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miércoles, diciembre 05, 2018

People who go to the beach alone, un cuento traducido

Este cuento apareció, traducido, en el número 16 de The Common en un dossier de literatura puertorriqueña producida después del Huracán María. Los invito a leer el número entero.

People Who Go to the Beach Alone


Translated by HANNAH COOK

Bimbo has gone to the beach alone three times. 
The first time was when he bought the used car which he would drive for the next decade, at nineteen. As soon as he arrived at his house after having finalized the transaction and showed it to his family, and as soon as his grandmother had gone back to her telenovela after congratulating him, and his brother back to the phone, stuck talking to his girlfriend, Bimbo went into his room, put a bathing suit on under his jeans, threw two towels into his backpack, got into the car, and descended, alone, from the mountains of Caguas, where three generations of his family still lived. He went alone in his new-but-old Toyota Corolla without air conditioning and with the windows down and the radio tuned to the only English music station that reached them up there. He felt nervous. It was 11 a.m. on a Wednesday. 

jueves, diciembre 01, 2016

good people, un relato

Hace un mes, el primero de noviembre del 2016, el Brooklyn Rail publicó uno de mis pocos cuentos, Good People. Acá les dejo el link y el inicio del relato.
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Good people


Maritere walked into the Caguas branch of The Creamery where ice cream meets heaven with the baby in her arms and María C., her cousin, to her side, and there she was once again talking the latter’s ear off with the same indiscriminate ardor that she put into anything, whether it was that beautiful purple dress she wore for prom two years ago, or that bendita grocery list that she always forgot when she actually went shopping, but which, even if she had taken with her, she wouldn’t have been able to purchase in its entirety because, like she repeated over and over, las cosas están bien malas. That said, perhaps that one Wednesday the tone was right. It just so happened that, as she was in the process of revealing, she hadn’t gotten her period that week, nor the previous one, and let’s not even mention the one before that. This could only mean one thing, and that one thing, you can imagine, would’ve definitely thrown a wrench into any well-oiled machine, and hers was far from well-oiled and already pretty wrenched out.
She whispered that last part, and nudged her head to the tender bag of skin and bones held warmly against her chest, hoping to not wake it up. If awake, it would start asking to be fed and she couldn’t bear it anymore. She didn’t say it out loud. She’d done so two days ago and her mother, with whom she lived, had overheard and slapped her across the face and gave her a sermon and that was the first time that had happened in a long, long time. But the truth was that her nipples were so sore and whenever the baby was sucking on her it made her feel like a huge, silver, scrunched up Capri-sun. That image actually came up in her nightmares and it scared her senseless. She knew it wasn’t logical, but she was afraid she would run dry and the baby would continue sucking and sucking and she’d be emptied out. And being emptied out and sola was the worst thing she could imagine in the whole world...

lunes, noviembre 04, 2013

solve for W (o, Problem), un cuento de Lydia Davis

Lydia Davis. Foto original de Don J. Ulsner. Rayitas, mías.

Problem (1986), by Lydia Davis


X is with Y, but living on money from Z. Y himself supports W, who lives with her child by V. V wants to move to Chicago but his child lives with W in New York. W cannot move because she is having a relationship with U, whose child also lives in New York, though with its mother, T. T takes money from U, W takes money from Y for herself and from V for their child and X takes money from Z. X and Y have no children together. V sees his child rarely but provides for it. Y lives with W’s child and does not provide for it. 

miércoles, febrero 22, 2012

una casa, un cuentito


Una casa, una casa y todos dicen que vivirán ahí, y todos dicen que serán de ahí, y ponen sus maletas frente a la puerta, y se miran los unos a los otros, y se dan la mano, y dicen ‘será nuestra casa’. Sonríen. Todos realmente sonríen con el tipo de sonrisa que deben dar los recién nacidos que aprenden a practicar sus músculos.  Excepto uno de ellos. Una, realmente. Es joven. Más joven que ellos por lo menos. De repente se le ocurre a ella—llamémosle Ella—que no sabe qué hace ahí, pero de todos modos los imita, Ella activa ese músculo que hace que los ejes de los labios se le eleven, y se descubre en plena sonrisa: todos sonríen, entonces. 

viernes, enero 27, 2012

comforter, un cuentito

Candler Park de mañanitas, otra vez.

