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viernes, octubre 24, 2008

otoño, 7: bauzá (literatúr portoricensis)

1. Ya van casi tres años de haber descubierto la narrativa de Manuel Ramos Otero; un poco después, me tropecé con la cuentística de Pedro Cabiya, Abreu Adorno, Tomás Ramírez. Hace algunas semanas, conseguí Pez de Vidrio de Mayra Santos-Febres, del cual el cuento La Escritora me voló la cabeza. Y ayer en la tarde, rebuscando en el catálogo en línea de la Biblioteca Lázaro, me precipité sobre La Sustituta y otros cuentos de Juan Lopez Bauzá, el cual ya casi termino.

2. No tengo problema con aceptar que mi interés con la literatura puertorriqueña comenzó como un pasatiempo forzado. Una iniciativa de partir a conocer al contexto del cual provengo. Hasta mi primer semestre de la universidad, conocía las lecturas obligatorias de la Escuela Superior, por las cuales no tenía ningún cariño. Con la excepción de La Carreta, de René Márquez. Inclusive, recuerdo que en mi segunda clases de mi año de prepa en la UPR, durante una clase de Introducción a la Literatura Española me empeñé en diatriba contra La Charca de Zeno Gandía, quejas de estudiante ignorante recién salido de escuela privada, recién salido de la masacre de una deficiente maestra de literatura, y la profesora me paró en seco. Me miró de reojo y me preguntó si yo estaba consciente de mis palabras. Algo dijo que no recuerdo, algo relacionado con la literatura nacional que olvidé. Pero esa primera oración—¿estás consciente de tus palabras?—me hizo reevaluarme. Llegué a casa de mis padres, aún no me hospedaba, y releí La Charca. Me obligué a hacerlo. Y descubrí lo erróneo que había estado. Descubrí que era y es una novela quintesencial. Sé que en una relectura, especialmente ahora, descubriría aún más. Justo antes de emprender en las páginas del Zeno, había terminado de leer Cien años de Soledad y me había prometido que intentaría leer las novelas del boom—las encontré en una caja de mi padre, quien al parecer las había leído en algún momento—para adentrarme más a conocer la literatura hispanoamericana. Eso hice, pero a la literatura hispanoamericana le sumé la literatura puertorriqueña. Salí adónde un compañero de un taller que tomaba en esos entonces, el primero de los dos talleres de cuentos de los que he participado (el resultado del cuál está en el libro En el vientre de una isla, publicado dos años después en Abrace, 2006) y le pedí algunos libros de literatura local. Me pasó Gloria de Elidio Latorre Lagares y me lo tragué. Aún recuerdo la sensación que me produjo, un agrado diferente, mas no era exactamente lo que buscaba, tampoco me había encantado. No me pareció una gran novela, sinceramente. Pero lo que si me hizo ver fue que estaba extremadamente equivocado acerca de los temas tratados por los escritores boricuas. No fue hasta leer Exquisito Cadáver y Sirena Selena Vestida de Pena, y descubrir la existencia de Póstumo el Transmigrado, ese mismo año, que me percaté de otra cara de la literatura puertorriqueña.

3. Edición esquelética del Editorial de la Universidad de Puerto Rico. A duras penas setenta páginas. Negro, con una franja azul cielo. Una imagen rectángulada, una mujer sonriendo. No le vemos los ojos. El título está en minúsculas. En letras blancas. En una esquina, algún bibliotecario le escribió PR 863 L8646s c.2. Merman los excesos. Nada acerca del autor. Nada acerca del texto mismo, ni el recuerdo de una sinopsis, sólo una brevísima nota del compositor: Seis cuentos trabados en la armazón de lo azaroso con lo coordinado, de la extrañeza y el estrépito. Seis cuentos que proyectan vidas inyectadas con sustancias muy otras.

