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domingo, agosto 31, 2008

verano, 24: conclusiones

1.
Tambaleas por la Avenida Universidad. Tomas una derecha. Bajas las escaleras, cuidadosamente, para llegar al cul de sac de la Calle Humacao. Te recuestas (sólo por un momento, te dices) de un poste y llevas tu mano derecha hacia tu estómago. Piensas en las palabras ronroneo, en cantaleta. Dos palabras que suenan a dolor de cabeza. No debiste haber bebido tanto. Es el momento perfecto para que te asalten. No tienes ni un peso encima, pero es el momento perfecto. Tu mano izquierda está enterrada en el bolsillo del mahón. La sacas, porque jamás la ordenaste a entrar, y descubres las llaves del portón bien apretadas entre índice y pulgar. Empujas al poste. Llegas a tu portón, metes la llave y lo abres. Subes las escaleras. Lanzas tu bulto al cuarto y corres al baño. No quieres arrodillarte, no quieres ñangotarte frente al inodoro. Lo haces. Tu estómago se tuerce como contorsionista coreano. Tu garganta se trinca. Piensas que está a punto de fracturarse. Esperas bilis, esperas asco, esperas ese incesante tufo del human folly. Pero lo que surge, desafortunadamente, es un manantial de melancolía.
2.
Más temprano, mucho más temprano, casi doce horas antes, Juanluís me acompañó para el Post Office de Río Piedras. Cruzamos por el Paseo de Diego, doblamos por la calle que no era, pero terminamos encontrándolo. La novela—grabada en un disco compacto que, como no tenía cajita, enrollé en una página arrancada de un cuento que me regalaron—se fue para Francia. Dos dólares y pico. Quise salir de ella rápido. Después de releerla, no estoy satisfecho con el producto. La re-editaré en varios meses, me digo. Otros proyectos, insisto, otros proyectos por ahora, antes de entrar a la Grande. La Grande me tienta. Me pone nervioso.
3.
La soledad y la tristeza son criaturas extrañas; están más presentes cuando estás rodeado por personas, cuando hay siete voces hablándote, cuando no hay espacio para ninguna de las dos. Aún no logro deducir un patrón. Jamás llega cuando espero que llegue, cuando estoy encerrado en mi cuarto riopedrense solo y sin compañía, cuando espero la deseo.
4.
¿Y ahora qué? ¿Qué se hace cuando se acaba? ¿Cuándo lo que empezaste hace algún tiempo llega al fin que predecías, al fin que habías visto venir desde el primer día? No tengo una respuesta. Bolaño se murió escribiendo 2666; Cristina Rivera Garza está viva. Haruki Murakami también. No hablo de mi relación, claro está, hablo de la novela. Hay que masificarla, totalizarla. Hay que volverla cáncer, a la literatura, digo. Hay que permitir que se te riegue, la peor de las metástasis. Hay que dejar que nos coma. Que nos muerda. Que nos ahoguemos en ella y que todo lo que hagamos sea para ella, sólo para ella. Bolaño está muerto. Los dos Manueles, el Abreu y el Ramos, también.
5.
No hay más dinero para cervezas, concluyes. No volverás a beber cerveza. No volverás a sentirte como asco, no volverás a trincar la garganta. Por los próximos dos meses, no te beberás ni una gota de alcohol. ¿Por qué dos meses? ¿Por qué no? Tienes que pensar en la metástasis. Convencerte y asegurártelo, aún cuando el malestar comience a retroceder.
6.
Lo siento. Realmente lo siento.
Summer’s over, kids.

viernes, agosto 15, 2008

verano, 22: listado número dos

1.
Dos frases en inglés que me encantan y que, por más que busque su equivalente lingüístico, literal, y poético en español, no puedo reemplazar: eyes wide open, long and narrow corridor.
2.
Una frase y una palabra en español que no puedo reemplazar, por más que quiera: persiana americana, atisbos. La primera, lo sé, es el título de una canción de Cerati. Pero mi abuela le llama a todas las ventanas persianas. Y siempre me ha encantado la frase. Cerati sólo me añadió lo de americanas. Suena tan musical: persiana americana. Tan ilógico, además. ¿Quién hubiese pensado que dos gerundios apachurrados podrían ser tan bucólicos?
3.
Cita de un cuento de Thomas Disch llamado Descending, supongo que es viejo, entiendo que es un escritor de ciencia ficción clásico. Lo conseguí del blog de Neil Gaiman, en alguna ocasión. Supongo que hace algunos meses. El cuento, sin embargo, para mí, no tiene nada de sci-fi. Es pura ficción existencialista. Pero, ¿qué se puede esperar del sistema de categorizar la literatura de los gringos e ingleses? La cita: “Sleeping, he dreamed he was falling down a bottomless pit. Waking, he discovered nothing had changed, except the dull ache in his legs, which had become a sharp pain.”
4.
Me duelen los muslos. Con cada minuto que pasa, lo que luego de correr fue un silencioso zumbido de dolor se ha intensificado a un estrépito digno de Septiembre Once (el 9/11 américano que es el que existe, no el latinoamericano; ese nadie lo sabe).
5.
Fíjate como son las cosas, escogí la cita y pensé que la incluiría en este escrito, pero antes había tenido planificado mencionar que me dolían las piernas. Ahora me doy cuenta que hay una intertextualidad banal. Me hace sentir todo un escritor del Boom, con la totalidad y esa mierda.
6.
Ahora cada vez que pienso en lo mucho que planifico las cosas, pienso en una parte de la maldita novela, a la que le faltan dos páginas por editar, en la que el narrador excusa a su hermana diciendo que Débora no se asustaba, Débora hacía planes.
7.
Otra cita del cuento: “But his hope was as mechanical as the escalators he rode—and tended, in much the same way, to sink.”
8.
Tengo sólo dos metas a largo plazo para con la literatura: primero, escribir un fracatán de buenas novelas; segundo, escribir una de esas novelas de fantasía épica que leía cuando chamaquito, esas trilogías con novecientas páginas por libro, en inglés, con personajes-estereotipos, y todos los leit motifs y las convenciones del género.
9.
Añado y concluyo: padezco de sueño.

Agosto 13, 10:12pm

verano, 21: la indiferencia como navaja

La indiferencia como navaja.
No logro sacármela de la cabeza. La imagen, digo. La navaja, la indiferencia, la navaja. Tal vez es que la situación partera sigue presente. Estoy muy seguro de que es eso. Que cada vez que veo esa cara ahogada en esa mueca pienso lo mismo. Tan indiferente que se pone, me digo, tan fuckin’ indiferente.
La inmadurez como navaja. Esa es la segunda opción. Se me ocurrió al mismo tiempo. En verdad la primera vino acompañada con quince diferentes secuelas, toda una serie de navajas brillosas e igualmente cortantes. Pero esa indiferencia, la navaja primera, nace de la navaja segunda, aunque eso sería decir algo como que la gallina vino primero que el huevo (¿hace eso sentido?).
La indiferencia-navaja como producto de la inmadurez-navaja. La inmadurez-navaja como producto ¿de qué? A eso es lo que quiero llegar. A veces me digo que debo añadir represión-navaja, o complejo-navaja. O tal vez, deseo-navaja. No sé, no sé. Pienso que llego a mi límite ahí. ¿Qué es lo que la afila? ¿Será la indecisión, la insatisfacción, la mera indisposición?
Puñeta no sé, no sé. No puedo añadir idiotez-navaja, aunque comienza con i. Me niego ante un posible instinto-navaja. ¿Ven? ¿Ya hice público lo inútil de este acto? ¿Qué es lo que la afila? ¿Pueden ver lo fuera de mis manos que está la situación? ¿No ven las palmas todas tajadas, todas hechas un guayo de tanto intentar apretarla? Veo un posible me rindo en el horizonte.
Dime tú, ¿qué diablos es lo que te afila?

[escrito agosto 12, 10:17pm]

jueves, agosto 14, 2008

verano, 20: dólores de mudanza

Puse las cosas en una caja y me mudé nuevamente.
Se puede soportar lo insoportable sólo por unos cuantos minutos si se es fuerte. Digamos que es como los muslos de un buen corredor de maratones, sabes, que pueden soportar las veintiséis millas en un buen tiempo, pero que, al terminar, cómo quiera, chillan de dolor. O por lo menos eso dice Murakami en sus memorias, que en realidad son pensamientos acerca del deporte de long distance running. Yo no sé nada de ello. De correr, digo. De Murakami sé bastante. Pero ese no es el punto. El asentamiento de este párrafo es sólo uno: lo insoportable colma.
No soy el mejor amigo de los animales, eso lo saben todos. Puedo soportar un fin de semana rodeado de un perro o dos, de un gato, pero a largo plazo, se me meten entre las uñas como chicas agujas afiladas. El olor, creo, es lo que me vuela la cabeza. El olor a perro. El olor a gato. El olor a caballo, pájaro, ratón, hamster, rata, conejo, etcétera, etcétera, etcétera. Supongo que tiene que ver con algo instintivo, algo que arrastro desde mi época homínido, allá para los primeros días de la raza sapiens (la original, digo). No sé, así me excuso. Sólo puedo vivir rodeado del olor de mi propia especie. Esa sustancia invisible, pegajosa y un tanto gruesa que traza las siluetas de las personas en el aire a pesar de que ya éstas se han movido. Podríamos explicarlo como la insistencia de un cuerpo físico y temporero por no sucumbir. Un tipo de non omnis moriar escatológico. Entonces, sucede que la primera vez que entré a dónde residí por apenas dos/tres semanas vi un gato. Un pequeño gatito blanco, nomás. Inocente, maúllante. Pero luego descubrí que este animalito era una simple metonimia de un maldito reino de gatos. Una veintena de gatos. Un clan de gatos. Una sociedad, una escuela, una represa, una jauría, un fuckin’ .zip de gatos. Y, todos ellos, cómo ha de esperarse, comían, bebías, y debajo de la hojarasca que me pareció tan picaresca en un principio, enterraban sus heces fecales. Las cuales solían dorarse, asarse, freírse bajo el sol tropical de nuestra isla. Las cuales, en la noche, se apoderaban del lugar como la radiación en Hiroshima. Volviéndose horrible, volviéndose atmósfera… y, luego, comenzaban sus gemidos nocturnos (los gatos, digo, no las heces) los cuales confundía con llantos infantiles, o mujeres heridas, los cuales me recordaban a esas noches en las que apenas tenía siete años y mis vecinos insistían en hablar de La Llorona, o de la Mujer del Puente, o del fantasma vestido de novia que te pedía pon y luego no-sé-qué-rayos te hacía. Bueno, podría seguir este párrafo, pero les vuelvo resumo la idea central: el olor a mierda de gato me asfixiaba, el constante grito de los gatos me robaba el sueño.
Pero decidí soportarlo. Me dije a mi mismo: Sergio, tu puedes hacerlo. Sergio, tu soportas lo que sea. Excepto a ciertas personas. Así que mudé mis cosas, y decidí tomarlo como vino. Y no me refiero a beberlo como vino. Sino tomarlo como llegase. Me doy cuenta, mientras escribo, que podría ser malinterpretado, pero siempre corremos ese riesgo. No escribo para ser malinterpretado. O tal vez sí, tal vez todo acto de escritura es… La segunda noche, teniendo en mente que los gatos son ministros de Satán me acosté a dormir y en el medio de la noche me levanté pensando que roncaba. Volví a dormirme, y mi ronquido volvió a despertarme. Fue ahí, a improviso, que me percaté de algo quintesencial para mi abandono de aquella residencia: a través de mis paredes de madera, se filtraba el ronquido de mi vecina. Un ronquido fuerte, gutural, igual de insistente que el olor a gato, o a sus procesos escatológicos. Y, luego, algunas horas más tarde, aún en mi vigilia nocturna, escuché el cielo tronar. Juré que se me iba a caer el techo encima. Pero los proceso atmosféricos no tenían nada que ver. Podía escuchar los pasos del vecino de arriba. Los escuchaba como martillazos, la percusión perfecta para la pieza que ya componía el soprano gatuno, la trompeta francesa vecina.
Fuck me, recuerdo que pensé. Eso exactamente. Así, literal, porque lo apunté en mi libreta. Un fuck me, completamente estadolibrista.
Me sentía como si estuviera en el Chelsea Hotel, en los setenta, con sus paredes de papel, con sus poetas moribundos, sus recatos facilotes, las putas de bajo sueldo (nunca lo visité, pero he leído lo suficiente para tener una mala interpretación, probablemente mitificada, del lugar. No sólo Leonard Cohen canta de él, uno que otro poema, una que otra película…).
Una cosa llevó a otra, y ahora estoy aquí, en un segundo piso de la calle Humacao, a las 7 de la mañana un martes doce de agosto, segundo día de clases, mirando por la ventana a mi precioso paisaje libre de gatos, vecinas roncantes y techos tronantes. Lanzo una exhalación un tanto teatral, que suena más como un gas, y aprecio lo bello del panorama citadino: el bello edificio que se levanta a no más de veinte pies de mi ventana, pintado de una mezcla de rosita y anaranjado—anoche miré bien, a través de la ventana de ese edificio y vi unos cinco minutos de la novela de las ocho.

