viernes, octubre 24, 2008

otoño, 7: bauzá (literatúr portoricensis)

1. Ya van casi tres años de haber descubierto la narrativa de Manuel Ramos Otero; un poco después, me tropecé con la cuentística de Pedro Cabiya, Abreu Adorno, Tomás Ramírez. Hace algunas semanas, conseguí Pez de Vidrio de Mayra Santos-Febres, del cual el cuento La Escritora me voló la cabeza. Y ayer en la tarde, rebuscando en el catálogo en línea de la Biblioteca Lázaro, me precipité sobre La Sustituta y otros cuentos de Juan Lopez Bauzá, el cual ya casi termino.

2. No tengo problema con aceptar que mi interés con la literatura puertorriqueña comenzó como un pasatiempo forzado. Una iniciativa de partir a conocer al contexto del cual provengo. Hasta mi primer semestre de la universidad, conocía las lecturas obligatorias de la Escuela Superior, por las cuales no tenía ningún cariño. Con la excepción de La Carreta, de René Márquez. Inclusive, recuerdo que en mi segunda clases de mi año de prepa en la UPR, durante una clase de Introducción a la Literatura Española me empeñé en diatriba contra La Charca de Zeno Gandía, quejas de estudiante ignorante recién salido de escuela privada, recién salido de la masacre de una deficiente maestra de literatura, y la profesora me paró en seco. Me miró de reojo y me preguntó si yo estaba consciente de mis palabras. Algo dijo que no recuerdo, algo relacionado con la literatura nacional que olvidé. Pero esa primera oración—¿estás consciente de tus palabras?—me hizo reevaluarme. Llegué a casa de mis padres, aún no me hospedaba, y releí La Charca. Me obligué a hacerlo. Y descubrí lo erróneo que había estado. Descubrí que era y es una novela quintesencial. Sé que en una relectura, especialmente ahora, descubriría aún más. Justo antes de emprender en las páginas del Zeno, había terminado de leer Cien años de Soledad y me había prometido que intentaría leer las novelas del boom—las encontré en una caja de mi padre, quien al parecer las había leído en algún momento—para adentrarme más a conocer la literatura hispanoamericana. Eso hice, pero a la literatura hispanoamericana le sumé la literatura puertorriqueña. Salí adónde un compañero de un taller que tomaba en esos entonces, el primero de los dos talleres de cuentos de los que he participado (el resultado del cuál está en el libro En el vientre de una isla, publicado dos años después en Abrace, 2006) y le pedí algunos libros de literatura local. Me pasó Gloria de Elidio Latorre Lagares y me lo tragué. Aún recuerdo la sensación que me produjo, un agrado diferente, mas no era exactamente lo que buscaba, tampoco me había encantado. No me pareció una gran novela, sinceramente. Pero lo que si me hizo ver fue que estaba extremadamente equivocado acerca de los temas tratados por los escritores boricuas. No fue hasta leer Exquisito Cadáver y Sirena Selena Vestida de Pena, y descubrir la existencia de Póstumo el Transmigrado, ese mismo año, que me percaté de otra cara de la literatura puertorriqueña.

3. Edición esquelética del Editorial de la Universidad de Puerto Rico. A duras penas setenta páginas. Negro, con una franja azul cielo. Una imagen rectángulada, una mujer sonriendo. No le vemos los ojos. El título está en minúsculas. En letras blancas. En una esquina, algún bibliotecario le escribió PR 863 L8646s c.2. Merman los excesos. Nada acerca del autor. Nada acerca del texto mismo, ni el recuerdo de una sinopsis, sólo una brevísima nota del compositor: Seis cuentos trabados en la armazón de lo azaroso con lo coordinado, de la extrañeza y el estrépito. Seis cuentos que proyectan vidas inyectadas con sustancias muy otras.

