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jueves, enero 18, 2018

mi territorio estético es estrecho, dijo el gran daniel sada en algún momento

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Huyo de las vanguardias como también huyo de todo lo que huela a tradicional o canónico. Intento que mi territorio narrativo sea fértil, pero estrecho. En literatura no me interesa la libertad absoluta como tampoco la rigidez timorata. Es en esa línea delgada donde transito sin ningún miedo. De hecho, el único terror verdadero que siento es caer en la solemnidad: ese padecimiento histórico que caracteriza a la literatura mexicana. Toda suerte de impostación no es más que reflejo de un temperamento acomplejado. Tampoco caigo en el extremo de la vulgaridad ni en el énfasis de la expresión zarrapastrosa. Repito: mi territorio estético es estrecho. Me impongo esa visión para no sentirme un semidiós antipático. Nadie me aparta de la idea de que lo peor que le puede pasar a un autor es reconocerse como conservador y convencional”, dice Daniel Sada en Como una penitencia diaria, un breve ars poética.

miércoles, diciembre 07, 2016

lo que se va vuelve absurdo, dice daniel sada


Tanto los abandonos como lo retornos ¿dan lo mismo?: tienen una semejanza tan sutil por ser quizás como círculos maltrechos, e incompletos de resultas, que, empero, vistos de pronto dal el relumbrón de un trance incorregible y, por ende, dizque ya definitivo. Lo que amenaza con irse por lo común no se va ya y lo que por un agravio o por un simple capricho se va lejos ¿para siempre?, vuelve siempre, vuelve absurdo e inclusive peor que antes. Pero aquello que se va de a deveras, y de pronto, puede ser que se engrandezca o tal vez hasta renazca, sin embargo, ha de volver a ser substancia, la misma, la de acá: allá: cual río arriba, que jamás se hubiese ido…
dixit Daniel Sada en Porque parece mentira la verdad nunca se sabe

sábado, agosto 27, 2016

que las palabras nombren nuevamente todo aquello que irradia porque escuece, dijo d. sada

Escúchame, alma mía, aunque sea al ce por be
Que las palabras nombren nuevamente
todo aquello que irradia porque escuece
Que atisben para siempre en lo inaudito
y a la postre lo absuelvan


Ya veremos qué pasa

--Daniel Sada, "Opúsculo número 30", El amor es cobrizo. 

lunes, diciembre 29, 2014

¡busque! ¡cuente!, una columna

Esta columna apareció el miércoles 24 de diciembre del 2014 en El Nuevo Día


Si hay algo que les ha gustado a escritores, época tras época, es la gran sentencia. Especialmente la gran sentencia con respecto a la literatura. Ésa que descalifica mucho de lo producido en el presente cultural del enunciador, a favor de lo otro. Habrá que confesar que hay algo de productivo en el ejercicio: la sentencia conlleva, en su mejor momento, un posicionamiento del cual se extrapolan lecturas, instituciones, intenciones, y relaciones. La cláusula “la literatura es...” no puede sino gozar de cierto aire profético.

A pesar de la tradición de la sentencia excluyente, me pregunto por qué debe haber una literatura en vez de muchas. No es sólo cuestión de número. Literaturas que ni son más, ni son menos, pero que son diferentes y de modos distintos. Literaturas como avioncitos de papel y literaturas como mercancías; literaturas como piedras botas en las que se identifica una forma dura y literaturas que se imaginan carísimas prendas; literaturas para quienes quieren jugar a ser autores y literaturas para quienes quieren, y punto.

Para evadir la trampa de la sentencia, el escritor mexicano Daniel Sada solía contar una anécdota de juventud. En los años setentas, el vanguardista Salvador Elizondo se acercó a Sada y, en tono de sentencia, compartió lo que para él enarbolaba el motor principal de la escritura arriesgada, ése que le daba al arte su identidad: “¡Busque, busque, busque!”, le ordenó. Sin embargo, antes de poner en práctica la orden de Elizondo, tropezó con Juan Rulfo, quizás en una cantina. El autor de “Pedro Páramo”, inclinándose, ofreció su propio impulso sentencioso, que él creía el correcto, “contra” Elizondo: “¡Cuente!, ¡cuente!, ¡cuente!”.

