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viernes, noviembre 01, 2013

Greene, o, ¿Por qué una literatura en vez de muchas?, un ensayo

Este ensayo fue originalmente publicado en la revista Cruce el mes pasado y es parte de un proyecto que vengo desarrollando en el que intento pensar la literatura, más como persna que escribe novelas que como académico, a partir de un concepto de la humildad que busca ser, de cierto modo, post-estético. Es decir, lo que quiero hacer es rebasar todos esos clichés acerca de la experiencia literaria--tanto como escritor y como lector--que tanto me aburren, especialmente cosas relacionadas a los poetas malditos, a la inspiración, etcétera. El proyecto es un tanteo, y no tanto una estética. Así que de ensayo a ensayo voy y seguiré afinando conceptos e ideas que comencé a exponer en el primero de los ensayos, La necesaria severidad de la tierra: literatura y especulación

Greene, o, ¿Por qué una literatura en vez de muchas?

Este ensayo es parte de un proyecto en ciernes titulado "Literatura y humildad"

1. ¿Por qué una literatura en vez de muchas? La pregunta de por sí es una trampa. En primer lugar, porque cierta multiplicidad de la literatura se da por sentada. En segundo lugar, porque calco la pregunta de aquel filósofo francés, Jean-Luc Nancy, que se preguntaba por qué había muchos artes en vez de uno. Es algo capciosa, además, porque cuando me la estuve formulando en estos días, aislaba al elemento literario de las institucionalidades que lo enmarcan y lo constituyen, y fuera de las cuales no existe.[1] Antes de continuar a especular una respuesta, mejor ciñámonos a lo específico: ¿por qué una Estética Literaria, con mayúsculas, en vez de muchas? ¿Por qué a pesar de la multiplicidad de estilísticas, teorías, aproximaciones, y Duchamp, los escritores, al hablar de la literatura en general o de su propia obra, se hallan inevitablemente devueltos a esa unicidad estética, a ese canon cifrado de unidades históricas tales como creación, autenticidad, originalidad, inspiración, expresión, etcétera? Es decir, aun más privativamente, mi pregunta está anclada en el discurso literario enunciado por novelistas, poetas, cuentistas y lectores. Y, más que eso, parte del prejuicio (como todos, moralista) de que todos y cada uno de estos personajes deben, en algún momento u otro, cuestionarse el porqué de las herramientas que utiliza (¿por qué los destornilladores vienen mayormente en estría y paleta?, por ejemplo).