4. Pero, ¿cómo uno se entera si no es por empeño propio? ¿Cómo uno descubre que desde hace tiempo escapamos del campo, del insularismo literario? ¿Cómo nos tropezamos con unos Página en blanco y Staccato de Ramos Otero, o un No todas las suecas son rubias de Abreu Adorno, o un Historias Atroces de Cabiya, o los cuentos de Juan Antonio Ramos, de Tomás Ramírez, o el Breviario de Juan Carlos Quiñones?
¿Es posible? Me pregunto. Sí, la industria editorial en Puerto Rico está hinchándose. Sí, se están publicando una cantidad enorme de libros. Pero también está surgiendo una inmediatez desfachatada. Me doy cuenta con compañeros, conocidos, y gente que veo en algunas clases y que declaman en voz alta a qué escritor/escritora/poeta/poeto/poetiza/poetastro conocen, que sólo se recuerda, se habla, y se nombran los libros publicados la semana anterior—sin necesariamente haberlos leídos. Y no es que esto sea malo. Seria imposible vivir recordando todos los textos publicados el año pasado.
Acepto que esto me surge de vez en cuando, al tropezarme con libros como el de Juan López Bauzá, que cumple once años este dosmilocho. Tampoco tengo una solución, o un manifiesto para declarar. Sólo pregunto ¿cómo es posible que textos tan buenos no se mencionen? Entendería su invisibilidad si me dijesen que se han publicado un maratón de colecciones de cuentos buenas en los pasados cinco, seis años. Pero sólo he logrado atrapar una que otra.

5. La mujer negra, cuyo campo visual quedaba en dirección a la puerta, le prestó más atención a la ortografía de sus contornos, al conglomerado de vello de la señora. El pelo: un complejísimo enjambre de moños y remolinos atornillados vertiginosamente, y de un matiz como si se le hubiesen derramado la noche encima; las patillas, poca diplomáticas, desparramadas a manera de alfombrilla por los lados de la cara hasta derrumbarse en la papada como una barba de corsario; en los brazos unos pelos largos y prietos, formidables para enramarlos en trenzas , contrastaban acusadamente con su piel de grasa cruda, a través de cuya membranosa superficie aparecía una retícula horripilante de venitas en diferentes azules, abajo, sumergida, como una escritura antigua; era el mismo tipo de pelambre que sobre el labio le formaba un bigotillo duro y mal cuidado. La prieta, al verla, mudó de color, mudó de palabra y voz, y procedió a aferrarse tenazmente a los brazos de su amante para evitar que hubiese allí una escena. Y efectivamente, no hizo el joven muchacho más que verla pasar por su lado que ya estaba forcejeando con su novia para caerle encima a la señora y darle de bofetadas. (página 4, La Sustituta y otros cuentos, J. López Bauzá).

6. “Sustancias muy otras”. Me gusta eso.

martes, octubre 21, 2008

otoño, 6: clases

1.

Solía cruzar las piernas debajo del escritorio, hacerlas trenzas, trincarlas de improviso, y luego, relajarlas como vencidas. Y yo las estudiaba, las miraba, las analizaba. Mientras el resto de la clase discutía el intransigente canto de Salicio, yo me limitaba a hacer monografías del pequeño lunar triangular que diferenciaba un tobillo izquierdo del derecho, de la heterogeneidad en los patrones de pecas de sus pálidas rodillas, de cómo coqueteaban sus pequeños pies en los oscuros tacos negros, escondiéndose a veces, otras lanzándome miradas de detrás de la cintilla plateada. Pasaron el quiz y yo preguntándome de qué misterio gozaban esas carnosas piernas, qué éxtasis místico las hacía retorcerse de tal modo, y no podía evitarlo, no podía…

2.

Presta atención, Sergio, me regaño. Deja la ficción. Aterriza ya de ese viaje anti-aburrimiento. Lector, te advierto que esas piernas no son, para nada atractivas. Y si algo tuviesen, el bigote que adorna el rostro de su capitán las destruiría espontáneamente. Hay que alejar la ficción de lo real, Sergio, me insisto, hay que respetar las advertencias, mantener las dos lo más lejos posible, declarar un sorte de apartheid literario.

