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viernes, diciembre 04, 2015

reseñita de dicen que los dormidos, por alexandra pagán

Dicen que los dormidos (2012) es un novelón, en el buen sentido del aumentativo, vemos la narrativa de la violencia como pantano y pesadilla, la poesía de la hermandad que se trastoca con el trauma del juego nefasto del azar. Vemos una ciudad que flota en el mar pantanoso de la venganza, que se cuece y enreda en una trampa en la que todos perdemos algo, en la que nos hundimos en una pesadilla de la que pocas veces despertamos. La coma del protagonista empieza justo cuando despierta de ella, y lleva a ese estado comatoso a los que se interesan genuinamente por él, incluidos los lectores que nos hundimos en un estado de letargo y espanto del que no despertamos. El real vínculo y el real discurso lo serán las imágenes oníricas que de modo fantástico comparten los personajes y que se vuelven un mensaje críptico que descifrarlo nos sumerge en el terreno de la poesía, pero que nos deja irremediablemente tristes. Esperamos superar la novela como a veces intentamos superar las terribles noticias que configuran la trama de la ciudad.

martes, enero 03, 2012

dobles arrebatados y flor de ciruelo y el viento


Hace mucho frío y como no tenía más nada que hacer, ni ganas de salir a hacer ejercicios para perder las libras adquiridas tras semanas intensamente familiares, me senté a terminar de leer la novela de Rafah Acevedo, Flor de Ciruelo y el Viento, que me trajo mi hermanita cuando vino a visitarme, disfrazada de regalo sorpresa, a pesar de que yo le había ya hecho el pedido. Pues, sí, después de un plato de arroz con habichuelas, y un café, y todavía con frío, y la novia ocupada en sus cuestiones coloniales, la terminé. Quise escribir una reseña, pero en realidad me parece que la de Rubén Ríos Ávila, “Humor de amor perdido” le da a los principales clavos y a algunos más. Cuando la cerré me acordé que éste, en su reseña, recuerda una anécdota de Beatriz Sarlo en la que se contraponen Borges y Arlt, como una pareja de contrarios (aunque para mí son más como dos caras de dos pesetas distintas que de casualidad comparten un mismo bolsillo apretado en un mahón gastado), y recurre a mezclarlas, confundirlas, para así describir al narrador de la novela. Esta imagen me parece capturar la esencia del libro, que al fin es un libro de dobles arrebatados­ (Reloj y Li Yu, el Emperador Young y el General de los Comedores de Peces, la lectura china y la lectura tropical y la lectura china tropical, etcétera, etcétera, y etcétera). Digo arrebatados tanto en su sentido diccionarístico (precipitado, impetuoso, inconsiderado, violento, ruborizado), como en su sentido mafutero, porque a veces me reía, o porque a veces detenía la lectura y pronunciaba algo que aparentaba ser chino para descubrirme diciendo coca cola, o mofongo; y porque a veces me encontraba haciendo la lectura exoticista, sintiendo que me leía alguna leyenda china, como salida de Dynasty Warriors, hasta que un footnote me recordaba alguna zanganería que el personaje editor piensa necesaria, o, que, de hecho, es supremamente necesaria. Vale la pena hacer la lectura, tan vertiginosa como la primera de Rafah, Exquisito Cadaver. Entonces, a modo de pasabocas, la cita de Rubén:
El narrador idiota de Acevedo es, siguiendo esta observación de Sarlo, como un Borges que despierta por la mañana convertido en Roberto Arlt, pero que, en vez de preocuparse por su metamorfosis, como la madre, el padre y la hermana de Gregorio Samsa, que no lo dejan tranquilo, se da a la tarea minuciosa de ocupar su nueva identidad, tratando, con los pocos recursos que su recién empobrecido vocabulario le permite, de seguir siendo uno de los escritores más cultos del mundo conocido. En este alucinado cruce de identidades literarias, el narrador erudito ha perdido la capacidad del control analógico y  confunde la gimnasia con la magnesia. La escritura ideográfica de los caracteres chinos se convierte para Acevedo en una metáfora, en un  espejo donde todo es capaz de reflejarse. Es difícil distinguir dónde empieza la filología y dónde termina la charlatanería en esta sarta interminable de foot notes, de notas literalmente al pie, podría incluso decirse, postradas, ante el poder de la letra.

