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martes, septiembre 01, 2009

una nota al margen de 'probabilidad de lluvia'

1.
Oldsmobile es el ultimo cuento que subiré de la colección Probabilidad de Lluvia, a la que le otorgaron una mención en el segundo certamen de colección de cuentos de la UPR. He estado poniéndolos de poco a poco hasta que por fin llegué a este ultimo. Alguien me preguntó que porqué en el Internet y no en otro sitio. La respuesta es sencilla: escribí esta colección como taller, diez ejercicios de brevedad, aunque en uno u otro fracasé. Igualmente, intentaba escribir cosas que no se parecieran a las que me suelen interesar. En este sentido, creo que acerté con lo que buscaba.
Asimismo, La Mueca Periférica es para mi un espacio de taller, un archivo de mi desarrollo en esta cuestión que es escribir, entre muchísimas otras cosas, y me pareció el lugar indicado para este tipo de escrito.
2.
Todos los relatos de Probabilidad fueron escritos entre el treinta de noviembre y el veintidós de diciembre del año pasado, 2008.
3.
Añadí a la derecha del blog un link con el título de la colección. Si lo pulsan, los llevará a todos los cuentos de ésta, de acuerdo a la fecha que los publiqué [del último, al primero]. De todos modos, pongo aquí un breve índice, con los respectivos enlaces a los cuentos en el orden que los pensé originalmente. Si no leyeron alguno, o el título les salta a la vista, no duden en dar la vuelta.
4.
1. Kirsten
2. Ráfaga niña
3. Gesto de Fallo
4. Moho
5. Mami dice que le da pena
6. La Muralla China
7. Oldsmobile
8. Norma durmiendo
10.El peor sueño del mundo