3.

Las recorro una y otra vez. Quiero escribirle algo, dedicarle un poema. Un poema a piernas. Alguien lo debió haber escrito ya. No lo dudo. Lo precioso en esa blancura es sinigual. ¿Cómo se escribe un poema? Me pregunto. No importa, me respondo. Si cierro un ojo, puedo descifrar una letra en los patrones de lunares, puedo ver una sutil sugerencia de una revelación que hallaría en la pantorrilla, que me está tan ajena e imposible de alcanzar desde mi lugar, desde este séptimo asiento de la cuarta fila del salón LPM _0_. La gente comienza a levantarse. ¿Se acabó la clase? ¿Qué sucedió con Nemoroso? ¿Quién era Isabel de Freite? ¿Qué égloga escribió el individuo a esa perfección hecha patas? ¿Cómo las hablo sin sonar superficial, carnal, demasiado mundano? Se van, se van y las sigo, salgo del salón, ignoro el reloj, llamo su nombre. ¡Profesora! Y ella se vira…

4.

Ve a tu clase, Sergio, me repito. Son las 1:12pm. Se supone que esté allí. LPM 210, creo. Se supone que esté aprendiendo acerca de las Peregrinaciones de Bayoán. No estoy seguro. Falté a la clase anterior. ¿Qué hago aquí ahora? Tuve que venir a una computadora. A verificar mi email, a escribir esto. Transcribir, mejor dicho. Ya lo había comenzado en una hoja de papel, durante la clase. Me quedé sin tinta, a mitad. ¿Cómo voy a escribir en la clase de Faría? No sé. Esta parte no es ficción, no, no, no lo es. ¡Apartheid! Lo he dicho. Mantenerlos alejados. Eternamente alejados y conscientes de ello.

Mierda. Voy 20 minutos tarde. Y no llego a hacer hincapié de que es ficción, de que jamás le miraría las piernas a la profa.

domingo, septiembre 28, 2008

cita: el joven autor, por Norman Mailer

En una nota que leí en algún sitio del internet que ahora no recuerdo, Norman Mailer habla de su carrera literaria, y de cómo, en los diez años que le siguieron a sus primeras dos publicaciones, fue que realmente se estableció como escritor y desarrolló su estilo, a pesar de que había tenido éxito comercial desde su número uno. Piensa que esto le pasa a todo escritor joven, excepto a aquellos que sufrieron alguna enfermedad de vida y muerte cuando niños--menciona a varios--y dice al respecto:
El joven autor promedio no está así de enfermo en la infancia ni es tan duramente golpeado por la vida temprana. Sus pequeñas muertes sociales son equilibradas a veces por sus pequeñas conquistas sociales. Así que escribe en el estilo de otros mientras busca el propio, y tiende a buscar palabras más que ritmos. En su apuro por dominar el mundo (raro es el escritor joven que no sea un pendejo consumado), también tiende a elegir sus palabras por su precisión, su capacidad de definir, su acción acrobática. A menudo su estilo cambia de escena a escena, de párrafo a párrafo. Puede conocer un poco acerca de crear atmósferas, pero la esencia de la buena escritura es que instala una atmósfera tan intensa como la de una obra teatral y después la altera, la amplía, la conduce hacia otra atmósfera. Cada frase, precisa o imprecisa, jactanciosa o modesta, cuida no meter un dedo hiperactivo a través del tejido de la atmósfera. Tampoco las frases se vuelven tan vacías de cualidad personal como para que la prosa se hunda en el suelo de la página. Es un logro que llega por haber pensado en la vida de uno hasta el punto en que uno la está viviendo. Todo lo que pasa parece capaz de ofrecer su propia suma al autoconocimiento. Uno ha llegado a una filosofía personal o ha alcanzado incluso esa rara meseta donde está atado a su propia filosofía. En esa coyuntura, todo lo que uno escribe proviene de la atmósfera fundamental propia.

