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jueves, abril 25, 2019

reseña de preciosos perdedores, por José Borges

Dice José Borges en El Nuevo Día:
Perdedores en escena
Una mujer inventa su identidad a la menor provocación, deja la vida con su marido y se muda a Filadelfia. Un hombre desea ir a la playa solo, pero se le hace difícil lidiar con que otras personas lo vean allí. Otro hombre recuerda su antigua novia y se imagina cómo habría sido la vida con ella si la chica no hubiese muerto. Estos solo son tres de los protagonistas de Preciosos perdedores, el libro de cuentos del puertorriqueño Sergio Gutiérrez Negrón. En esta colección, nos toparemos con personajes algo misantrópicos, gente que no son normales del todo; son el tipo de personajes recurrentes en la literatura, como Bartleby o Wakefield. Tal vez hasta conozcamos a alguien así o nos reconoceremos en ellos.
Casi todos los cuentos se ambientan en Puerto Rico, específicamente en Caguas o áreas colindantes. Son relatos muy contemporáneos que muestran nuestro entorno tal cual, sin romantizar innecesariamente y tampoco tratarlos con desprecio. El primer cuento, “El welcome”, trata de una adolescente en una fiesta escolar que busca la manera de bailar con el chico que encuentra guapo, pero antes conoce a otro con quien entabla cierta amistad.
“De paso”, “Escena en un fastfood en Caguas” y “Gente que va sola a la playa” son los cuentos mencionados al principio de este escrito. Contienen personajes memorables en situaciones cotidianas, cuyas vidas cambian para siempre, sin ellos darse cuenta del giro que dan sus historias.
“Lo bailado” trabaja con una mujer cuya madre la abandonó, pero años después se la encontrará mientras bailan, actividad que ambas disfrutan como un espacio intocable en sus vidas. En “Los ruidos”, un hombre acostado con su pareja escucha cómo un ladrón entra a la casa a robar. Sin embargo, no interfiere por no despertar a su compañera, que no soporta que la despierten. “La bomba” relata la visita de un joven a una sicóloga. El muchacho le cuenta cómo su abuelo, bajo órdenes de una entidad del gobierno, vigiló una, aparentemente, devastadora bomba toda su vida. Estos últimos dos cuentos mencionados tienen un toque de lo absurdo, algo así como los cuentos de Franz Kafka.
Gutiérrez Negrón emplea una prosa limpia para narrar sus historias de corte minimalista. Todas son situaciones bastante normales regidas por las acciones de sus personajes incapaces de ajustarse a lo que consideraríamos normal. Como comentaba Anton Chejov, el escritor ruso del siglo XIX y maestro de la cuentística moderna, “se conocieron, se casaron y fueron infelices”, solo que estos perdedores preciosossuelen omitir ese segundo paso. Es algo más como: “eran infelices, se conocieron y siguieron infelices”. Se trata de otra muestra más de la versatilidad literaria de Sergio Gutiérrez Negrón. Enhorabuena.

domingo, junio 21, 2015

Válidos para amar, Rey Andújar a propos de Dicen que los dormidos

Acá cuelgo un ensayo/reseña que escribió Rey Andújar a propósito de Dicen que los dormidos. Originalmente salió publicado en Acento, el 6 de junio del 2015.


Entre el deseo y el espasmo,entre la potencia y la existencia,entre la esencia y el descenso,está la sombra.T.S. Elliot, The Hollow Men