2.  Si emprendiésemos una tarea borgiana, como esa de escribir una historia universal de la literatura en la que las opiniones de los escritores importase, el escritor británico Graham Greene sobresaldría como un dedo malherido. Escribo ‘un dedo malherido’, no sólo debido a mi afán por los anglicismos, sino porque el de Greene es uno de esos extraños casos en los que un solo autor intentó ser productor de dos literaturas distintas, y terminó pillándose el dedo entre la puerta y el marco. Greene intentó pilotear la pregunta que abre este ensayo apropiándose de los prejuicios implícitos en la Estética Literaria. Al sentarse a escribir, Greene decidía, antes que nada, si trabajaría un novel o un entertainment. De entrada es posible ver lo que conllevan tal dispersión. Para Greene, la primera de estas apuntaba hacia una literatura que él consideraba seria, lo cual no excluía la comedia, y tiraba hacia el escudriñamiento profundo, hacia la exploración honda. La segunda miraba hacia una literatura que para él era precisamente lo que nombra, un entretenimiento: algo que lo tenía mientras se daba el momento de la cáustica expresión de sus novelas serias, breves divertimientos y entremeses llenos de espías y suspense. Ejemplos de la primera lo serían The Power and the Glory, End of the Affair, y The Heart of the Matter. De la segunda, The Third Man, Our Man in Havana y The Quiet American.[2]
A la larga, sin embargo, a pesar de la seguridad de expresión que caracterizó al señor Greene en entrevistas, las dos literaturas comenzaron a confundirse. Temas que tocó en sus entretenimientos, tales como The Ministry of Fear, se filtraron a The Heart of the Matter, y, de ahí en adelante, la división fue, poco a poco, perdiendo importancia para todo el mundo. Excepto para Greene mismo. Extrapolémoslo y digamos que, para él, no era meramente cuestión de temas y estilo. No era que las novelas valiesen más que los entretenimientos, sino que sólo las primeras importaban. Sólo las primeras eran arte. La diferenciación se trató siempre de una distinción en el accionar, de una discrepancia en el proceder. Sus novelas serias exploraban y hurgaban en todas las inseguridades de su mundo, en su catolicismo, y, desde ahí, develaban y expresaban el secreto: eran novelas estéticas, las segundas eran otra cosa.
Eventualmente, Greene se rindió, y accedió a que en la re-edición de los veintidós volúmenes de sus obras, entre 1970 y 1982, se eliminase la diferenciación. La crítica había comenzado a utilizar las dos categorías contra las obras mismas. Equis obra, identificada como novela, decían, parecía más a uno de los entretenimientos, puesto que era cómica, o era liviana. Ye obra, por el otro lado, era demasiado seria, demasiado filosófica para ser considerada como entretenimiento, y así por el estilo. La crítica pudo haber tenido razón: tal vez el contenido de las obras dejó de diferenciarse lo suficientemente como para ser consideradas objetos distintos. Tal vez las categorías eran superfluas. El público leía las obras de Greene como literatura, ¿no significaba eso que lo eran? Greene, podríamos entender, terminó dándoles las razón.
Aquí es donde meto la cuchara, ¿Y qué si no? ¿Y qué si el contenido no tiene tanto que ver? ¿Y qué si las novelas se diferenciaran de los entretenimientos profundamente? ¿Y qué si la diferencia de forma, de proceder, los presentasen como objetos totalmente distintos? Esto no lo digo a modo de hipótesis que pasará luego a ser confirmada por un estudio empírico de las obras de Greene. Eso no me interesa. Me hago la pregunta más a un nivel especulativo, ¿será que podemos abrir la literatura? ¿Podríamos hacer un espacio para muchas literaturas? ¿Para comprensiones múltiples de lo literario, más allá de la estética, o eso implicaría incendiar totalmente la cabaña de madera que la contiene?
Cabe entender que no estoy hablando de abrir la literatura para incluir géneros populares, u obras experimentales ni nada por el estilo. Eso ya es parte. Lo que me pregunto es si la literatura, hoy, puede abrirse a contener una serie de aproximaciones, de comprensiones más allá del idealismo y el romanticismo implícito en la estética, que la hace reveladora de secretos, portavoz de un zeitgeist, expresión de un pueblo,  etcétera. Jacques Ranciére los llamaría regímenes, pero igual le podríamos llamar más fácil formas-de-literatura. ¿Puede haber nuevas formas-de-literatura? En fin, ¿por qué una literatura en vez de muchas?