sábado, septiembre 27, 2008

otoño, 5: pop, stop, pop, stop

1.
De camino a Bayamón, C. toma el ipod y comienza a buscar una canción que me dice que tengo que escuchar. Por un momento, se le olvida que está al volante, y a pesar de que la luz está verde y el automóvil que está detrás de nosotros está vociferando un muévanse—en el idioma claxónico de los autos—ella no acelera hasta encontrar la canción. ¿Qué es? Le pregunto, y ella se lleva su mano a la oreja, diciéndome escucha, escucha. Los primeros acordes me son completamente foráneos. Ella se ríe. Yo la imito. ¿No la reconoces? Me pregunta, como si estuviese segura que yo más que nadie debo conocer la pieza. Meneo la cabeza, porque los acordes me siguen ajenos. Pero de improviso siento el dedo índice de la canción deslizándose por lo hueco de mi oreja hasta alcanzar la parte defectuosa de mi cerebro que me imposibilita aprender las letras de mis canciones favoritas en su totalidad. Siento su uña sonora raspando esa parte, ese lóbulo, esa célula, que de seguro es roja y grisácea y asquerosa y me doy cuenta que sí, que conozco la canción. Comienzo a mover mi cabeza, a columpiarla, más bien. Suelto una carcajada. C. canta algunas líneas. Yo intento, pero no me salen. No recuerdo si para ese entonces, cuando la canción sonaba en la radio—¿entre el 1997 y el ’98?—ya mi disco duro musical se había afligido. Descubro que no. Que aún no se había desmenuzado porque me llega una línea a mis labios, una línea inexorable, una línea inapelable, innegable, inclemente, impía, implacable, inflexible y tan, pero que tan pop que me vuela las defensas y me posee, y me descubro embolsillando mi masculinidad por la duración de la pieza, por esos tres minutos obligatorios del pop MTV de finales del siglo pasado y abro la boca y canto: don’t you know it’s going too fast, racing so hard you know it won’t last. Don’t you know, why can’t you see? Slow it down, read the signs, so you know just where you’re going.
2.
Tengo doce años otra vez y estoy sentado frente al televisor. Soy pequeño, y gordo, y tengo los espejuelos más feos del mundo. Aún estoy en el uniforme marrón de la escuela. Aún mi mamá no me ha mandado a cambiarme. Aún no he llevado el bulto al cuarto. Carson Daily habla y habla y habla y me hace odiarlo más y más y más. Le deseo que desaparezca, le rezo a Dios (aún no había desaparecido, para ese entonces) porque le destruya la carrera, porque lo saquen de MTV y le den un programa en el spot más tarde de la televisión, para que su humillación sea total, y su fracaso genuino. Ahh…por fin, el video que esperaba, corro al VHS, me aseguro que esté encendido. Presiono el botón de REC. You just walk in, I make you smile. It’s cool but, you don’t even know me. You take an inch. I run a mile. Can’t win you’re always right behind me.
3.
Por fin he delineado todo lo que pasará en ‘adónde se fue el niño Andrés’, la novela que he querido escribir desde hace un año, pero que sigo interrumpiendo con otros proyectos. Por fin la tengo clara, o eso creo. Me digo que tengo que cambiar de tono, que tengo que practicar la narración con el tipo de primera persona que quiero, parecido a la de F. Scott Fitzgerald en el Great Gatsby, y que no se puede parecer en nada a Su nombre, Decepción, que también la escribí en primera persona. Escribiré un cuento, me digo. Y comienzo a escribirlo, y me divierto, y cuando por fin lo concluyo tengo un cuento de veintidós páginas a espacio doble. Un cuento de cuando fui a Argentina, utilizando datos de unas entrevistas que le hice a unos veteranos de guerra allá, mezclándolo con mentiras. Un cuento diferente, para lo que escribo normalmente. Con otro tipo de voz. Cuando lo releo me doy cuenta que me encanta. Que me encanta el narrador y todos los personajes, y que en muchos párrafos esbocé una serie de acontecimientos en los que podía expandir. Salgo de mi apartamento y camino a la universidad y se me ocurren otras situaciones que pudiesen tomar lugar en Buenos Aires. Algunas de ellas ficticias, y otras reales. Llego a la universidad y me digo que no. Que escribí un cuento. Entro a clases. Regreso a las seis de la noche, luego de salir del trabajo, a mi cuarto. Pongo el bulletin-board sobre la cama y le quito los pedazos de papel que le pegué—el outline para niño Andrés—y comienzo a escribir papeles nuevos, mientras escucho a Kevin Johansen, que Orlando me lo recomendó. Cuando por fin me acuesto a dormir, sé que el niño Andrés tendrá que esperar. Que tengo otra novelita que escribir.
4.
¿Por qué esconderlo? ¿Por qué censurarme?
Stop right now, thank you very much
I need somebody with the human touch
Hey you, always on the run.
Gotta slow it down, baby, gotta have some fun.