Admito que esta columna va escrita con retraso para retractarme de inmediato porque ¿de qué otra cosa está hecho el mito sino de tiempo? Digo que son palabras tardías porque hace bastante recibí Dicen que los dormidos de Sergio Gutiérrez Negrón y al entrarle a la novela, empecé a escribir junto con la lectura, más o menos al galope. Hay novelas que reclaman relecturas y esta es una de ellas. Los temas que aborda son por momentos tan tiernos y escalofriantes que obligan a dejar el cuaderno de notas a un lado y entregarse de cabeza y sin red. Dejé de escribir y me puse a gozar. Por eso me he tardado.
Leo esta novela, galardonada con el Premio del Instituto de Cultura Puertorriqueña 2014, como un cuento de terror, primero por el tono y segundo por el tema. La narración se lleva primordialmente en segunda persona, con una cadencia que a mí me suena a murllido (murmullo+aullido), con notas definitivamente bajas, en una mezcla de sala de espera y funeral. Me hace recordar un libro de Hitchcock que leí mucho en mi adolescencia, Historias para despertar la noche o algo así decía la traducción. Perdí ese libro en un viaje, luego lo recuperé en el viraje, durante mis clases de cine en California, solo para volverlo a perder. Finalmente he dado con el texto hace un par de años aquí en Chicago.
El suspenso tiene dos variables indispensables, que son el tono y la dosificación; hablo de la preparación de cierto estado, precario digamos… El lado tenebroso de la fragilidad. En cuanto al tono, el narrador de suspenso siempre vacila y esa vacilación para quien escribe ficciones es gasolina. En esta novela se vive en un estado de violencia que causa estrés y tensiones que llevan al exceso. Ahora mismo paro en seco para aclarar que esta novela no tiene nada que ver con el cinismo deliberado de los que aprovechan el presente o abusan de la autoficción para hacer sus inventarios de Sucesos. La copia amarilla de la copia. No. Sergio consigue instalar este terror a la par de un lenguaje de alto nivel artesanal. Se me ocurre así rápido, una aleación entre Angelamaría Dávila y Luis Rafael Sánchez, el lenguaje de la carencia y querencia Caribe, pasado por el filtro de nuestra violencia particular. Quienes lean este libro se darán cuenta que Gutiérrez Negrón no exagera un chispo en sus descripciones del narco-paisaje de San Juan.
Desde las primeras líneas, hay un sopor y un misterio que conquista. Esta parte es el planteamiento, la mis en place. Principalmente, esta es la historia de dos hermanos. El mayor cae, por equivocación de unos sicarios, en un atentado. El menor trata de reconstruir mediante recuerdos, conjeturas y noticias, el trágico acontecimiento, Tienes dos rotos en tu costado, tres en tu brazo y uno que cruzó tu oreja izquierda y te dio en la cabeza… tu pie pisa el acelerador.
La víctima sobrevive al ataque pero acaba en un coma profundo. Adelanto también que esta es una novela de la hermandad de dos artes, ya que uno pinta y el otro escribe. El pintor pinta puentes. Quiero creer que el hermano que escribe a su vez escribe puentes. Esta figura es la metáfora de la imposibilidad de conciliar. Se fracasa siempre al hablar de lo que se ama, repetía Borges. Contando la historia, el escritor informa al hermano de su propia vida, y su relato es también la manera de reinventar y aferrarse a la familia, institución agonizante de la sociedad, como ha buenamente apuntado más de un sociólogo.
En un excelente planteamiento narrativo, el hermano menor queda como la voz que enlaza la vida y los gestos familiares; este relato incluye a la novia del herido, como si el menor tuviese que enamorarse de la muchacha para contarla bien, para que el hermano vuelva  a enamorarse. Eso está genial. La nota triste se instala cuando todos descubren que no pueden resguardarse de ese estado de coma, que deben resignarse al avance a paso amargo. A cualquiera le toca. En cuanto a ser testigo de la violencia, recién Teju Cole aclaró en su columna del New York Times que nuestra conectividad nos permite ser testigos de actos violentos como nunca antes. Ya sean decapitaciones del narco o del terrorismo, o un policía disparando a mansalva al desarmado… Violentos también son los discursos y acuerdos políticos en donde brilla la ironía y la mentira del descaro.
Par de páginas después el muchacho despierta Como un animal extraño, de otro planeta, que se ha alejado demasiado de su nicho. Este despertar es una alegría pero representa un problema, porque quien regresa del coma es una suerte de alienígena familiar. La novela triunfa porque al narrar estos sucesos en segunda persona se consigue una pasmosa intimidad que en mi caso se tradujo en morbo: por un lado está la historia de esta familia boricua, espacio privado o sagrado que el lector invade gracias a la propia violencia: trauma que supone una ruptura y por esa brecha pasamos a ser juez y parte. Uno puede llevarse las manos a la boca y exclamar sorpresa o rogar a una virgen, tanto por esa familia como por la nuestra, porque en cualquier lugar de nuestra América puede darse el caso. Quien anda por las calles de Santo Domingo, del Bronx o Medellín puede contar con una bala, no hay que andar en malos pasospara que te desgracien en una esquina, una bodega o una autopista.
Como un lector que escribe relatos, quiero insistir en las maneras que esta novela utiliza para ilustrar el amor fraternal. En una ciudad dividida por el hecho de sangre, el vaso sanguíneo que une a los hermanos también los encuentra en diferencias, silencios y negaciones que solo harán más fuerte la relación. Esta escritura anima el recuerdo de algunos relatos de Junot Díaz, tanto deDrown como los de This is how you lose her, en donde pueden estudiarse los intercambios entre Rafa y Yunior. Si uno hace un viaje a través de la escritura de Junot encontrará que en la relación de estos hermanos hay un asunto de superioridad, tanto por antigüedad como por skill; y también está, fuerte y clara, la cuestión de la salud, que saca de balance el asunto del seniority y deja establecida la ambigüedad que hace interesante el relato, que lo saca fuera de lugar.
El que haya leído Palacio del mismo Sergio, publicada por Agentes Catalíticos, encontrará guiños de aquella en Dicen que los dormidos. La escena de este entrecruce es interesante, ya que es una conversación del hermano escritor con Laura, la novia del hermano que ha despertado. Se juntan en un bar de Nueva York -ciudad neutral- durante un concierto de la jazzista Willow. El tiempo ha pasado y estos dos testigos de la violencia, como propiamente se autodenominan, repasan el inventario de las heridas y los errores. No culpan a nadie. La poesía está en mirarse rotos pero amables, válidos para el amar.

domingo, noviembre 23, 2014

Hoy es el día número 61 después del fin del mundo, reseña de "Restos de lumbre y despedida" de Xavier Valcárcel

Hoy es el día número 61 después del fin del mundo, reseña de Restos de lumbre y despedida, de Xavier Valcárcel.
Hoy en las noticias, Crítica de Libros, Radio Universidad de Puerto Rico (11/24/2014)
Sergio Gutiérrez Negrón


Restos de lumbre y despedida de Xavier Valcárcel es una de las piezas centrales para entender la poesía puertorriqueña de la pasada media década. Este libro del 2012 acompaña a los últimos de Guillermo Rebollo Gil, Mara Pastor, Cindy Jiménez Vera, Nicole Cecilia Delgado y Rubén Ramos en lo que bien pudiera ser la línea de fuga más importante de nuestra más reciente historia literaria. Una línea de fuga ante la cual la poesía se arriesga a desatender aquello que se le hace más inmediato, por eso de estrechar filiaciones subterráneas que la hermanan más a lo podríamos llamar simplemente "el pensar". Si entre decenas de poetas, es la poesía de los cinco antes mencionados que ha llevado a cabo la reflexión más sostenida sobre la crisis actual, es la de Valcárcel la que, entre estas, se arriesga más abalanzándose al futuro, aunque sea este un futuro en el que toda la arquitectura de la modernidad yazca en ruinas.  