oldsmobile, un cuento

Las nubes aparecieron y, en un santiamén, cubrieron el cielo.
Que pena, se dijo Jack Hostos, hijo, mientras secaba los platos de porcelana que acababa de fregar. Se había cocinado algo rápido, un invento para saciar el ataque de hambre que le había abrumado el estomago tan de repente como el mal tiempo. Había planificado observar el atardecer desde el balcón del apartamento de su padre difunto, en el que se encontraba. Se sentía raro pensar a su progenitor así, adjetivarlo con una palabra tan, pues, fatal. Pero tendría que acostumbrarse. El día siguiente se enfrentaría a todo un mundo en la funeraria, tendría que contestar preguntas de su vida, tendría que estar feliz de ver personas que no veía desde niño y, al mismo tiempo, en luto por su padre, quien, después de cuarenta años de mudarse a Albany, de haber construido su vida en otro idioma, de haberlo criado a él tan lejos de los cambios climáticos tan repentinos del Caribe, había decidido jubilarse y regresar a Caguas, comprar un apartamento en el centro del pueblo, casi haciéndole de faro a la Plaza, recién remodelada.
Aunque criticó la movida del fallecido, Jack tenía que aceptar que aquél apartamento era extremadamente cómodo, extremadamente bien adornado, y extremadamente rico en un extraño aroma que lo hacía sentir como, pues, en casa. A pesar del aguacero, salió hacia el balcón y se asomó hacia la carretera, donde estaba estacionado el viejo automóvil en el que su padre había invertido una fortuna y una vida. Jack aún lo recordaba estacionado frente a la casa en la que se crió, dañado, siendo carcomido por el moho; y su padre mirándolo con orgullo y diciendo que algún día lo arreglaría. Y lo hizo, lo arregló y lo zarpó en un barco hasta acá, como si siempre hubiese sido ese su plan: arreglarlo y mudarse a la isla. Como si siempre hubiese sabido que su esposa, que odiaba el calor, moriría primero que él.
No era un gran carro, tampoco era lujoso. Un viejo Oldsmobile de un color verde olivo. Nada maravilloso. En sus años de adolescencia, Jack había fantaseado con destruirlo. Con tomar un peñón y lanzárselo a uno de los vidrios. Preferiblemente al del conductor. Ya no recordaba por qué, pero recordaba la idea, los detalladísimos planes para hacerlo y no ser atrapado, para hacerlo y, al mismo tiempo, observar a su padre sufriéndolo al momento.
Regresó hacia la cocina, para guardar los platos en el gabinete. Había algunas fotografías pegadas sobre ellos, como si se tratara del apartamento de un muchachito de universidad. Era su padre con una gente que Jack no conocía. Una gente que debía ser, por lo menos, quince o veinte años menor que su padre. ¿Qué clase de vida habría llevado, por dos años, Jack Hostos senior? Ninguna de las fotografías era incriminante, nada de cuartos de hoteles, de cosas que insinuaran un reemplazo de su madre, ni nada por el estilo. Eran plazas y centros comerciales y conciertos, supuso. Sabía que se debía sentir feliz por el hombre. Había leído que muchas personas después de que mueren sus parejas caen en horrendas depresiones, o se vuelven inútiles y sus hijos tienen que hacerse cargo de ellos, y, cuando recibió las noticias del fallecimiento de su madre, temió que eso le sucediese a su padre.
Por entre la lluvia, por debajo del grueso alboroto del aguacero, escuchó un vidrio quebrarse. Dejó el plato que guardaba sobre el counter y se asomó al balcón. Vio a un muchachito, flaco, pequeño, corriendo hacia un extremo de la calle. Bajó las escaleras rápido, con las llaves del automóvil en la mano, y corrió hasta este, sin preocuparse por la lluvia. El vidrio del lado del pasajero estaba quebrado en la esquina superior, y el resto se astillaba rápidamente, como ondas en un charco.
Caminó en la dirección que vio al niño correr, dobló hacia la izquierda, en una tienda de reparación de armas de fuego que hacía esquina con una escuela de karate, ambas cerradas. Podía ver al chamaquito corriendo al final de la calle. Lo persiguió. Tomó una derecha, más adelante. Todos los locales que se alineaban a ambos lados de las estrechas y antiguas calles, beauty parlors, tiendas de víveres, de efectos escolares, farmacias, todos, estaban cerrados, sus cristales oscuros. Igualmente los apartamentos encima de estos, las casas que aún no habían sido transformadas en negocios, todo estaba lóbrego. Como si en un toque de queda. El niño se detuvo, cansado, y Jack logró encoger el espacio entre ellos. Se sentía extraño siguiéndolo, pero, ¿qué podía hacer? Últimamente todo se sentía extraño.
El joven no se había percatado de que lo perseguía, concluyó Jack, porque cuando miró hacia atrás y lo vio, soltó un grito y emprendió la carrera hacia la izquierda, hacia donde quedaba el Terminal de autos públicos. Jack pensó que hacia allá se dirigía, pero justo antes de llegar, el chamaco tomó unas escaleras apretadas entre dos edificios y subió a lo que Jack pensó que era su casa. Lo siguió, sin mucha prisa. Todo aquello parecía como cosa de sueños. No sentía ni frío, ni cansancio. El hecho de que le hubiesen quebrado el vidrio al auto de su padre le daba igual en realidad. ¿Por qué lo perseguía? Por instinto, supuso. Porque hacía un momento se había recordado queriendo hacer eso mismo, porque quería averiguar si aquél niño era una versión enjuvenecida y caribeña del niño que fue. Se detuvo al pie de las escaleras. ¿Debía subir?
Remontó las escaleras, peldaño por peldaño, contándolos. Paró ante dos puertas. Una tenía un viejo adorno de navidad, decolorado, que probablemente no había sido removido desde hacía algunos años. La otra estaba desnuda, sin pintar. Como si recientemente hubiese sido reemplazada. La madera parecía aún latir. Tocó esta. Sin pensar en qué le esperaba. Sin considerar el hecho de que la criminalidad había incrementado en toda la isla, sin pensar en que, dos semanas atrás, fulminaron a un joven guardia de seguridad en aquella misma calle, por sólo gritarle a unos ladrones que acababan de robar una joyería. Sin considerar nada de ello, como si imitara a su padre, porque su padre no pensaba como el resto de los humanos, su padre actuaba, solía decir su madre. Tocó una segunda vez, antes de que le contestaran.