3. La pregunta original es distinta no sólo en objeto, sino que en orden. ¿Por qué hay varios artes y no sólo uno?, interroga Jean Luc Nancy en su libro Las musas, con esa simplicidad y genio que siempre me han llevado a leerlo más como poeta que como filósofo. En su respuesta, lo que buscará el francés es no tanto negar o cuestionar la multiplicidad del arte, sino más bien explorar las razones por las cuales se ha evitado hacer esta pregunta en el pasado, y, desde ahí, ensayar la cosa estética desde la cuestión del ser plural-singular que ha explorado en sus trabajos anteriores—ya sean sobre comunidad, ontología, cuerpo, y hasta trasplantes médicos.
Para Jean-Luc Nancy, la pregunta de la multiplicidad de las artes ha sido aproximada de dos modos. El primer acercamiento se enuncia taxonómicamente: una categorización que no puede sino estar históricamente determinada por las opciones disponibles en el momento—Hegel le asignaría a cada sentido un arte. El segundo, por el otro lado, está marcado por un modo esencialista que arguye que existe una esencia del arte, y que las múltiples artes son meras manifestaciones. Es este el modo del arte que impera, a mi parecer, en el discurso hegemónico de la literatura, en su vertiente romántica. Nancy descarta esta posible unicidad artística por completo, prefiriendo repensar el concepto de "arte" mismo desde su fenomenología existencialista, como unas cosas cuyos orígenes son lo plural (que no es lo mismo que decir una cosa de origen plural).[3]
En fin y para dejarnos ya del suspense del género expositivo, para el francés, el arte es una cosa más que nada técnica. El "más que nada" no implica que se compone de un proceso mecánico inicial, luego aderezado por un polvito mágico-artístico, sino que es técnico en tanto a que implica siempre un modo de proceder, un saber cómo hacer para producir aquello que no se produce por sí mismo. La obra de arte, que no tiene nada en común con cualquier otra obra de arte con excepción de su tecnicidad, es obra de arte en tanto a que siempre figura como una exposición de/al sentido, como la presentación de algo que excede toda posibilidad de presentación; un exceso irreducible a la resolución dialéctica, irreducible al trabajo de la razón o del conocimiento absoluto. De modo que cada obra de arte obliga al sentido a tocarse a sí mismo, pero no por esto a volverse un sentido en sí—lo que es decir, el jazz no crea una nueva extremidad o un sentido jazzístico, un sentido musical, sino que obliga al sentido auditivo a percatarse de sí, a tocarse a sí mismo puesto que al abandonar la instancia e integración de lo vivido, se transforma en otra cosa: el sonido escuchado se expone musical, la imagen vista se devela pictórica, la palabra leída se revela ¿literaria?
En resumidas cuentas, lo que Jean-Luc Nancy arguye es que, si algo y en algún lugar, el arte se halla en esa exposición siempre plural. Arte sería el nombre de la exposición que ocurre cada vez, exposición técnica al sentido, que es lo mismo que decir una exposición al mundo, a la inevitable severidad de la tierra. Es necesario, después de Duchamp y de décadas de readymades, de modernism, performance, vanguardias, etcétera, recalcar en la cuestión técnica, en esa última secularización que hace de todo el pensamiento de Nancy una eco-técnica, eso que a mí se me hace más fácil llamar, en el caso de la literatura, un proceder.