Acevedo transita la fina y delicada cuerda del humor, sin redes. Para burlarse de la erudición hay que ser erudito. Para no tomarse la literatura en serio hay que haber leído como un demente. Y para escribir sobre la melancolía de la desmemoria hay que tener una memoria de elefante.

domingo, noviembre 06, 2011

dice cezanne sobre palacio




Palacio: una novela corta de Sergio Gutiérrez Negrón
por Cezanne Cardona Morales

No importa cuales sean los medios o las materias: el barro, la piedra, el carbón, la pintura, el papel, la tinta, el celuloide o la electricidad, el ser humano ha insistido una y otra vez en contar historias. Pasando por las cuevas de Altamira, la biblioteca de Alejandría, las pirámides, las catedrales medievales, la Capilla Sixtina, el papiro, el libro, —el fin del libro— o el Internet, el hombre no sólo ha querido contar historias, sino además no ha cesado en su intención de construir lectores, en buscar lectores para que su historia, cualquiera que sea, permanezca. Son muchas las novelas que han logrado la inmortalidad en este sentido, pero pocas las novelas cortas que, entre sus pocas páginas, han dejado espacio para tematizar el telón mismo, la forma universal en que el humano se cuenta, se ha contado y se podría contar historias.  Una es la ya clásica novela El entenado, del argentino Juan José Saer, y la otra, de reciente publicación, es Palacio (Agentes Catalíticos, 2011), del joven puertorriqueño Sergio Gutiérrez Negrón, y que aquí reseñamos. Si bien en la novela de Saer se cuenta la historia de cómo un invasor, en la época de la conquista, es salvado o raptado por una tribu indígena con el propósito de que éste cuente o repita la historia de la extinción de la tribu, en Palacio asistimos a la historia de un ornitólogo japonés que intenta que sus aves —cotorras y papagayos— repitan o dupliquen la voz de su hija muerta.
Salpicada con intriga, dos narradores, aves, correos electrónicos y piezas de jazz, Palacio cuenta la historia de Frank o Francisco, un joven puertorriqueño y estudiante graduado de literatura en Atlanta que, desde que su esposa Alice se marchó sin razón aparente, se la pasa día y noche leyendo los mensajes electrónicos que ella el envía desde Japón. Alice trabaja para un excéntrico ornitólogo y ex profesor y su trabajo consiste en leer en voz alta los diarios de la hija muerta del ornitólogo a las aves para que estas repitan la voz de su hija. Todas la aves en la casa del ornitólogo son pistacidos, es decir cotorras, papagayos, en fin, aves de diferentes estirpes que imitan la voz humana. Es harto conocido que estas aves son capaces de aprender setecientas palabras y de reconocer nombres. Incluso algunos científicos piensan que pueden alcanzar el vocabulario de un niño de cuatro años. Sea un aviario personal o una biblioteca de aves, es allí donde Alice pasa horas leyendo en voz alta los diarios de Kaede.