H despierta y se endereza, sentándose en su cama. A su alrededor, todo está desperdigado en una serie de nubarrones de distintas variedades circulares y de colores chatos. Entre la espesa nubosidad una forma como de silla derretida, plateada. Inhala profundo y aguantando el pulmón expandido, estira su mano izquierda hacia la mesa de la noche. La palpa, con duda en la punta de sus dedos. Tumba un vaso de agua. Maldice. Retira la mano un segundo, la mueve un poco más hacia la izquierda, vuelve a palpar. Sienta la forma plástica que busca. La toma y la lleva a su rostro. Baja la cabeza, y acomoda los espejuelos de pasta por sobre sus ojos, pero mantiene estos cerrados, por unos segundos más. Lo hace con cuidado. Evitando los golpes. Recuerda lo que sucedió la noche (¿el mes?) anterior. Recuerda el estrépito con el que culminó todo, el azote que hizo que quedara en silencio, la angustia con la que se deslizó entre las sábanas perfectamente cuadradas con el comforter. Abre los ojos pero no ve nada. Los vuelve a cerrar y lleva el brazo izquierdo hacia detrás de su cabeza, en busca del cordón de la cortina, y lo tira, haciendo que todo explosione en una luminosidad obtusa. La habitación está deshecha; testamento de la más indómita y febril desilusión de la que puede sufrir un hombre que acaba de sobrevivir un accidente automovilístico que claudicó la vida de su hermana y su novio.
H no tiene frío, pero teme salirse de entre las sábanas. Lentamente, se quita la mano izquierda del rostro (la misma que tomó los espejuelos, la misma que tumbó el vaso de agua y aún sigue húmeda.) Mira por encima de su hombro por la ventana hacia afuera. Más allá de la escalera que cubre la vista, más allá de la explanada de asfalto que funge de estacionamiento para el complejo, y más allá de la verja, puede ver el parque, aun cubierto por una finísima capa de neblina. Mirándola la pequeña inclinación del terreno, hace descender su mano por entre las colchas, rozando su muslo, hasta que alcanza la rodilla aruñada y la detiene.

Continuar la exploración, lo sabe, significaría dar paso a la certeza de lo perdido. 

martes, diciembre 06, 2011

oreja derecha, meñique de un pie; un cuento

Foto tomada justo en el momento en el que aconteció el regalo. (Propiedad del quirófano).
Ellos también, en diferentes partes del mundo, regalaron la oreja derecha y el meñique de un pie. Les pareció adecuado, por no decir ideal. Increíblemente, lo hicieron en la más total anonimidad. Ya desde hacía meses que el regalar la oreja derecha y el meñique de un pie se había vuelto parte del arsenal cotidiano de la sección de noticias internacionales de los diarios nacionales. Inclusive, había gente regalando omoplatos, y costados enteros. Ellos, sin embargo, simplemente regalaron esas dos unidades. No tenían planificado entregar nada más, ni habrían de entregar nada más, como aprenderemos días más tarde. Eso era todo; simplemente el acontecimiento de la entrega de esa oreja, ese meñique, y la gracia con la que lo hicieron. Si algo habrá de decirse de ellos, ahora que lo pienso, teniendo conocimiento de los archivos de todas las orejas y meñiques dados en las pasadas semanas, es que nadie antes regaló algo con tanta gala, con tanta astucia, con tanta franqueza. Eso, supongo, los aunó por un instante.   