En este libro, Valcárcel elabora una imaginería que corta por lo dura, por lo inclemente, como cuando escribe: "En tiempos como estos / es bueno tener la tierra así/ un pastizal seco / para el fuego" (46). Hay muchas formas de leer Restos de lumbre y despedida, y en una de estas, el poemario se abre como un jardín postapocalíptico, como un almacén en el que encontramos las sobras de lo por venir. En otro poema, escribe Valcárcel: "visible el brillo quemado de esta altura / el hambre, las cifras, la deuda / la desolación/ tras el consumo / lo posible tras el mar / la piedra seca / la frontera."  

De muchos modos, Restos de lumbre y despedida  es un poemario sobre la escasez, y precisamente porque ante la crisis, la política se revela meramente como la administración de la necesidad y de la falta, se trata de un poemario político. Sin embargo, podríamos afirmar que no es una política que se rige por principio alguno; sino una que, en tanto poesía, no puede sino ser salvaje. Vemos así que aunque Restos de lumbre incluye entre sus poemas una serie de inventarios, de listados que nos hablan tanto de la sobresaturación informática del presente como de la necesidad de una apertura radical, el poeta insiste en explicarnos, en otro poema, que, a pesar de sus enumeraciones, permanece en espera de la lógica que les dé significado a todas, una lógica que inevitablemente sólo puede venir de los demás.

Valcárcel nos explica, en un texto que bien podría servirle de arte poética a la tradición alterna en que se inserta, que en Restos de Lumbre y despedida la poesía es también registro, es también documentación. Por eso, podemos cerrar esta reseña, con un fragmento en el cual el poeta nos dice lo que sabemos pero no decimos, "Estamos ante las circunstancias que nos dieron. / Estamos ante las circunstancias que nos dimos: silencio crudo, confusión de puertas / sujetos en lucha reclamando la ceniza de los sueños".


lunes, octubre 27, 2014

"La sed en los aviones no se compara con la sed en las islas", reseña de Poemas para fomentar el turismo de Mara Pastor.

"La sed en los aviones no se compara con la sed en las islas", reseña de Poemas para fomentar el turismo de Mara Pastor.  
Hoy en las noticias, Crítica de Libros, Radio Universidad de Puerto Rico (Octubre 27, 2014)
Sergio Gutiérrez Negrón 



Desde Río Piedras a Madrid, pasando por Marruecos y Egipto, hasta llegar a Ann Arbor y la Ciudad de México, el último libro de Mara Pastor articula lo más cercano que se ha escrito en lo que va de siglo a una poética de la emigración clasemediera puertorriqueña. Titulado Poemas para fomentar el turismo y dedicado a "[l]os 300,000 puertorriqueños que se fueron entre el 2005 y el 2009", los poemas de Pastor siguen los viajes de la autora y sus acompañantes, a la vez que intentan lidiar con un siglo que hasta la fecha se ha caracterizado por el estado de crisis.

Como dice Nicole Cecilia Delgado en su prólogo, el título del libro de Pastor re-escribe el del clásico puertorriqueño Cuentos para fomentar el turismo, de Emilio S. Belaval. Al igual que el libro de Belaval, el de Pastor es un libro del desengaño. Si Belaval puso en evidencia lo que yacía detrás de aquel Puerto Rico de los cuarentas que intentaba venderse como un exótico destino turístico, el de Pastor pone en evidencia lo que yace detrás de la fantasía neoliberal de una clase media que ve el mundo como suyo. Los poemas de Pastor, que son poemas en y acerca del tránsito, le dan voz a lo que queda del viaje, ya sea turístico o migratorio, cuando los humos de lo nuevo y lo exótico se esparcen.

A pesar de uno que otro número alegre, como el lindísimo texto "Teresa es una actriz", los poemas de Pastor son poemas de pasiones tristes. En tanto tal, son poemas que atestiguan un mundo que insiste en no estar de acuerdo con la autora, que insisten en lo reducido de su poder de realmente hacer algo. Sin embargo, lo increíble de este libro es que no se detiene ahí, sino que decide dar un paso hacia lo político. Tras tanto viaje, la poeta se percata que "Se vuela sobre y entre la pandemia," como nos dice un poema, y confiesa, en otro, que "Yo he aterrizado tantas veces / y nunca pensé en traficar conmigo / una crisis mundial". Mirando los conflictos bélicos, la explotación laboral, el crimen azaroso, entre muchas de las crisis mundiales que trafica, Pastor nos dice que "El amor es un privilegio de los que no leen/ el periódico, ni piensan / en Guantánamo, ni saben / que el Apartheid no se guardó / en la gaveta de los horrores".

