Dicen que los dormidos (2012) es un novelón, en el buen sentido del aumentativo, vemos la narrativa de la violencia como pantano y pesadilla, la poesía de la hermandad que se trastoca con el trauma del juego nefasto del azar. Vemos una ciudad que flota en el mar pantanoso de la venganza, que se cuece y enreda en una trampa en la que todos perdemos algo, en la que nos hundimos en una pesadilla de la que pocas veces despertamos. La coma del protagonista empieza justo cuando despierta de ella, y lleva a ese estado comatoso a los que se interesan genuinamente por él, incluidos los lectores que nos hundimos en un estado de letargo y espanto del que no despertamos. El real vínculo y el real discurso lo serán las imágenes oníricas que de modo fantástico comparten los personajes y que se vuelven un mensaje críptico que descifrarlo nos sumerge en el terreno de la poesía, pero que nos deja irremediablemente tristes. Esperamos superar la novela como a veces intentamos superar las terribles noticias que configuran la trama de la ciudad.
viernes, diciembre 04, 2015
reseñita de dicen que los dormidos, por alexandra pagán
martes, enero 03, 2012
dobles arrebatados y flor de ciruelo y el viento
El narrador idiota de Acevedo es, siguiendo esta observación de Sarlo, como un Borges que despierta por la mañana convertido en Roberto Arlt, pero que, en vez de preocuparse por su metamorfosis, como la madre, el padre y la hermana de Gregorio Samsa, que no lo dejan tranquilo, se da a la tarea minuciosa de ocupar su nueva identidad, tratando, con los pocos recursos que su recién empobrecido vocabulario le permite, de seguir siendo uno de los escritores más cultos del mundo conocido. En este alucinado cruce de identidades literarias, el narrador erudito ha perdido la capacidad del control analógico y confunde la gimnasia con la magnesia. La escritura ideográfica de los caracteres chinos se convierte para Acevedo en una metáfora, en un espejo donde todo es capaz de reflejarse. Es difícil distinguir dónde empieza la filología y dónde termina la charlatanería en esta sarta interminable de foot notes, de notas literalmente al pie, podría incluso decirse, postradas, ante el poder de la letra.
Acevedo transita la fina y delicada cuerda del humor, sin redes. Para burlarse de la erudición hay que ser erudito. Para no tomarse la literatura en serio hay que haber leído como un demente. Y para escribir sobre la melancolía de la desmemoria hay que tener una memoria de elefante.
domingo, noviembre 06, 2011
dice cezanne sobre palacio
Cerré los ojos frente al azul del monitor y me dejé caer contra el respaldo del sofá. Intenté imaginarme a Alice en una sala al otro lado del mundo, piernas cruzadas, leyendo en voz alta el diario de la hija muerta del ornitólogo japonés que le pagaba cuarto y sustento. Casi podía descifrar las arrugas que nacían del cierre de sus párpados, la costura que se formaba en su frente, la mirada desorbitada tatuada en el rostro, totalmente decidida a la absurda tarea que había emprendido. Lancé un vistazo al pequeño marco de cuero que apretaba una anacrónica instantánea de nuestra boda, hacía cuatro años, y le respondí a su mensaje escribiendo que estaba aquí, que continuara con el relato.
lunes, marzo 28, 2011
palacio, una nota ante la noticia de su inminente publicación
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| Palacio: novela corta. San Juan: Libros AC, 2011. Diseño de cubierta: Samuel Medina Arte: fragmento del collage "The Brief Sunshine Hatch vol. 1" de Rubén Ramos. |
sábado, enero 24, 2009
náyade, una reseña
1. Náyade se empieza a leer como se leen muchas otras novelas en las que el personaje está maldito por el recuerdo de una mujer dañina: con su regreso, por supuesto. Un retorno telefónico, en este caso, que le trae devuelta a Matías Rodríguez, el protagonista, el golpe de agua y recuerdos de lo que significó Cibel—la mujer dañina—y que le recuerda que tienen una cita y que espera que se presente. Matías acepta, instantáneamente, sin querer queriendo, como diría el Chavo. “…hay acuerdos con los que es mejor cumplir para tacharlos de la lista de cosas por hacer”, dice y se lamenta de haber vivido todo lo que vivió, de haber conocido a Cibel y a Estela.