Una de las escenas más poderosas de la novela sucede cuando el señor Abe escucha que una de las aves dice “¿Hola papá?, ¿Cómo estás papá?” Por un momento, cuenta Alice, el señor Abe juró que veía a su niña, que la encontró sana y salva, que la abrazó, que la besó, pero que al rato parpadeó y su hija se deshizo. Quedó frente a una habitación desecha con tres aves volando alrededor del cuarto que hablaban con la voz de Kaede, con el inglés hollywoodense de su hija. Cuenta la señora que cuidaba las aves que encontró al señor Abe en el suelo al lado de tres aves muertas que el ornitólogo mató arrepentido de su empresa. ¿Qué diferencia existe entre esta escena y la de un padre que ve todos los días, una y otra vez, el video o las fotos de su hijo ya muerto? Quizás ninguna. Para cualquier padre que ha perdido a su hijo, ver esas fotos o esos videos hasta el cansancio no significa necesariamente un ejercicio fútil de repetición, o de morbosidad, sino todo lo contrario: cada repetición plantea una nueva forma de mirar o de preguntar: qué hice, qué dejé de hacer, qué pude haber hecho, por qué tuvo que suceder. ¿No es esta acaso la razón ulterior de la ficción: vivir vidas que no podríamos vivir? “Leo ficción —dice el escritor Philip Roth—, para liberarme de mi perspectiva sofocante y estrecha de lo que es la vida. Esa es la misma razón de por que escribo.” Palacio es más que una novela sobre un padre que perdió a su hija, o una novela de amor en tiempos de Internet, o la pérdida que se cuenta desde y gracias al desamor. Palacio nos habla de un experimento común a todos: la necesidad que tenemos de construir Palacios, criptas, la perentoriedad de contarnos una historia aunque siempre sea la misma, o de codificar algo que ya sabemos imposible; un lenguaje de lo perdido, de lo que no podemos recuperar. 
La lectura de Palacio recuerda —tanto en tono y tema, así como en fondo y forma—, algunos cuentos de Jorge Luis Borges, entre ellos La Biblioteca de Babel. En este cuento, Borges propone algo que está muy cerca de la lógica de la repetición que nos presenta Palacio: el universo es una gran biblioteca y en esa biblioteca todo ya ha sido dicho: en ella pueden encontrarse todos los lenguajes concebibles e imaginables. En esa biblioteca todo ha sido pronunciado desde la muerte y todo descubrimiento no es otra cosa que una repetición infinita. Lo que nos revela Borges es que el universo es ese lugar donde creemos que descubrimos algo, donde creemos que hallaremos la salvación y solo encontramos soledad, traición y esperanza. Esa es esta quizás la misma pulsión que nos lleva a comprar libros, a coleccionarlos, a leerlos, a prestarlos. Esta es la misma pulsión que tiene el señor Abe, en Palacio, de comprar nuevas aves para crear la biblioteca hablada de su hija: “Yo era un buen padre” le repetía el señor Abe a su esposa una y otra vez cuando desapareció Kaede. “Lo repitió tanto que hubo un ave, una de las pequeñas que mantenía por afición, que aprendió la frase y tomó por chirriarla todas la mañanas: —Yo era un buen padre. Yo era un buen padre…” repite el ave.
A pesar de ser hermana de novelas como No todas las suecas son rubias, de Manuel Abreu Adorno, de Tokio Blues de Haruki Murakami y Llamadas de Amsterdan de Villoro, entre otras, Palacio es una novela que se destaca, entre muchas, porque procura ahondar en el territorio insondable del dolor, en el duelo, o en el lenguaje del duelo (quizás una ética del duelo) sin dejar a un lado las exigencias del género de la novela. Palacio, como muy pocas novelas puertorriqueñas, comparte un aliento temático con los orígenes de la novela —algo que un buen escritor nunca debe olvidar. Las llamadas primeras novelas de la modernidad contienen temas centrales como la aventura, el viaje, la confesión y el amor —y esto incluye al desamor. Pensemos en el Quijote, de Cervantes, en Pamela de Richarson y en Robinson Crusoe de Defoe. Desde la aventura del Quijote cuando recorre los caminos leyendo la realidad con la ilusión de los libros de caballería,  la confesión de un Robinson Crusoe contando las vivencias de lo salvaje en un lugar remoto y desconocido, hasta las cartas de amor o desamor; todo esto lo podemos encontrar de una forma u otra en Palacio. Incluso desde el primer párrafo:
Cerré los ojos frente al azul del monitor y me dejé caer contra el respaldo del sofá. Intenté imaginarme a Alice en una sala al otro lado del mundo, piernas cruzadas, leyendo en voz alta el diario de la hija muerta del ornitólogo japonés que le pagaba cuarto y sustento. Casi podía descifrar las arrugas que nacían del cierre de sus párpados, la costura que se formaba en su frente, la mirada desorbitada tatuada en el rostro, totalmente decidida a la absurda tarea que había emprendido. Lancé un vistazo al pequeño marco de cuero que apretaba una anacrónica instantánea de nuestra boda, hacía cuatro años, y le respondí a su mensaje escribiendo que estaba aquí, que continuara con el relato.
Solo porque ya estamos en medio de una historia —dice Peter Sloterdijk— es que podemos contar nuestra propia historia. Uno de los muchos logros de Palacio es ponernos en evidencia como consumidores de ficción, confesarnos adictos a la mentira, o como dijo Vargas Llosa, descubrir que todos buscamos “la verdad escondida en el  corazón de las mentiras”. Si no es así, ¿por qué Hamlet aparece leyendo un libro después de ver el fantasma de su padre? Como Hamlet, leemos porque somos inconformes, porque sabemos muy en el fondo que la vida no tiene sentido. Leemos ficción para sobrellevar la contradicción de vivir y ver morir. La contradicción de ser testigos de lo que no queremos ser testigos. Leemos ficción por la tragedia de no estar a la altura de nuestras propias tragedias. Y Palacio insiste de forma magistral, como ninguna otra novela puertorriqueña, en mostrar la necesidad que tenemos todos de leer ficciones, de contar historias para contar nuestras ficciones verdaderas. 