4.  Al llegar a este punto, me percato que me he puesto entre la espada y la pared. Parecería que empujar las fugas y tropiezos de este ensayo a sus últimas consecuencias me obligaría a tomar partida. Una de las opciones sería,  por un lado, resguardar el lado de Greene, y la primacía del autor: la defensa intransigente de aquella diferenciación que hizo entre objetos estéticos y objetos entretenientes, a pesar del público, y a pesar de las negras décadas en luto por la malinterpretada muerte del autor. La segunda opción, por el otro lado, sería arrinconarse en la esquina de los lectores, confeccionar una nueva estética de la recepción, años después de Jauss, que escude y dé batalla a favor de la unicidad que parecieron entrever en la obra del británico. Pero esto es sólo en apariencia. La toma de partida es sólo tal si entendiésemos que la labor de Greene y las labores de los públicos hubiesen de tomar lugar sobre el mismo légamo. Es decir, habría que escoger un lado sólo si entendiésemos que los dos—Greene y sus públicos— trabajan sobre un mismo objeto, sobre una misma obra. Dicho en un modo ordenado, la obra literaria, para quien la escribe, es un animal totalmente distinto de la obra literaria para quien la lee. De hecho, si recurrimos nuevamente a la idea del proceder podríamos decir que el proceder de quien escribe, la disposición técnica de la maquinaria de una obra, montada de cierto modo con cierto fin, y ensamblada a partir de una serie de tropos, ideas, piezas, retóricas e imágenes partícipes de cierta institucionalidad literaria se distingue del proceder del lector. Este accionar del lector tendría que ser entendido también como otra disposición construida a partir de otra serie de experiencias y prácticas lectoriles no menos técnicas, no menos empalmadas a otras series de tropos, ideas, piezas, retóricas e imágenes heredadas o construidas de otras series de interfaces institucionales.
Si la relación es entendida de este modo, que no es otro que uno que insiste, primeramente, en la naturaleza humilde, el humus, de ambas prácticas, de su inevitable enraizamiento en la corteza terrestre, es posible dar un paso más allá de los tropos y callejones sin salida heredados de la Estética, mayúscula, y acercarnos más a una apertura real que haga de la literatura una cuestión plural más allá del contenido. Entender a la literatura como cosas cuyos orígenes son plurales querría decir, para el escritor, entender cada una de sus obras como cuestión técnica y singular, que parte de una serie de procederes que bien pueden ser los mismos, bien pueden ser distintos y que producen siempre objetos disímiles, aproximaciones a la tierra que intentan construir mundos de sentidos—Greene con sus objetos-novelas y sus objetos-entretenimientos. Cada obra, de este modo, podría ser entendida como piezas ontológicamente distintas. De otra forma, para el lector, un proceder que surja de los orígenes plurales de la literatura querría decir, nada más ni nada menos, que entender a la obra casi como una serie de objetos encontrados, o readymades, que interpelan a los sentidos y los llevan a tocarse a sí mismos, como diría Nancy, y así a devenir exposición y mundos. La literatura, irremediablemente expuesta a ser malinterpretada, a ser extrapolada, se abriría aun más a una multiplicidad que trascienda los límites de los discursos estéticos. En un contexto como el que aquí desplego, en el que ignoro totalmente el árido determinismo de las instituciones reales, estas literaturas, finalmente, quedarían liberadas de la necesidad de los discursos que enarbolan la expresión, la imaginación, la autenticidad, y la plétora de brumosas y anacrónicas imágenes románticas detrás de las cuales se esconde la tecnicidad y materialidad de la práctica escrituraria y lectoril. Tal vez entonces, la literatura pueda asumir su bienvenida humillación histórica. Tal vez Greene pueda entonces tener sus dos especies de obrar—sus novelas, sus entretenimientos—, tal vez el público pueda quedarse con su Literatura, y, para culminar, tal vez entonces, todos, los tús y los yos, podamos ir vislumbrando, y quizás hasta aceptando, la singular idiotez del palabrar literario