Es un comienzo natural para este tipo de historias escrito en una prosa limpia que evita pesados adornos, y narrada en una primera persona que intenta darle voz a un personaje coloquial y distinto. ¿Distinto? ¿Distinto cómo? Pues, resulta que lo que hace a Matías Rodríguez ser Matías es, nada más y nada menos que, su enfermiza afición por el sexo. Y no me refiero de una forma poética, admiradora de cuerpos, no. Matías es un enfermo sexual, o mejor dicho, un vicioso sexual, que trabaja en una oficina gubernamental de permisos y cuyos únicos logros son sus conquistas nocturnas, su habilidad para polvos pasajeros.
Y creo que el autor, Jorge Ariel Valentine, logra su acometido hasta cierto punto. La voz de Matías no es una voz de un aficionado de la cultura, o de un lector de novelas, ni siquiera la de un observador mordaz de la naturaleza humana. Es una voz regida por sus huevos, por la bellaquera. Lo que quiero decir es que es una voz que resulta verosímil, excepto en algunas ocasiones, pocas, en las que el autor quiebra la voz de su personaje, que arremete contra él como para subrayar la voz del mismo. No sé si me explico. Desde un principio sabemos que Matías es el tipo de hombre que va a una librería para ver la sección de erótica, para ver revistas, para intentar librar una canita, y, sin embargo, el autor—por que no es Matías en estos diminutos lapsos—insiste en humillarlo, para marcarlo. En una ocasión que le mencionan El Código Da Vinci, Matías comenta: Hice el intento, pero lo encontré tan difícil que no pude pasar de la segunda página (p. 40), en otra, durante una conversación entre dos estudiantes, “…conversaban sobre un tal Kubrick. Cibel dijo que prefería A Clockwork Orange mientras Estela acusó al Kubrick de prepotente y abusivo con la cámara… La verdad es que a mí, ni una cosa ni la otra me importaba sobre el tal Cubris (p.90)”, en este fragmento es la mal pronunciación del apellido en la última ocasión, después de mencionarlo dos veces en su relato de la experiencia, lo que me resulta inconsistente de parte del autor, que me destruye totalmente el suspensión of disbeliefque había logrado anteriormente. Por otro lado, en otro fragmento, al referirse a una aficionada escritora de talleres literarios, el personaje—que nos ha hecho claro suficientes veces que no ha leído un libro que no fuese un compendio en su vida—dice perspicazmente: supuse que se había encontrado a otro Luis Rafael Sánchez de la vida y lo hizo su esclavo sexual (p. 69).
No quiero que se entienda que estos pequeños fallos, que aunque distraen al lector en una que otra ocasión, dañan la experiencia, pues son minimalizados por los aciertos en las observaciones del personaje, observaciones que nos devuelven la verosimilitud, su dimensión. Por ejemplo, al inmiscuirse con una serie de muchachitas universitarias, al estar en el medio de tantas conversaciones cuyos temas le eludían, se pregunta: ¿Cómo era posible que dos niñas supiesen tanto sobre cosas que yo jamás había visto? Incluso, llegué a pensar que había perdido mucho tiempo en otros asuntos que a ninguna importaban (p. 90).
2.