[escrito agosto 11, 11:45pm]

lunes, agosto 04, 2008

verano, 19: ferry

Hace algunas semanas tomé un autobús de Río Piedras a Hatillo. Esperé un rato en lo que partiera, pagué mucho más de lo que me hubiese gustado pagar, y abordé casi veinte minutos después. Por suerte, el conductor encendió el acondicionador de aire, y me quedé dormido al instante. Desperté un rato después. Llevaba algunos minutos escuchando a gente hablar de un ferry, de un tal viaje en ferry, de que el otro día cuando vino del ferry, etcétera. Le pregunté a un abogado que tenía a mi derecha, un abogado joven, algo gordo, pelo largo, barba. No tenía ni idea. La guagua se detuvo un momento a recoger a alguien y él, el abogado, claro, bajó de la guagua, encendió un cigarrillo, y se quitó la camisa, que la tenía bañada en sudor. Los vecinos frente a los cuales nos estacionamos, lo miraban desde el portón de la casa. Para ese momento no sabía que era abogado—eso me lo contó luego, casi cuando llegábamos a mi destino final—y al ver toda su gordura recorrida por tatuajes que—obviamente—usaban la iconografía del buen metal de los ochentas, pensé que se trataba de un guitarrista de alguna banda de patio, de esas que recorren el país. Reconocí algunos símbolos que me recordaron a The Grateful Dead, a pesar de que, si mal no recuerdo, ellos originaron a finales de los sesenta. En su hombro derecho tenía el esqueleto de Iron Maiden, algunas palabras indescifrables escritas en ese font gótico que tan kitsch se ve, y en su espalda, estoy casi seguro que la silla eléctrica púrpura que se estiraba de hombro izquierdo a media-columna era una referencia clarísima a Ride the Lightning, de Metálica, pero bueno, uno nunca sabe. Sonreí al reconocer esta última, me sentí un tanto culto—si se le puede llamar cultismo al conocimiento del Heavy Metal—y pensé decirle algo. Pero recapacité. Todo buen metalero de los ochentas—los que lo vivieron en vivo, y no tarde, como yo—sabe que Metálica se vendió y se volvió una banda MTV. Digo, eso a mi no me importa, me encanta el Black Album, pero leyéndole la cara al individuo, me imaginé que él era uno de esos—me lo confirmaría luego, cuando ya adentrados en una conversación, puse el tema, y me dijo tan bien que iba Metálica, broder, tan bien que iba.

Casi veinte minutos después, terminaron de subir las maletas de una señora prieta y su nieto a la guagua, y esta ocupó el asiento a mi derecha, ya que el abogado estaba terminando su cigarrillo. Me sonrió. Le devolví el gesto y me fijé en su bigote. Era un buen bigote, digno de Octavio. Una vez todos abordamos, volvimos a montarnos en el expreso. Sucede que, ni lo sabía, me monté en una de las pocas guaguas que usa el autopista para cruzar los pueblos. Por lo cual, llegaría más rápido de lo pensado. Me decepcioné un tanto, me hubiese gustado sufrir la ruta vieja, el viaje largo, experimentar esa cultura de guagua pública que tan peculiar es. La señora, que era dominicana, comenzó a hablarnos—al abogado y a mí. Ahí fue que descubrí que él había sido abogado en Ponce o en Mayagüez, no recuerdo, y que estaba regresaba para allá, para visitar a unos familiares. Desde hacía un mes se había relocalizado al área metro. Y por qué un abogado coge guagua, pregunta la doña; y el abogado metalero se ríe y le contesta, así en tercera persona, porque hay abogados que de abogados solo tienen el título, y son macetas, y vagos, y odian guiar. Me reí, y como todo el mundo que se monta en guagua pública sabe, una risa es suficiente para ingresar en una conversación ajena. Me preguntaron que de dónde yo era. Le dije que de Caguas, que vivía en Río Piedras, trabajaba en la biblioteca de música de la UPR, y que iba a Hatillo, para que mi novia me recogiera, para subir a Utuado.

Utuado, repite la señora, como masticando el nombre, y me dice que una vez fue a Utuado. La última vez que vino en el ferry, pero que esta vez no viajó por Puerto Rico, sino que se quedó en casa de una hermana, allí en San Juan. Comenzó a hablarme de pueblos de la isla, de lugares bonitos, ríos, campos, casas… parecía conocer a la isla mejor que yo, que dique soy natural de aquí. Le dije que no sabía, que desafortunadamente, conocía poco de aquí, y tomé la oportunidad para preguntarle del ferry.

Información Nueva para Mí: hay un ferry que viaja de Mayagüez a Santo Domingo capital, por doscientos dólares, más o menos, y que va y viene todos los días. Puedes beber, me explica la señora, en la barra que tienen allí, para hacerte el viajecito más corto. Su nieto cumplió los dieciséis años acá, y va a aprovechar para darle su primera juma en el ferry, para que no pueda irse a ningún lado y meter la pata, y luego lo llevará por la pequeña discoteca que me dice que también hay. Ojala, sonríe la doña, mi nene conozca una jevita que tu sabes, le enseñe y lo vuelva hombrecito, porque todavía es muy nene. Me asomo hacia el nieto, que está sentado detrás de mí. Tiene un bigote como el de su abuela, es gordito, y escucha la conversación de nosotros mirando el suelo, sin comentar nada.

Le digo que tengo un amigo que va para allá pronto, y que Juanluís y yo queremos tirarnos y visitar la mediaisla. Digo mediaisla porque lo he escuchado y leído en algunos cuentos, y quiero sonar como si supiera. La señora me corrige y me regaña: ningún media isla, es una isla completita. Haití está allá, casi pegados al mar. Ellos son el cuarto de isla. Me disculpo, para no entrar en una diatriba política con la dama, y le permito al abogado que le haga algunas preguntas. La señora le dice que va a hacer una fiesta en navidad y que le puede ofrecer un cuarto, y a ti también mijo, para que veas mi isla completa. Me río. Les puedo buscar unas novias por allá, nos dice riéndose, y después mira al abogado y le dice, a menos que te gusten maduritas, porque yo todavía puedo. Nos reímos. Ya para este momento hemos entrado a Hatillo, no falta mucho para llegar a El Buen Café, dice el chofer, un restaurante/hotel donde la guagua hace parada. La señora dominicana nos apunta su número en unos papelitos, y nos dice que la llamemos si llegamos a la Capital, del país vecino. El abogado nos da su tarjeta y nos dice que ignoremos la dirección, que aún tiene las de sus oficinas de antes. Yo no les doy nada, pues no tengo nada que ofrecer. Tal vez una sonrisa. Sí, ahora recuerdo, les sonrío.

Justo antes de bajarme, ya nos hemos detenido, la señora nos dice que deberíamos tirarnos allá antes de que se acabe el año. Le pregunto por qué y me dice que si no lo hacemos ahora, no lo haremos nunca. A ustedes los puertorriqueños se le olvida que las islas están demasiado pegadas, que a veces es más rápido llegar de Santo Domingo a Puerto Rico que de San Juan a Cabo Rojo. Se les olvida que entre las islas hay algo, que no somos diferentes, que todos bailamos bachata. Le doy la razón. Pero no me des la razón nada más. Visita. Para que lo notes. Le vuelvo a dar la razón, le prometo que lo haré. Me bajo de la guagua, la ayudo a bajarse. Entramos al local, nos bebemos un café en silencio. El abogado me da la mano, la señora dominicana me besa una mejilla. Ambos retornan al autobús y los veo desaparecerse, por la ventana. Me quedo pensando en Santo Domingo, en Puerto Rico, añado a Cuba de una vez. Le envío un mensaje de texto a Juanluís, diciéndole los precios de ese misterioso ferry. Llamo a Norma, para decirle que ya estoy en Hatillo y me compro un honey bun y otro café.