[1] Otra pregunta, más difícil por lo sociológica y lo específica, seria ¿por qué hablan los escritores como si hubiese sólo una Institución Literaria en vez de muchas?
[2] Estas tres que doy como ejemplo tienen versiones cinematográficas.
[3] "¿Qué podría uno querer decir por un principio (o una razón o una esencia) que no fuere un principio de pluralidad, sino lo plural mismo como principio? Y en qué formas debe este pertenecer propiamente a la esencia del arte?", pregunta Nancy. 

jueves, octubre 17, 2013

"La necesaria severidad de la tierra: especulación y tierra", un ensayo.


Este ensayo fue originalmente publicado en la revista Cruce el mes pasado y es parte de un proyecto que vengo desarrollando en el que intento pensar la literatura, más como persna que escribe novelas que como académico, a partir de un concepto de la humildad que busca ser, de cierto modo, post-estético. Es decir, lo que quiero hacer es rebasar todos esos clichés acerca de la experiencia literaria--tanto como escritor y como lector--que tanto me aburren, especialmente cosas relacionadas a los poetas malditos, a la inspiración, etcétera. El proyecto es un tanteo, y no tanto una estética. Así que de ensayo a ensayo voy y seguiré afinando conceptos e ideas que comencé a exponer acá.

La necesaria severidad de la tierra: especulación y Literatura

Este ensayo es parte de un proyecto en ciernes titulado "Literatura y humildad"
En la adolescencia leí vorazmente. No se trató jamás de la lectura inteligente y sopesada del ratón de bibliotecas, bufa figura del accionar culto. Fue un hacer mucho más relacionado al atragantamiento burdo del tiburón tigre; un consumo indiscriminado que hizo de mi librero un órgano dedicado a digerir insalubres restos de animales, llantas, botas, y tesoros. Mi sustento principal consistió de títulos como "Al oeste de enero", "Los malditos", "La cadena dorada", "El señor de las tierras del fuego", y "Cielo de espadas". Novelitas que, a grandes rasgos, no significan nada, ni tan siquiera para aquellos que gustan denominarse lectores de ciencia ficción y fantasía. Eran, en gran parte, novelas de capa, espada y magia, muchas de ellas escritas por un tal Dave Duncan, un viejo geólogo escocés emigrado a Canadá.
Por extraños azares en mis prácticas adquisitivas, guiadas en gran parte por las ventas de liquidación, esta voracidad, como suele suceder, disminuyó eventualmente, pero antes de hacerlo me depositó a las orillas más conocidas de los grandes nombres, y la canina literatura que se atesta de seriedad y pedigree. La universidad, eventualmente, dotó mis lecturas de algo parecido a una forma, y el viejo geólogo, junto a sus colegas, quedó rezagado a lecturas navideñas, en las que ponía todo en suspensión, y me lanzaba de lleno.
He vuelto a pensar en el geólogo escoses últimamente, tras percatarme de la incomodidad que me causan ciertos discursos grandilocuentes acerca del hacer, el poder, o el lugar de la literatura en el mundo contemporáneo, con los que por alguna razón me he tropezado casi semanalmente en el pasado mes. Así, he advertido que, de cierto modo, la forma que ha tomado la literatura para mí, desde la adolescencia, tanto en el leer como en el escribir, ha sido marcada por el viejo geólogo escocés y su mirada especulativa.
Dave Duncan no fue, ni nunca quiso ser, un gran lector, ni mucho menos un gran escritor—¿seguirá vivo?. En sus entrevistas, con las cuales di ya muchos años después de mi consumo indiscriminado, renegaba de leer novelas demasiado largas, o demasiado inteligentes. Decía no tener tiempo para la literatura, atribuyendo su coartada al hecho de que fuera, como ya hemos dicho, no un tipo que comenzó en esto de las letras por las letras en sí, sino un viejo geólogo retirado con entrenamiento de historiador. Lo suyo, decía, era contar historias y crear personajes, cierto, pero más que nada, era tallar continentes y esculpir islas bajo equis condiciones, y, luego, especular con respecto al tipo de historia geopolítica que podría darse entre tales cuerpos masivos, y las consecuencias materiales en las vidas de sus habitantes.
Al leerlas, sus expresiones no me causaron nada—más allá de cierto repelillo. Pero, hubo algo de su proceso, de su partir desde la tierra que me llamó la atención, y que me pareció necesario en tanto ese anclaje en la dura firmeza de la tierra. De modo que con un breve empuje recurrí a extrapolar, expropiar las ideas del geólogo escocés, extirpar al Dave Duncan autor—que cómo todos los autores, yace como un peligro cancerígeno, capaz de, en cualquier momento, hacer metástasis y joder ese corpus literario que nos marca— de la figura del geólogo escocés que produjo las especulaciones que me abacoraron en la adolescencia. Así, tras la intervención quirúrgica, quedé con el Duncan que quise, una figura lectoril, un significante evacuado desde el cual pensar un proceder literario. Culminado este divorcio del chusco amasijo de tejidos y órganos, proceder como el geólogo escocés terminó siendo otra cosa, una forma literaria que llevo pensando por meses y sólo ahora comienzo articular, a partir de una serie de obras literarias que no son sino la sombra, el negativo que asedia este ensayo, aunque no aparezcan en él.[1]
Proceder como el geólogo escocés implica, conjugado en presente, una aproximación especulativa  que no puede partir de otro lugar que no sea la tierra—es decir, cercenar el geos griego, que nombra el suelo, de la logia, para destronar a esta última de su puesto de ciencia y devolverla a su raíz, legein, mero hablar. De modo que la tierra queda como el mínimo denominador común desde el que se comienzan a entablar relaciones, a construir espacios, ideas, e historias que por más voladas, por más elevadas, no descuidan, como por instinto aviar, la dura roca que calibra la distribución de los cuerpos.