Náyade se empieza a leer como se leen muchas otras novelas en las que el personaje está maldito por el recuerdo de una mujer dañina, y, si falta la paciencia, se podría pensar que es sólo eso. Pero luego de algunas páginas, que pueden parecer cacofónicas, en las que Matías relata lo que parece ser un inventario de sus conquistas, por fin llegamos a su relación con Cibel, que es la carne del libro, lo que nos enamora, no por que ella sea un personaje nunca antes visto, me recuerda a La Maga de Cortazar, o a Sabina de Kundera, sino por cómo reacciona Matías ante su juventud, ante sus revueltas. Poco a poco, el viejo-verde-adicto-sexual Matías comienza a transformarse, comienza a cambiar, a mutarse. Y este cambio no lo toma desprevenido, él lo ve venir, intenta evitarlo pero no con el suficiente ahínco para hacerlo, hay demasiado sobre sus hombros, demasiados fantasmas (la presencia opresiva de su madre, la agresividad de su hermano ausente) que lo urgen a dejarse llevar. En sus subsiguientes intentos de estar con otras mujeres, Matías se encuentra incapaz, casi como si la Cibel lo hubiese embrujado, como si él fuera el semi-dios Atys, que se castra a si mismo tras ser llevado a la locura por su madre y amante Cibeles. Matías, comenzamos a ver, parece haber llegado a su limite, donde Cibel juega el siniestro papel de guardarraya.
3.
En ocasiones, mientras leía la novela, no podía evitar pensar en El Libro de la Rabia de Juan Antonio Ramos (2006). Las dos obras tienen muchos elementos en común: las exploraciones de las masculinidades normativas, el recorrido del área metropolitana, el protagonista cincuentón preocupado por su virilidad. Sin embargo, pienso la obra de Jorge Ariel Valentine superior a la de Ramos, en la que el personaje es chato y unidimensional, y en la cual las instancias sexuales parecen obligadas, cansadas. Todo lo contrario en Náyade.
4.
Siento la necesidad de mencionar la habilidad de Valentine con la palabra, de aplaudir sus saltos a flashbacks a través de transiciones casi cinematográficas:
Y entre el humo, las mujeres: y era Sandra riendo mientras me señalaba, y era la chica del tiempo y sus tetas flotando frente al mapa de cuerpos sobre la alfombra, y era la Vanesa abrazada a la cubana, fuerte, como las raíces de un árbol que crece y crece en una tierra negra, honda, húmeda. El mundo comenzó a girar, vi las lenguas nuevamente mojándose, recorriendo lo que era mío. La ceniza del cigarrillo en el brazo me trajo de vuelta a la sala del apartamento que me jugó otra mala broma(p. 76).Su retrato del área metropolitana también me parece bien logrado, puesto que es un retrato sutil. Es una ciudad que se abre ante los ojos del lector mientras el personaje la camina, o la recorre en tren. Es una ciudad que se lee en relación con lo contado, y no en la otra dirección, cómo sucede a veces.
5.
Náyade se empieza a leer como se leen muchas otras novelas en las que el personaje está maldito por el recuerdo de una mujer dañina, y, no tengo que mentir, eso justamente es la novela. No nos cuenta una historia realmente nueva, pero lo que importa no es la idea de la trama, no es la originalidad, sino lo que se hace con ella. Y Jorge Ariel Valentine reescribe esa idea básica y nos presenta un personaje que logra, no sé en qué momento, deslizarse por debajo de nuestro desinterés y apatía.
Náyade, por Jorge Ariel Valentine, no es una gran novela. Quizás puede que no sea ni una buena novela. Pero es una novela interesante y entretenida—lo suficiente para leerse en una sola tarde—con un personaje que eventualmente te atrapa y te hace preocuparte.
viernes, noviembre 30, 2007
La muerte de mamá
Play.
Al recibir la noticia de que su madre había muerto, el protagonista del libro de Yván Silén, La Muerte de Mamá, no puede evitar el golpe de risa que lo sobretoma. No se trata de un estrépito de felicidad, ni mucho menos de karma… se trata del primer disparo a quemarropa del viaje absurdo, surrealista, y completamente insano que es el texto de Silén.
Pausa.