Queriendo evitar la sentencia, aunque no el gesto, Sada dice que le tomó tiempo ver que lo literario residía entre estas dos pulsiones, que era en la articulación entre Elizondo y Rulfo que podía hallarse el inicio de una propuesta; una propuesta que, tomada como navaja, serviría para, entre las muchas literaturas y los pocos años, acercarnos a la que cuenta.

martes, junio 10, 2014

el problema es el pacto, dice sada


En general no me gusta hacer frases redondas. Quiero que quede un sesgo de duda o de sospecha. Es una técnica que descubrí al leer la literatura del siglo XVI, luego la picaresca española, los romances. No completar, dejar deliberadamente trunca la frase; por eso uso tan seguido los dos puntos. Es una figura retórica que se llama aposiopesis. No es muy usada porque se demanda comprensión: sujeto, verbo y complemento. Hay mucha conciencia en lo que escribo. A veces los lectores se complican, pero quien acepta mis convenciones se va de corrido. El problema es hacer ese pacto.
dijo Sada en una entrevista

domingo, mayo 11, 2014

la impotencia idealista, el pudor realista, y el acto defecatorio, según Sada

Entretenimiento necio de un poco más de media hora: sentadísima en la taza del excusado Cecilia dizque haciéndose sabihonda, o si no seudofilósofa, pues temía todas-tosas que su plan fuera a fallarle.... Para el caso se adelanta que le falló sólo a medias, en virtud de que la tía también a medias falló; plan contra plan: vaguedad, ya que todo empate es vago, pero a davor de esa iguala valga afrontar un deslinde: se retoma el excusado, la posición hacedora: el típico agache a fuerzas de Cecilia batallando, y he aquí entonces el concepto antitético y grosero: HACER DEL BAÑO ES UN TRIUNFO, MÁS QUE UNA NECESIDAD, ¿o a lo mejor es preciso ver tal triunfo—si se puede—un poco más desde abajo?... ¡No!, no es menester retorcerse. ¿Para qué el contorsionismo después de una batalla y sobre todo de un triunfo? Nomás hay que imaginar la posición en agache de Cecilia puje y puje, y con eso es suficiente, aunque.... si Vénulo alguna vez tuviese oportunidad de contemplar a su amada en semejante postura ¿decreceria su delirio?.... Depende.... Quién sabe.... ¡Vaya!.... Pues no acepta el idealismo contundencias de este tipo, y si entra en juego el realismo habrá entonces jaloneo entre lo malo y lo bueno y al cabo habrá de exigir más discreción al respecto y....


Las disculpas son realistas, y el perdón ¿por consiguiente?

de Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, Daniel Sada

jueves, octubre 17, 2013

"La necesaria severidad de la tierra: especulación y tierra", un ensayo.


Este ensayo fue originalmente publicado en la revista Cruce el mes pasado y es parte de un proyecto que vengo desarrollando en el que intento pensar la literatura, más como persna que escribe novelas que como académico, a partir de un concepto de la humildad que busca ser, de cierto modo, post-estético. Es decir, lo que quiero hacer es rebasar todos esos clichés acerca de la experiencia literaria--tanto como escritor y como lector--que tanto me aburren, especialmente cosas relacionadas a los poetas malditos, a la inspiración, etcétera. El proyecto es un tanteo, y no tanto una estética. Así que de ensayo a ensayo voy y seguiré afinando conceptos e ideas que comencé a exponer acá.