5.
Viva la Scary Spice.

sábado, septiembre 20, 2008

cita: minimalismo según D.F Wallace.

Todo el mundo está hablando del suicidio de David Foster Wallace. Yo no. Lo he evitado por completo porque jamás leí el Infinite Jest que tanto me recomendaron. Lo que sí leí hace algunos meses fue una entrevista que le hicieron para el Review of Contemporary Fiction que saca la University of Illinois at Urbana Champaign. Una entrevista buenísima, pero pesadísima que recuerdo me tomó casi un día entero leer. No sé cómo se llevó a cabo la entrevista, si por internet, o en persona. Lo que sí sé es que si fue en persona, el tipo sí era tan inteligente, tan brillante y tan pesado como dicen todos los que ahora lloran su muerte, a pesar de no haber leído nada de él. Cuando la leí, apunté una cita en mi libreta de citas, y aquí la reproduzco para repercutir en lo que critico. Relacionada con el minimalismo, con qué más:
Minimalism’s just the other side of metafictional recursion. The basic problem’s still the one of the mediating narrative consciousness. Both minimalism and metafiction try to resolve the problem in radical ways. Opposed, but both so extreme they end up empty. Recursive metafiction worships the narrative consciousness, makes "it" the subject of the text. Minimalism’s even worse, emptier, because it’s a fraud: it eschews not only self-reference but any narrative personality at all, tries to pretend there "is" no narrative consciousness in its text. This is so fucking American, man: either make something your God and cosmos and then worship it, or else kill it.