El jueves pasado emprendí la misión de buscar una novela boricua en La Tertulia, ya que estaba terminando de escribir una (no muy buena) y necesitaba referentes, sin darme cuenta lo pocas que son. Aquí hago una aclaración: Estaba buscando novelas más o menos contemporáneas, después del dos mil tres, más allá de las publicadas por Callejón [me refiero a La Inutilidad (de hace varios años y okay), y más recientemente El Killer, El Peor de Mis Amigos], del reguero de e-mails de Luis López Nieves [El Corazón de Voltaire], de las que ha sacado Alfaguara últimamente y las de Mayra Santos-Febres. En resumen: buscaba una novela de la cual no hubiese escuchado mucho, una novela que pudiera pasarse por mi novela.
Encontré tres particularmente interesantes: primero, La muerte de mamá, segundo, Cártago de Mara Negrón y tercero El Archivo Catalina, del director de la Escuela de Comunicación de la UPR, Eliseo Colón. Antes de comprarlas, hice algunas llamadas, ya que el dinero estaba apretado, a ver quién me las podía prestar. El compañero Juan Luis Ramos me ofreció la de Silén, y la Librería de la Universidad, me ofreció la de Colón (del 2002) al deliciosísimo precio de 1 dólar con 15 centavos (están en liquidación).
Pausa.
Pero bueno, Silén:
Play.
Silén es el autor de Los Poemas de Fili-Melé y de La Biografía, nació en el ’44, si mal no recuerdo, es filósofo, poeta y narrador y declaro mi total ignorancia al respecto de su obra y su persona. Apenas había escuchado de él, por lo cual me enfrenté a su texto tabula rasa.
Y fue lo mejor que pude hacer.
Como dije anteriormente, La muerte es un viaje casi edipál, y no sé si alguien me pudiese llevar la contraria. El personaje nos cuenta la historia de su madre, de su santa madre. Una mujer adinerada que le dona dinero al municipio de San Juan, pero que es más protestante que Lútero y que lo sigue hasta a la Universidad. Una mujer loca; una mujer sana; una mujer bella; una mujer reprimida; una mujer dictatorial; una madre padre; una madre-Eva; una madre-Yocasta. Y, consecuentemente, la historia de su madre es su historia; de profesor en el exilio, de profesor en la isla, de estudiante que fuma marihuana en la universidad, de muchachito joven, de muchachito enamorado y de Judith. La bella Judith, muchachita de clase alta de la cuál se enamora el personaje, llamado Ivánoskar. Incluye: conversaciones con caballos, caballos plateados, perros satánicos, y una última cena antropofágica.
La muerte de mamá es una LOCURA.
Pero como todas las locuras, es deliciosa. La forma de escribir, la escritura misma es el experimento. Jamás podemos distinguir si el personaje es el autor, o si el autor se ha convertido en el personaje, pues hace constantes referencias a una La Biografía que está escribiendo (así se llama una obra anterior de Silén), al igual que a otras situaciones que podrían ser paralelas.
No conozco la obra anterior de Silén, por lo cual tal vez cojee de la pata más importante; pero si es todo un juego, y no es necesario conocer lo que vino antes, la novela te hace sentir exitosamente como si tú fueses el loco, por estar jugando parte del ritual, por leerla.
Pausa.
El compañero Juan Luis me preguntó qué pensé de la novela, cuando la terminé, tres días después, y la única respuesta que le pude dar es que era una de las cosas más locas que había leído (y no me refiero loca en un sentido cool y trivial).
Se me hace difícil poder explicar y describir el texto sin recurrir al reguero que acaban de presenciar y tal vez éste es el logro de la obra. Esa imposibilidad de narrarla sin haberla leído. Tal vez la mejor explicación y la más cuerda sería: La muerte de mamá se trata de la muerte de mamá. (¿Qué mamá? La mamá de todos. La mamá de Ivanoskar. La mamá de Yván Silén. Mi madre, tu madre, ¿Qué importa?)
Stop/Eject.
[La muerte de mamá. Yván Silén. Instituto de Cultura Puertorriqueña. 2004. 79 páginas.]