Una mujer trigueña, con el pelo amarrado alrededor de su cabeza cual un turbante, en un ‘duby’. Con ojos grandes, claros. La puerta a medio abrir. Desconfianza: —¿quién es usted? ¿qué quiere?
Le tomó un segundo procesar lo que dijo la mujer, como si le hablasen en un idioma que desconocía. Procesó el español en su cabeza, hacía años que no lo hablaba. Inclusive, al taxista que lo trajo del aeropuerto a Caguas, y que le cobró en exceso, le habló en inglés.
—Un niño, un muchacho, joven, flaco, creo que subió acá. Me quebró un vidrio del auto de mi padre.
La mujer cedió algunas pulgadas más de la puerta, como si la explicación las hubiese ganado. Jack pudo ver que vestía una vieja camisa gastada con la marca de un supermercado, y unos mahones cortos. Asintió con su cabeza y sonrió.
—¿Es su hijo? ¿Su hermano?—preguntó Jack, ante la ausencia de una respuesta. —Casi, casi—dijo ella y, luego de un momento, añadió—pase, caballero, pase. ¿No eres de aquí, verdad? —indagó.
—Sí, digo no, digo sí… Perdón, quiero decir, no, no, estoy aquí por mi padre.
—Veo. ¿Me dices que José te rompió el cristal de tu carro?
—¿José? No sé. Un muchacho joven. ¿Vive aquí?
—Pues no—respondió ella y se disculpó por como estaba y se metió en un baño y cerró la puerta. Jack estudió el apartamento. No era muy amplio. Una sala con muebles de madera prensada, cojines color verde turquesa. Una pequeña mesa con dos asientos, un florero en su centro. Una pequeña estufa blanca, de gas, en la que se cocinaba algo. Olía bien. Le recordó a la de su abuela, a quien vio por última vez cuando niño, en un verano del ‘82. Vivía en una pequeña casa en el área rural del pueblo, en Pradera, se llamaba el sector. Cómoda, aquella casa siempre olía bien.
Cuando salió la mujer, parecía otra persona, totalmente distinta. Tenía el pelo largo, negro. Demasiado negro, notó Jack, al mismo tiempo que reparó por primera vez las arrugas en la que desbocaban los dos ojos grandes, la piel maltratada de su cuello. Era mayor de lo que él había pensado originalmente.
—Como te decía, José vive al frente. Se pasa aquí, sin embargo. Lo llamaría, pero pa’ lo que lo buscas, tendré que responder yo de todos modos. Así que me disculpo por él—dijo y le indicó a Jack que la siguiera hasta la cocina—Si quieres, haz un estimado del daño y yo te lo pago, por lo menos una parte.
—Pero, ¿por qué te cobraría a ti?—preguntó él, y tomó asiento en una de las dos sillas de la mesa. Se sentía un tanto incómodo ahí, como si no perteneciese en su camisa de mangas largas y botones, en su pantalón de salir, en sus zapatos de cuero, como si hubiese llegado sin saberlo a una fiesta de disfraces.
—¿Tienes hambre?—preguntó ella, pero sin esperar su respuesta sirvió dos platos de comida. No era nada gourmet. Un puñado de arroz blanco, y una carne a la plancha, con algunas especias que él no conocía. Los colocó en la mesa y volvió al tema anterior: —Porque su madre es una tecata, y ese nene se la pasa aquí metido todo el día. No te preocupes, no me molesta pagarlo. A alguien tengo que cuidar.
—¿No tienes hijos?
—No. ¿Y tú?
—Tampoco.
—¿Estás casado?
—Sí—contestó él, y llevó su mano hasta el aro en su mano. Le dio vueltas. Se sentía más pesado de lo usual. Se llevó un bocado de arroz a la boca. No tenía hambre. —¿Y tú?—continuó, porque pensó que no devolver la pregunta sería de mal gusto.
Ella lo miró y le sonrió, miró a su alrededor, y continuó comiendo, como queriendo decir, mira a tu alrededor, ¿parece que otra persona vive aquí?
No, no lo está, se respondió Jack, porque por alguna razón, ella había acertado: aunque estaba bien adornado, aunque era un apartamento cómodo y familiar, emanaba algo que le hacía pensar a él en la palabra ‘personal’. Aquél apartamento se sentía demasiado ella para ser compartido. Aunque, por otro lado, él se podría imaginar viviendo allí. Levantándose en las mañanas, encendiendo la estufa de gas, quejándose porque no podía regular el fuego de las hornillas, poniendo a hacer café y sentándose en aquellos muebles baratos a esperar porque estuviera listo, o porque ella se levantara, cualquiera de las dos, antes de ir al trabajo.
La idea le hizo sonreír y ayudó a disipar un poco la incomodidad.
—¿En realidad estás casado?—preguntó ella, sin mirarlo. La pregunta le hincó. Jack le dio vueltas al aro en su dedo. Qué lo había delatado, quiso preguntarle, pero ella añadió—digo, no que me incumba.
—Sí, estoy casado.
Ella rió: —disculpa, disculpa—dijo—no tengo visita a estas horas normalmente. Mi vida es bastante rutinaria. Voy al trabajo, hago compras, vuelvo a casa, me cocino, me acuesto a dormir. Así, todos los días. Digo, con algunas excepciones. A veces voy y visito a mi mamá, que está en un home, o acompaño a José a algún sitio.
Jack terminó de comer y esperó porque ella lo hiciera también. Tomó ambos platos y los llevó al fregadero, para limpiarlos. No supo si utilizar la esponja amarilla o el trapo que había allí para fregar. Usó el primero. Los secó con papel toalla. Le preguntó dónde los acomodaba. Los colocó en un gabinete a su derecha. Ella estaba sentada en la mesa, bebiéndose una cerveza que había pescado de la nevera. Él no quería, le pidió otro vaso de agua. Se asomó a la ventana. Seguía lloviendo. Una brisa fría se filtró por las persianas y le hizo percatarse, por primera vez, de lo mucho que se había mojado en su breve caminata. El tendido público pintaba la noche de un marcado color naranja. Un gato corrió por la acera. Una escena parecida debía de ser la que su padre vio por su ventana, todas las noches de los pasados dos años.