viernes, diciembre 02, 2011

omoplato, escritura




A veces me da miedo que escriba otras cosas que no son las cosas que escribo y que al escribirlas abandone las cosas que supuestamente digo escribir, pero que no estoy escribiendo. Rápido se me ocurre que ese tipo de escritura (las que escribo) también tiene algo que ver con la otra escritura, que las divisiones las escribe alguien de nombre ye. Me lo repito y me lo repito frente al espejo y no me convenzo. Las motivaciones son las mismas, digo, insisto. Lo que mueve mis intereses académicos y periodísticos tiene que ver algo con lo que mueve mis intereses literarios, porque son escritos que vienen del mismo tecladeo y que me causan el mismo dolor de muñeca y de brazo y me empeoran el carpal tunnel y  me emocionan de la misma manera. Me pregunto entonces cómo afectaría mi escribir académico, mi escribir periodístico, y mi escribir literario si un día amaneciese sin una mano, o sin un ojo, o sin el codo, o quizás inclusive sin algo que no me parezca obvio inmediatamente, como el coxis, o el apéndice, o el omoplato. 


Quizás la mejor forma de diferenciar lo que escribo sería por fechas. No porque estos números signifiquen algo, sino porque así podría hacer un paralelo y ver cómo fue afectada mi escritura cuando equis le pasó a mi cuerpo. Por ejemplo, ¿existe una prueba textual, un trazo, que esté ligado a la operación a la que me sostuve en marzo, en la que un pedazo de mi cuello fue removido? ¿Cambiará algo cada vez que mi miopía empeora, o cada vez que gano o pierdo una libra? ¿No serían estas divisiones un poco más lógicas que aquellas que me dicen que lo literario está separado de lo académico, si es que existe tal cosa como lo uno o lo otro? ¿Y quién me dice esto sino yo mismo, porque nunca, en realidad, lo he escuchado de alguien? 


Y estas preguntas me las hago haciéndole eco a Mario Bellatin, supongo. Aunque no me gusta Bellatin, no me gusta si uno habla del gustar como eso que te divierte,  o eso que te incomoda, o eso que te causa cosquillitas en algún lugar entre el costado y el dedo índice del pie, siempre un poquito más largo del gordo. No me gusta Bellatin pero una y otra vez en lo que escribe brillan estas pequeñas marcas, pequeñas huellas, que bien pueden aburrir a veces, pero que insisten en que el espacio de la literatura, de la obra incompleta es el cuerpo y siempre es el cuerpo (que no es ni un adentro ni un afuera), porque el cuerpo es el que escribe, y el cuerpo es el que lee, y cuando lees mucho rato sin parar tienes que cambiar de posición, tienes que reacomodarte en la silla, o acostarte bocabajo, y eso creo que lo dijo Mayra en un ensayo, lo de leer con el cuerpo, aunque lo dijo quizás con un poquito más de zas, de zas caribeño, y yo le huyo al zas caribeño porque simplemente me gusta leerlo y no escribirlo porque hay quien abusa, abusa y abusa y entonces ni se da cuenta que abusa, y eso algo también debe tener con el cuerpo. Pienso todo esto cada vez que llego a este momento en el semestre, o en realidad, esta es la primera vez que lo pienso, que lo pienso porque me veo atraído a este asunto y comienzo a ver que leer, leer bien, me enseña por qué leo en primer lugar, o me acerca a esa pulsión que me hace leer, y no a la que me hace escribir, pero supongo que son las mismas, o que están relativamente cercanas, porque aunque tenga la una en el talón de mi pie derecho, lo más lejos a lo que la otra puede llegar es a mi coronilla que algún día será calva.