Mientras espero, escucho a dos señores hablando de política, y me imagino la señora dominicana en la discoteca del ferry, bebiéndose una cerveza, mientras obliga a su nieto a acercársele a una muchacha que le sacará el cuerpo y lo mirará extrañado, y al nieto—sabiendo que lo rechazarán—intentando de todos modos, para hacerle a su abuela bigotuda pensar que él ya es todo un hombrecito.

domingo, agosto 03, 2008

verano, 18: cueva

1.
Diez minutos cuesta arriba, la cueva. Sabíamos que no podríamos cruzarla. No nos preparamos para ello. Nos faltaba un flash-light. Además: a pesar de que aún algo del sol alumbraba el día, si entrábamos, saldríamos de noche. Y una nube—de la familia de monstruosidades oscuras, cargadas de relámpagos—se dirigía hacia nosotros. Antes de llegar a este camino de tierra, habíamos subido con la guagua por otro. Nos internamos en un mundo demasiado adentrado, poblado por gente, con demasiado verde. Tomamos la entrada que no era. Pero ahora estábamos habíamos acertado. Nos tropezamos con una pequeña entrada, una boca redonda, pintada en penumbras, que bostezaba desde debajo de un gigantesco árbol. Jamás había visto una cueva—de esas silvestres—y mi experiencia se limitaba a los paseos guiados de las de Camuy, que ya están domesticadas y no le ladran a la visita, ni los muerden—como dicen que hace Fender.
Esa primera no era la que buscábamos, para aquella aún faltaba bastante, pero decidimos que volveríamos en otra ocasión, que esa era suficiente, por lo menos. Orlando se asomó. Yo miré desde un poco lejos. Había algo ominoso de la cueva—tal vez hay algo ominoso en todas las cuevas. Algo que me hacía sentir que si me asomaba estaría invadiendo su privacidad. Mirándole las pantaletas al planeta Tierra. ¿Tengo el derecho de adentrarme en fauces ajenas? ¿Puedo entrar y observar sus más privadas vísceras?
Sonaba a murciélagos. Cinco minutos después, nos fuimos.
Next time, llevaría un sombrero, pantalones cortos, claro, y la linterna.

2.
La euforia al terminar Los Detectives Salvajes es prima del silencio. Si algo describe el, pienso yo, el estilo de Bolaño en esta novela—la única que he leído de él—es anticlimático. La acción es removida, y lo que te queda es el resto. O tal vez me equivoco, y la acción no es removida, sino que no es el protagonista. Me gusta. Me gusta mucho. Ha sido una de las mejores experiencias literarias que he tenido. Esa sensación de conocer todo, de sumergirse en un mundo literario como si se tratase de una cueva es algo casi sexual. Erótico.
¿Es los Detectives Salvajes la mejor obra que se ha escrito de finales del siglo XX, principios del XXI? No sabría decirte. Pero sí estoy seguro que lo que fue Rayuela y Paradiso para los escritores jóvenes de los 60s, 70s, ¿tal vez ochentas?, es los Detectives Salvajes para todos aquellos que nos pensamos escritores jóvenes, o que conocemos a escritores jóvenes. Porque de eso se trata, de la juventud, de la juventud literaria. En realidad, no tengo la más mínima idea de que puñeta se trata la novela. Pero es preciosa.

3.
Sé que jodo mucho con ello, con mencionar a Abreu Adorno, pero si pensaba que el Difunto tiene mucho en común con el McOndo chileno—de lo poco que he leído de esa antología—tiene mucho más en común con Bolaño. No sólo en sus personajes, que parecerían amigos, sino que en la forma de redacción, en la necesidad de mostrarnos una multiplicidad de voces y de perderse en ellas por las vertientes que tienen que puede que tengan que ver.
Tal vez ando perdido en Abreu adorno, sordo por los chillidos de las criaturas que viven en su sombra, buscando una luz para utilizar de norte, un mapa para entender lo que veo.

4.
Casi a las doce de la noche, ponemos Satantango, la película de Bela Tarr. Dura casi seis horas. Lleva lloviendo todo el fin de semana, y la hemos pasado viendo películas. Cría Cuervos, Alí: Fear Eats the Soul (Orlando fue el único que se quedó despierto), Hable con Ella, y otra más que aún no recuerdo, de una mujer loca, que tocaba piano (¿The pianist?). Obviamente no terminamos la película de Tarr. Sólo logramos ver una hora y pico. Es oscura. Irimías da curiosidad, demasiada curiosidad. Los tiros largos. Son eternos. La carretera y las hojas. La espera en el pasillo del cuartel de la policía. Supongo que la exageración de una película que dura un cuarto de día comienza a hacerme sentido. La atmósfera de silencio, de miedo, de la posibilidad que there will be blood, termina invadiéndote.
La apagamos. Me quedo dormido.
Satantango es la cuarta cueva de este escrito.

verano, 17: apuesta

A veces pienso que me escondes algo, que quieres correr, huir, detrás de algo que no sabes qué es, pero que lo quieres hacer. Por miedo, tal vez. Porque piensas que eres algo que en realidad no eres. Porque caes en jueguitos ajenos y tu ingenuidad no te ayuda. O, tal vez, porque estás confundida, implicada en este calor tan tropical, tan de película de Spike Lee, que te comienza a freír las neuronas, que te afecta, que hace querer saltar a ese lago frío que es lo nuevo, lo ajeno.

De eso se trata la apuesta, ¿no?

miércoles, julio 23, 2008

verano, 16: listado

1.
La increíble necesidad de ser autosuficiente se ve como lo que es—un inevitable y primal grito infantil—cuando te descubres solo en una nueva habitación demasiado pequeña, demasiado desnuda de las marcas que transforman a objeto equis en propiedad privada, bebiendo un poco del galón de agua que compraste en Walgreens de un vaso de plástico—que por su parte le pediste a Rubén veinte minutos antes, frente a una barra bastante concurrida, porque olvidaste traer envases, platos, y utensilios para comer.
2.
El ominoso no-saber-qué-esperar de las muchas primera vez.
3.
—¿Aquí es que vives?—la pregunta, y luego la mirada decepcionada que percibes a pesar de que nunca se originó; que percibes y permites que se filtre por los poros de tu rostro y que se acumula en el lado escondido de tus ojos como lágrimas de bochorno que exigen salida.
—Lo sé, lo sé—comienzas y quieres apretar la garganta, imposibilitar la salida de esos verbos que sabes que vienen, esos verbos que habías silenciado hasta el momento pero que le dan la razón, que materializan las dudas que hasta el momento jugaban a polizontes a bordo de trasatlántico.
4.
Escuchas algo y rápido te pones atento. Enciendes la luz del cuarto y esperas porque se repita. No te das cuenta que tu mano ha apretado el celular y que tu dedo pulgar está listo para presionar el número de Norma, para aceptar que tienes miedo, que temes que algo suceda. Mas, al repetirse, descubres que es sólo el abanico que hace que una bolsa de plástico—dónde traías el galón de agua marca Walgreens—corra y revolotee por el cuarto, como un niño que celebra su segundo cumpleaños en una casa de brincos.
5.
Los llantos de las mujeres en pena que no quieres aceptar, que te impiden cruzar la frontera entre el imperialista desvelo y el tercermundista ensueño. Los llantos de las mujeres que te hacen pensar en lo difícil que son algunas cosas, en las querencias y carencias, carnales y metafísicas. Los llantos de las mujeres que—si estuvieras despierto sería obvio— claramente son los noctámbulos maullares de la luna de gatos que habita en la hojarasca del patio.
6.
Te lavas la cara con el jabón de Neutrogena que te compraste, porque tienes la cara reseca, y te miras—sin espejuelos, y con la lavaza en la barba—en el espejo y escuchas al silencio retumbar, al silencio hacer hincapié de que estás solo, de que por fin te has alejado y que estás solo.
7.
¿Qué almorzarás, ya que no tienes muchos chavos, ah?
Lo que trajiste fue arroz, maíz.
Recuerdas la arrocera, que tienes que fregar.
Recuerdas los hotdogs que lanzaste al freezer.
No te preocupes, algo se te ocurrirá.
8.
Te permites la libertad de caer en el colchón. De poner el abanico a la velocidad que quieras, de acomodar el libro rojo que estás leyendo a tu derecha, para leer cuando te levantes, sin la preocupación de que alguien lo mueva, por curiosidad. Miras una vez más el cuarto. Te dices que es un cuarto feo. Te dices que si la gente lo ve, vería un chinchorro, un cuarto de mal prostíbulo. Te dices que hay mucho que hacer. Que habrá que arreglarlo, que meterle mano, que hacerlo tuyo. Sólo entonces, comienzas a ver como esas aves de plumas technicolor cruzan la risible frontera quimérica y sueltan, a tus pies, las pajas, las pequeñas ramas, las hojas resecas y, al final, un pequeño libro encuadernado en carpeta dura, de matices anaranjados oscuros.
Lees la portada: Instrucciones de Cómo Ensamblar un Nido.

martes, julio 22, 2008

verano, 15: base terráquea

1.
Base Terráquea a Mayor Tomás, Base terráquea a Mayor Tomás:
Tómate tus pastillas de proteínas y ponte el casco
Base Terráquea a Mayor Tomás: Las turbinas están encendidas. Comenzamos conteo regresivo. Verifica el ignition y que el amor de Dios esté contigo.

Aquí base Terráquea a Mayor Tomás: Eso es, lo has logrado. Y los periódicos quieren saber cuál camisa usarás, de qué diseñador. Es hora de salir de la cápsula, Tomás, si te atreves.
Aquí Mayor Tomás a Base Terráquea: Estoy cruzando la puerta. Y estoy flotando de la forma más peculiar. Y las estrellas se ven demasiado diferente hoy.

Aquí estoy, sentado en una lata de aluminio, demasiado lejos del mundo. El Planeta Tierra es azul y no hay nada que yo pueda hacer al respecto.
A pesar de que he pasado unas cien mil millas, me siento demasiado quieto. Y creo que mi nave espacial hacia dónde dirigirse. Díganle a mi esposa que la amo, aunque ella lo sabe.

Base Terráquea a Mayor Tomás, Base terráquea a Mayor Tomás:
Tus circuitos se han jodido, algo anda mal.
¿Nos puedes escuchar, Mayor Tomás?
¿Nos puedes escuchar, Tomás?
¿Nos puedes escuchar…? ¿Nos puedes…?

Aquí estoy, sentado en una lata de aluminio, por encima de la luna. El Planeta Tierra es azul… y no hay nada que yo pueda hacer al respecto.