—¿Llueve mucho?—le preguntó a ella.
La respuesta le vino de mucho más cerca de lo que se la esperaba. Estaba parada a su lado, mirando a través de la ventana por sobre su hombro: —Últimamente sí. El clima está como loco. Hay días calurosísimos, y, de repente, aguaceros como este.
Jack no se movió, ella tampoco.
—¿Qué es lo que haces aquí? —preguntó ella, pero aclaró rápidamente—En Puerto Rico, digo. Dijiste que José rompió el cristal del carro de tu padre, ¿cierto?
Jack se volteó. Quedó frente a ella. Apenas medio pie entre ellos. Si fuese otra persona, si fuese la persona que vivía aquí, que se levantaba a encender la estufa de gas, que esperaba por el café o porque ella se levantase, la hubiese besado. La hubiese tomado por la cintura, la hubiese halado hacia él, y la hubiese besado, con los ojos cerrados, como hacía desde niño.
—Mi padre murió. Se mudó acá hace algunos años, después de jubilarse. Estoy arreglando todo, y volveré a Albany.
—¿Albany?
—En Nueva York.
—Ah, oquey, oquey. Nunca he ido pa’ allá—dijo ella y se bebió el último sorbo de la cerveza. Permaneció allí por un breve instante, como si de repente hubiese vislumbrado a través de un pequeño agujero la realidad paralela que Jack había imaginado para relajarse, como si lo hubiese visto esperando por ella, justo después de lavarse la boca en la madrugada, como si esperara que sucediese algo por lo que llevaba esperando mucho tiempo, algo que fuese bueno de verdad, que le pasase en la vida real. Algo que ninguno de los dos haría, y regresó a la cocina, para botar la botella.
Al rato, ambos estaban sentados en el mueble, uno al lado del otro. Hablaban de pequeñeces. Jack le había preguntado acerca de la crisis económica del país, ella le había respondido lo poco que sabía. Ella le había preguntado a él acerca del frío que pasaba en las navidades, que si nevaba mucho por allá. Él le había dicho que sí, ella le dijo que nunca había visto la nieve. Él le dijo que la odiaba, y ella le dijo que siempre había querido jugar con ella, pero que dudaba que algún día pudiese.
—Así son las cosas—dijo ella y, acto seguido, sin intermitencias, comenzó a hablar, o explotó a hablar, como si no lo hubiese hecho en años. Le contó que a su madre le dio alzheimer’s cuando ella tenía dieciocho años, que la cuidó por un año, pero que después tuvo que comenzar a trabajar. No fue a la universidad. Cogió un curso de secretaría, y trabajó casi diez años corrido como secretaria de un viejo fisiatra que había en esta misma calle donde vivía ahora. Durante ese mismo tiempo se mudó aquí, llevaba más de quince años en este apartamento. Lo había remodelado varias veces. Por remodelar se refería a mover los muebles de aquí a allá, dijo. Eventualmente el doctor, que era muy viejo, se retiró y ella comenzó a trabajar para el hijo del fisiatra, que era pediatra, y que había abierto una oficina en el barrio de Santa Elvira. Allí estaba todavía. Mientras trabajaba allí, para el pediatra, conoció a un hombre, que tenía un hijo, y estaba divorciado y salió con él por dos años. Se quedaba los días de semana en la casa de él, en Bairoa, y los sábados él la visitaba acá. Nunca ninguno de los dos tomó la decisión de mudarse juntos. Se dejaron. El hombre volvió con su esposa. Ella siguió de secretaria. Lo vio allí varias veces, cada vez que se le enfermaba el hijo. Poco a poco, el hijo creció, y dejó de ir. Ese es el único hombre con el que había estado en su vida. ¿Puedes creerlo? Preguntó, pero no le importaba mucho. Desde niña sabía que nunca estaría con muchas personas. No soy una mujer linda, dijo, lo sé desde chiquita, y nunca me preocupé por cambiar eso. Así funciona el mundo, no voy a sufrir mucho por ello. Mientras salía con el hombre, se mudó José con su madre al apartamento del lado. José era un niño, y cuando se rompió su relación, comenzó a cuidarlo por las tardes. No le gustaba ver telenovelas, no le gustaba leer libros, fuesen de lo que fuesen. No leía las noticias, compraba el periódico para hacer los crucigramas. Barría el apartamento todos los días. Los días que estaba libre, iba para la plaza, visitaba a su madre, caminaba por ahí. Siempre había querido ir a Disney World, pero nunca fue.
Y tan rápido como comenzó, enmudeció.
—Mi esposa me dejó hace tres meses—dijo él, sin querer hacerlo, sin darse cuenta que lo pronunciaba por primera vez. Que siempre había pensado que Ana se había ido, que había desaparecido, pero nunca que lo había dejado. —Y me siento solo.
—Yo también—dijo ella.
Hubo un silencio, largo. Ambos permanecieron sentados. Sus manos casi casi juntas, pero sin tocarse. El aguacero tronó por media hora más, y entonces, de repente, se detuvo. Escucharon a la madre de José entrar al apartamento de al lado. Gritó algo, y volvió a desvanecerse en el silencio. El apartamento era realmente cómodo, se dijo Jack y se imaginó llegando en las tardes, cansado, del trabajo. Se imaginó quitándose los zapatos, allí mismo, en la sala, y acomodándolos al lado del mueble, uno al lado del otro. Se imaginó preguntándole a ella qué cocinaba y tomándola por la espalda y besándole la nuca delgada. Se imaginó diciéndole estás bella, al oído, mintiéndole, pero diciéndoselo de todos modos, para llevarle la contraria a la niña que tenía dentro de si. Se imaginó metiéndose a bañar, saliendo, cenando, y acostándose a dormir junto a ella. A dormir, porque no tendrían mucho sexo. No serían una pareja caracterizada por su libido, sino por su destreza de mantenerse acompañados, por su habilidad de alivianar la soledad en equipo.
—Ya paró la lluvia—dijo él—Me debería ir, es tarde.
Se repitió el silencio.
—Sí, es tarde—dijo ella.