viernes, septiembre 19, 2008

otoño, 4: 1978

1.
Van tres décadas.
Debería ser más específico: treinta años, un mes, y dos días desde que una máquina heredera de Gutenberg vomitara una tirada de dos mil fantasmagóricos ejemplares del libro Llegaron los hippies y otros cuentos de Manuel Abreu Adorno.
Fecha exacta: 17 de agosto del 1978. Año que comenzó un domingo. Año en el que el vuelo 855 de Air India azotó contra el océano, en las afueras de Bombay. Año en que se pasó el referendo que autorizó las políticas de Pinochet en Chile. Año en que se propagó el virus de protestas y huelgas en contra de Somoza, en Nicaragua. Año en el que Roman Planski huyó hacia Francia, luego de declararse culpable por tener sexo con una lolita de trece años. Año en el que en La República de la Gente de China se permitió leer, por fin, a Aristóteles, a Shakespeare, a Charles Dickens. Año en que unos empleados mexicanos de energía eléctrica se tropezaran con las ruinas de la Gran Pirámide de Tenochtitlan en el medio de la ciudad. Año en el que Karl Wallenda no pudo aguantar y cayó sobre un Cadillac en San Juan. Año en que el presidente Jimmy Carter pospuso la producción de una bomba de neutrones, animal capaz de asesinar toda una población sin afectar los edificios. Año en el que, bajo la gobernación de Carlos Romero Barceló, la policía ultimó a dos independentistas puertorriqueños en un evento que todo el mundo conoce como el Cerro Maravilla. Año en el que asesinaron al papa Juan Pablo Primero. Año en el que se aprobó la constitución española que le restauró la democracia a nuestros primeros colonizadores.
Definitivamente van treinta largos años.
2.
Es viernes en la noche y estoy vestido como para salir a beber, pero me encuentro en la biblioteca Lázaro, en un cubículo de madera, sentado en una silla demasiado cómoda como para que esté en una biblioteca, leyendo una Virginia Quarterly cuando se me ocurre aprovechar el tiempo y entrar a la colección puertorriqueña y pedir dos libros que residían para mí en un plano ideal, dos libros claves en la obra de los autores a los que, como joven que escribe, le he prestado mucha importancia. Autores que, por estar muertos, me conceden el derecho de decir que si hubiesen vivido diez años más, nuestra literatura sería otra cosa diferente. El estudiante asistente de la biblioteca me entrega La Novelabingo de Ramos Otero y Llegaron los Hippies de Abreu Adorno y le doy las gracias. Aunque sé las respuestas, le pregunto que si estos libros no circulan. Me dice que no y busca algo en la computadora. Me siento a leerlos. Los leo por un rato. No puedo concentrarme en ninguno de los dos. Leo partes, en realidad. Le saco unas veinte copias a Novelabingo y me anuncian que van a cerrar. Cuando se los devuelvo, el muchacho de pelo negro me informa que hay una copia de la colección de cuentos de Abreu Adorno en Circulación. Miro el reloj, el teléfono celular. Aún no han llegado con la gente que me voy a encontrar, así que sigo hacia circulación y pido el libro. Lo tienes hasta octubre 18, me dice la chamaca que trabaja ahí y le pregunto si lo puedo renovar, una vez pase este plazo de tiempo. Me dice que pues claro. Le doy las gracias dos veces. Coloco el libro en mi bulto y salgo del lugar.
[Cambio de tiempo narrativo.]
Llegué al Vidy’s demasiado temprano. Llamé a Orlando y me informó que llegaría en veinte minutos—aunque terminó tardándose casi una hora. Pedí una cerveza y me senté a esperar afuera. Jamás había bebido solo. La gente me miraba confundida. Como preguntándose qué hace una persona sola. Yo sonreía y me decía que debían estar pensando que salí a beber solo. Luego, me percaté que tal vez estaba jugando a pie de letra el rol de persona que bebe sola. Las excusas, la espera, el mirar a la gente. Sentí la tentación de sacar el libro y leer. Pero, ¿leer en una barra? ¿Qué clase de pedantería es esa? ¿Leer en una barra un jueves en la noche, rodeado de estudiantes que quieren janguear? No lo hice, claro está. Por lo menos, no lo hice en el momento. Al rato sentí la tentación. Me dejé llevar. Saqué el libro encarpetado. Leí la reseña que le hizo José Luís González. Releí el primer cuento, el titular. Salté a la última página.
Esta edición de 2,000 ejemplares se terminó de imprimir en IMPRESORA PUBLIMEX, S.A. Calz. San Lorenzo. No 269 – 32, México D.F., el 17 de agosto de 1978.
Pronuncié el año en voz alta: Milnovescientossetentayocho.
Van treinta años, dije. Me compré otra cerveza. Orlando aún no llegaba.
Van treinta largos años.
3.
Otra vez estoy en casa de mi abuela. Intento dormir pero mi tía sigue hablando. Decido que leeré. Saco el libro. Mi tía saca un martillo y comienza a clavar algo en una pared. El ruido me marea. Se me ocurre algo. Me llega como un susurro. O un suspiro, no sé cuál. Salgo hacia el balcón. Me digo que van treinta años. Treinta largos años y no se consigue el maldito libro. ¿Cuál es la solución? ¿No lo es hacerlo disponible? Masificarlo, globalizarlo, regarlo por el Internet como otras tantas cosas? ¿Qué mejor homenaje? ¿Se lo hubiese podido imaginar el Manuel? ¿O serán treinta años demasiados años para poder proyectarse?