La necesaria severidad de la tierra: especulación y Literatura

Este ensayo es parte de un proyecto en ciernes titulado "Literatura y humildad"
En la adolescencia leí vorazmente. No se trató jamás de la lectura inteligente y sopesada del ratón de bibliotecas, bufa figura del accionar culto. Fue un hacer mucho más relacionado al atragantamiento burdo del tiburón tigre; un consumo indiscriminado que hizo de mi librero un órgano dedicado a digerir insalubres restos de animales, llantas, botas, y tesoros. Mi sustento principal consistió de títulos como "Al oeste de enero", "Los malditos", "La cadena dorada", "El señor de las tierras del fuego", y "Cielo de espadas". Novelitas que, a grandes rasgos, no significan nada, ni tan siquiera para aquellos que gustan denominarse lectores de ciencia ficción y fantasía. Eran, en gran parte, novelas de capa, espada y magia, muchas de ellas escritas por un tal Dave Duncan, un viejo geólogo escocés emigrado a Canadá.
Por extraños azares en mis prácticas adquisitivas, guiadas en gran parte por las ventas de liquidación, esta voracidad, como suele suceder, disminuyó eventualmente, pero antes de hacerlo me depositó a las orillas más conocidas de los grandes nombres, y la canina literatura que se atesta de seriedad y pedigree. La universidad, eventualmente, dotó mis lecturas de algo parecido a una forma, y el viejo geólogo, junto a sus colegas, quedó rezagado a lecturas navideñas, en las que ponía todo en suspensión, y me lanzaba de lleno.
He vuelto a pensar en el geólogo escoses últimamente, tras percatarme de la incomodidad que me causan ciertos discursos grandilocuentes acerca del hacer, el poder, o el lugar de la literatura en el mundo contemporáneo, con los que por alguna razón me he tropezado casi semanalmente en el pasado mes. Así, he advertido que, de cierto modo, la forma que ha tomado la literatura para mí, desde la adolescencia, tanto en el leer como en el escribir, ha sido marcada por el viejo geólogo escocés y su mirada especulativa.
Dave Duncan no fue, ni nunca quiso ser, un gran lector, ni mucho menos un gran escritor—¿seguirá vivo?. En sus entrevistas, con las cuales di ya muchos años después de mi consumo indiscriminado, renegaba de leer novelas demasiado largas, o demasiado inteligentes. Decía no tener tiempo para la literatura, atribuyendo su coartada al hecho de que fuera, como ya hemos dicho, no un tipo que comenzó en esto de las letras por las letras en sí, sino un viejo geólogo retirado con entrenamiento de historiador. Lo suyo, decía, era contar historias y crear personajes, cierto, pero más que nada, era tallar continentes y esculpir islas bajo equis condiciones, y, luego, especular con respecto al tipo de historia geopolítica que podría darse entre tales cuerpos masivos, y las consecuencias materiales en las vidas de sus habitantes.
Al leerlas, sus expresiones no me causaron nada—más allá de cierto repelillo. Pero, hubo algo de su proceso, de su partir desde la tierra que me llamó la atención, y que me pareció necesario en tanto ese anclaje en la dura firmeza de la tierra. De modo que con un breve empuje recurrí a extrapolar, expropiar las ideas del geólogo escocés, extirpar al Dave Duncan autor—que cómo todos los autores, yace como un peligro cancerígeno, capaz de, en cualquier momento, hacer metástasis y joder ese corpus literario que nos marca— de la figura del geólogo escocés que produjo las especulaciones que me abacoraron en la adolescencia. Así, tras la intervención quirúrgica, quedé con el Duncan que quise, una figura lectoril, un significante evacuado desde el cual pensar un proceder literario. Culminado este divorcio del chusco amasijo de tejidos y órganos, proceder como el geólogo escocés terminó siendo otra cosa, una forma literaria que llevo pensando por meses y sólo ahora comienzo articular, a partir de una serie de obras literarias que no son sino la sombra, el negativo que asedia este ensayo, aunque no aparezcan en él.[1]
Proceder como el geólogo escocés implica, conjugado en presente, una aproximación especulativa  que no puede partir de otro lugar que no sea la tierra—es decir, cercenar el geos griego, que nombra el suelo, de la logia, para destronar a esta última de su puesto de ciencia y devolverla a su raíz, legein, mero hablar. De modo que la tierra queda como el mínimo denominador común desde el que se comienzan a entablar relaciones, a construir espacios, ideas, e historias que por más voladas, por más elevadas, no descuidan, como por instinto aviar, la dura roca que calibra la distribución de los cuerpos.
La tierra, de este modo, como punto de partida de la especulación tanto lectora, como creadora. La tierra como único espacio en el que la literatura puede moverse. De hecho, la tierra como la sustancia constituyente del arte literario y de la que jamás podrá separarse, en tanto institución sucia, embarrada; en tanto creación que no podrá jamás salir del lodazal. 