4. Pero, ¿cómo uno se entera si no es por empeño propio? ¿Cómo uno descubre que desde hace tiempo escapamos del campo, del insularismo literario? ¿Cómo nos tropezamos con unos Página en blanco y Staccato de Ramos Otero, o un No todas las suecas son rubias de Abreu Adorno, o un Historias Atroces de Cabiya, o los cuentos de Juan Antonio Ramos, de Tomás Ramírez, o el Breviario de Juan Carlos Quiñones?
¿Es posible? Me pregunto. Sí, la industria editorial en Puerto Rico está hinchándose. Sí, se están publicando una cantidad enorme de libros. Pero también está surgiendo una inmediatez desfachatada. Me doy cuenta con compañeros, conocidos, y gente que veo en algunas clases y que declaman en voz alta a qué escritor/escritora/poeta/poeto/poetiza/poetastro conocen, que sólo se recuerda, se habla, y se nombran los libros publicados la semana anterior—sin necesariamente haberlos leídos. Y no es que esto sea malo. Seria imposible vivir recordando todos los textos publicados el año pasado.
Acepto que esto me surge de vez en cuando, al tropezarme con libros como el de Juan López Bauzá, que cumple once años este dosmilocho. Tampoco tengo una solución, o un manifiesto para declarar. Sólo pregunto ¿cómo es posible que textos tan buenos no se mencionen? Entendería su invisibilidad si me dijesen que se han publicado un maratón de colecciones de cuentos buenas en los pasados cinco, seis años. Pero sólo he logrado atrapar una que otra.

5. La mujer negra, cuyo campo visual quedaba en dirección a la puerta, le prestó más atención a la ortografía de sus contornos, al conglomerado de vello de la señora. El pelo: un complejísimo enjambre de moños y remolinos atornillados vertiginosamente, y de un matiz como si se le hubiesen derramado la noche encima; las patillas, poca diplomáticas, desparramadas a manera de alfombrilla por los lados de la cara hasta derrumbarse en la papada como una barba de corsario; en los brazos unos pelos largos y prietos, formidables para enramarlos en trenzas , contrastaban acusadamente con su piel de grasa cruda, a través de cuya membranosa superficie aparecía una retícula horripilante de venitas en diferentes azules, abajo, sumergida, como una escritura antigua; era el mismo tipo de pelambre que sobre el labio le formaba un bigotillo duro y mal cuidado. La prieta, al verla, mudó de color, mudó de palabra y voz, y procedió a aferrarse tenazmente a los brazos de su amante para evitar que hubiese allí una escena. Y efectivamente, no hizo el joven muchacho más que verla pasar por su lado que ya estaba forcejeando con su novia para caerle encima a la señora y darle de bofetadas. (página 4, La Sustituta y otros cuentos, J. López Bauzá).

6. “Sustancias muy otras”. Me gusta eso.

viernes, noviembre 30, 2007

La muerte de mamá

Play.

Al recibir la noticia de que su madre había muerto, el protagonista del libro de Yván Silén, La Muerte de Mamá, no puede evitar el golpe de risa que lo sobretoma. No se trata de un estrépito de felicidad, ni mucho menos de karma… se trata del primer disparo a quemarropa del viaje absurdo, surrealista, y completamente insano que es el texto de Silén.

Pausa.

El jueves pasado emprendí la misión de buscar una novela boricua en La Tertulia, ya que estaba terminando de escribir una (no muy buena) y necesitaba referentes, sin darme cuenta lo pocas que son. Aquí hago una aclaración: Estaba buscando novelas más o menos contemporáneas, después del dos mil tres, más allá de las publicadas por Callejón [me refiero a La Inutilidad (de hace varios años y okay), y más recientemente El Killer, El Peor de Mis Amigos], del reguero de e-mails de Luis López Nieves [El Corazón de Voltaire], de las que ha sacado Alfaguara últimamente y las de Mayra Santos-Febres. En resumen: buscaba una novela de la cual no hubiese escuchado mucho, una novela que pudiera pasarse por mi novela.