Jack Hostos, hijo, bajó las escaleras y le dijo adiós, con la mano, a la mujer, que se asomaba por la ventana. Recorrió sus pasos y llegó al Oldsmobile de color verde oliva. El agua se había filtrado por el pedazo de vidrio roto. Subió al apartamento de su padre, en búsqueda de una bolsa y un rollo de cinta adhesiva. Con mucho cuidado, cubrió la ventana de la puerta del pasajero, y cerró el auto con seguro. Miró al cielo, que se había despejado por completo. Estaba forrado de estrellas. Volvió a subir. Se sentó sobre el counter de la cocina. Arrancó las fotografías de la puerta de los gabinetes. Las miró una y otra vez. No reconocía a nadie más, sólo a su padre, mas que a su homónimo canoso, saludable, fuerte. No sabía qué buscaba en ellas, pero las miró un rato. En algún momento pensó en la mujer. A la medianoche, entró a la habitación de su padre, cosa que no había hecho desde que llegó en la mañana. En un pequeño marco, en la mesa de noche, había otra fotografía de Jack Hostos, padre. En ésta cenaba con una mujer rubia, más o menos de su edad, en un restaurante que parecía caro. Sonreían. Jack Hostos, hijo, la puso bocabajo. Apagó la luz y se acostó en la cama de dos plazas. Entró una brisa fría por la ventana. Se arropó con las colchas. En menos de una semana regresaría a Albany, a su casa, a su empleo, a su vida. Sintió algo revolverse en su pecho. Casi dos horas después, se quedó dormido.