Proceder como el geólogo escocés, entonces, implica dar constancia de la tierra y, de este modo, dar constancia de que la tierra no puede sino ser inmunda—sucia, sin mundo.[2] La tierra entendida como el espacio en el que toman lugar nuestras constantes mundializaciones. De modo que una especulación literaria que parte de una tierra inmunda, sucia, quiéralo o no, está sentenciada, como Sísifo, a una constante y condenada efectuación de mundos—¿es la roca de Sísifo el cuerpo de Sísifo?
 Es decir, se trata de un proceder humilde, y que desde el humus—tierra, sucio—de esta humildad, efectúa una especulación mundana e inevitablemente aterrada. Haciendo esto a través de un arte—la literatura—con más de medio siglo de haber sido humillado, echado a un lado como uno entre muchos, cómplice de una institución que por mucho se pensó aérea, y que desde sus alturas lanzó afrentas y sentencias.
Partir desde la tierra y, por ende, desde la humildad en tanto condición terrenal, implica, hasta cierto punto, la claudicación de una serie de constelaciones celestes, compuestas por lugares comunes de la tradición estética y política, y atesoradas por muchos interesados en ser escritores, en el prócerato, en el reconocimiento, la visibilidad chata, o el trono letrado del rey filósofo. El proceder humilde, entonces, tiraría más hacia el archipiélago de obras pequeñas que hacia la jupiterina gran novela (¿puertorriqueña? ¿latinoamericana?) de estirpe romántica; tiraría más hacia la lectura que hacia la producción indiscriminada, hacia “la persona que escribe” que a la emulación anacrónica del Personaje Poeta.
 La obra que especula a partir de la humildad no ya entendida como falsa modestia, ni como honestidad (no hay más lugar para la honestidad) sino como la necesaria severidad de la tierra, procede como le da la gana, pero siempre construye sus mundos críticamente, especulativamente. La obra que especula a partir de la humildad inevitablemente termina siendo un ensayo sobre un pensamiento, una experiencia, una pregunta o una preocupación. Una literatura humilde no premia a los herederos o calcadores del noveau roman francés porque sí, ni tampoco condena al que procede en modo realista, siempre y cuando la especulación y la extrapolación (¿expropiación?) crítica intenten dotar de sentido—pensar—a la inmundicia de la que parten.
El proceder del geólogo escocés es, de cierto modo, un proceder comprometido. Mas, es un compromiso sin canon específico, es cualquier compromiso, siempre y cuando no olvide las circunstancias materiales de la existencia. No se trata, de hecho, de un llamado al realismo soviético, ni a ningún tipo, género, o estilo específico, sino un compromiso, ya redundo, a la especulación, y a la comprensión de las circunstancias sociopolíticas que han hecho de esta isla lo que es, que han hecho de la literatura lo que es.
Proceder desde la humildad es entender que la literatura crea mundos, lo quiera o no, que han de enfrentar la necesaria severidad de la tierra. Por eso me parece que la “honestidad”, que ha proliferado a partir de finales de los ochentas como el modus operandi de cierta literatura latinoamericana y estadounidense (¿neoliberal?), nunca ha de ser suficiente, precisamente porque la honestidad siempre parte de la unicidad del mundo. La honestidad parte del honor, de la posición elegante, casta, y virginal de la verdad monárquica. Es decir, parte de las presuposiciones de mundos anquilosados, de imágenes fosilizadas que a fuerza de repetición han querido dar la sensación de verdades, de superficies constitutivas e impensadas.
Quizás para ir cerrando esta especulación podríamos intentar pensar el proceder como el geólogo escocés como una postura de retaguardia. Al respecto de tal posicionamiento, podemos extrapolar las palabras de Juan Duchesne Winter, cuando dice que la retaguardia ha sido a menudo subestimada—ante la visibilidad vanguardista—, puesto que ha proliferado una suposición de que le resta de heroísmo, de drama—quizás para bien, en mi opinión—. Sin embargo, dice Duchesne Winter, se puede argumentar que la retaguardia es el corazón de la resistencia. Que es un espacio de autonomía relativa desde donde un nuevo sentido de comunidad puede surgir. La retaguardia es capaz de ofrecer refugio de la exposición a la violencia traumática, de ofrecer un lugar para la convalecencia y la creatividad.
En términos literarios, sigue el crítico, la retaguardia presta atención a los rumores de la resistencia, los interpreta, los traduce, entretiene diálogos, cuida, y construye un legado. Quizás sea cierto que la retaguardia no conduce la lucha, no señala el camino, pero me parece que ya es hora de que la literatura acepte que ese ya no es ese su lugar, que su accionar pertenece a otro registro, a otro dominio, y a otro tiempo, no menos activo, no menos militante que antes, pero sí distinto. A la literatura le queda sólo extrapolar, sólo asirse al hecho de que ya no sea lo que pensó ser alguna vez—importante—, y precisamente desde la constancia de su poca importancia, desde la humildad de su fuera-de-lugar, lanzarse a la más libre y la más crítica de las especulaciones.