2.
La maldita novela está casi ahí. Me siento mal maldiciéndola. Pero está casi ahí. Lo que me falta es editar/re-escribir los últimos…ermm….diez capítulos. Son sólo unas 6mil palabras. Si sólo pudiera obligar a sentarme unas doce veces más. He notado que cada vez que me estiro sobre el teclado edito/re-escribo unas quinientas palabras. Entonces, la máquina se me encaja. El problema es que hay mil cosas que me distraen. Cualquier cosa lo hace. Pongo música para escribir. Hoy le tocó a los irlandeses. A Damien Rice y al soundtrack de la película Once, que es Glen Hansard y Marqueta Inglova. Me ayudan a escribir. Estoy en una parte que es medio… angsty , como Damien, como Once. Y de la nada, se mete Bowie, se mete Bowie y su Major Tom y me rompen la vibra.
Mal, mal, mal.
Ya veo porque nunca edité las otras. Aunque las otras, más que editar, necesitarían una cirugía plástica intensiva.
Pero esta no es ni una novela-novela. Es más un short-novel. Una novella de 25mil palabras.
Y no quiero ni ponerme a pensar en título.
Soy tan fuckin’ malo con títulos.

jueves, julio 03, 2008

verano, 14.5: dijiste que

Dijiste que ibas a estar allí, y pensé que me decías la verdad; así que me acomodé sobre el peñón agrietado y te esperé, toda la noche.

verano, 14: grietas en el cascarón

1.
No puedo dormir.
Mi cabeza está como un estómago lleno de gas—una imagen que jamás debí haber aderezado en primer lugar.
Sigo pensando en un libro pequeño. Un cuadrado negro, del tamaño de un cuarto de una hoja ocho por once, con un título escrito en letras rojas, pequeño, en el mismísimo centro. El nombre del autor está abajo, pegado al borde. Si el título—sea cual sea—está en un Arial tamaño 11, el nombre de su creador debe acercarse a los ocho puntos. Sí, así de diminuto.
No es el libro, per se, lo que me quita el sueño. Sino las posibilidades de este. No sé, no creo que sea mío, pero estoy casi seguro que un libro así se sentiría perfecto en las manos—del público y del autor, al mismo tiempo. Sería excelente. Si sólo pudiera conseguirlo. Aunque fuese sólo por un ratito.
Los planes. O la falta de planes. Quizás, pudiese ser, la intangibilidad de los planes. Eso es lo que está dentro del libro, o fuera, o en la mente del que lo lee, o tal vez es eso lo que no me deja dormir, y el libro no tiene absolutamente nada que ver con ello. Meramente podrían ser dos estrellas binarias, dándose vueltas, atadas por coordenadas físicas que jamás descubriré—el libro y la posibilidad de que sean los planes los que no me dejan dormir. Porque sean dos, no quiere decir que tengo que prestarle la misma taza de atención a ambas. Sólo tengo que estar consciente de su dualidad, ¿no? ¿De que una tiene efectos en la otra—que es más importante, que posee el sistema solar que me importa?
Odio cuando pasa esto.
Cuando no puedo dormir, digo.
Uno nunca encuentra la causa. Se la atribuye a tantas cosas. Traza tantas rutas de acción, analiza tantas posibilidades, y cuando uno por fin piensa que encontró la raison ‘detre del insomnio ya es demasiado tarde, porque el sueño pesa demasiado y los párpados sólo pueden ceder.
2.
Mi tortuga intenta escapar de la palangana donde la tengo. Se estira, se estira con tantas ganas, como si estuviese segura de que su destino es escapar, es explorar el mundo fuera de ese envase de plástico trasparentoso. Poco sabe que, si pudiera escapar, caería. Caería lo que para ella sería una eternidad—está encima de un librero de tamaño medio—sólo para azotar con un piso duro, igual de frío.
3.
Una muchacha se cambia el status en Facebook. Escribe: Fulana de Tal está revisando el cascarón en busca de grietas. Y esa sí es la imagen perfecta para lo que estoy haciendo.
4.
A veces sucede que el libro negro—por más que queramos lo contrario—ya ha sido escrito por otra persona.

viernes, junio 13, 2008

verano, 12: cámara

1.
Larga semana de buenas conversaciones, profesoras en trajes, entrevistas leídas y poca producción escritural. El ánimo no me late para redactar mucho. Ayer nos reunimos los de AC. Fue una reunión productiva, otra más. Ya estamos al otro lado de la valla. El segundo número se comienza a ver en el horizonte. Se ve bien, creo yo. En realidad, pienso que si.
2.
Descubrí gracias al blog de Neil Gaiman a un escritor llamado Cory Doctorow, que lleva dos páginas muy famosas en la red, BoingBoing.net, y Craphound.com. Pero esto no es lo llamativo, sino que es uno de los activistas más, bueno, activos de los Creative Commons y no sólo publica sus novelas—de ciencia ficción, mayormente—con editoriales gigantescas como Tor, sino que cada vez que sale un libro, lo hace disponible por Internet, bajo licencias CC. Así que puedes entrar a su página y bajar cualquiera de sus trabajos en una cantidad inmensa de formatos. Tiene sus novelas para Ipods, PSPs, como RSS Feeds, como texto, imágenes, PDFs para imprimir en papel legal, PDFs para imprimir en papel de maquinilla, en .doc, .rtf, en imágenes, etcétera.
Hace pensar en un nuevo tipo de literatura, ¿no? O tal vez no, no es un nuevo tipo de literatura, sino es un nuevo mercado de literatura. No sé. Ignórame. La pregunta es: ¿cómo logra vender miles de libros que lo mantienen en el tope de las listas de ventas cuando al mismo tiempo lo está regalando? ¿Cómo se analiza ello? ¿Alguien me explica ese fenómeno?
3.
El otro día discutía algo extremadamente superficial acerca del Caribe. Acerca de lo que es un escritor caribeño. Acepto que no he conozco tanta teoría caribeña, y es una de las cosas que tengo en la lista de leer, me recomendaron “Poétique de la Relation (Poetics of Relation)”, Édouard Glissan. A ver cuándo lo busco. De todos modos, en el libro de Melanie—que por fin lo tengo—Mayra Santos se refiere a lo que yo decía hace algunas entradas como “el proceso de lo caribeño”, ya que “no todos nos pensamos caribeños”. Continúa explicando que hay gente que se piensa aún descendiente hispánico y eso; pero creo que se queda corta—aunque no tenía por qué profundizar en ello, pues tampoco tenía que ver con la pregunta original—ya hay cientos de formas diferentes de pensarnos: como puertorriqueños agringados, como guaynabitos, ciudadanos globales, ignorantes, etc. Etc. Etc.
4.
“Yo pienso que en el caso de Puerto Rico… ese tipo de literatura policíaca, novela negra, neogótica, como uno le quiera decir, neofantástica, de ciencia ficción es un signo de madurez (yo estoy hablando específicamente de PR). Yo pienso que la posibilidad de escribir en el género que te parezca menos “serio”, menos aceptado por lo que yo llamo la cultura solemne, es un digno de madurez”. Eso lo dice Rafa Acevedo, en la página 104 del mismo libro, Palabras Encontradas, de la profa. Melanie Pérez.
5.
Cuando estamos sentados frente a una cámara, e intentamos actuar que no está ahí, y repetimos lo que decíamos antes, y eventualmente nos olvidamos que está, que todo lo que decimos está siendo transferido a una cita digital que siempre te hace sonar extraño y darte cuenta de tus manerismos, ¿qué somos?

verano, 11.5: acerca de la brevedad

Esta conversación, o mejor dicho, esta entrada se dio en Facebook, y la paso para acá como un copy-paste de la nota que hice allá:

Ya que es imposible poner una respuesta de larga extensión en Facebook, hago una nota aparte para publicar una conversación (respuestas) que han surgido. Hasta ahora están presentes en la discusión David Capiello (El Copista) y Samuel Medina. Primero, escribí:

Los haikus, poemas cortos, micro-cuentos, el cuento breve. Los libros que padecen de falta de páginas. Dolores de cabezas de dos minutos. Literatura instantánea. Pensamiento profundo en un solo verso. Línea perspicaz, tres palabras. Desarrollo de personaje, un verbo, un nombre, y punch-line. Tanto apretado en tan poco. No hay peor vagancia que la literaria. No hay peor vagancia que la literaria. Anuncio: La literatura corta no es una nueva moda, ni un nuevo movimiento. Es falta de motivación, de ganas, de práctica, de dominio. O, tal vez, un gimmick que envejece demasiado rápido.

A lo que el Copista responde:
Oye Sergio, como te podrás imaginar disiento profundamente de tu ultimo Post. Me quedaría al margen de la ironía que aporta mi entrada a tu Post pero por justicia tengo que reaccionar a favor de trabajos como los de los Noistas, los haikus de Issa y Soguetsu Ni, los Aforimos de Nietzsche, los "Artefactos" de Parra, los “Desconciertos” de Julio Cesar López, el “Archivo de Cuentas” de Jan Martínez, los “Suchis” de Samuel Medina, y obviamente los Casquillos del Copista. Wittgenstein decía en uno de sus aforismos que: “En el arte es difícil decir algo que sea tan bueno como no decir nada”. Espero que esta línea no te parezca demasiado “apretado en tan poco”. De todos modos te dare un “hint”; Arte y Difícil son palabras claves para entender lo que aquí queria decir Wittgenstein. Aun así te pregunto, ¿te parece que la “vagancia literaria” sea difícil? Si la contestación es no, tendría que preguntarte entonces, ¿por qué te parece fácil el “decir casi nada”? En Lascaux toda la historia se redujo a un búfalo sobre la pared de una cueva, y en Picasso la Paz no fue más que una Paloma de un único trazo. Alguna milenaria y oscura pasión lleva todavía a los japoneses a lograr dibujos de un sólo trazo. El minimalismo (haikus, epigramas, aforismos, micro-poesia, micro-cuentos) tiene la edad de la humanidad. Para que entiendas un poco más sobre por qué se intenta “tanto apretado en tan poco”, reproduzco para ti algunas líneas de una conferencia que di en la UPR de Humacao y donde atiendo algunos aspectos sobre el minimalismo. Por ahora tendrás que conformarte con eso. Pero la podrás leer integra en la próxima Revista de Estudios Hispánicos. ........................................................................................
[E]l mejor ejemplo en que "flujo constante", "placer del juego", "lo efímero", "intercambio aclimatador" y "dilución de culturemas" tanto como de la "pretensión de autenticidad", se cristalizan en un producto completamente "Neokitsch y posvanguardista", tanto en forma como en contenido, [...]. De ahí que el Neokitsch, como gesto kitsch, y dentro de la posmodernidad, sea el acto más democratizante. Dirá Moles: […] el Kitsch es esencialmente democrático: es el arte aceptable, lo que no nos choca por una trascendencia exterior a la vida cotidiana, por un esfuerzo que nos supera, sobre todo si nos obliga a superarnos a nosotros mismos. El Kitsch esta hecho a la medida del hombre, y cuando el arte es desmesurado, el Kitsch diluye la originalidad en un grado suficiente como para que todos lo acepten. (Moles. El kitsch, Buenos Aires/Barcelona: Paidós, 1990, pág. 220).
Aparece entonces el concepto de un arte hecho a la medida del hombre y con éste la necesidad de nuevas estrategias de producción y difusión que den como resultado la confección de un producto más competente y efectivo. Esa medida del hombre, "humano, demasiado humano", como lo llamara Nietzsche, se anuncia en el «Es el hombre mínimo» que Sonia Marcus Gaia plantea en el prólogo a la edición especial de la revista El Sótano 00931 vol. V, núm. II. Junto al hombre mínimo también aparecerá el arte pero esta vez en su "Edición Mínima", como lleva por título dicha edición de la revista, dedicada, en su totalidad, a la micropoesía y al microcuento. Ese gusto por la micropoesía (el aforismo y el epigrama) también se hace patente en la publicación de los libros de los sotaneros. Como caso más representativo tenemos el libro La luz necesaria, de Julio Cesar Pol, también dedicado en su totalidad al micropoema. Esto encuentra su explicación y equivalente en el producto más evolucionado que producirá el Neokitsch: "el gadget". Moles lo define de la siguiente manera:
El gadget, término norteamericano que significa artículo ingenioso, a mechanical contrivance or device (del francés gachette) es un objeto pequeño o un accesorio de un objeto grande […]; pertenece a la clase de los diminutivos. […] El gadget, por su ingenio, nos distrae, nos apasiona; representa un juego sutil entre el hombre, su razón y la naturaleza técnica. Lo definiremos de este modo: “objeto artificioso destinado a satisfacer algunas pequeñas funciones específicas de la vida cotidiana”. (Moles. El kitsch, Buenos Aires/Barcelona: Paidós, 1990, págs. 32-33)
Dentro de la sensibilidad kitsch de las vanguardias podríamos señalar como origen y posible traducción del término gadget los conocidos Artefactos de Parra salvo por una simple pero, a la vez, esencial diferencia. Parra en sus Poemas y antipoemas, particularmente en el poema "Advertencia al lector", hacía referencia a la vida cotidiana diciendo que en su poesía «[s]illas y mesas sí que figuran a granel», pero al final del mismo hará una advertencia: «Cuidado, yo no desprestigio nada / O, mejor dicho, yo exalto mi punto de vista / Me vanaglorio de mis limitaciones / Pongo por las nubes mis creaciones». Por el contrario, el prólogo de Edición Mínima, sobre el poeta y su obra dirá que: «Se carnavaliza, intertextualiza, analiza [y] simplifica». Si en su tiempo, como comenta Paul de Man, Mallarme planteaba que «[e]l acto de escribir se escrutó hasta el punto de reflexionar sobre su propio origen, o cuando menos lo bastante hasta preguntarse si hace falta que el acto se dé», El Sótano 00931 ha escrutado la posición del Escritor, con mayúscula, hasta el punto de reflexionar lo bastante como para, al menos, sentarlo en la línea de producción. Si Altazor era poeta y antipoeta, en El Sótano el No-tan-alto-azor es antipoeta y artífice fabricante de artefactos. Barthes decía que «el que dice, por lo que dice, se prohíbe el goce». Entonces una poética se hace necesaria. Para lo cual uno de los gadgets fabricados por John Torres viene como anillo al dedo. El mismo se titula Poética minimalista, y lee: «Decir / casi / nada».
Y yo respondí:
Estoy de acuerdo, en parte. Los aforismos de Nietzsche y los de Parra me gustan. Recién leí a Parra, la semana pasada. No hay duda que hay muchísimas cosas buenas escritas en poquísimo espacio. Sin embargo, no puedo de dejar de pensar igual. El minimalismo me sigue pareciendo, a nivel personal, producto, en muchos casos, de vagancia. Cuando se escribe un buen poema, es fácil sacar una acumulación de tres o cuatro líneas que suenen bien por si solas, aislarlas, y tener un nuevo texto, corto. Cuando se tiene una buena trama es fácil compactarla en cinco o seis líneas.
Y es más fácil bregar con estas tres o cuatro líneas por si solas, como islas, por no tener que trabajar con el continente entero.
Desafortunadamente, mi opinión no puede ser elevada a un nivel teórico por falta de agarres y huecos dónde encajar los pies. Se tendrá que quedar flotando, supongo.