miércoles, febrero 11, 2009

fantasmagoria

Es tan fácil comenzar escribiendo que el personaje se ve al otro lado del vidrio que no puedo resistir hacerlo. No puedo resistir lo sencillo de su descripción: ojos grandes, pestañas demasiado femeninas, nada de barba, una calvicie que le pica por el parecido a su padre. Mucho menos evitar llevar su mano hasta la mejilla, para deshacer una lágrima vieja. Acto seguido, lo hago mirar el monitor, abrir su correo electrónico y cliquear compose new message. Todo sucede demasiado lento: el colocar sus dedos índices sobre el teclado (nunca ha aprendido a tecladear como secretaria, la taquigrafía, piensa que se le llama), el incrustar en el cuadriculado blanco el correo que él mismo le creó a ella (de la que no he hablado como es de esperarse de un narrador irresponsable). Se detiene un segundo. Lo piensa: el correo electrónico es tan impersonal, es tan falto de cojones que insulta. Pero eso ya no importa un pito: dejó de importar en el momento que se asomó al diario que ella había dejado abierto sobre la coqueta cuando se fue a visitar a su madre. A él sólo le quedaba responder. A él sólo le tocaba responder. Se trata de un personaje pasivo: todo le ha sucedido y él nunca ha hecho suceder.
Sí, lo hace: comienza a escribir, primero lento, primero sin faltas en la ortografía, primero siguiendo la etiqueta que debe existir para este tipo de cosas, pero mientras avanza todo esto se va para el carajo y comienza a olvidarse de las comas y escribe y escribe y escribeysedesaparecenlosespacioshastaquesedacuentamirandoseenelespejoqueestállorando y para.
Lleva su dedo índice, otra vez, hacia la mejilla de su reflexión, que ve al otro lado del vidrio, y esfuma una lágrima. Lee lo escrito. Lo lee dos, tres veces. Quiere corregirlo. Mas no lo hará. Le añade una despedida civil. No le menciona nada de que no volverá a pisar esa casa. No le menciona nada de que jamás buscará la ropa que ha dejado, ni los papeles en la impresora, ni reclamará las cartas que lleguen a su nombre. No le dice que su plan es hacerse abstracción, es hacerse espectro, desaparecer de aquél lugar como lo deben hacer los hombres que confían demasiado en sus mujeres. Hombres como él: hombres zombis a los que les toma días, meses, años descifrar que lo que sale de su pecho es el sobrante de una apuñalada ya vieja. no le dice nada de eso.
no: ni lo hará.
Apaga la laptop y la deja sobre la mesa de la cafetería: que alguien se la lleve, porque no la quiere. Llama de su teléfono celular a un taxi, se monta, y cuando se baja lo deja sobre el asiento: que alguien se lo lleve: a él ya no le pertenece nada.

viernes, octubre 24, 2008

otoño, 7: bauzá (literatúr portoricensis)

1. Ya van casi tres años de haber descubierto la narrativa de Manuel Ramos Otero; un poco después, me tropecé con la cuentística de Pedro Cabiya, Abreu Adorno, Tomás Ramírez. Hace algunas semanas, conseguí Pez de Vidrio de Mayra Santos-Febres, del cual el cuento La Escritora me voló la cabeza. Y ayer en la tarde, rebuscando en el catálogo en línea de la Biblioteca Lázaro, me precipité sobre La Sustituta y otros cuentos de Juan Lopez Bauzá, el cual ya casi termino.

2. No tengo problema con aceptar que mi interés con la literatura puertorriqueña comenzó como un pasatiempo forzado. Una iniciativa de partir a conocer al contexto del cual provengo. Hasta mi primer semestre de la universidad, conocía las lecturas obligatorias de la Escuela Superior, por las cuales no tenía ningún cariño. Con la excepción de La Carreta, de René Márquez. Inclusive, recuerdo que en mi segunda clases de mi año de prepa en la UPR, durante una clase de Introducción a la Literatura Española me empeñé en diatriba contra La Charca de Zeno Gandía, quejas de estudiante ignorante recién salido de escuela privada, recién salido de la masacre de una deficiente maestra de literatura, y la profesora me paró en seco. Me miró de reojo y me preguntó si yo estaba consciente de mis palabras. Algo dijo que no recuerdo, algo relacionado con la literatura nacional que olvidé. Pero esa primera oración—¿estás consciente de tus palabras?—me hizo reevaluarme. Llegué a casa de mis padres, aún no me hospedaba, y releí La Charca. Me obligué a hacerlo. Y descubrí lo erróneo que había estado. Descubrí que era y es una novela quintesencial. Sé que en una relectura, especialmente ahora, descubriría aún más. Justo antes de emprender en las páginas del Zeno, había terminado de leer Cien años de Soledad y me había prometido que intentaría leer las novelas del boom—las encontré en una caja de mi padre, quien al parecer las había leído en algún momento—para adentrarme más a conocer la literatura hispanoamericana. Eso hice, pero a la literatura hispanoamericana le sumé la literatura puertorriqueña. Salí adónde un compañero de un taller que tomaba en esos entonces, el primero de los dos talleres de cuentos de los que he participado (el resultado del cuál está en el libro En el vientre de una isla, publicado dos años después en Abrace, 2006) y le pedí algunos libros de literatura local. Me pasó Gloria de Elidio Latorre Lagares y me lo tragué. Aún recuerdo la sensación que me produjo, un agrado diferente, mas no era exactamente lo que buscaba, tampoco me había encantado. No me pareció una gran novela, sinceramente. Pero lo que si me hizo ver fue que estaba extremadamente equivocado acerca de los temas tratados por los escritores boricuas. No fue hasta leer Exquisito Cadáver y Sirena Selena Vestida de Pena, y descubrir la existencia de Póstumo el Transmigrado, ese mismo año, que me percaté de otra cara de la literatura puertorriqueña.