[1] Tal vez valga la pena enumerar algunas de las obras sobre las cuales indirectamente cursa este ensayo: La mujer en las dunas, The Remains of the Day, Exquisito cadáver, Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, Respiración artificial, Otra vez me alejo, Decirla en pedacitos, The Life of Michael K., Audioeuforias, Heart of a Dog, Una soledad demasiado ruidosa, Sobre mi cadáver, Winter Journal, Train Dreams, y la trilogía haitiana de Amour, Colère y Folie.
[2] La idea de la inmundicia supongo que es de Derrida o alguien por el estilo, pero la malinterpreté por primera vez en la conferencia magistral que dio Mara Negrón el 5 de noviembre del 2011 en la conferencia “Comparative Caribbeans” que tomó lugar en Atlanta, Georgia. Su trabajo se tituló “Why Do Some Love Islands? Why Don’t Others?”


sábado, septiembre 29, 2012

rulfo decía "¡cuente!", elizondo "¡busque!", recordaba Sada.

Por esa epoca, justo en los años 70, abundaban los libros de teoría literaria. Era común enterarse de la existencia de jóvenes escritores que casi no habían leído novelas pero sí una excesiva carga de teoría literaria. Rulfo me dijo alguna vez que echara a la basura todos los libros teóricos, ya que ese material estaba destinado a los autores que carecían de imaginación. “La imaginación resuelve todo y usted la tiene, más de lo que supone”, me dijo. Sin embargo, las recomendaciones de Elizondo eran harto distintas: me decía que el arte es conocimiento, exploración, búsqueda y que siempre había más preguntas que respuestas. El impulso que me daba Rulfo era: “¡cuente!, ¡cuente!, ¡cuente!, ya que sólo así saldrá a la luz todo lo teórico que usted trae dentro”. Mientras, Elizondo, me decía: “¡busque!, ¡busque!, ¡busque!”. Para mí los dos puntos de vista de mis maestros eran importantes y los hice propios: el arte no es una aclaración, sino una preservación del enigma. Cuando llegué a esta verdad me sentía un rey o un perico en alfombra. Me sentía privilegiado al tener dos escritores tan capitales en la literatura castellana como Rulfo y Elizondo: el primero, un clásico el segundo, un vanguardista. Aquello no podía ser poca cosa para mí.
Dijo Daniel Sada, en El escritor lampante, retratando esas dos pulsiones tan clásicas, esas dos vías que dan a lo literario; siempre chocando, la una con la otra. Las largas duraciones de los aciertos románticos, ¿no?