Samuel Medina opinó:
La "vagancia literaria" en P.R. existe y en abundancia, más aún cuando se trata de la poesía. Se publica mucho, demasiado; trabajos que en realidad nunca debieron de haber sido franqueados por la luz. Y ya que mencionas a Wittgenstein, quisiera traer a la mesa su última proposición, la séptima: "Whereof one cannot speak, one must remain silent". Y ahora lo uno a tu comentario sobre lo que se denomina como 'arte' y lo 'difícil'.
Desde mi punto de vista, lo que ocurre en P.R. es que se crea el arte (i.e. literatura, poesía... etc.) sólo por el hecho de crear arte. En la mayoría de los casos carecemos de mentes suficientemente auto-críticas que presenten una propuesta que sea digna de lectura/consumición. O sea, a lo que me refiero es que, se escribe sólo por poder decir que en Puerto Rico existe la poesía (o la literatura), como si estuviésemos tratando de salvaguardar el mito de la creación. Lo triste del asunto es que (la mayoría de los autores, "poetas") no tienen nada qué decir, y por esta misma razón -que no tienen nada qué decir-, reusan admitir su realidad de seres silentes -ahora regresé a little Witt, por sea caso-. En resumen; ya que, (la mayoría) no tenemos nada qué decir, lo que deberíamos de hacer es permanecer en silencio, deberíamos no publicar, no exponer nuestros trabajos como arte/producto.
Ahora, sobre lo difícil, y aplicándolo al haikú (ya que puedo hablar sobre él). He leído colecciones de Haikú de Kerouac, Borges, Issa, Basho, Bennedetti, entre otros... Lo que he podido diseccionar de los cuerpos de trabajo ha sido mayormente una constante: sus trabajos minimalistas se apartan de su otros, "típicos", textos, como si fuesen un respiro/side-story/entremés/filler. Así que, me parece claro que no podemos hablar sobre sus trabajos mínimos como sus más representativos, o mejor dicho, completos. Personalmente, a mí me pareció como un juego, tratar de decir mucho con poco, "Sushi" lo hice (y Juan Luis es testigo de esto), en contra de las colecciones de haikú que repentinamente abarcaron la isla, muchos de ellos, intentos fútiles y fracasados. No es por decir que mis "sushi" son la jodienda, pero me atrevo decir, por más arrogante o aunque me quede como Bukowski: "It's not that I'm the best, but that I'm better than all of the rest". En todo caso, aunque "Sushi" es un trabajo serio, no es 'él' o 'mí' trabajo serio. Lo tomo como una introducción, prólogo a lo que ha de venir. Ya cumplí con el minimalismo, ahora es tiempo de concentrarme en lo importante, el oficio de la escritura -extensa.
Finalmente, decir algo con pocas palabras es difícil, pero más difícil aún es mantener el momentum a lo largo de un poema de 30-40 versos. Es difícil escribir un buen micro-cuento, pero siempre será mucho más difícil mantener al lector atento e interesado en un cuento de unas buenas 20-30 páginas. El asunto es simple realmente: nuestro medio es el de la información, entre más escribimos, más divulgamos. La pregunta importante es ¿cuánto? e infinitamente mucho más quintoesencial, ¿cómo?

lunes, junio 09, 2008

verano, 11: dame una b [brevedad/biblioteca/bairoa]

1.
Los haikus, poemas cortos, micro-cuentos, el cuento breve. Los libros que padecen de falta de páginas. Dolores de cabezas de dos minutos. Literatura instantánea. Pensamiento profundo en un solo verso. Línea perspicaz, tres palabras. Desarrollo de personaje, un verbo, un nombre, y punch-line. Tanto apretado en tan poco. No hay peor vagancia que la literaria. No hay peor vagancia que la literaria.
Anuncio: La literatura corta no es una nueva moda, ni un nuevo movimiento. Es falta de motivación, de ganas, de práctica, de dominio. O, tal vez, un gimmick que envejece demasiado rápido.
2.
La misma historia de siempre. La biblioteca vacía, el aire acondicionado demasiado frío. El silencio retumbante, con la única excepción de los humidificadores que tocen de vez en cuando. El hongo que intenta apoderarse de todo—ya contagió los LPs y las partituras. Entra un usuario, me lanza una pregunta estúpida. Sonrío, tomo el bolígrafo y hago una línea, o un uno, o una estrella o una swástica en la categoría que le toca (Estudiante, Personal, Otros). Hay que mantener las estadísticas, escucho la voz de mi jefa retumbar en mi cabeza. Después de los libros, las estadísticas son lo más importante.
Hay un anaquel frente a mí, en vidrio, que alberga una muestra de música infantil. Lleva ahí casi un semestre. Detrás de las partituras y los discos, hay un espejo y en cualquier momento que levanto la mirada, descubro mi reflexión y pienso que me haría bien un recorte, o un afeite.
Siempre digo, en verano, que me afeitaré la cabeza. Nunca lo hago. Ayer estuve a punto. Tomé la máquina, la encendí. Pero después recordé que este viernes es la fiesta de cumpleaños de Norma, y me dije que lo haré la semana que viene. Mas, la semana que viene habrá otra cosa, y otra, y empezará el semestre. Tendré que esperar a que se me caiga el pelo, al ritmo de la naturaleza. No le falta mucho. Así es la genética. Por más que digas que no, termina atrapándote y obligándote a decir que sí.
3.
Estoy leyendo Pulp, de Bukowski. Samuel me lo prestó. Hemos decidido hacer un sorte de bookclub. Nos falta Oprah. Nuestro primer libro discutido fue Trance. Tal vez sea el único. No me encanta Bukowski. O por lo menos, esta novela. No he leído más narrativa de él, sólo poesía. Y me gustaba. Pero, dios santo, en este texto el autor está tan y tan conciente de que es Bukowski, que me encabrona. Que me molesto de verdad. Me da ganas de correr. De escuchar heavy-metal—y cuando lo hago, siento nostalgia.
4.
Esta mañana caminé por Bairoa. Desde la urbanización en la que vivo hasta el shopping, para coger el dinosaurio amarillo que es la guagua pública de Caguas a Río Piedras. Iba con mi hermano. Nos sentamos apiñonados en los primeros asientos—que son demasiado pequeños—y éste se quedó dormido y me hizo el camino una tortura.
Las calles del barrio siguen iguales, las casas tan bien. Está idéntico al Bairoa de los noventas en el que me crié, con algunas excepciones, claro está: les han crecido segundos niveles a muchas de las casas, las puertas de garaje han reemplazado los portones de metal en los que uno se arreguindaba, y las fachadas han sido rediseñadas—algunas, para mal.
Siempre me ha dado curiosidad las áreas residenciales, las urbanizaciones como Bairoa Park y Bairoa Residencial. Siempre he querido saber de dónde surgieron. ¿Quién diseño el modelo de casa que se repite de lote en lote y que varía sólo en tamaño de los cuartos? ¿Cuándo se construyeron? ¿Quién las nombró? ¿De dónde sale el nombre bairoa? ¿Quién es José M. Solís, tocayo de la calle en la que me crié?
5.
Recuerdo haber tenido uno de esos sueños, cuando chiquito, que uno jura que en realidad pasaron hasta que lo consultas con tu madre, y te dicen lo contrario. Me levanté asustado, porque juré que había encontrado un libro en el que decía José M. Solis era el verdadero nombre de Toño Bicicleta. Y a los diez años, lo más miedo que me daba en el mundo era Toño Bicicleta y los extraterrestres—a los cuales aún temo.
6.
Sería imposible escribir un micro-cuento de Toño Bicicleta y decirlo todo. No, jamás sería posible. Para Toño, hace falta un buen cuento de veinte páginas, o una dulce novelita de doscientas.