3. Edición esquelética del Editorial de la Universidad de Puerto Rico. A duras penas setenta páginas. Negro, con una franja azul cielo. Una imagen rectángulada, una mujer sonriendo. No le vemos los ojos. El título está en minúsculas. En letras blancas. En una esquina, algún bibliotecario le escribió PR 863 L8646s c.2. Merman los excesos. Nada acerca del autor. Nada acerca del texto mismo, ni el recuerdo de una sinopsis, sólo una brevísima nota del compositor: Seis cuentos trabados en la armazón de lo azaroso con lo coordinado, de la extrañeza y el estrépito. Seis cuentos que proyectan vidas inyectadas con sustancias muy otras.

4. Pero, ¿cómo uno se entera si no es por empeño propio? ¿Cómo uno descubre que desde hace tiempo escapamos del campo, del insularismo literario? ¿Cómo nos tropezamos con unos Página en blanco y Staccato de Ramos Otero, o un No todas las suecas son rubias de Abreu Adorno, o un Historias Atroces de Cabiya, o los cuentos de Juan Antonio Ramos, de Tomás Ramírez, o el Breviario de Juan Carlos Quiñones?
¿Es posible? Me pregunto. Sí, la industria editorial en Puerto Rico está hinchándose. Sí, se están publicando una cantidad enorme de libros. Pero también está surgiendo una inmediatez desfachatada. Me doy cuenta con compañeros, conocidos, y gente que veo en algunas clases y que declaman en voz alta a qué escritor/escritora/poeta/poeto/poetiza/poetastro conocen, que sólo se recuerda, se habla, y se nombran los libros publicados la semana anterior—sin necesariamente haberlos leídos. Y no es que esto sea malo. Seria imposible vivir recordando todos los textos publicados el año pasado.
Acepto que esto me surge de vez en cuando, al tropezarme con libros como el de Juan López Bauzá, que cumple once años este dosmilocho. Tampoco tengo una solución, o un manifiesto para declarar. Sólo pregunto ¿cómo es posible que textos tan buenos no se mencionen? Entendería su invisibilidad si me dijesen que se han publicado un maratón de colecciones de cuentos buenas en los pasados cinco, seis años. Pero sólo he logrado atrapar una que otra.

5. La mujer negra, cuyo campo visual quedaba en dirección a la puerta, le prestó más atención a la ortografía de sus contornos, al conglomerado de vello de la señora. El pelo: un complejísimo enjambre de moños y remolinos atornillados vertiginosamente, y de un matiz como si se le hubiesen derramado la noche encima; las patillas, poca diplomáticas, desparramadas a manera de alfombrilla por los lados de la cara hasta derrumbarse en la papada como una barba de corsario; en los brazos unos pelos largos y prietos, formidables para enramarlos en trenzas , contrastaban acusadamente con su piel de grasa cruda, a través de cuya membranosa superficie aparecía una retícula horripilante de venitas en diferentes azules, abajo, sumergida, como una escritura antigua; era el mismo tipo de pelambre que sobre el labio le formaba un bigotillo duro y mal cuidado. La prieta, al verla, mudó de color, mudó de palabra y voz, y procedió a aferrarse tenazmente a los brazos de su amante para evitar que hubiese allí una escena. Y efectivamente, no hizo el joven muchacho más que verla pasar por su lado que ya estaba forcejeando con su novia para caerle encima a la señora y darle de bofetadas. (página 4, La Sustituta y otros cuentos, J. López Bauzá).