Poemas para fomentar el turismo es un poemario importante, uno que habla de lo que queda del turismo después de la catástrofe. De hecho, se podría decir que Mara Pastor propone un turismo otro; un turismo elaborado sobre un cosmopolitismo sensato que siente y registra el dolor de los demás, un cosmopolitismo político cuya raíz se resume en las líneas que cierran el cuerpo principal del libro: "Y mientras tanto ocupar. / Y mientras tanto ocupar. / La juventud se quitó las alas / con una suavidad insospechada."



lunes, septiembre 22, 2014

"Para despistar", reseña de Guaya Guaya de Rafael Acevedo

Para despistar, reseña de Guaya guaya de Rafael Acevedo.
Hoy en las noticias, Crítica de Libros, Radio Universidad de Puerto Rico



Sergio Gutiérrez Negrón

Justo a la mitad de la novela Guaya guaya, de Rafael Acevedo, los medios de comunicación reportan que un comando de terroristas nacionalistas ha tomado el Banco Popular de la Avenida Barbosa, y que exige la liberación de los presos políticos a cambio de los seis clientes que tiene de rehenes. Pendientes a la televisión dentro del banco, los tres asaltantes inmediatamente se comunican con el sargento de la policía, para decirle que nada de lo que se ha dicho es cierto, que simplemente intentan asaltar el banco. El sargento se disculpa, informándoles que no es periodista, sino policía, de modo que no hay nada que pueda hacer al respecto. De ahí en adelante, como lectores, sabemos que las cosas sólo pueden terminar de una sola manera: terriblemente mal.

Pero, quizás, podríamos decir que eso no importa. Después de todo, aun si Wiso, El Flaco, Yaquichán y Maripili, los tres asaltantes y su cómplice, logran llevar a cabo el atraco, sólo lo harían con una decena de miles de dólares que no les alteraría tantísimo la vida. También podríamos decir que se lo buscaron, y que sobretodo es culpa de Wiso, que fue quien, "para despistar", como él mismo dice, hace pasar gato por liebre, identificándose como el líder del Comando Armado de Liberación Popular, y diciéndose preparado con dinamitas, granadas y coches bombas. La verdad, si es que en esta novela vale la pena traer tal cosa a colación, es que sólo tienen un par de pistolas, y un amasijo de cartón que han colocado en una mesa y han dicho "bomba".

Guaya guaya, publicada por el editorial La secta de los perros hace ya dos años, es una novela endiabladamente cómica. También, podríamos decir que es una novela-reggaetón. Una novela que en su escritura, en su lenguaje, y en su narración recurre a las formas, a las imágenes, y al lenguaje del género. Sin embargo, al igual que en el reggaeton, la novela intencionalmente se desenvuelve por las superficies. Es decir, en Guaya guaya todo es artificio. Inclusive el narrador, que a través de la novela intenta hacer rimar palabras disímiles, en hacer caber el hastío y la injusticia de lo cotidiano en su "lírica" reggaetonera, jamás lo logra del todo. Es justo en este fracaso de poder rapear la experiencia, de poder hacer caber la totalidad de una realidad frustrante en la lírica reggaetonera, o en cualquier forma literaria, en el que encontramos la aportación más importante de Rafael Acevedo. Poeta al fin, el autor ha escrito un libro que, porque busca decir algo acerca de la injusticia estructural de nuestra sociedad, es incapaz de hablar en serio, como si quisiera decir que para hablar de política, fuera mejor reír.



lunes, agosto 18, 2014

Tierras de nadie y de todos, reseña de "In Visible Movement: Nuyorican Poetry from the Sixties to Slam" de Urayoán Noel

Tierras de Nadie y de todos, reseña de In visible Movement: Nuyorican Poetry from the Sixties to Slam de Urayoán Noel.
Hoy en las noticias, Crítica de Libros, Radio Universidad de Puerto Rico (18 de agosto del 2014)

Sergio Gutiérrez Negrón
[Para el audio, ir al fondo de este post]

¿Qué significa pertenecer? Con esa pregunta comienza el nuevo libro del poeta y crítico Urayoán Noel, In Visible Movement, una profunda investigación académica sobre los poetas nuyoricans que va desde los movimientos sociales de los años sesentas a los movimientos mercantiles de los noventas. Contrapunteando entre historia cultural y análisis literario, el libro cuenta la historia de las prácticas culturales y políticas de los poetas nuyoricans; una historia que también es la de los roles cambiantes de la poesía en las pasadas décadas.

La pregunta acerca de la pertenencia y las complejidades de la identidad surgieron casi inevitablemente para los primeros poetas nuyoricans. Estos, hijos de la Gran Migración de puertorriqueños a los Estados Unidos y veteranos de Vietnam, se vieron arrastrados hacia la ebullición política y cultural de la ciudad de Nueva York en los años sesentas, una ciudad que mantenía marginalizadas en la pobreza a decenas de comunidades minoritarias. Poetas como Pedro Pietri, Miguel Algarín, y Miguel Piñero produjeron una poesía tan variada y crítica como lo fue rica desde la ambigüedad de ser tanto ciudadanos americanos como sujetos coloniales. La nuyorican fue y sigue siendo una poesía viva y oral, bancada en el performance y en la esfera pública, hermana de tradiciones vernaculares puertorriqueñas al igual que de movimientos poéticos contraculturales como los Dadaístas y los Beats.