este fue el texto que leyó  cezanne cardona para la presentación del libro, en agosto del 2011.


lunes, marzo 28, 2011

palacio, una nota ante la noticia de su inminente publicación

Palacio: novela corta. San Juan: Libros AC, 2011. Diseño de cubierta: Samuel Medina Arte: fragmento del collage "The Brief Sunshine Hatch vol. 1" de Rubén Ramos.
Palacio es una novela sentimental. Figura como mi aproximación a una película de Wong Kar-Wai, romanticona y afligida; como mi intento de re-escribir No todas las suecas son rubias, de Abreu Adorno; de lanzarle un guiño al Murakami de Norwegian Wood y a las Llamadas de Amsterdam de Juan Villoro, y de pintar con las perspectivas trastocadas del primer Paul Auster; sin perder al mismo tiempo la banda sonora con la que la escribí, que deja huellas en frases o referencias directas en el texto. En fin, a pesar de no ocupar el espacio de primera novela en mi becoming literario, la pensé como una primera novela de juventud durante su escritura, en tanto homenaje a mis lecturas, y simulacro de intimidad.

sábado, enero 24, 2009

náyade, una reseña

1.
Náyade se empieza a leer como se leen muchas otras novelas en las que el personaje está maldito por el recuerdo de una mujer dañina: con su regreso, por supuesto. Un retorno telefónico, en este caso, que le trae devuelta a Matías Rodríguez, el protagonista, el golpe de agua y recuerdos de lo que significó Cibel—la mujer dañina—y que le recuerda que tienen una cita y que espera que se presente. Matías acepta, instantáneamente, sin querer queriendo, como diría el Chavo. “…hay acuerdos con los que es mejor cumplir para tacharlos de la lista de cosas por hacer”, dice y se lamenta de haber vivido todo lo que vivió, de haber conocido a Cibel y a Estela.
Es un comienzo natural para este tipo de historias escrito en una prosa limpia que evita pesados adornos, y narrada en una primera persona que intenta darle voz a un personaje coloquial y distinto. ¿Distinto? ¿Distinto cómo? Pues, resulta que lo que hace a Matías Rodríguez ser Matías es, nada más y nada menos que, su enfermiza afición por el sexo. Y no me refiero de una forma poética, admiradora de cuerpos, no. Matías es un enfermo sexual, o mejor dicho, un vicioso sexual, que trabaja en una oficina gubernamental de permisos y cuyos únicos logros son sus conquistas nocturnas, su habilidad para polvos pasajeros.
Y creo que el autor, Jorge Ariel Valentine, logra su acometido hasta cierto punto. La voz de Matías no es una voz de un aficionado de la cultura, o de un lector de novelas, ni siquiera la de un observador mordaz de la naturaleza humana. Es una voz regida por sus huevos, por la bellaquera. Lo que quiero decir es que es una voz que resulta verosímil, excepto en algunas ocasiones, pocas, en las que el autor quiebra la voz de su personaje, que arremete contra él como para subrayar la voz del mismo. No sé si me explico. Desde un principio sabemos que Matías es el tipo de hombre que va a una librería para ver la sección de erótica, para ver revistas, para intentar librar una canita, y, sin embargo, el autor—por que no es Matías en estos diminutos lapsos—insiste en humillarlo, para marcarlo. En una ocasión que le mencionan El Código Da Vinci, Matías comenta: Hice el intento, pero lo encontré tan difícil que no pude pasar de la segunda página (p. 40), en otra, durante una conversación entre dos estudiantes, “…conversaban sobre un tal Kubrick. Cibel dijo que prefería A Clockwork Orange mientras Estela acusó al Kubrick de prepotente y abusivo con la cámara… La verdad es que a mí, ni una cosa ni la otra me importaba sobre el tal Cubris (p.90)”, en este fragmento es la mal pronunciación del apellido en la última ocasión, después de mencionarlo dos veces en su relato de la experiencia, lo que me resulta inconsistente de parte del autor, que me destruye totalmente el suspensión of disbeliefque había logrado anteriormente. Por otro lado, en otro fragmento, al referirse a una aficionada escritora de talleres literarios, el personaje—que nos ha hecho claro suficientes veces que no ha leído un libro que no fuese un compendio en su vida—dice perspicazmente: supuse que se había encontrado a otro Luis Rafael Sánchez de la vida y lo hizo su esclavo sexual (p. 69).