6. “Sustancias muy otras”. Me gusta eso.

sábado, agosto 18, 2007

El Arte es un Engaño

El arte no es magia; para nada comparte la misma raíz que el conejo que se crea del vacío del sombrero. El artista no es un mago, el artista es el ingeniero de robots que crea, luego de treinta años, el módulo perfecto de inteligencia artificial, y luego, en la noche, antes de presentarlo ante la junta de síndicos de su empresa, quema los papeles, quema los diarios y libretas de anotaciones que tanto protegió por años, para poder decir, frente al micrófono, que la idea se le ocurrió en la noche, mientras soñaba y bebía café, despreocupado.
El artista siempre plagia; el artista siempre observa con envidia. El artista es Narciso frente a su reflejo. El artista se mata creando su Obra Cumbre pero da a entender que la Obra Cumbre lo mató a él.
El artista no te dice que se inspiró de Mengano, no, el artista se lo dedica a Fulano, dice que sus influencias son Zutano, y cuando le preguntan si cree que hay alguna relación entre su obra y la de Megano, dice que no, que jamás había escuchado de él.
El arte es el engaño mejor vendido. El arte es el secreto mejor guardado por la raza humana. El arte no existe. La Potencia a Arte es criada en jaula, y acomodada en lo pequeño de un sombrero, para que, frente al público, parezca aparecer de la nada.
El artista no se inspira, el artista trabaja.
El artista no sueña con ganar el nobel, el artista sabe que lo ganará.
La grandeza y la humildad no se criaron juntas y al conocerse se dan las espaldas.
El mundo se compone de falsas modestias y de grandes piezas de arte avant-garde que no son nada más que experimentos a larga duración. El arte no es místico. El arte no impresiona. El arte es renombre y publicidad. El ojo artístico es un sabor adquirido. El arte pesa. El arte se arrastra.
El arte y dios comparten la misma raíz nula, el arte y dios son sinónimos, arte=dios.
El artista nace ateo.
La Potencia a Arte tiene que ver a través del ventrílocuo antes de poder utilizar su propia marioneta.
El arte; cito a Mayra Santos en su clase: "escribir es rescribir, puñeta, escribir es rescribir".
El arte jamás escoge su obra favorita: Cervantes, cuando le preguntaron acerca de su obra, dijo que el Quijote para nada era su favorito. Que era un aborto, un fracaso. Y su modestia se volvió inmortal. Cervantes es un genio artista porque creó una obra sin saber lo que hacía. En las noches, Cervantes miraba su libro publicado y sonreía. Las batallas que sobrevivió habían valido la pena. El arte es ese engaño.
El arte es pariente de Ouroborous. El artista tiene que mentir para inmortalizarse: Borges no sólo tuvo una experiencia mística, sino que, según él, tuvo dos. Borges escribió "Arte Poética" explicando que el arte "tiene que ser como ese espejo, que nos revela nuestra propia cara" por que si alguien conocía lo que era el arte, fue ese argentino. Borges leyó todo. Borges vivió en su biblioteca. Dominó la poesía y le llamaron poeta. Dominó la prosa, y le llamaron cuentista. Dominó la mística, y lo coronaron místico. Borges conocía el poder de su propia mortalidad y lo utilizó para inmortalizarse. Eso es arte. Le tomó toda su vida terminar su mejor cuento: un mito aún más poderoso que cualquier ruina circular: Borges, el Genio.
El Arte es Atlas cargando el gran peñón. El arte es tener una meta y hacer todo lo posible para lograrla. El arte se sacrifica y sacrifica a otros, porque si no lo hace, no es arte.
Al arte la palabra le queda muy grande. Al artista, su sustantivo le guinda.
Es todo una ficción, una horrible y fatídica ficción.
Lo que intento decir es que el arte no existe pero, coño, que rico sabe.