[Este cuento es parte de la colección Probabilidad de Lluvia, con la que gané la mención honorífica del Certamen Intrauniversitario de Cuentos de la Universidad de Puerto Rico, otorgada por Christian Ibarra, Fernando Iwasaki, y Yolanda Arroyo.] La fotografía del auto la saqué de aquí

miércoles, agosto 26, 2009

kirsten, un cuento

Aún en ese entonces no sabía que Kirsten no siempre había sido mujer, aún en ese entonces nuestra relación era joven, era un niño preescolar al que sus padres aún no le han hecho hincapié en que los nenes juegan con los nenes y las nenas con las nenas. Buenos Aires aún era un sueño; unas vacaciones que se habían estirado indefinidamente y que aún no se involucraban en los desaboríos de los visados y los papeles que parecían recalcarle a uno el xeno de la xenofobia, o la negritud que para mi había sido siempre la abuela que murió demasiado joven y que apenas conocí.
Un abril, creo que fue, y nos paseábamos cogidos de mano por la Recoleta, e invertíamos dinero en nimiedades que yo perdería luego, sin saber dónde—jamás imaginando que me lo habrían robado los empleados del aeropuerto que manejaron mis maletas.
¿Cómo no te diste cuenta? Me preguntaron tantas personas que recuerdo la pregunta viniendo de la boca de una amalgama homúnculo, con voz mecánica y olor a cinc. —¿De qué cosa?— le contestaba yo, ¿de lo de la maleta o lo otro? Y ellos no se atrevían mencionarlo, y me contestaban con dientes apretados—lo de Kirsten— porque no se atrevían utilizar pronombres, por no hacerme sentir peor.
Es que ese tipo de cosas, comenzaba yo, pero me cansaba; me cansaba desde el principio y terminaba repitiéndome su pregunta para adentro.
¿Cómo no me di cuenta? Pero, ¿cómo saberlo? No creo que al principio la pensara ni como hombre ni mujer. Simplemente era mi compañera de viaje, el delgado lazo que me conectaba con todos los demás. Lo que sucedió, sucedió con el tiempo—poco tiempo—y fue puramente accidental.
Solíamos decirnos cosas hasta quedarnos dormidos; jamás se trató de una conversación. Meramente nos decíamos cosas. Yo le decía cosas que jamás le había dicho a nadie, y mientras yo pronunciaba, ella callaba. Le hablaba de lo que duele, de la familia, del hermano tecato, de la hermana enajenada, de las metas disecadas; y ella también me decía de lo mismo; y, supongo que igual que yo jamás le mencioné que venía huyendo, que venía corriéndole a una relación demasiado seria, a un lugar en el que no paraba de llover, ella jamás me mencionó que venía huyéndole a todo el mundo que insistía en llamarle Miguel en vez de Kirsten, que venía huyéndole a un país de gente que le sonreían y le decían que estaba bella, que se la presentaban a todo el mundo como ella quería que la presentaran, pero cuando se viraba, pasaban el chisme y le destruían cualquier posibilidad de comenzar como ella quería.
Dormíamos separados, al principio, y no niego que cuando me levantaba de camino al baño, a veces, en el medio de la noche, la miraba; pensaba que tenía un cuerpo bello; porque lo tenía. Para el ojo, y para mi, era mujer de principio a fin y se lo llegué a comentar: eres de las personas más bellas que conozco, Kirsten, y ella se sonrojaba, pero bromeaba que se debía al frío infernal que hacía ese día, y que, por fin, le dio oportunidad de vestir un jacket de cuero que se había comprado en los primeros días que estuvimos allí.
Fui el culpable de que eso cambiara, me doy cuenta ahora, en este aguacero que parece no tener fin. Demasiado tarde. Fui yo quién hice el acercamiento, le dije que deberíamos dormir juntos. No para hacer nada, sino para dormir juntos. Al principio ella se negó, al principio me dijo que no, y pensé que se debía a que era tímida, pero algunas tardes después recibió una llamada de la isla que la quebró—sólo llegaban malas noticias desde la isla, monstruos caribeños con metas despiadadas—y cayó en mi cama hecha llanto, y la dormí en mis hombros, ¿qué más podía hacer? Así, lleno de lágrimas de lo que pensé que era la mujer perfecta, me quedé dormido, y soñé que habíamos nacido allí, juntos y siameses.
¿Cuánto duró exactamente? ¿Cuánto duró esa pequeña nota al calce? Tan pronto regresé—ya todo el mundo sabía lo que había pasado—les mentí, les dije que habían sido apenas algunos días, algunas horas, y eventualmente creo que comencé a engañarme a mi mismo, que me dije que nuestra estadía en aquél hotelucho de los banderines internacionales había sido cuestión de unas semanas, aunque hubiese sido mucho más.
El día de la huelga fue que todo comenzó a desmenuzarse. El día de la huelga hice una llamada a la casa de mis padres, y lo contestó la persona de quien huía, y tiré el teléfono y me desquité con Kirsten: le solté la mano en medio del pelotón de gente que se había reunido frente al obelisco para protestar la falta de empleos y no la volví a ver hasta esa noche. Miré para atrás sólo cuando supe que ya era demasiado tarde para que me alcanzara y la vi mirándome desde muy lejos, intentando alcanzarme, y quise regresar, y me arrepentí, pero la tormenta de gente me arrastró, y terminé caminando por la Corrientes, perdido, descalabrado y culpándome por haber llamado a la isla. Algo así era de esperarse. Nada bueno nacía en la ínsula.

...

El golpe estuvo demás, lo sé, el golpe es lo que me jode la cabeza, lo que me come el sueño. El golpe, y la mirada subsiguiente. ¿Cómo puede uno borrar esas cosas? ¿Cómo mentirse y decirse que estuvo justificado? Desde el piso me miró; confundida, y me pidió perdón y la insulté, le dije hasta mierda. No podía mirarla. No podía pensarla. Seguía insultándola. Seguía tirándole lo que le quedaba por el piso y ella allí, quieta. Sentía su mirada ardiéndome la espalda, lapidándome, y al mismo tiempo pidiéndome perdón. Diciendo que no me quería hacer eso; echándose toda la culpa a los hombros; y ahora me revuelco pensándolo.

...

Lo que sucedió sucedió dos días después de la huelga. La llamó su hermana mayor para decirle que su padre había muerto, de un infarto. Yo llegaba de una obra de teatro a la cual no me había acompañado y la descubrí pegada al teléfono, a pesar de que la línea estaba muerta, con su mirada en blanco, como zombi, perdida en los patrones de la colcha que cubría la cama. La llamé, le pregunté si estaba bien, pero sólo me respondió alcanzándome con esos dos ojos de ultratumba. Le toqué el hombro y la encontré fría. Arranqué el teléfono de sus dedos y lo enganché, la abracé. Le dije que todo estaría bien, porque por un momento pensé que lo estaría.
Nos quedamos dormidos, acostados en la cama. En el medio de la noche, me levanté porque ella hablaba. Debía de llevar haciéndolo un rato, porque cuando sintonicé su voz tan melódica pensé que su historia se acababa. Me contaba de su padre, de los altos y bajos de la relación, de ‘cuándo se enteró’, de cosas que yo no comprendía, y cuando terminó se volteó, casi pegó sus labios a los míos, y yo le dije nada de esto es tu culpa, porque presentí que es lo que ella quería escuchar. Me acarició la mejilla, yo la besé. Intentó alejarse, pero la volví a besar. No te preocupes, le dije, y le besé el cuello, le besé la espalda, le quité la camisa y le lamí los senos, tan redondos y tan perfectos—y tan artificiales, añado ahora.
Así me enteré. Kirsten me detuvo. Me detuvo la mano que insistía en descender por su vientre. Me explicó. Me habló de Miguel, de la operación, de su escape. Pero aún así, no entendí. Me puse de pie, caminé de un lado a otro. Se me acercó, me aguantó por ambos hombros, y me dijo que lo sentía, que intentó decírmelo. Que… mas, ya nada importaba, perdí el control, perdí el sentido, la empujé, levanté la mano izquierda…

...

Lo he logrado—me dijo en nuestros primeros días en Buenos Aires, mientras teníamos una cena argentina en horas que, de vuelta en la isla, yo hubiese estado durmiendo.
¿Qué cosa?—le pregunté.
He logrado huir. Estoy libre.

...

¿Cómo fue posible que yo le arrebatara esa libertad? ¿Cómo era posible que después de haberla ayudado, de haberla asistido a batallar sus demonios, hubiese sido el responsable de propinarle el golpe más pesado? ¿Que yo, su “mejor amigo y ángel guardián” le hubiese devuelto todo el peso del yugo conservador del que ella había estado corriendo?

...