No quiero que se entienda que estos pequeños fallos, que aunque distraen al lector en una que otra ocasión, dañan la experiencia, pues son minimalizados por los aciertos en las observaciones del personaje, observaciones que nos devuelven la verosimilitud, su dimensión. Por ejemplo, al inmiscuirse con una serie de muchachitas universitarias, al estar en el medio de tantas conversaciones cuyos temas le eludían, se pregunta: ¿Cómo era posible que dos niñas supiesen tanto sobre cosas que yo jamás había visto? Incluso, llegué a pensar que había perdido mucho tiempo en otros asuntos que a ninguna importaban (p. 90).
2.
Náyade se empieza a leer como se leen muchas otras novelas en las que el personaje está maldito por el recuerdo de una mujer dañina, y, si falta la paciencia, se podría pensar que es sólo eso. Pero luego de algunas páginas, que pueden parecer cacofónicas, en las que Matías relata lo que parece ser un inventario de sus conquistas, por fin llegamos a su relación con Cibel, que es la carne del libro, lo que nos enamora, no por que ella sea un personaje nunca antes visto, me recuerda a La Maga de Cortazar, o a Sabina de Kundera, sino por cómo reacciona Matías ante su juventud, ante sus revueltas. Poco a poco, el viejo-verde-adicto-sexual Matías comienza a transformarse, comienza a cambiar, a mutarse. Y este cambio no lo toma desprevenido, él lo ve venir, intenta evitarlo pero no con el suficiente ahínco para hacerlo, hay demasiado sobre sus hombros, demasiados fantasmas (la presencia opresiva de su madre, la agresividad de su hermano ausente) que lo urgen a dejarse llevar. En sus subsiguientes intentos de estar con otras mujeres, Matías se encuentra incapaz, casi como si la Cibel lo hubiese embrujado, como si él fuera el semi-dios Atys, que se castra a si mismo tras ser llevado a la locura por su madre y amante Cibeles. Matías, comenzamos a ver, parece haber llegado a su limite, donde Cibel juega el siniestro papel de guardarraya.
3.
En ocasiones, mientras leía la novela, no podía evitar pensar en El Libro de la Rabia de Juan Antonio Ramos (2006). Las dos obras tienen muchos elementos en común: las exploraciones de las masculinidades normativas, el recorrido del área metropolitana, el protagonista cincuentón preocupado por su virilidad. Sin embargo, pienso la obra de Jorge Ariel Valentine superior a la de Ramos, en la que el personaje es chato y unidimensional, y en la cual las instancias sexuales parecen obligadas, cansadas. Todo lo contrario en Náyade.
4.
Siento la necesidad de mencionar la habilidad de Valentine con la palabra, de aplaudir sus saltos a flashbacks a través de transiciones casi cinematográficas:
Y entre el humo, las mujeres: y era Sandra riendo mientras me señalaba, y era la chica del tiempo y sus tetas flotando frente al mapa de cuerpos sobre la alfombra, y era la Vanesa abrazada a la cubana, fuerte, como las raíces de un árbol que crece y crece en una tierra negra, honda, húmeda. El mundo comenzó a girar, vi las lenguas nuevamente mojándose, recorriendo lo que era mío. La ceniza del cigarrillo en el brazo me trajo de vuelta a la sala del apartamento que me jugó otra mala broma(p. 76).
Su retrato del área metropolitana también me parece bien logrado, puesto que es un retrato sutil. Es una ciudad que se abre ante los ojos del lector mientras el personaje la camina, o la recorre en tren. Es una ciudad que se lee en relación con lo contado, y no en la otra dirección, cómo sucede a veces.
5.
Náyade se empieza a leer como se leen muchas otras novelas en las que el personaje está maldito por el recuerdo de una mujer dañina, y, no tengo que mentir, eso justamente es la novela. No nos cuenta una historia realmente nueva, pero lo que importa no es la idea de la trama, no es la originalidad, sino lo que se hace con ella. Y Jorge Ariel Valentine reescribe esa idea básica y nos presenta un personaje que logra, no sé en qué momento, deslizarse por debajo de nuestro desinterés y apatía.
Náyade, por Jorge Ariel Valentine, no es una gran novela. Quizás puede que no sea ni una buena novela. Pero es una novela interesante y entretenida—lo suficiente para leerse en una sola tarde—con un personaje que eventualmente te atrapa y te hace preocuparte.

[Náyade fue publicada por Terranova Editores a principios de este año, 2009]

viernes, noviembre 30, 2007

La muerte de mamá

Play.