La tierra, de este modo, como punto de partida de la especulación tanto lectora, como creadora. La tierra como único espacio en el que la literatura puede moverse. De hecho, la tierra como la sustancia constituyente del arte literario y de la que jamás podrá separarse, en tanto institución sucia, embarrada; en tanto creación que no podrá jamás salir del lodazal. 
Proceder como el geólogo escocés, entonces, implica dar constancia de la tierra y, de este modo, dar constancia de que la tierra no puede sino ser inmunda—sucia, sin mundo.[2] La tierra entendida como el espacio en el que toman lugar nuestras constantes mundializaciones. De modo que una especulación literaria que parte de una tierra inmunda, sucia, quiéralo o no, está sentenciada, como Sísifo, a una constante y condenada efectuación de mundos—¿es la roca de Sísifo el cuerpo de Sísifo?
 Es decir, se trata de un proceder humilde, y que desde el humus—tierra, sucio—de esta humildad, efectúa una especulación mundana e inevitablemente aterrada. Haciendo esto a través de un arte—la literatura—con más de medio siglo de haber sido humillado, echado a un lado como uno entre muchos, cómplice de una institución que por mucho se pensó aérea, y que desde sus alturas lanzó afrentas y sentencias.
Partir desde la tierra y, por ende, desde la humildad en tanto condición terrenal, implica, hasta cierto punto, la claudicación de una serie de constelaciones celestes, compuestas por lugares comunes de la tradición estética y política, y atesoradas por muchos interesados en ser escritores, en el prócerato, en el reconocimiento, la visibilidad chata, o el trono letrado del rey filósofo. El proceder humilde, entonces, tiraría más hacia el archipiélago de obras pequeñas que hacia la jupiterina gran novela (¿puertorriqueña? ¿latinoamericana?) de estirpe romántica; tiraría más hacia la lectura que hacia la producción indiscriminada, hacia “la persona que escribe” que a la emulación anacrónica del Personaje Poeta.
 La obra que especula a partir de la humildad no ya entendida como falsa modestia, ni como honestidad (no hay más lugar para la honestidad) sino como la necesaria severidad de la tierra, procede como le da la gana, pero siempre construye sus mundos críticamente, especulativamente. La obra que especula a partir de la humildad inevitablemente termina siendo un ensayo sobre un pensamiento, una experiencia, una pregunta o una preocupación. Una literatura humilde no premia a los herederos o calcadores del noveau roman francés porque sí, ni tampoco condena al que procede en modo realista, siempre y cuando la especulación y la extrapolación (¿expropiación?) crítica intenten dotar de sentido—pensar—a la inmundicia de la que parten.
El proceder del geólogo escocés es, de cierto modo, un proceder comprometido. Mas, es un compromiso sin canon específico, es cualquier compromiso, siempre y cuando no olvide las circunstancias materiales de la existencia. No se trata, de hecho, de un llamado al realismo soviético, ni a ningún tipo, género, o estilo específico, sino un compromiso, ya redundo, a la especulación, y a la comprensión de las circunstancias sociopolíticas que han hecho de esta isla lo que es, que han hecho de la literatura lo que es.
Proceder desde la humildad es entender que la literatura crea mundos, lo quiera o no, que han de enfrentar la necesaria severidad de la tierra. Por eso me parece que la “honestidad”, que ha proliferado a partir de finales de los ochentas como el modus operandi de cierta literatura latinoamericana y estadounidense (¿neoliberal?), nunca ha de ser suficiente, precisamente porque la honestidad siempre parte de la unicidad del mundo. La honestidad parte del honor, de la posición elegante, casta, y virginal de la verdad monárquica. Es decir, parte de las presuposiciones de mundos anquilosados, de imágenes fosilizadas que a fuerza de repetición han querido dar la sensación de verdades, de superficies constitutivas e impensadas.
Quizás para ir cerrando esta especulación podríamos intentar pensar el proceder como el geólogo escocés como una postura de retaguardia. Al respecto de tal posicionamiento, podemos extrapolar las palabras de Juan Duchesne Winter, cuando dice que la retaguardia ha sido a menudo subestimada—ante la visibilidad vanguardista—, puesto que ha proliferado una suposición de que le resta de heroísmo, de drama—quizás para bien, en mi opinión—. Sin embargo, dice Duchesne Winter, se puede argumentar que la retaguardia es el corazón de la resistencia. Que es un espacio de autonomía relativa desde donde un nuevo sentido de comunidad puede surgir. La retaguardia es capaz de ofrecer refugio de la exposición a la violencia traumática, de ofrecer un lugar para la convalecencia y la creatividad.
En términos literarios, sigue el crítico, la retaguardia presta atención a los rumores de la resistencia, los interpreta, los traduce, entretiene diálogos, cuida, y construye un legado. Quizás sea cierto que la retaguardia no conduce la lucha, no señala el camino, pero me parece que ya es hora de que la literatura acepte que ese ya no es ese su lugar, que su accionar pertenece a otro registro, a otro dominio, y a otro tiempo, no menos activo, no menos militante que antes, pero sí distinto. A la literatura le queda sólo extrapolar, sólo asirse al hecho de que ya no sea lo que pensó ser alguna vez—importante—, y precisamente desde la constancia de su poca importancia, desde la humildad de su fuera-de-lugar, lanzarse a la más libre y la más crítica de las especulaciones.