No me fui la noche del golpe. Resolvimos en hacer el check out tres días y dos noches después, en los que cada uno buscaría qué hacer. Me dijo que “me dejaría el camino libre”, y así lo hizo. Durante las horas de la mañana y la tarde, se desaparecía por las avenidas argentinas; y, por las noches, yo me iba a alguna barra, para regresar al cuarto hecho un desastre. Dos noches vagabundeé, y justo antes de irme, justo antes de salir para el aeropuerto—a las cuatro de la mañana, dejé un sobre con el dinero en la cama y empaqué mis cosas—la observé por algunos minutos, mientras dormía. Me recuerdo escudriñando su forma por rasgos masculinos de los que antes no estuve consciente, algo que me dijera que era obvio, que todos lo sabían menos yo; pero ahora, creo que, muy adentro de mí, pienso que la admiraba, como mujer, una última vez. Trazaba su recuerdo en mi conciencia. Para no olvidarla, supongo. Porque, a pesar de que en el momento la odié como jamás había odiado a alguien, sabía que no había sido su intención.
Abordé el avión en ese estado sonámbulo; y, tan pronto me senté, me desmayé. Caí en un sopor del que sólo me escapé al llegar a Miami, siete horas después, para hacer escala con el otro avión que me regresaría a San Juan. Mis padres no me preguntaron nada, mi exnovia no me preguntó nada, y, poco a poco, el rompecabezas se acomodó a solas y todo cayó en su lugar. Me casé con quien se suponía que me casara, ella, conseguí el trabajo que se suponía que consiguiera, el de mi padre, y después de un tiempo, nadie me preguntó nada más. Argentina se nubló, se volvió lo suficientemente leve para desaparecer por completo de mi realidad.
No sé cómo reaccionó Kirsten al levantarse; me lo he preguntado miles de veces. ¿Habrá llorado? O, ¿era de esperarse que me fuera cuando ella no estaba? ¿Se quedó en Argentina o regresó a la isla? Las preguntas, aunque al principio eran muchas y constantes, eventualmente le dieron paso al olvido, o tal vez a la madurez; esa madurez que se había mantenido tan alejada de nuestra relación, esa madurez que se había quedado al margen, al otro lado, en una costa caribeña, y tan pronto vio la oportunidad, saltó hasta alcanzarnos.
No me quedó otra que dejarme llevar, y esperar—desear—que algún día, en algún lugar, me tropezase con ella de nuevo, tal vez para disculparme, no por haberme ido, sino por haberla dejado atrás aquél día de la huelga, sin haberle explicado que no era culpa de ella.

[Este cuento es parte de la colección Probabilidad de Lluvia, con la que gané la mención honorífica del Certamen Intrauniversitario de Cuentos de la Universidad de Puerto Rico, otorgada por Christian Ibarra, Fernando Iwasaki, y Yolanda Arroyo.]

norma durmiendo, un cuento

Norma durmiendo.
Durmiendo a pesar de que la palma que se hinca frente a la casa de urbanización de acceso controlado esté retorciéndose ante las inclemencias del clima; a pesar de que sus pencas sean atrapadas en esa máquina de tortura china que son los soplos ciclónicos; a pesar de que a la residente número ciento quince se le haya olvidado subir a su cachorro, a su pequeñísimo chihuahua, que mira al mundo desde su escondite, desde esa esquina de techo que sobresale hacia un lado, como un niño que descubre que está solo en el mundo. Norma durmiendo.
Norma durmiendo y una sigilosa estría nace en el tronco de la palma, nace silenciosa con la promesa de hacerse fractura, con la certeza de hacerse tránsito; y el cachorro decide aventurarse, arriesgarse fuera del perímetro de la casa, y una cansada penca resuelve soltarse, resuelve abandonar la lucha y estira sus brazos y es cercenada de su cuerpo y lanzada quebrantemente contra una ventana de vidrio. Y Norma durmiendo. La palma no sangra, pero el cachorro sí. Sangra en el momento que el cadáver de penca vuela proyectil en su dirección y le azota las patas traseras, y es su pequeño tobillo, si es que los perros tienen tobillo, el que se fractura y no la palma, que ya es elástica, que ya está plagada de sinuosas fisuras. Mil trescientas ráfagas envuelven la urbanización. Mil trescientas ráfagas la levantan sobre sus múltiples lomos y la aíslan y ocurre un silencio. Los párpados de Norma tiemblan. Un movimiento apenas visible. Las pestañas vibran, pantomima de un acto que no rebasa. La mano derecha se mueve un centímetro hacia su derecha, debajo de la almohada. ¿Se despertará? Flexiona su rodilla izquierda, tenue. Su piel se encrespa. El acondicionador de aire susurra. El párpado, las pestañas. Blancas.
Durmiendo aún. Norma durmiendo inmutable frente a la palma que se niega, a la palma que no sufre por sus pencas, que desnuda y lacerada está aún de pie, contemplando la lluvia echa bolines, contemplando el cielo hecho ónice, contemplando la locomoción de nubarrones desertores que se saben culpables. Impávida ante el sonido invisible de la lengua del perro lamiéndose las patitas, ante el ardor que siente, ante el frío que le pica al lado de la herida, encima de la herida, debajo de la herida. Cruel, cruel, y el cachorrito lamiéndose con empeño, empujándose con empeño, exigiéndose llegar hasta el pequeño parque pasivo al que su propietaria prófuga lo llevó una vez, para poder refugiarse debajo del castillo de madera verde, para poder refugiarse sobre la arena tan calientita en su recuerdo.
El movimiento es ahora más fuerte. Pero ocurre alrededor de la cintura. Se separan los muslos y cambian de posición. Las pestañas no se mueven, pero se ejerce una fuerza sobre los párpados. La mano derecha, nada. La rodilla izquierda, elipsis. El acondicionador de aire agoniza. El alumbrado público, afuera, también. Otro movimiento. Más insistente esta vez. ¿Está intentando despertarse? ¿Por qué no lo logra? Su hombro, el área en la que el cuello se hace pecho. Un hilo de aire se rueda entre los labios. Blanco.
Las raíces de la palma muerden la tierra liquidada. Las mil trescientas ráfagas columpian la urbanización desde los cordones de sus zapatos, la lanzan al aire y estiran sus brazos, como para atraparla nuevamente. Pero la dejan caer. Y la urbanización se comienza a deshacer ante la presión del viento, ante la posesiva gravedad, y le da paso a la profecía de la primera estría, que se cumple, y la palma hecha estocada azota contra la pared de la habitación, fuertemente fuerte, y la quiebra. La impávida peña lluviosa penetra por la nueva hendidura. El cachorro aúlla, con su pierna trasera estirada, y tiembla, tiembla hondo. Las ráfagas lo azotan a él también, pero su refugio no permite que lo muevan. Se ha escondido debajo de la casa de juegos de madera que está en el parque. Está solo, totalmente solo, y por el momento no quiere que esto cambie. Siente una intensa necesidad para con su propia sombra, que yace debajo de las pulgadas de agua. Aúlla una vez más, le permite a sus dos oscuridades trazar el rumbo de todas las palmas de la urbanización, escindidas, que se elevan sobre el parque en huraños espirales ascendientes y que comienzan a trazar la lóbrega silueta de un ojo fosco.
Y Norma sigue durmiendo.
Durmiendo sin darse cuenta que su cuarto se inunda, que la urbanización ya no existe, que la palma ya no está, que el cachorro espera la postrera visita del propietario forastero; y su muslo desnudo, sus párpados, su rodilla inmóvil, su hombro, el área en el que el cuello se hace pecho, sus pulmones. Todo estático y todo detenido. Y tan blancamente blancos.
Norma durmiendo.
Norma dormida.
Norma demasiado quieta y el agua, y la palma, y las mil trescientas ráfagas…