Encontré tres particularmente interesantes: primero, La muerte de mamá, segundo, Cártago de Mara Negrón y tercero El Archivo Catalina, del director de la Escuela de Comunicación de la UPR, Eliseo Colón. Antes de comprarlas, hice algunas llamadas, ya que el dinero estaba apretado, a ver quién me las podía prestar. El compañero Juan Luis Ramos me ofreció la de Silén, y la Librería de la Universidad, me ofreció la de Colón (del 2002) al deliciosísimo precio de 1 dólar con 15 centavos (están en liquidación).

Pausa.

Pero bueno, Silén:

Play.

Silén es el autor de Los Poemas de Fili-Melé y de La Biografía, nació en el ’44, si mal no recuerdo, es filósofo, poeta y narrador y declaro mi total ignorancia al respecto de su obra y su persona. Apenas había escuchado de él, por lo cual me enfrenté a su texto tabula rasa.

Y fue lo mejor que pude hacer.

Como dije anteriormente, La muerte es un viaje casi edipál, y no sé si alguien me pudiese llevar la contraria. El personaje nos cuenta la historia de su madre, de su santa madre. Una mujer adinerada que le dona dinero al municipio de San Juan, pero que es más protestante que Lútero y que lo sigue hasta a la Universidad. Una mujer loca; una mujer sana; una mujer bella; una mujer reprimida; una mujer dictatorial; una madre padre; una madre-Eva; una madre-Yocasta. Y, consecuentemente, la historia de su madre es su historia; de profesor en el exilio, de profesor en la isla, de estudiante que fuma marihuana en la universidad, de muchachito joven, de muchachito enamorado y de Judith. La bella Judith, muchachita de clase alta de la cuál se enamora el personaje, llamado Ivánoskar. Incluye: conversaciones con caballos, caballos plateados, perros satánicos, y una última cena antropofágica.

La muerte de mamá es una LOCURA.

Pero como todas las locuras, es deliciosa. La forma de escribir, la escritura misma es el experimento. Jamás podemos distinguir si el personaje es el autor, o si el autor se ha convertido en el personaje, pues hace constantes referencias a una La Biografía que está escribiendo (así se llama una obra anterior de Silén), al igual que a otras situaciones que podrían ser paralelas.

No conozco la obra anterior de Silén, por lo cual tal vez cojee de la pata más importante; pero si es todo un juego, y no es necesario conocer lo que vino antes, la novela te hace sentir exitosamente como si tú fueses el loco, por estar jugando parte del ritual, por leerla.

Pausa.

El compañero Juan Luis me preguntó qué pensé de la novela, cuando la terminé, tres días después, y la única respuesta que le pude dar es que era una de las cosas más locas que había leído (y no me refiero loca en un sentido cool y trivial).

Se me hace difícil poder explicar y describir el texto sin recurrir al reguero que acaban de presenciar y tal vez éste es el logro de la obra. Esa imposibilidad de narrarla sin haberla leído. Tal vez la mejor explicación y la más cuerda sería: La muerte de mamá se trata de la muerte de mamá. (¿Qué mamá? La mamá de todos. La mamá de Ivanoskar. La mamá de Yván Silén. Mi madre, tu madre, ¿Qué importa?)

Stop/Eject.

[La muerte de mamá. Yván Silén. Instituto de Cultura Puertorriqueña. 2004. 79 páginas.]

sábado, septiembre 29, 2007

La Cresta de Ilion

Acabo de terminar de leer La Cresta de Ilión de Cristina Rivera Garza. Ayer en la noche llegué a casa de mis suegros, en la Montaña, me interné en la biblioteca alejandrina del padre de Novia, encontré un libro de bordes negros que me llamó la atención, y decidí sólo leer la primera oración. Veintitantas horas después, llego a la última, impresionado. Hace tiempo que no leía algo que me dejara tan…tan silente, porque eso es lo que crea la novela: silencio.
No sé si recomendarla por miedo de sonar como publicista; mas, de eso se trata el texto también, del miedo. Miedo a que me digas que me conoces de cuando fui árbol, o que me observes la pelvis y me digas que soy mujer.