lunes, septiembre 15, 2008

otoño, 3: breves

1.
Un año más.
[Insertar reflexión filosófica].
2.
Quizás no. Quizás me confundo. Quizás se trata de un año menos.
3.
He comenzado muchísimas entradas para otoño. Muy pocas he terminado.
4.
Concluí Nocturno de Chile de Bolaño. Lo discutimos hoy en una clase. Creo que Juanluís está de acuerdo de que cada vez más, el Bolaño Demiurgo deja de parecer la moda que vi al principio, y se vuelve una realidad tan inexpresable que me deja como ahogado.
5.
Tengo que mencionarlo porque me pareció un acto bonito: Una compañera del sistema de bibliotecas me trajo un cupcake en una bolsita de cartón. Jamás me lo hubiese esperado.

domingo, septiembre 07, 2008

otoño, 2: no es él, es otra cosa la que tumba el trago

1.
JotaEle continúa virando el trago. El primero encima de Pé, un segundo encima de quién-sabe-quién. Un rato después, tumba algunas medallas. Lo miro y le advierto. Él me mira y tira de sus hombros. Algo está pasando. No sé si es dentro de él, dentro de Equis, dentro de Uve, o dentro de mí. No sé si tiene que ver con el clima, o la atmósfera, o el universo, o con la revolución religiosa de los átomos. Algo está pasando. De eso estoy seguro. Después de todo, no se supone que estemos aquí. No se supone que los sábados en la noche se visite Río Piedras. No se supone que baje de Caguas para rondar esas áreas, para regresar a Caguas. Definitivamente, hay algo pasando. Y, como confirmación de mi conjetura, nos tropezamos con Otro de los Nuestros, el difunto, que tampoco se supone que esté ahí. Lo sabemos desde un principio. Desde que comienza la noche, sabemos que no es una noche cualquiera. Hay otras cosas funcionando. No sé si es la materia negra, la materia azul, o la materia tutifruti, pero hay algo diferente en el aire. Y esa tensión invisible nos lleva a otros tropiezos, a momentos que no son parte de nuestras rutinas. A saludar gente que no saludaríamos, a hablar con gente con la que no hablaríamos, a permitirle a las once y media pasar sin separar a Lima y Belano.

2.
Dan las cuatro de la madrugada y estoy acá, en la laptop, y mis dedos insisten en que las esferas se atraen. Dique vociferan en voces lejanas. Dique vociferan en voces distintas. Instan porque no pueden sumergirse ya, porque ya no hay perilla que virar, ni llave que torcer; explotan como pequeños Hiroshimas Enlatados y lo único que puedo hacer es concluir este escrito y cerrar los ojos, para que el cansancio los colme.

lunes, septiembre 01, 2008

otoño, 1: el molde (y, the living dead)