[1] Tal vez valga la pena enumerar algunas de las obras sobre las cuales indirectamente cursa este ensayo: La mujer en las dunas, The Remains of the Day, Exquisito cadáver, Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, Respiración artificial, Otra vez me alejo, Decirla en pedacitos, The Life of Michael K., Audioeuforias, Heart of a Dog, Una soledad demasiado ruidosa, Sobre mi cadáver, Winter Journal, Train Dreams, y la trilogía haitiana de Amour, Colère y Folie.
[2] La idea de la inmundicia supongo que es de Derrida o alguien por el estilo, pero la malinterpreté por primera vez en la conferencia magistral que dio Mara Negrón el 5 de noviembre del 2011 en la conferencia “Comparative Caribbeans” que tomó lugar en Atlanta, Georgia. Su trabajo se tituló “Why Do Some Love Islands? Why Don’t Others?”


sábado, mayo 21, 2011

everything flows freely into you, dice doña Smith

Leí esto hace algunos meses en el blog de Celibelle. Me pareció chévere. Cosas veredes, Sancho, pensé. Y entonces lo olvidé. Hace algunos días, cuando llegué a mitad de la primera parte de mi proyectito matutino, salí a ver una película con A.M, y me dije, coño, esto está directamente relacionado a lo que estoy escribiendo. Línea que, al llegar a casa, me recordó este pedazo que pongo a continuación. Es un fragmento de un ensayo (de esos de auto-ayuda literaria que se dan en los talleres literarios o en los MFAs americanos) de Zadie Smith, titulado That crafty feeling acerca de su escritura. Gracias otra vez a Celi, por conseguírmelo.

In the middle of a novel, a kind of magical thinking takes over. To clarify, the middle of the novel may not happen in the actual geographical centre of the novel. By middle of the novel I mean whatever page you are on when you stop being part of your household and your family and your partner and children and food shopping and dog feeding and reading the post—I mean when there is nothing in the world except your book, and even as your wife tells you she’s sleeping with your brother her face is a gigantic semi-colon, her arms are parentheses and you are wondering whether rummage is a better verb than rifle. The middle of a novel is a state of mind. Strange things happen in it. Time collapses. You sit down to write at 9am, you blink, the evening news is on and 4,000 words are written, more words than you wrote in three long months, a year ago. Something has changed. And it’s not restricted to the house. If you go outside, everything—I mean, everything—flows freely into your novel. Someone on the bus says something—it’s straight out of your novel. You open the paper—every single story in the paper is directly relevant to your novel. If you are fortunate enough to have someone waiting to publish your novel, this is the point at which you phone them in a panic and try to get your publication date brought forward because you cannot believe how in tune the world is with your unfinished novel right now, and if it isn’t published next Tuesday maybe the moment will pass and you will have to kill yourself.
Zadie Smith, That crafty feeling

miércoles, mayo 18, 2011

sudden masterpiece, dixit jocosamente don blanchot

It is true: the writer is willing to put the highest value on the meaning his work has for him alone. Then it does not matter whether the work is good or bad, famous or forgotten. If circumstances neglect it, he congratulates himself, since he only wrote it to negate circumstances. But when a book that comes into being by chance, produced in a moment of idleness and lassitude, whithout value or significance, is suddenly made into a masterpiece by circumstantial events what author is not going to take the credit for the glory himself… see his own worth in that glory… the workings of his mind in providential harmony with his time?

Me encanta el sentido de humor de este tipo. Literature and the right to death por Maurice Blanchot