A través de las páginas del libro, el autor nos lleva desde estos inicios barriales y políticos, desde el "Puerto Rican Obituary" de Pedro Pietri, el "Mongo Affair" de Miguel Algarín y el AmeRícan de Tato Laviera, por los callejones del Nuyorican Poet's Café en los setenta, hasta la "Oda al Diasporícan" de Mariposa María Fernández en los noventas, y el "NuyoFuturist Manifestinity" de Edwin Torres, a principios de este siglo XXI.

Si para el autor, la historia literaria rescata de la invisibilidad a un movimiento que fue esencial a la cultura nuyorquina; el análisis literario hace posible comprender el movimiento visible y vital de esta poesía. En las manos de Urayoán Noel, la exégesis poética es una herramienta que hace posible nuevas avenidas para pensar la relación entre la poesía y el mundo. Este gesto doble de historia y análisis lo hallamos implicado en el título mismo del libro, In visible movement, que nos habla tanto de un movimiento invisibilizado como un movimiento hecho en plena visibilidad. Se trata de un juego de palabras que no sorprendería a nadie que ha seguido el trabajo de Urayoán Noel en la pasada década, caracterizado por su compromiso tanto al lenguaje como a la vitalidad de la palabra oral. En este sentido, In visible movement no sólo hace una gran aportación a la historia literaria americana, caribeña, puertorriqueña y diaspórica, sino que también encaja con la producción poética de Noel. De hecho, su último poemario, Los días porosos, bien podría leerse como la contraparte literaria de este, como una exploración paralela tanto de la porosidad del presente días, como de aquellos que se hallan en esas tierras de nadie y de todos que son y han sido las diásporas.

miércoles, agosto 13, 2014

la vida cotidiana, reseña de 'dicen que los dormidos'

Esta reseña, de Melanie Pérez Ortiz, salió publicada en el número de julio/agosto 2014 del periódico mensual Compartir es Vivir

La violencia cotidiana
©Melanie Pérez Ortiz


La novela premiada el año pasado y recientemente publicada por el Instituto de Cultura Puertorriqueña, titulada Dicen que los dormidos y escrita por Sergio Gutiérrez Negrón, trata de la violencia que se nos ha hecho normal por su omnipresencia.

En ella un hombre joven va en un carro a buscar a la novia al trabajo y… la novela no explica, creo. Deben haber confundido su carro con otro. Lo que pasa es que le disparan desde otro carro al joven. Pero la perspectiva no es la de él. Es la de su hermano menor, quien se pone en sus zapatos. La narra en segunda persona gran parte del tiempo. Como para involucrarnos. Ya saben ustedes. No es lo mismo que un narrador diga en tercera persona: “Y miró un poco distraído por las gotas de sudor frío que le bajaban por el cuello la mano con el arma que lo apuntaba de frente” que decir, “Miras distraído por las gotas de sudor frío que te bajan por el cuello la mano con el arma que te apunta de frente”. Esta no es una cita de la novela. Es una oración más o menos relacionada que me invento para explicar que el tiempo presente y el efecto espejo de la segunda persona nos involucran con lo que se cuenta, de modo que mentalmente nos volvemos nosotros también las víctimas de este crimen de violencia, de los que pasan todos los días y que ignoramos porque, esta vez, no nos sucedió a nosotros.

No les voy a contar la novela, pero les advierto que el personaje no muere, sino que queda en coma por varios años. Luego sale del coma y lo que sucede se sale de nuestras expectativas. Ya, hasta ahí les cuento para picarles la curiosidad, sin quitarles la sorpresa.

Como dije el tema es la violencia. Tal vez el coma sea metáfora de lo que la violencia ha hecho con nosotros. El coma se representa desde sueños como una realidad alterna, fantástica, surrealista donde los personajes están expuestos a la guerra contra los elementos y contra otros que nos combaten todo el tiempo. El clima de la novela es el miedo, aunque se asuma la realidad con desgano o con la normalidad del resignado, y lo que permea todo el tiempo es miedo contenido. Dice Zygmunt Bauman en Miedo Líquido que hoy día los desastres de la violencia se tratan como si fueran catástrofes naturales--como si los humanos fueran sólo víctimas y no responsables de ese clima de miedo-- y su consecuencia es que el miedo está en todas partes e interrumpe la posibilidad de que nos comuniquemos. Como en una situación de pánico masivo, donde se ven seres despavoridos e irracionales corriendo al resguardo, cada cual en defensa de lo propio sin fijarse en que su ser multitud atropella a otros que han caído, así se reacciona en clima de miedo. Y no sabemos qué hacer. Cómo llegar al otro. ¿Cómo reestablecer comunicaciones rotas por la violencia? Esta novela es una hermosa nota en una botella. Encerrado en su isla el narrador pide auxilio. Aclaro, eso nunca pasa en la novela. Pero pasa. Ustedes me entienden.

martes, agosto 12, 2014

tragedias cotidianas, reseña de 'dicen que los dormidos'

Esta reseña, de Carmen Dolores Hernández, salió publicada el domingo 10 de agosto del 2014, en El Nuevo Día. En ella me dieron de arroz y de masa, pero a pesar de ello, me parece bastante acertada. 


viernes, agosto 08, 2014

crónica íntima para bregar con la violencia, una reseña de 'dicen que los dormidos'

 Esta reseña, de Elidio Latorre Lagares, salió publicada en junio del 2014 en OtroLunes: Revista Hispanoamericana de Cultura