1.
Hay un molde. De ese molde uno no escapa. Digamos que es una vorágine con forma, una vorágine estructurada, una vorágine que está hecha exactamente a nuestra medida. Y ambos caminos, el andado y el desertado, desembocan ahí. En el molde, en la vorágine-molde. Y nos damos cuenta demasiado tarde, cuando dices las cosas que todos han dicho, cuando ni haber leído con cojones te prepara para la inminente pronunciación del cliché. Entonces es que te rascas debajo de la quijada y concluyes: definitivamente hay un molde.
2.
Tu abuela cumple ochenta y ocho años; ahora habla más que nunca. Te despierta—siempre que llegas a Borinquen Pradera, allá en el área Rural de Caguas te da un sueño increíble y terminas recostado en su cama—y te pide algo que no te hace sentido. Te pide que le muevas la cama al otro cuarto. Al cuarto en el que vivió tu tío hace algunos años. Le haces caso, porque cumple años, y porque siempre le haces caso. Es una buena abuela, nadie dice lo contrario. Tu tía te interrumpe, a medio pasillo, te pregunta que qué haces. Moviéndole la cama. Se quiere mudar de cuarto. ¿A ese cuarto? Pregunta, interesada. Le contesto que sí, y continuó. La escuchas decir, ya cuando has movido la cama, cuando te limpias el polvo de las manos, que en ese cuarto dormía con tu abuelo muerto, hace quién-sabe-cuántos años. No sabes si sentirte preocupado, o feliz. ¿Será que sabe que vivirá muchos años más y no quiere perder los recuerdos? ¿Será que ahora que está más cercana a esa otra vorágine—esa que es más definitiva—quiere acercarse más a ese individuo? Piensas cosas bonitas, claro está, y miras uno de los cientos de marcos de fotos de primos, primas, tíos, tías, sobrinos, sobrinas, nietos, bisnietos, tatararanietos, que adornan el pasillo. Ves a tu abuelo. Sientes nostalgia, pero sabes que las relaciones de antes no eran peaches and cream. Las de ahora tampoco. Pero antes, antes las cosas eran… detente, no juegues con el tiempo, por fa.
3.
Fui a la playa ayer. Llovía. Dos amigas y un palestino. Hablamos de agua, de cosas, de la guerra, del Líbano, del Medio Oriente, del West Bank, del mundo, de nalgas de muchachas, del precioso travesti que últimamente trota por la Avenida Universidad y nos confirma que el mundo está cambiando, que ya no es tan fácil distinguir; que, tal vez, en un futuro no exista esa necesidad de distinguir.
Y, luego, en algún sitio, terminamos viendo The Night of the Living Dead, creo que es de apellido Romero, el director, del 1968. Me interesó cómo, en una película de la época, el protagonista, el que supo cómo hacerlo todo, era negro. Y cómo, irónicamente, luego de sobrevivir miles y miles de zombis, terminó siendo asesinado por un batallón de blancos. Terminó siendo apuñalado con hooks, y lanzado a una fosa común; terminó disminuido a mierda, como si nada de lo que hubiese hecho importase. La película en ningún momento me pareció de terror. En ningún momento me asustó, ni creó ningún tipo de emoción, más allá de frustración. ¿Cómo carajos iba a terminar muerto? ¿Cómo carajos una película puede hacerte eso? ¿Puede romperte el orden establecido? ¿Cómo puede reflejar tan bien el momento histórico en el que me encuentro viviendo? El protagonista terminó tropezándose con el molde del que hablé al principio. Desde un principio la vorágine estuvo ahí, tirándole mordiscos a sus talones. Y pienso que él lo sabía. Mucho había sobrevivido. Mucho duró. Pero, al final, tan ingenuo, tan humano, pensó que entre las voces, entre los ladridos de perros, que entre la ola de humanidad que se acercaba a su costa, estaría más seguro. Pobre, pobre hombre. Por lo menos, de los zombis sabía qué esperar. Por lo menos sabía que ellos estaban condenados a ser así. Que sus moldes eran mucho más apretados que el suyo. Pero los humanos, los malditos humanos…
4.
El color del calor ha comenzado a cambiar. Gustav ha entrado a los Estados Unidos y a Cuba. Tres lloviznas puntearon el día. Un sapo apareció en la terraza. Todo de acuerdo al plan, al molde, a la forma de otro otoño más.