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jueves, abril 25, 2019

reseña de preciosos perdedores, por José Borges

Dice José Borges en El Nuevo Día:
Perdedores en escena
Una mujer inventa su identidad a la menor provocación, deja la vida con su marido y se muda a Filadelfia. Un hombre desea ir a la playa solo, pero se le hace difícil lidiar con que otras personas lo vean allí. Otro hombre recuerda su antigua novia y se imagina cómo habría sido la vida con ella si la chica no hubiese muerto. Estos solo son tres de los protagonistas de Preciosos perdedores, el libro de cuentos del puertorriqueño Sergio Gutiérrez Negrón. En esta colección, nos toparemos con personajes algo misantrópicos, gente que no son normales del todo; son el tipo de personajes recurrentes en la literatura, como Bartleby o Wakefield. Tal vez hasta conozcamos a alguien así o nos reconoceremos en ellos.
Casi todos los cuentos se ambientan en Puerto Rico, específicamente en Caguas o áreas colindantes. Son relatos muy contemporáneos que muestran nuestro entorno tal cual, sin romantizar innecesariamente y tampoco tratarlos con desprecio. El primer cuento, “El welcome”, trata de una adolescente en una fiesta escolar que busca la manera de bailar con el chico que encuentra guapo, pero antes conoce a otro con quien entabla cierta amistad.
“De paso”, “Escena en un fastfood en Caguas” y “Gente que va sola a la playa” son los cuentos mencionados al principio de este escrito. Contienen personajes memorables en situaciones cotidianas, cuyas vidas cambian para siempre, sin ellos darse cuenta del giro que dan sus historias.
“Lo bailado” trabaja con una mujer cuya madre la abandonó, pero años después se la encontrará mientras bailan, actividad que ambas disfrutan como un espacio intocable en sus vidas. En “Los ruidos”, un hombre acostado con su pareja escucha cómo un ladrón entra a la casa a robar. Sin embargo, no interfiere por no despertar a su compañera, que no soporta que la despierten. “La bomba” relata la visita de un joven a una sicóloga. El muchacho le cuenta cómo su abuelo, bajo órdenes de una entidad del gobierno, vigiló una, aparentemente, devastadora bomba toda su vida. Estos últimos dos cuentos mencionados tienen un toque de lo absurdo, algo así como los cuentos de Franz Kafka.
Gutiérrez Negrón emplea una prosa limpia para narrar sus historias de corte minimalista. Todas son situaciones bastante normales regidas por las acciones de sus personajes incapaces de ajustarse a lo que consideraríamos normal. Como comentaba Anton Chejov, el escritor ruso del siglo XIX y maestro de la cuentística moderna, “se conocieron, se casaron y fueron infelices”, solo que estos perdedores preciosossuelen omitir ese segundo paso. Es algo más como: “eran infelices, se conocieron y siguieron infelices”. Se trata de otra muestra más de la versatilidad literaria de Sergio Gutiérrez Negrón. Enhorabuena.

domingo, marzo 17, 2019

conversación en torno a preciosos perdedores, con cezanne cardona

Esta conversación con Cezanne Cardona, en torno a mi más reciente libro de cuentos, Preciosos perdedores, ocurrió el sábado, 16 de marzo del 2019 en la librería La esquinita. 

viernes, enero 18, 2019

preciosos perdedores




Ediciones Alayubia anunció ayer que mi libro de cuentos, Preciosos perdedores, ya está disponible en las redes. Estará en librerías puertorriqueñas el 25 de este mes.

miércoles, diciembre 05, 2018

People who go to the beach alone, un cuento traducido

Este cuento apareció, traducido, en el número 16 de The Common en un dossier de literatura puertorriqueña producida después del Huracán María. Los invito a leer el número entero.

People Who Go to the Beach Alone


Translated by HANNAH COOK

Bimbo has gone to the beach alone three times. 
The first time was when he bought the used car which he would drive for the next decade, at nineteen. As soon as he arrived at his house after having finalized the transaction and showed it to his family, and as soon as his grandmother had gone back to her telenovela after congratulating him, and his brother back to the phone, stuck talking to his girlfriend, Bimbo went into his room, put a bathing suit on under his jeans, threw two towels into his backpack, got into the car, and descended, alone, from the mountains of Caguas, where three generations of his family still lived. He went alone in his new-but-old Toyota Corolla without air conditioning and with the windows down and the radio tuned to the only English music station that reached them up there. He felt nervous. It was 11 a.m. on a Wednesday.