Crónica íntima para bregar con la violencia


Escribir la violencia no es escribir sobre la violencia. Es un modo de sobrevivirla. Sobreponerse a ella. De es vivirla. Uno puede tratar de convivir con ella y asumir la amnesia. El olvido y la desmemoria suelen ser mecanismos de defensa ante la violencia urbana, que encarna la monstruosidad de la ciudad erosionada, y así domesticamos el dolor y el miedo. Olvidar es vivir. Mas en Dicen que los dormidos, de Sergio C.  Gutiérrez Negrón, Premio Novela del Instituto de Cultura Puertorriqueña 2013, encontramos un intento de aunar las palabras y recuperar la memoria ante la insuficiencia de las palabras. Más que ser una crónica sobre una problemática en el Puerto Rico moderno,  se trata de una bella historia del sufrimiento, una crónica íntima para lidiar la violencia.
Hay que bregar con eso.
La escritura de Sergio C. Gutiérrez Negrón siempre ha estado más allá de los claroscuros literarios. Es un narrador que narra con la misma sugestión que un poeta hace poesía. Desde su primera novela, Palacio (Libros AC, 2011), nos acostumbra a decir lo que estima necesario, dejándonos el resto en las manos, así, como si nos tocara hacer malabarismos de sentido para completar ese ciclo que se cumple en todo texto. Para que un narrador logre algo así, es fundamental conocer el lenguaje, un proceso que no se enseña, pero que sí se aprende. Así es que Sergio escribe narrativa: bajo las operaciones de la poesía.
Que no se malentienda: Dicen que los dormidos tiene mucho que decir, pero más que crónica de la violencia en Puerto Rico, lo que importa es ese lugar dolido de enunciación del narrador, Luis, desde donde vamos mirando las otras vidas que pueblan este universo narrativo. O sea, lo que sabemos de los demás personajes, viene focalizado por un narrador en primera persona que, de paso, utiliza la instancia gramatical de la segunda persona singular. Las novelas escritas a un «tú» no pueden ser muy extensas si van a ser exitosas, pero más que eso, aquí hay un recipiente del texto que nos antecede. No es un desdoblamiento de sí mismo y tampoco le habla al lector; le habla a un hermano perdido y nosotros, como voyeristas, observamos y escuchamos. Entrar en las trampas de la segunda persona gramatical y salir ileso es, de por sí, un acierto. Como acierto es pronunciarse desde su lugar social de clase media, probablemente la espina dorsal del país. Desde Buenos días, Tío Sergio, de Magali García Ramis, no creo que haya otra mejor novela que hable tan convincentemente de los que vivimos constreñidos entre dos polos sociales.
Un valor superior que guarda esta novela es la de hacer cosas complejas con suma sencillez. Esto, podría decirse, también es de poetas. La premisa narrativa que da pie a la novela es una anáfora en la realidad puertorriqueña: unos maleantes tirotean a una persona por equivocación. La anáfora, de hecho, es esa herramienta primordial utilizada estilísticamente para contarnos Dicen que los dormidos no es. En la filosofía, la anáfora es el proceso desde el inicio del ser hasta su realización. Así que nada de esto es casualidad en una novela que viene formulada como un Bildüngsroman. Pero la materialidad narrativa se solidifica cuando la persona tiroteada es el hermano mayor del protagonista, que se anula en un estado de coma por cuatro años, y en el proceso afecta a toda su familia, particularmente a Luis. Es un sufrimiento colectivo, sí, pero Luis sufre solo. Al final, es lo único verdaderamente suyo.
Quién disparó y porque lo hizo son las interrogantes que imantan la lectura hasta su consecución para dar paso a la sed de venganza, la hermana fea de la justicia. Es la fuerza que restituirá el equilibrio. Es en ese trayecto que va de la pregunta a su respuesta se resalta, irónicamente, el inmovilismo emocional, representado por el coma en que cae la víctima del tiroteo, y contrastado con la preponderancia que en la novela tienen los automóviles, ese símbolo del sentido de movimiento. De hecho, el ataque contra el hermano de Luis es de auto a auto en una avenida infestada por vehículos de motor. No hay manera de escapar. Los personajes quedan presos de su sentido de progreso y estatura social más evidente: el automóvil. En su tarea de llenar los espacios en blanco, tanto Luis como su hermano conocen a uno de los malhechores, Jariel López, quien ha sido apresado. El otro sujeto es Avelino, hasta cuya residencia logra infiltrarse el hermano de Luis y con cuya familia construye nexos comunicativos. Con Jariel en prisión, la estrategia es vengarse de Avelino. Hacia la resolución del conflicto, y ante la frustración de no poder cumplir su cometido, Luis y su hermano deciden destruir al Honda Civic negro que perteneció al victimario y desde donde se inició el atentado. “Matamos a Avelino allí”, dice el narrador luego de destruir el vehículo. En el momento, las palabras son ininteligibles, incapaces, obsoletas: “Me dices algo que no entiendo”, enuncia el narrador. Anteriormente, cuando el hermano de Luis se lanza a conocer a Jariel en prisión, el narrador nos dice: “Descubres que conversando no se arregla nada”.
Conversar. Hablar en verso.
La víctima y Jariel terminan orando juntos con la ilusión de atenuar una paz y encontrar una respuesta a algo que no la tiene. La oración es la invocación de la palabra en su capacidad transformadora. El hermano de Luis busca rehacerse, como un mito, contestarse como un problema filosófico, y las palabras ni siquiera le dan. “Y qué es lo qué me dices me dices me pregunto hoy y me preguntaré toda la vida”, dice el narrador al final.
Y ahí está la novela de Gutiérrez Negrón: tratar de atribuir palabras a una realidad que lo supera, lo abruma, lo excede. El acto fútil de la literatura. Se trata de la “reescritura de un contrato con el universo”, de tratar de dar orden a un desorden, que reescribir lo escrito, que es como el acto escriturario mismo. Ante la amplitud de tal dimensión, el realismo que sostiene los conflictos humanos en la narración necesita fortalecerse de pasajes oníricos de suma belleza, sí, pero gran valor en la caracterización de los personajes. La novela se torna extrañamente densa –no por ello difícil-, lo que hace el recorrido de esta novela corta una experiencia sostenida en el tiempo. Los sueños, que sabemos son ventanas a la interioridad anímica de los personajes, trabajan Dicen los dormidos como pasajes surrealistas en medio de una escritura que es mayormente impresionista.
Tal vez la realidad es el sueño y viceversa. En todo caso, explicarlo es poquedad. Pero hay que bregar con eso.
Sergio Gutiérrez Negrón se debe, sin cargos de conciencia, a muchas tradiciones literarias que cruzan en su texto, donde las reminiscencias de Manuel Abreu Adorno son inevitables. Junto a Eduardo Lalo, Luis Negrón y Janette Becerra, Sergio se coloca en el lado más despierto de la literatura puertorriqueña. En fin, el triunfo de Dicen los dormidos, más que su reflexión sobre la violencia (que también es un personaje) y sus efectos, es fundamentalmente artístico.