domingo, junio 08, 2008

verano, 10: folclor

1.
A veces pienso que no existo dentro del colectivo mayor que ha sido denominado como Caribe. Por más que intento inmiscuirme, no lo logro de ninguna manera. Nada de lo que escribo me parece caribeño. Ninguno de mis personajes parece tener sofrito ni sazón.
¿Se supone que mientras más inmerso esté uno en lo global, más local sea su producción? ¿No es esa la idea de lo glocal? ¿Cómo diferencio mi manufactura artística de la de los miles otros ciudadanos del planeta que sufren de la misma condición, sin recurrir a estereotipizar mis alrededores? ¿Sin recurrir al folclor que hace visible al colonizado?
2.
¿Cuál es mi folclor?
¿Lo son las décimas, la fritanga, el lechón asado, las fiestas de navidad que hace mi familia materna en la montaña?
¿O lo será la desconocida ascendencia dominicana de parte de padre? ¿Debo apropiarme de la bachata y el merengue?
Todo lo folclórico me parece tan ajeno. Siempre lo había pensado como la tradición de mis otro s familiares. A mis tíos y primos que viven en el campo, lo jíbaro. A mis tíos y primos desconocidos que vienen de la mediaisla, lo dominicano.
3.
Mi folclor es la urbanización de clase media. Primero, como lo eran en los ochentas y primera mitad de los noventas; ese Bairoa Park en el que todos los muchachitos de la calle se reunían a jugar Street Fighter, o al escondite. Y luego, la urbanización de acceso controlado con sus calles vacías y el silencio autoimpuesto. Pero, ¿cómo es esto literariamente caribeño?
4.
Puedo buscar mil formas de caribeñizarlo. Puedo hacer hincapié en que, de mil en cien, algún vecino pone en su radio alguna canción de merengue, o de salsa; aunque en realidad esto sucede las menos de las veces. Las más, mi vecino cubano pone los Beatles o alguna ópera que no conozco. Tal vez por eso, al descubrir las Historias Atroces de Pedro Cabiya, o el Exquisito Cadáver de Rafa Acevedo, o No todas las suecas son rubias de Abreu Adorno, hace algún tiempo, me ilusioné tanto. En ellos, el Caribe no es tan intenso como lo es en, digamos, las novelas de Mayra Santos-Febres, o los cuentos de Ana Lydia Vega.
5.
He pecado, en ocasiones, de obligar a mis textos a ser caribeños. He escrito exitosamente de esclavos africanos, he hecho referencias claras a religiones afrocaribeñas, de inmigrantes dominicanos, he escrito cuentos jíbaros—el primer cuento que publiqué, en el 2004, se trataba de un muchachito adolescente en algún pueblo del interior en la primera mitad del siglo veinte.
A mí me parecen forzadísimos, aunque sean los favoritos de algunos de mis conocidos. Me apropio de lo que siempre he pensado como lo otro de una forma tan rata que a veces me siento mal. Para mí lo caribeño es un parto que requiere cesárea y no algo tan fluido como me parece que es en los trabajos de Xavier o de Juanluís . ¿Está esto mal? ¿Importa en realidad lo que experimente uno, lo que viva uno, en la literatura si todo producto bien hecho se siente real? Y todo esto me lleva a preguntar: 1. ¿qué tan real es el Caribe que aparece en los textos de Mayra, de Yolanda Arroyo, de Ana Lydia, de Luis Rafael Sánchez, de todos los demás? 2. ¿Cuánto es esta ilusión caribeña una construcción para pertenecer en algún colectivo? 3. ¿No es un texto caribeño por el mero hecho de que su autor habite un espacio caribeño?
6.
Como era de esperarse, dejo todas las preguntas abiertas. Tal vez, como reflexión, o tal vez, para exigirles alguna contestación a las personas que me leen. Dirá usted.

viernes, junio 06, 2008

verano, 9: espejuelos de pasta (ó un acercamiento a lo artsy, a la circularidad de la literatura isleña, y al cómo siempre hay que interrumpir al Ché)

1.

Entonces, la idea detrás de lo artsy es ser diferente estando en un constante estado de indagación a través de la mirada artística desenfrenada. No regirse por los estándares masificados y retrógradas del día a día, sino descomponer sus elementos y ahuecar los significantes de sus significados originales, rellenarlos con una actitud performática en la que el cuerpo es la instalación artística. Entiendo eso. Hasta ahí lo entiendo.
Comprendo, igualmente, que la mirada artística se da sólo cuando están presentes unos instrumentos en específico. Una montura plástica de espejuelos, preferiblemente negros, siendo el principal. ¿Cómo mirar y no pecar de miopía o astigmatismo artístico? Del mismo modo, el atuendo es instrumento importante número dos. Un disfraz—no hay otra forma—compuesto por la apropiación de piezas vintage, un collage de vestimentas y estilos que como los ladrillos rojizos de la casa de bombas ponceña, necesita entre medio, como pega, una suficiente porción de pinturas—pueden ser maquillajes removibles, o tatuajes coloridos que individualicen la obra. Nadie dirá que el canvas vacío, recién sacado de su envoltura plástica es una obra. ¿Se atreverían a negar que el lienzo despreocupado es sólo eso, la posibilidad de una obra? Los recortes explosivos y únicos, productos de tijerazos impredecibles, excéntricos y espontáneos, típicamente mejoran la pieza. Su único parecido se debe a las limitaciones del cuerpo. Que siempre parezcan mohawks, mullets¸ o híbridos contemporáneos de ellos son puramente casualidades debidas al imposible-de-ignorar error humano. No puedo cerrar este comentario-a-medias sin mencionar que como toda galería, que como toda expocisión de un pintor, o de un fotógrafo, funcionan mejor en grupo. Muchas piezas vivas ahincadas en un espacio. Muchas piezas vivas igualmente únicas apiñonadas en un local. Digamos, Café 103.

2.

Juanluís y yo, sentados en una mesa, concluimos que estamos atrapados en el ciclo vicioso del escritor-estudiante-universitario puertorriqueño. No hay nada malo en ello. Es así que funciona la literatura de este país. De casualidad, por el destino, en algún sendero iluminado, conspiración coéhlica del universo, dios lo quiso así, un grupo de escritores en potencia se unen en años universitarios, escriben de temas nada parecidos, intentan buscar una línea entre sus textos, abortan un manuscrito, concluyen en que lo único que los junta es la edad, preparan una revista cuya periodicidad sólo radica en la idea de ser, esta muere, publican sus libros individuales, uno desaparece, el otro continúa escribiendo, se hace profesor, da algún taller de narrativa, crea nuevos escritores, consagra su nombre a través de ellos, y muere feliz, dejando un legado en las letras puertorriqueñas que se discutirá—si tuvo buena suerte—en alguna clase de literatura puertorriqueña contemporánea que sólo se ofrece cada tres semestres. Si se sacrifico un gallo virgen, tal vez algún estudiante de posgrado de literatura caribeña—en el exterior—se apropie de la obra del difunto y lo use de nota al calce en su tesis.
Estamos esperando a Samuel. Habíamos acordado a las cinco, pero Juanluís llegó temprano. Nuestra suculenta realización—toda una epifanía literaria, de esas que cambian los panoramas de las letras universales—se da luego de que hayamos ojeado o leído, en alguna ocasión, los dos libros que mencioné ayer en la entrada anterior. Las entrevistas a la generación cuarentona de los ochenta, A Viva Voz de Carmen Dólores Hernández y Palabras Encontradas de Melanie Pérez.
Como ninguno de los dos ha comprado ninguno de los dos libros, sólo hablamos de las entrevistas que hemos leído. Yo las de Pedro Cabiya, Javier Ávila, Juan López Bauzá y Rafa Acevedo; él los ensayos introductorios de Palabras y la de Ché Meléndez. Mientras lo hacemos, discutimos nuestro plan maquiavélico de cómo y cuándo publicar y vender trescientas copias de una tirada de quinientos y eternizarnos como grandes escritores insulares. No hay nada nuevo en la discusión, en realidad. Tal vez que consideramos abrir una editorial cuando seamos trentones, pero eso se queda en las pajas.
Aún no llega Samuel. Ché Meléndez cruza frente al vidrio del local, acompañado de alguna mujer. Nos miramos. Nos reímos. Juanluís me cuenta que en el libro de Profa. Mela, ella lo tiene que interrumpir (al Ché) para hacer su pregunta, y no nos sorprende. No, no nos sorprende para nada. No sé por qué le respondo que aunque no me gustan algunas cosas de Cabiya, lo respeto porque está haciendo lo suyo. Tengo un punto: si la mayoría de los chamaquitos fanáticos de ciencia ficción—adolescentes y preadolescentes—supieran que en la isla se escribe del género, llorarían de la emoción y comprarían algunas copias. Juanluís me comenta algo. No recuerdo qué.
Samuel llega por fin. Está allí para verificar las ventas de la revista. Pide una batida y un quesito. Pero Alfredo está ocupado, no puede atenderlo ahora. Tendrá que venir otro día, antes de las cinco, claro está. Hablamos de Obama, de la raza, del mundo, del universo, de cómo el fin siempre justifica los medios, de los escritores que existen gracias a la bomba de Hiroshima, y nos comenta—Samuel es el que comentan, no pierdan el hilo—que las mujeres checas son las mujeres más bellas del mundo. Las asiáticas también. Asiento. Le recomiendo No todas las suecas son rubias, me he vuelto todo un protestante publicista. Quiero darle la vida a Abeu Adorno que a mi me gustaría que me dieran si muero joven.
Miramos el reloj. A las siete y pico, hay una lectura en Café 103.
Aún falta como media hora, así que Samuel y Juanluís, ambos juntitos, me confiesan que vieron Snakes on a Plane.

3.

Estuvimos allí por hora y pico. Samuel pidió algo de comer. Hablamos de los espejuelos de pasta, de las fotografías del próximo número y nos preguntamos quién era el Eliud que tenía aquella de colección de fotografías en display. Carla llegó, con una copita de café en mano. Hablamos de Oprah. Mucho. Me culpó de que era mi guilty pleasure. Apunté en mi lista imaginaria de cosas que hacer que tenía que ver un episodio de Oprah. Samuel nos dio el dato de que Oprah hizo una escuela en África. Una súper escuela. Una mega escuela. Una escuela tan y tan avanzada que sólo pueden entrar treinta y cinco niñas, luego de pasar por un proceso tan y tan arduo que se podría comparar con llegar a las finales de American Idol. El símil proviene del cráneo de Samuel. Nos reímos. No sé si el dato es correcto, deberían buscarlo, a ver. A las nueve y pico comenzó la lectura. El primer muchacho que leyó lo hizo en inglés. Un cuento entretenido. Personajes de Joy Division—aclaro, no sé tres de esta banda, sólo conozco su música, pero la actividad era dedicada a ellos, se llamaba Río Piedras: Dark City, algo tenía que ver con Manchester y los años setenta. De todos modos, me entretuvo. Luego, no sé qué pasó. Otra gente leyó. Juanluís hizo un intento de escapar del local que fracasó por lo no sutil. Yo le seguí. Samuel permaneció un rato más, y salió sólo para informarnos que le habían dado fin a la actividad, por falta de participación.
La pasamos bien. La pasé bien. Muchísimos espejuelos de pasta, muchísimos recortes extraños. Con un poco de hambre, me recordé que tenía arroz con cornbeef en la nevera. Esta tarde fue la primera vez que lo hacía. Me salió un tanto salau. Cristina me dijo que fue porque le eché un cubito de pollo completo. Tenía que ser la mitad. Le tuve que haber preguntado a Norma, antes de lanzarme a la misión.