Al recibir la noticia de que su madre había muerto, el protagonista del libro de Yván Silén, La Muerte de Mamá, no puede evitar el golpe de risa que lo sobretoma. No se trata de un estrépito de felicidad, ni mucho menos de karma… se trata del primer disparo a quemarropa del viaje absurdo, surrealista, y completamente insano que es el texto de Silén.

Pausa.

El jueves pasado emprendí la misión de buscar una novela boricua en La Tertulia, ya que estaba terminando de escribir una (no muy buena) y necesitaba referentes, sin darme cuenta lo pocas que son. Aquí hago una aclaración: Estaba buscando novelas más o menos contemporáneas, después del dos mil tres, más allá de las publicadas por Callejón [me refiero a La Inutilidad (de hace varios años y okay), y más recientemente El Killer, El Peor de Mis Amigos], del reguero de e-mails de Luis López Nieves [El Corazón de Voltaire], de las que ha sacado Alfaguara últimamente y las de Mayra Santos-Febres. En resumen: buscaba una novela de la cual no hubiese escuchado mucho, una novela que pudiera pasarse por mi novela.

Encontré tres particularmente interesantes: primero, La muerte de mamá, segundo, Cártago de Mara Negrón y tercero El Archivo Catalina, del director de la Escuela de Comunicación de la UPR, Eliseo Colón. Antes de comprarlas, hice algunas llamadas, ya que el dinero estaba apretado, a ver quién me las podía prestar. El compañero Juan Luis Ramos me ofreció la de Silén, y la Librería de la Universidad, me ofreció la de Colón (del 2002) al deliciosísimo precio de 1 dólar con 15 centavos (están en liquidación).

Pausa.

Pero bueno, Silén:

Play.

Silén es el autor de Los Poemas de Fili-Melé y de La Biografía, nació en el ’44, si mal no recuerdo, es filósofo, poeta y narrador y declaro mi total ignorancia al respecto de su obra y su persona. Apenas había escuchado de él, por lo cual me enfrenté a su texto tabula rasa.

Y fue lo mejor que pude hacer.

Como dije anteriormente, La muerte es un viaje casi edipál, y no sé si alguien me pudiese llevar la contraria. El personaje nos cuenta la historia de su madre, de su santa madre. Una mujer adinerada que le dona dinero al municipio de San Juan, pero que es más protestante que Lútero y que lo sigue hasta a la Universidad. Una mujer loca; una mujer sana; una mujer bella; una mujer reprimida; una mujer dictatorial; una madre padre; una madre-Eva; una madre-Yocasta. Y, consecuentemente, la historia de su madre es su historia; de profesor en el exilio, de profesor en la isla, de estudiante que fuma marihuana en la universidad, de muchachito joven, de muchachito enamorado y de Judith. La bella Judith, muchachita de clase alta de la cuál se enamora el personaje, llamado Ivánoskar. Incluye: conversaciones con caballos, caballos plateados, perros satánicos, y una última cena antropofágica.

La muerte de mamá es una LOCURA.

Pero como todas las locuras, es deliciosa. La forma de escribir, la escritura misma es el experimento. Jamás podemos distinguir si el personaje es el autor, o si el autor se ha convertido en el personaje, pues hace constantes referencias a una La Biografía que está escribiendo (así se llama una obra anterior de Silén), al igual que a otras situaciones que podrían ser paralelas.

No conozco la obra anterior de Silén, por lo cual tal vez cojee de la pata más importante; pero si es todo un juego, y no es necesario conocer lo que vino antes, la novela te hace sentir exitosamente como si tú fueses el loco, por estar jugando parte del ritual, por leerla.

Pausa.

El compañero Juan Luis me preguntó qué pensé de la novela, cuando la terminé, tres días después, y la única respuesta que le pude dar es que era una de las cosas más locas que había leído (y no me refiero loca en un sentido cool y trivial).

Se me hace difícil poder explicar y describir el texto sin recurrir al reguero que acaban de presenciar y tal vez éste es el logro de la obra. Esa imposibilidad de narrarla sin haberla leído. Tal vez la mejor explicación y la más cuerda sería: La muerte de mamá se trata de la muerte de mamá. (¿Qué mamá? La mamá de todos. La mamá de Ivanoskar. La mamá de Yván Silén. Mi madre, tu madre, ¿Qué importa?)

Stop/Eject.

[La muerte de mamá. Yván Silén. Instituto de Cultura Puertorriqueña. 2004. 79 páginas.]