lunes, julio 14, 2014

Tema del inmigrante y la necesidad, reseña de Barra china de Manolo Nuñez Negrón


Tema del inmigrante y la necesidad, reseña de Barra china de Manolo Nuñez Negrón.
Hoy en las noticias, Crítica de Libros, Radio Universidad de Puerto Rico (14 de julio del 2014)
Sergio Gutiérrez Negrón


De una fila de vagones varados en un muelle, en una tarde de calor sofocante, escapa un hombre chino que ha cruzado el Oceano Pacífico ilegalmente. Su nombre es, o fue, Yuga Wang, y es el único sobreviviente de un grupo de trabajadores clandestinos que viajaba en uno de los vagones. Muy rápido, antes de poder tan siquiera recuperarse, Yuga descubre que el tráfico humano apenas comienza en la travesía. Todo lo que le sigue a la dura escena de su llegada, ocupa las ochenta páginas de la novela Barra China de Manolo Nuñez Negrón en una narración igualmente dura que no busca tomar rehenes.
Una vez instalado en su empleo en un restaurante chino, Yuga Wang comienza a conocer su entorno y las condiciones de su estadía. Sin quererlo, se percata que su contrato no ha sido más que una trampa, y que la organización que posee su deuda, ha triplicado el monto. De ahí en adelante, Yuga se verá imbricado en una creciente ola de violencia atada a redes del bajo mundo que no sólo trafican drogas y estupefacientes, sino también seres humanos. En la lucha que decidirá emprender para conseguir su libertad, hallará compañía en la amistad, el cariño y, a pesar de todo, la esperanza. 
Todo esto sucede rápido, apenas dándole al lector tiempo para respirar. La narración de Nuñez Negrón, que también es autor del libro de relatos El oficio del vértigo, sigue un ritmo vertiginoso que interrumpe cualquier curiosidad que podamos tener con respecto a los personajes. Sin embargo, el autor logra utilizar la velocidad a su favor, y, abandonando la biografía, prefiere la relación de causa, la breve noticia de vidas infames como modos narrativos.
En Barra china, publicada por Libros AC y disponible en las librerías del país, Nuñez Negrón nos ofrece un relato que, mientras progresa, se transforma en una oscura y trágica fábula de la inmigración clandestina. Una fábula que bien pudiera ser la historia de cualquier persona que se ve obligada a salir de su país de maneras extralegales. La novela de Nuñez Negrón insiste en explorar ese hiato, ese descarnado periodo que sigue para los migrantes después de cruzar océanos y mares y de caminar desiertos. De este modo, Barra china es un texto apropiado para la época, para la crisis humana que nos azota. Una crisis que no es sino la otra cara de las innumerables políticas de austeridad que se propagan de país en país, aferradas a balancear presupuestos que ven en su costo humano sólo un daño colateral.

Para hoy en las noticias en Crítica de Libros, Sergio Gutiérrez Negrón.


viernes, junio 20, 2014

Angst, Wéilsong, y otros nombres para Rubén Ramos: reseña de "Angst" y "Wéilsong".

Arte de Cristian Guzmán Cardona, quien ilustra 'Wéilsong'.
Angst, Wéilsong, y otros nombres para Rubén Ramos: reseña de "Angst" y "Wéilsong".
Hoy en las noticias, Crítica de Libros, Radio Universidad de Puerto Rico (2 de junio del 2014)
Sergio Gutiérrez Negrón

Desde su primer poemario titulado Angst, hasta su obra más reciente Wéilsong, Rubén Ramos se ha caracterizado por ser un poeta de los tonos grises. Junto a otros poetas de la pasada década, como Mara Pastor, Nicole Cecilia Delgado y Xavier Valcárcel, Ramos ha apostado por esculcar muy de cerca los tiempos en los que vivimos, adentrándose y explorando la vida después de las utopías, sin por ello rendirse a los trillados ámbitos del pesimismo o al traspié de la nostalgia.