Nota al lector: No sé qué tan eficiente sea proyectando el sarcasmo a través de la letra electrónica, pero hago la salvedad de que fue el ingrediente principal en la receta de esta entrada.

jueves, junio 05, 2008

verano, 8: musa de minifalda

Me encontré caminando por la Ponce de León luego de acompañar a una amiga al tren. Cargaba con mi sombrilla. Al salir de mi apartamento, algunos minutos antes, el cielo había sido brevemente descompuesto por un maratón de nubes de larga distancia. Tenía dolor de estómago, pero lo ignoré y emprendí hacia la Tertulia. Casi nunca me gusta sentarme allí, específicamente si estoy solo: hay algo del lugar que me desconcierta. Sin embargo ese era el plan, desde hace algunos días estoy con ganas de beber café, y sin ganas de hacerlo. Cuando llegué, la cafetería estaba cerrada. Era tarde ya.
En las mesas vi algunos libros interesantes. Un llamado Vida de Motel que leí por un momento, unas veinte páginas, hasta que descubrí que era una traducción. Lo solté y fui a otra mesa, dónde encontré el libro de Melanie Pérez, profesora de Literatura Hispanoamericana—gracias a ella conozco a mi poeta favorito, Oliverio Girando, y a mi escritora contemporánea de predilección, Cristina Rivera Garza—Palabras Encontradas. Lo tomé, para leer el algo de él en una de las mesitas—aún no tengo dinero para comprar libros—y justo antes de sentarme, volví a recoger la novela Vida de Motel, de Willy Vlautin
Primero tengo que decir dos cosas: uno, nunca me han encantado las ediciones de Grupo Norma, específicamente su colección La Otra Orilla. Visualmente son bruscos y torpes. Dos, no me gusta leer traducciones. Especialmente cuando la hacen españoles. Sin embargo, la edición de este libro, a pesar de ser igual, de ese gris azulado, y de tener unas letras completamente desagradables, me gustó. Hay algo en el material de las páginas que se sentía delicioso, al igual que en las imágenes de Reno que comienzan cada capítulo. Y, la traducción no era fatal. El traductor se mantuvo en las oraciones simples—lo cual supuestamente es icónico del autor, leí por Google—en los adjetivos usuales, nada empanpanante, nada demasiado español. Leí unas veinte páginas más y lo devolví a su anaquel. Luego, tomé el de Melanie y lo comencé a ojear. Leí los primeros dos ensayos y pedazos de las entrevistas de Mayra Santos-Febres y de Rafa Acevedo. Las entrevistas de Palabras Encontradas son mucho más… ¿teóricas? que las de A Viva Voz de Carmen Dolores Hernández, que también se publicó recientemente. Y por teóricas quiero decir que están en busca de temas más académicos, más del ser y dónde de la literatura, que del cómo y cuando de A Viva Voz. Lo cual no significa que uno es mejor que el otro, porque en varias sentadas en Borders le he dado muerte a este último. Específicamente a las últimas entrevistas, las de Lopez Bauzá, Pedro Cabiya, y Javier Ávila, en las que veo el reflejo de muchas de las preocupaciones de los otros escritores de mi edad.
Como a la hora, decidí irme del lugar. Desde la semana pasada, había estado leyendo diferentes novelas, brincando de texto en texto, en búsqueda de algo que me volviera a motivar. Que me diera el empujón para salir del roto—un roto llanito, nada profundo—que no me dejaba editar. Pensaba que leyendo mis novelas favoritas iba a conseguir algo a lá F. Scott Fitzgerald, que antes de escribir sus cuentos o novelas, tomaba tres de sus libros favoritos, leí algunos capítulos y los escribía a mano, como para perder el peso de escribir una primera palabra. Mas, luego de salir de allí y llegar a mi apartamento encendí la computadora, abrí el documento y lo miré por un rato. Faltaba algo, me dije. Así que abrí la puerta de al frente, y la del balcón. Hacía un calor horrible. Encendí mi radio, coloqué un CD de Leonard Cohen, del 1969, creo. Y entonces regresé al asiento, coloqué mis manos sobre el teclado, y todo fluyó. Mientras lo hacía, me imaginé una de esas míticas musas de la inspiración—en las cuales nunca he creído—con su cabello largo y negro y un gran trasero envuelto en una minifalda haciéndome la paja mental que había estado necesitando.

miércoles, junio 04, 2008

verano, 7: idlephobia


Como dije anteriormente, llevo casi una semana sin editar mi novelucha de pacotillas. Me siento en la biblioteca, miro los asientos, leo blogs, reportajes, noticias, chateo, entro a Facebook, pienso en ideas, veo basura, leo periódicos viejos, me pregunto qué pasará con Obama y no hago nada.
Los pocos amigos con los que discuto mis trabajos-en-progreso saben que le tengo una fobia horrible al idleness literario. Si llevo más de una semana sin escribir algo, me comienzo a preocupar. Si pasa un mes, ya siento que mi futuro se deshace. Pienso en Juan Rulfo, y algo en mi interior tiembla. Luego de su Llano en Llamas y Pedro Páramo estuvo prometiendo una última novela, una épica mítica que se deshiló con su muerte.
De casualidad, entre pérdida de tiempo y pérdida de tiempo, me tropecé con un reportaje escrito por Jessica Winters de Slate, titulado It’s all in my head: Did Truman Capote and Ralph Ellison have writer’s block—or were they just chronic procastinators?.
Pensé traducir partes, y parafrasearlo, profundizar en cada una de sus líneas, pero no hay nada que hacer, porque el reportaje está cuadrado cuadrado, así que aquí lo reproduzco idénticamente como fue publicado el pasado catorce de Mayo:

There's a heartbreaking moment in Gerald Clarke's biography Capote when the writer, having finally completed the debilitating process of writing In Cold Blood in 1965, waxes optimistic about his next masterpiece: a novel he was calling Answered Prayers. "Oh, how easy it'll be by comparison!" Capote exclaimed. "It's all in my head."
That may have been true. But upon his death in 1984, after years of public promises, revised delivery dates, and the ravages of alcoholism, Capote had managed to publish only snippets of his long-promised epic—and one of them was the notorious "La Côte Basque," which savagely lampooned his social circle and alienated him from some of his dearest friends. In the American annals of famously attenuated literary careers, Capote is perhaps surpassed only by Ralph Ellison, who worked for nearly 40 years on his second novel—the follow-up to his phenomenally successful 1952 debut, Invisible Man —only to leave it incomplete when he died in 1994.
In their sustained anticlimaxes, Capote's and Ellison's writing lives raise a perplexing question: What is the difference between severe procrastination and writer's block? Are they part of one continuum, like a Möbius strip? Were Capote and Ellison truly blocked, or did they merely delay so long that they ran out of time?
I wrote to Clarke and to Ellison's biographer, Arnold Rampersad, to get their thoughts. The "really interesting question," Rampersad responded, is the difference between writers who can't get started and "those who write and write but can't finish the job to their satisfaction. Roughly speaking, Ellison was in the latter category." Clarke struck a similar note about Capote. "He set himself the highest standards, and he knew when he wasn't achieving them," Clarke wrote in an e-mail. "He never allowed anything to be published that he thought was not up to snuff, and despite the booze and the setbacks he wrote well, very well, in fact, even during his final years. … He just wasn't able to finish the big one, Answered Prayers." In other words, Ellison and Capote were both the beneficiaries and the sufferers of perfectionism … which just happens to be a syndrome that correlates with both procrastination and writer's block.
Neurologist Alice Flaherty attempts a working distinction between procrastination and block—the fearsome Orthrus of the creative process—in her 2004 book The Midnight Disease: The Drive To Write, Writer's Block, and the Creative Brain: "A blocked writer has the discipline to stay at the desk but cannot write. A procrastinator, on the other hand, cannot bring himself to sit down at the desk; yet if something forces him to sit down he may write quite fluently." But don't these two scenarios amount to different performances of the same role? Every seasoned procrastinator loves to tell himself that, amid his flurry of avoidance strategies—rearranging the furniture in his office, pitching himself into a YouTube rabbit hole, surrendering to a fit of self-Googling—his brain is secretly marinating ideas and hatching plans. (As the underground narrator of Invisible Man puts it, "A hibernation is a covert preparation for a more overt action.") Surely this percolation process is also happening inside the "blocked" writer, even if he's motionless in his swivel chair?
Of course, given that procrastination carries the stigma of sloth and disorganization, it may seem uncharitable to ascribe the dithering disease to the blocked but feverishly ambitious writer—surely, if he weren't truly stuck, he wouldn't be finding new Facebook groups to join instead of composing his chef-d'oeuvre? On the other hand, creative-writing instructors often start class with a five-minute automatic-writing exercise for a good reason: There is always something to be written.
Yet that knowledge in itself—that there are forever more words to be found, however imperfect—can be dangerous, too. The Midnight Disease points to a paradoxical variation of writer's block, more accurately termed writer's flood, in which the author spins out page upon page in ceaseless search of le mot juste. Flaherty invokes Gustave Flaubert, "who crossed out nearly as many words as he wrote," and Ellison, too, might come to mind: He amassed some 2,000 pages of chapters, scenes, and notes for his second novel without coming close to resolution. (A heavily whittled-down edit of Ellison's manuscript was published as Juneteenth in 1999; Modern Library plans to bring out a longer version, titled Three Days Before the Shooting, next year.)
Ellison's voluminous labors on the second novel certainly didn't have the appearance of procrastination. And yet his biography, like Capote's, resonates with the findings of decades of academic research on the subject. Perfectionism—check. Precocious success that at once inflates the ego and instills extreme anxiety about future endeavors—check. ("The procrastinator thinks, 'If I never finish, I can never be judged,' " says Joseph Ferrari, a professor of psychology at DePaul University.) Low self-esteem—check. ("La Côte Basque" was self-destruction as performance art.) Blaming others for one's own failings—check. (Ellison's skill at the blame game can be summed up in a telegram he once fired off to his future wife: "YOUR SILENCE PREVENTING WORK.")
And prodigious excuse-making—check, check, check. Garden-variety procrastinators will settle for scapegoating the train or the e-mail server, but these guys were the world champions of the elaborate pretext. For years, Ellison maintained that he had lost hundreds of pages of the second novel in a 1967 fire, a claim that Arnold Rampersad's biography, published last year, showed to be a likely falsehood. Similarly, Gerald Clarke's book recounts how Capote went so far as to sue his former lover John O'Shea for the return of manuscript pages of Answered Prayers ("Every word was perfect," Capote lamented); Capote and O'Shea later reconciled, and as for the missing work, Capote "all but admit[ed] that in fact it never had existed." Ellison's house fire and Capote's ex were their variations on famed procrastinator Samuel Taylor Coleridge's "person from Porlock": the visitor whose untimely arrival forever derailed the composition of "Kubla Khan."
According to Ferrari, all these excuses are just the procrastinator's tissue-thin front for what's happening on the subconscious level: "The chronic procrastinator knows he's presenting a negative image, but he'd rather be perceived negatively for lack of effort than for lack of ability," he says. "Lack of ability is a stable attribute, but lack of effort is shifting—it means you could do it, you might be able to do it."
Maybe it's the "might" factor that allows us finally to draw a line between procrastination and writer's block. A block is thick, insurmountable, cast in stone, "as impenetrable as the Great Pyramid," in Clarke's words. Procrastination is a more pliant creature. When we defer a challenge until a hazy, ill-defined "later," one might say that we devalue future time and belittle our circumstances in it; but you could also say that we are irrationally exuberant about the future—it becomes an ascetic, distraction-free idyll where all appetites have been permanently gratified, where minutes stretch out as luxuriously as hours, where all our creative prayers are answered. You might even call procrastination a perverse form of optimism. And optimism, as both Capote and Ellison surely discovered, is a tough habit to shake. In a New Yorke r profile published a month before his death, Ellison said of his novel-in-progress, "I'm eager to finish it and see how it turns out."

