación efectiva?
pregunta: ¿cuánta indignación ante las noticias puede expresar quien ya no vive en el país?
pregunta: ¿cuánta indignación ante las noticias puede expresar quien aún vive en el país?
pregunta: ¿cuánto tiempo debe pasar antes de dar paso al homesickness?
pregunta: ¿cuánto tiempo debe pasar antes de performar homesickness para mantener lo del país intacto?
pregunta: ¿hasta qué punto hay que suavizar rasgos ya presentes cuando en el país en el momento fuera del país para la comodidad de los asociados?
pregunta: ¿puede dejar de importar el país?
pregunta: ¿debe dejar de importar el país?
pregunta: ¿hasta qué punto se debe evitar los indicios de desapego cuando de visita en el país?
pregunta: ¿cuánto asco por lo del país puede sentir el residente del país simultáneamente?
pregunta: ¿cuánto asco por lo del país puede seguir sintiendo el residente del país al irse de éste?
pregunta: ¿puede sentir asco por lo del país quien ya no reside en él?
pregunta: ¿cuál es la relación entre la expresión lingüística y el espacio residido?
pregunta: ¿cuánto tiempo hay que pasar fuera del país para ceder a las generalizaciones?
pregunta: ¿cuánto tiempo hay que pasar fuera del país para no poder reclamar derecho a ser native informant?
pregunta: ¿cuánto tiempo se pasa dentro del país, realmente?
pregunta: ¿cuántos            hay en el país?
pre         : ¿se puede ser del país sin haber abandonado el país?
r g          : ¿en q é mom nto es neces hacer as pre      tas?
              : ¿es necesario --



viernes, octubre 07, 2011

parto, un cuentito


El 14 de agosto de 1984, el día que Arnaldo nació, su padre no llegó al hospital, como todos, incluyéndolo a él, esperaban.
Estaba fuera del país, en Atlanta, por cuestiones de negocios. Su vuelo salía a las seis p.m. A las tres, recibió la llamada alarmada de su suegra. Por más que intentó, no pudo cambiar su reservación a una más temprano. Regresó a su habitación en el hotel y tomó una siesta, para calmar los nervios.
Quince minutos después, lo despertó un alarido. Pensó, equivocadmaente, que se trataba de un sueño de los que tenía cuando niño. Volví a dormir.
Despertó, nuevamente, veinte minutos después. Salió del cuarto, para beber un trago en la barra del hotel.
Saludó a una mujer india, con una sonrisa. La mujer sonrió de vuelta.
Miró por encima de su hombro, al llegar al elevador. La mujer seguía allí, sin moverse.
--Are you alright?--preguntó, en su mal inglés.
La mujer columpió su cuello, asintiendo, sin virarse a mirarlo.
Llegó el elevador. Lo abordó.

Una vez adentro, le pareció raro el encuentro. Cerró los ojos. Sólo entonces, en el repaso de lo visto, fue que se percató de la estela roja trazada en la pared, detrás de la mujer.
--Mierda--se dijo, e intentó presionar el piso 10 nuevamente, detener su descenso. Tuvo que esperar. Bajar al lobby y volver a subir.
Tomó una eternidad.
La mujer estaba en el suelo, hecha un bulto. Detrás de ella, un camino de sangre marcaba el lugar en el que había sido ¿atracada?. La raya roja descendía como una flecha hasta su cuerpo.
Corrió a su lado.
--¡Señora!--repitió él, en español, porque no le sirvió ningún otro.
Ella le miró, pálida, entremuerta.
Dijo algo en un idioma incomprensible.
Lo repitió.
Lo repitió.
Lo repitió.
Lo repitió.
Cuatro veces y se deshizo allí en sus brazos.


Un grito trajo a un empleado.
A la hora, la cargaron en una camilla.
El protocolo legal le hizo perder el vuelo.

La mañana siguiente estuvo en el hospital. Su hijo había nacido a las 3:20 del día anterior. Lo tomó en sus brazos, como tantas horas antes a la mujer. Lo devolvió rápido. Corrió al baño. Vomitó.
No fue a ver a su esposa otra vez al hospital. Salió corriendo de allí. Abordó su automovil y condujo por horas. Por días.


sábado, octubre 01, 2011

el balón, un cuentito

--Try it out--le dice el muchachito, le pasa el balón anaranjado y da un paso hacia atrás, haciéndose espectador.

Él lo mira: empapado, flaco, rapado y negro, como él, aunque en otro idioma.
Acomoda el balón en sus manos, recordando los lejanos juegos en la clase de la educación física del colegio. Exhala.

Venía corriéndole al aguacero, paraguas en mano, tras bajarse del bus, cuando pasó frente a la casa. Bajo la lluvia, el muchacho lanzaba la bola al canasto, clavado sobre la puerta de garaje y la encestaba. Una y otra vez. Chup, plaf.

Él se detuvo, le preguntó al muchachito si estaba bien.

El muchachito le sonrió. --Come, join me.
Él lo dudó por un segundo.
Pero recapacitó: ya, desde hace una semana, nadie lo esperaba en la casa; cosas de la vida, te acostumbras, se jode todo, sigues.

Guardó el paraguas. Decidió mojarse.

viernes, septiembre 30, 2011

catálogo, un cuentito

Que busque como un famélico dentro de los cientos de libros que cataloga diariamente en su catatónico trabajo en el sótano de una biblioteca de doce pisos debe de decir algo. No de él, de su cuerpo flaco, o del silencio con el que se desplaza por las calles. No, debe decir algo de ellos, escondidos detrás de portadas con olor a nuevo, agazapados en sus miles de páginas, tan protegidos y consentidos por una tradición que los declara emancipadores de la realidad y de sus hombres.

O eso espera él. Si no fuera así, insomniaría hasta morir.

jueves, septiembre 29, 2011

actualizar


Desde que salió Palacio, apenas he puesto nada aquí. Aunque, podría decir también, que desde que salió la novela aún no me he detenido a procesar que salió la novela. Así el tirijala de la vida, del negocio académico que no para, que te tiene dando clases a diario, viendo caras nuevas, extrañas, que conoces pero que no conoces. Muchachitos que te saludan, por meses, y luego se vuelven a deshacer en la masa que los parió. Así el tirijala, así de un texto a otro texto, por el día, y, por la noche, darle cabeza al asunto, darle cabeza y darle cabeza y darle cabeza hasta que la mañana te sorprende, todavía a mitad de pensamiento. Viene el momento, días después, que leyendo algún escrito que piensas que nada tiene que ver, te tropiezas con otra pieza del rompecabezas que te mantiene despierto en la noche y te parece tan simple, te parece que era obvio, y piensas que hubieses podido invertir esa noche pensando la próxima pieza, o repensando la anterior: sigue la máquina, la machina de feria patronal, aquél círculo de metal que se llamaba La caja de muertos, en la que te parabas en contra de una plancha gastada, y, tras el calentar de un motor, comenzabas a dar vueltas y vueltas y vueltas, y alguien vomitaba y tú, a pesar de que estabas a punto, te lo aguantabas, porque no serás tú quien se rinda, serán siempre ellos, tú eres perseverancia, tú eres insistencia, oficio, a pesar de que lo que esperas es que ellos se quiten primero, para tirar la toalla en seguida.
Acá abajo, entonces, pongo algunas foticos que se tomaron durante la actividad.