Su primer libro, que lleva como titulo la palabra alemana para la angustia, "Angst", es un libro sobre el juego en una época de ruinas. Sobre un juego de "escondite" en el que el niño que se esconde no se ha dado cuenta que ya nadie lo busca, o que se escondió tan bien que se ha perdido. Los 113 poemas que lo componen son breves cantos de una alegría agridulce, de una persona que decide continuar a pesar de las circunstancias. En uno de sus poemas más emblemáticos, Ramos escribe, en forma de sentencia: “Huir no libera cuando naces donde no hay jaulas / Visitar el zoológico con empatía no me hace bestia / Me gusta ladrar, como el perro que persiguiendo gatos insiste hasta donde permite su cadena”. En este sentido, la poética de Ramos niega la celebración optimista, pero del mismo modo niega hallar en estas épocas de carencia y austeridad el fracaso. La táctica de Ramos es distinta: ocupa las ruinas de las promesas rotas, e insiste en hallar allí su solaz, no para construir sobre ellas, sino para enunciar desde su regazo.

Esta es la táctica que vemos en su más reciente libro, que lleva como título la misteriosa palabra "Wéilsong", publicado con esmero por Atarraya Cartonera, y disponible, al igual que el anterior, en las librerías del país.

Ante la pregunta de ¿qué es Wéilsong?, podemos responder: un nombre. Pero, ante la pregunta de ¿qué nombra? La respuesta se hace más difícil. Como un Altazor puertorriqueño, Wéilsong es el nombre de lo posible, una palabra que, como ese poema de César Vallejo, da paso a su propio mito. A diferencia del Altazor, sin embargo, que se descompone mientras progresa el poema, Wéilsong no va en picada. Todo lo contrario. La palabra que le da nombre a este extenso poema  es siempre ascendente. Es decir, Wéilsong al fin y al cabo nombra una figura muy para esta época, una figura que lleva un paso más allá la apuesta que el poeta comenzó en "Angst". Para Rubén Ramos, Wéilsong es el nombre de la posibilidad de lluvia en un mundo en sequía. O, dicho de distinto modo, Wéilsong es también otro nombre para la esperanza.

Para Hoy en las Noticias, en Crítica de Libros, Sergio Gutiérrez Negrón

lunes, mayo 19, 2014

la vida íntima del escritor ausente, reseña del epistolario de josé luis gonzález.






La vida íntima del escritor ausente, reseña de A veces llegan cartas: Epistolario de José Luis González.
Hoy en las noticias, Crítica de Libros, Radio Universidad de Puerto Rico (19 de mayo del 2014)
Sergio Gutiérrez Negrón
(Audio al fondo)
A veces llegan cartas, el epistolario entre el escritor puertorriqueño José Luis González y su amiga y editora Carmen Rivera Izcoa, nos transporta a una época de comunicaciones dilatadas que a generaciones más jóvenes nos puede parecer lejana, a pesar de su cercanía. Escritas entre febrero de 1976 y julio del 87, las treinta y tres cartas que componen el pequeño volumen nos adentran en la vida íntima de uno de nuestros narradores más importantes, entonces radicado en México. Desde las cartas, observamos al escritor intentando mantener ese difícil balance entre la ausencia física y la presencia literaria que es motivo de ansiedad para cualquier artista que busca permanecer relevante en su país de origen. A la vez, las cartas nos ofrecen un retrato mínimo e inédito del mundo literario puertorriqueño de la época, y de la gargantea tarea de la editora de Ediciones Huracán y entonces dueña de la librería La Tertulia, Carmen Rivera Izcoa.
José Luis González vivió entre 1926 y 1997 y fue reconocido principalmente como autor de más de medio centenar de cuentos, entre los cuales encontramos clásicos como "La carta" y "En el fondo del caño hay un negrito", aunque también fue avalado por su ensayística, especialmente el libro "El país de los cuatro pisos",  que generó todo tipo de discusiones en su momento. En 1953, González se estableció en la Ciudad de México, donde permanecería por el resto de sus días y donde renunciaría a su ciudadanía americana para adoptar la mexicana.  Desde allí, el autor, marxista irredento, produjo la última y más exitosa mitad de su obra literaria.
Fue en una visita a la isla entre 1973 y 1974 que el autor conoció a su interlocutora en estas cartas, Carmen Rivera Izcoa, quien poco después emprendió uno de los proyectos culturales más importantes de la época, Ediciones Huracán, en el que González participó activamente, y donde publicó gran parte de su obra.
Casi como si viniera a cerrar un ciclo importante en la propia vida del editorial, A veces llegan cartas puede leerse como la historia personal de Ediciones Huracán. De modo que también se lee como una historia personal de la literatura y cultura puertorriqueña de la época. Por entre sus páginas, proliferan reconocidos pintores, críticos, y escritores de los años setentas y ochentas, se reviven viejos chismes, se airean malos negocios, se comentan históricos debates. Carta tras carta, el libro nos lleva tras las bambalinas y nos hace ver que detrás del velo misterioso de la vida cultural de cualquier época, siempre hay negocios y conflictos y costumbres, pero más importante que todo eso, siempre hay gentes y pasiones.
Para hoy en las noticias en Crítica de Libros, Sergio Gutiérrez Negrón