Article URL: http://www.slate.com/id/2191312/

verano, 6: zaf[ac]ón

1.
Si mi intención fue escribir todos los días del verano, he fracasado tremendamente. Andaba sin acceso al Internet desde el lunes en la mañana, que llegué a Río Piedras y no pude ir a la biblioteca a conectarme. Pero tal vez valió la pena. Tal vez me dio un tiempito para alejarme del teclado. Tampoco edité ni una palabra de la novela, aunque si repensé el capítulo en el que estoy ahora. Estuve encerrado en mi baticueva citadina, leyendo el libro de Rafael Acevedo de poquito a poquito. No sé si es que no me quiero exceder, o si es que la poesía no me inyecta tanto como la narrativa. Había comenzado el Entierro de Cortijo, pero también espera en la mesa del carnicero por mi mirada-cuchillo.
2.
Hace algunas semanas, en una entrevista, el escritor español—creo que es español, no sé—Carlos Ruiz Zafón dijo que el 99% de la mejor narrativa que se hace hoy, de la literatura de calidad, de la gente profesional sin pretensiones ni pedantería ni pose, de la que de verdad sabe construir personajes e historias, o sea, de los que de verdad saben escribir, está en la televisión o en el cine, pero sobre todo en la primera. Gente con ambición, oficio y talento ya prácticamente no está trabajando en literatura. Ésta se ha convertido en un gueto de mediocridad, de aburrimiento, de pretensión y de pose. Cuando lo leí, originalmente, pensé que este tipo era un pendejo. Otro escritor de bestsellers con gimmick de hater y rebelde—para mi todos terminan siendo clones llenos de parásitos de los beatniks o de Bukowski. Pero luego de un rato de cavilaciones y reflexiones, podría decir que es cierto. Quizás no se trata de un 99% de la mejor narrativa, quizás un 55%, está en la televisión, en el cine, o en las—ahora llamadas—novelas gráficas. Inclusive, añadiría a esta lista a los escritores de videojuegos. Pensando rápido entre las mejores historias que he leído—visto—puedo mencionar la serie de videojuegos Metal Gear, las novelas gráficas The Sandman, Fell, series como Carnivale y Battlestar Galactica. La lista podría continuar. Battlestar, aunque la gente podría descalificarla por que se trata de una serie de ciencia ficción, es maravillosa. He estado inmersa en ella—gracias a Samuel—desde hace casi dos semanas. Las conversaciones, la trama, los personajes…es increíble. Y aquí pongo un pedacito de una de las muchas conversaciones que me volaron la cabeza:
"I'm so proud of you, Gaius"
"Why? Because i've taken a life?"
"It makes you human."
"Is it not conscious thought, poetry, or art, music, literature? Murder. Murder is my heritage. Is that the lesson I have to pass on to my child?"
3.
Está lloviendo. Ayer en la tarde fui a noches de Galería con mi novia, su hermana y una amiga. Anduvimos por el Viejo San Juan, comimos en Café Puerto Rico, nos sentamos en alguna barra. Aún me sorprendo de cómo se llenan esos eventos. A las nueve y pico, cuando buscábamos el carro—huíamos temprano—ya se había revuelto el hormiguero, y las personas-insectos se apiñonaban en las estrechas calles coloniales como si se tratase de una rifa de oro en las que las probabilidades de ganar son cincuenta/cincuenta. Entre la muchedumbre—o tal vez, la mayor parte de la muchedumbre—vi una sarta de menores de edad que me sorprendió. Mientras más nenas se veían, más era el porcentaje de nalga que quedaba al aire y el que me veía obligado a vislumbrar. Más altas eran las tacas, más grueso era el pastel de maquillajes con el que se pintaban de mujeres crecidas, experimentadas y listas para la caza, con zeta. Vi un vagabundo durmiendo en cartón, y a su lado un perro de lo más guapo caminando. El bum, me dijeron, no hablaba nada de español; y el perro aullaba por razón anónima.
Una vez en el auto, de camino a Río Piedras, descubrimos que las vías que entraban al Viejo San Juan estaban completamente detenidas por un malestar de automóviles envenenados por los altos precios de gasolina y por la euforia que causa la posibilidad del jangueo intenso, la posibilidad de engatusarse en algún vaso de alcohol sobrevendido y caer arrodillado en los adoquines demostrando así el total dominio de los años de juventud y lo que estos significan.

sábado, mayo 31, 2008

verano, 5: imposible ignorar al Tío Ben

1.
No pretendo que mi verano—visto a través de estos escritos—sea uno tintado en morbo, ni mucho menos uno en el que la muerte esté presente—¿para qué recordárnoslo?—constantemente. Mas, escribo este brevísimo párrafo para jurar que nunca jamás volveré a comprar las pequeñísimas trampas de pega para atrapar ratones.
El condenado cuadrito negro llevaba al lado de la puerta que da para mi balcón cinco meses, sin atrapar nada. Cinco meses. El jueves recuerdo decirme Sergio, tienes que botar esa trampa, ya no debe servir. ¿Para qué dejarla? Ya no quedaban ratones. Me había librado de ellos mágicamente, el día que puse los cuatro tipos de trampas—como dice—cinco meses atrás. No sé cómo, ni por qué, pero desde la mañana después no volví a ver rastro alguno de los roedores. Concluí que debía dejar esa trampa en específico, esa de la puerta, para evitar que regresaran. No haría daño alguno.
2.
Hace como dos semanas entró un lagartijo a mi apartamento. Tal vez más. Puede ser. Entró pequeñito; un pegajoso celaje marrón y crema. Tomé la escoba en mis manos, con la única intención de librarme de él, pero me dio lástima. O quizás vi la utilidad de tenerlo allí. Desde abril, los mosquitos no me dejan en paz. Me hostigan hasta el sopor. ¿Se comerá esta última plaga—entiéndase, el lagartijo—a la primera, los mosquitos? No tenía, la menor idea. Así que lo permití quedarse. En las mañanas, de vez en cuando, me lo encontraba saltando por mi escritorio, o detrás del televisor. Una vez encima de la nevera. Cada vez estaba más grande, más gordo. La población de mosquitos no había sufrido merma aparente, pero algo debía estar comiendo el reptil.
3.
Llego de casa de Samuel, medio ebrio, a las tres y pico de la mañana. Meto las manos en mis bolsillos y saco las seis servilletas que tengo ahí. La mala costumbre no se me quita. Cuando veo un paquete de servilletas o papel toalla, me dan unas terribles mañas y termino cogiendo una, doblándola en cuatro, y echándomela al bolsillo. Cuando las lanzo en la la bolsa de basura, mi hermano me dice algo—está viendo televisión. No recuerdo responderle. Me doblé para recoger uno de los cuadrados de papel, que no logré encestar, y mi mirada se tropieza con el lagartijo, con la pega, con la pequeña esfera de negro líquido que es su ojo.
Que mierda, dije en voz alta, y tomé la pega por los bordes y la subí a media pulgada de mis ojos, para someter al animal a mi escrutinio—o falta de. Se me tuerce algo adentro cuando veo que el torso está agitado, inflándose, y desinflándose. Lo alejé un poco. Lo volví a acercar. Lo miré bien. Buscaba una hendidura, algún piernita o algo para sacar al animal, pero sus piernas, colas, y costado derecho están hundidos en la masa pegajosa. Si lo halo, terminaré cercenándolo, me recordé. No había nada que hacer, así que hice lo peor. Algo tan humano que ya a medio instante de haberlo hecho, me arrepentía: lo lancé a la bolsa de basura. Lo acomodé, para que no se pegara con las otras cosas. Suficiente era morir pegado, para añadirle la humillación de morir embarrado de mierda.
Di media vuelta y me acosté a dormir. Samuel me prestó Instrumentario de Rafael Acevedo, y antes de quedarme pega’o, leí un poquito. El segundo poema me impactó. Una línea simple, nada trascendental. Su efecto probablemente incrementado a la milésima potencia por la mezcla de substancias que yacía en mi fosa estomacal: Un cangrejo dicta: dos jueyes en una misma cueva no pueden vivir, comienzan a moverse de lado, no hay suyeres que decir, se matan a palancazos. Otro ha dicho: el mundo está en otro sitio y se aleja incomprendido. Así se pasan la vida.
4.
A las siete y cuarenta y cuatro de la madrugada ya estaba de pie. No sé cuanto dormí, pero no podía continuar en la cama. Sentía mi estómago retorciéndose. Salí a la sala. Fui al baño, oriné. Me lavé la boca. Abrí la nevera. Recordé la basura, el lagartijo, la pega. Ya debe estar muerto, me dije. Rebusqué en la basura y saqué el cuadrado pegajoso. La esfera de negro líquido, el costado agitado, la mirada terca. Inhalaba, exhalaba, inhalaba, exhalaba. Un buche de vómito me apretó la garganta, pero lo contuve. No era de pena, sino del hangover—pero lo más seguro algo tuvo que ver. Que mierda, que mierda, dije. Que puta mierda.
¿Qué hago? ¿Cómo lo saco? ¿Cómo lo salvo? Mil preguntas corrían de lado a lado, en un relevo circular idéntico a los de los field days de la escuela intermedia en los que siempre me llevé una mera cintilla azul de Participación, pero ya cuando se me ocurrió una respuesta, ya cuando sabía cómo salvar a mi compañero el lagartijo, ya para ese momento lo había lanzado devuelta a la bolsa y la había cerrado con un nudo duro, un nudo de boyscout, un cabrón nudo entre él y yo, tan y tan fuerte que rompía cualquier relación entre mis acciones y sus consecuencias.
Fui al baño y me enjuagué la boca. No podía dejar de pensar en Uncle Ben, en el sabio consejo del tío del Hombre Araña: with great power, comes great responsability.