[Este cuento es parte de la colección Probabilidad de Lluvia, con la que gané la mención honorífica del II Certamen Intrauniversitario de Cuentos de la Universidad de Puerto Rico, otorgada por Christian Ibarra, Fernando Iwasaki, y Yolanda Arroyo.]

lunes, agosto 24, 2009

mami dice que le da pena, un cuento

Mami decía que los vagabundos le daban pena porque eran personas que se habían dejado llevar y terminaban hechos mierda; y cuando se enteró de que su primogénito, mi hermano mayor, había terminado bum en North Carolina, lo mandó a buscar, lo encerró en su casa y empezó a mantenerle el vicio con dinero que le daba dizque para que fuera a comer. Entonces mami sufrió un cambio drástico, ahora veía a los vagabundos en la calle y no sentía lástima, sino que rompía a llorar porque se identificaba con las madres de esas pobres almas que se habían dejado llevar. Ay, esos nenes, no es culpa de ellos, decía ella y yo le decía que era culpa de ellos sí, que si quieren drogas, y quieren mantener el vicio lo menos que pueden hacer es solicitar cupones y el welfare y metérselo y así no tienen que estar ensuciando las calles. Así no tienen que estar jodiéndonos las vidas a los demás que no nos metemos na’, o si nos metemos algo nos lo metemos bien, sin que nadie se entere, sin motivo de estar andando las calles con un maldito vasito de Burger King; como si el fast-food los apoyara, porque todos, hasta mi hermano mayor cuando me lo encuentro en la Milla de Oro tiene el maldito vasito de Burger King.
Que se jodan todos, que se jodan todos hasta él, que se creía mejor que yo, y que todo el mundo creía mejor que yo, porque dibujaba mejor, porque bailaba una salsa endemoniada, porque era más bonito, y más suavecito que tu, Pedro; y yo tenía que sonreír y decirles que yo era más inteligente, que yo era más recogido, que yo era más aplicado y ellos sonreían y me decían que sí, que por lo menos yo tenía algo, si no hubiese sido así, las cosas no serían justas, ¿verdad? Claro, yo les contestaba y me iba encojonau, porque ellos no eran nadie para estar diciéndome que mi hermano era mejor que yo.
Mejor que yo tres carajos. Mejor que yo no hay nadie en este mundo. Más dedicado que yo, que he transformado la literatura en el oficio más lucrativo del mundo, más interesante que yo, que me rodeo con artistas y estrellas de la televisión, y a veces me ves con actrices de telenovelas mejicanas, y hasta con gente de la Fania cuando me da con viajar a Miami.
Pero, ¿no te da lastima tu hermano? No hables así, que es tu hermano. Ay, escuché lo que le pasó a tu hermano, bendito. Siento lo de tu hermano, Pedro. Ay Pedro, ese José tenía tanto talento, vamos a rezar por él.
El bicho mío reza por él. Yo no rezo por nadie, ni por mi mismo. Son una plaga esos malditos vagabundos, hasta mi mismísimo hermano. Todos, muertos deberían estar. Uno no se puede parar en ningún lau sin que le pidan a uno, sin que intenten parasitarle a uno por lo que uno se mata, se jode. Si supieran que por cada día que paso de mi vida, por cada peso, he vendido una palabra… ¡por no terminar como ellos! Me mantengo mi vicio y nadie se mete con eso. Me mantengo yo, mantengo a mi madre, y ahora ella mantiene a mi hermano, pero se acabó. Se lo dije: si sigues dándole mi dinero a José Alberto, te dejo de ayudar. Pero, m’ijo, cómo tu vas a decir eso. Pues así, como te lo digo, mami. No trabajo para mantenerle el vicio a nadie. Si el quiere meterse perico o el culo que sea que se mete, que se lo compre él. Pero, pobrecito… ¿Pobrecito? ¡Pobrecito yo que tuve que joderme toda la vida escuchando mierda y escuchando la gente teniéndome…! mira mami, ya, ya está bueno. No puedo más con los ese es el hermano de José Alberto, ay, pero si no se parece, ¿verdad que no? Tu hermano es tan guapo, Pedro. Oye, Pedro, escuché que tu hermano se fue para North Carolina a tocar por allá. Te estás quedando atrás, Pedro. Siempre supe que ese José Alberto tenía futuro, ¿verdad Pedro?
Yo también supe que siempre tuvo futuro. Futuro de ser mierda, como lo es. Lo supe desde chiquito. Desde que empezaron los comentarios porque él se puso lindo de repente y yo no. Desde ese momento me dije, Pedro, cálmate, sólo sonríe, porque las cosas se viran en si mismas. Simplemente escribe, Pedro. Alimenta tu prosa con el odio, con esos comentarios, porque algún día lo verán a él y le dirán: Ay José Alberto, ese hermano tuyo tiene tanto talento. Es una gran estrella.
Y me encojona que no lo digan; y me encojona que se pongan a preguntarme por él en las entrevistas, ¿y cómo te sientes de tener un hermano en la calle? ¿un drogadicto en tu familia? ¿Apoyarás el Hogar Crea? ¿Apoyarás la causa de sacar la gente de la calle? ¿Qué le puedo decir yo a eso? Tengo que sonreír, decir que si, mandar miles de pesos para esa escoria, eso, que es lo más bajo de lo bajo, y dejar que nombren un centro de rehabilitación con mi nombre, y que me llamen para todas sus actividades, y me vuelvan un maldito escritor dedicado a la causa, un prócer puertorriqueño cuando no quiero ser prócer de nada. En todo caso, sería prócer de Pedro y Pedro de prócer. No hago esto para nadie. ¿Y qué crees del estatus? ¿Crees que el estado actual, la situación social, es culpa de que somos una colonia? Tres carajos me importa la colonia. ¿Cómo te inspiras de tu situación familiar? ¿El vagabundo de tu última novela, Faro, está inspirado en tu hermano? ¿Cómo te afecta? ¡Me encojono! No me afecta en nada. No me afecta en nada, nada, nada. Les quiero decir la verdad. Les quiero decir que cuando los veo en la calle subo el cristal de mi BMW, me aseguro que los seguros estén puestos, cambio la cara y las pocas veces que no me da tiempo de hacerlo, y termino hablando con ellos le tengo que decir mala mía, es que hoy no tengo nada, y ellos me miran el carro, me miran bien vestido y me vuelven a pedir, porque saben que les estoy mintiendo, y me molesto más aún porque me saben mentiroso, porque me saben débil, y saco la mano y le echo dos dólares en el maldito vaso de burger king, y siguen cojeando hacia el próximo carro. Malditos sean todos. Deberíamos encerrarlos en una cámara de gas y matarlos.
Vi a tu hermano el otro día, Pedro; me dice una muchacha, Lourdes, con la que salí en la universidad, con la que me quise casar, con la única que me atreví a cerrar los ojos cuando dormíamos juntos, y empieza a llorar, y me recuerdo que también lloró cuando me dejó porque le gustaba mi hermano, me acuerdo que me dejó y se desapareció porque mi hermano en ese momento tenía una novia, y se recuesta de mi hombro, y quiere que la abrace, y me veo obligado a abrazarla, y lo que quiero es susurrarle que a ella también le deseo la muerte, que a ella también la odio, que desde que ella se fue yo no he podido estar con nadie, porque todo el mundo me sabe a fracaso, todo el mundo me sabe a vacío y no puedo cerrar los ojos, y me quedo mirando el techo que jamás a gotereado, el techo blanco, el techo perfecto de mi nueva casa que sólo quiere albergar a una familia que por más que intento no puedo crear. Ayúdale, por favor, me pide y me mira a los ojos, y me siento deshaciéndome en líquidos, y me aprieta la mano, y me vuelve a abrazar, y le prometo que haré todo lo que puedo hacer por ayudarlo, y la próxima vez que lo veo en la calle, vistiendo unos zapatos nuevos, y unos pantalones rotos, y una camisa mía que había dejado en casa de mami y estoy seguro que ella le dio, me enojo y me recuerdo de Lourdes, de ella, y me detengo a su lado, para ofrecerle un poco de almuerzo, pero él me mira y tiene los ojos viraus, rojos y viraus y ni me reconoce, y me habla con voz de zombi, y me mira con ojos de zombi, y me dice pay, dame unos chavitos, oíte, papito, dame algo pa’ comprarme un almuercito. Siento que se me estremece algo adentro, pero a la misma vez se me hierve el cerebro y le saco el dedo y le digo: Ojala de mueras, pedazo de mierda y acelero, y acelero y me pierdo por el enredo de edificios y de bancos, y de cementos y de trajes de tres piezas y de luces, cámara, ¡acción!
Pedro, tenemos que ayudar a tu hermano, me dice mami cuando llego esa tarde. Ya no pudo más. Ya no puedo con los dolores de cabeza, me dice y yo sonrío y le digo que la entiendo. Ahora te necesito a ti, Pedro (y es el ahora lo que me duele). Ahora necesito que tú lo ayudes, Pedro. Encontré este lugar (y saca un panfletito), lo recomendó Domingo Quiñones en la televisión, diciendo que ahí lo curaron del vicio para siempre, y lo metieron al señor, y yo llamé, llamé y me dijeron que curan a quien sea, que curan hasta al mismísimo diablo del mal y lo vuelven un niño de catequismo y le dije que está bien, que quería ingresar a José Alberto, y me preguntaron quién pagaría por los servicios (me sigue doliendo y cojo el panfleto). ¿Ves? ¿Ves lo que dice ahí? Lo pueden curar, Pedro, pero está caro. Por favor, hazlo por tu hermano, tu tienes mucho, tienes demás, y uno tiene que ayudar a la familia cuando lo necesitan (cierro los ojos, miro para otro lado, quiero llorar), porque es lo único que uno tiene. Además, tanto dinero que tú tienes, y no tienes en quien gastarlo, no tienes ni una noviecita ni nada, Pedro, tienes que arreglar eso también, así que pensé que tú puedes mandar a José Alberto para allá, tu puedes mandarlo para allá, para que me lo devuelvan arregladito y todo sea como antes.
Así que saco el bolígrafo Pilot, de tinta negra, y firmo aquí y allí, y me comprometo a pagarle todo, aunque no quiero que todo sea como antes. Ese antes con el que mami sueña era una pesadilla para mí. En ese antes yo no existía, en ese antes todo lo hacía José Alberto, todo era José Alberto, todos querían a José Alberto. Y me quedo esperando a José Alberto esa noche, en la sala de mami, y ella se va a dormir. Le digo que voy a hablar con él. Él entra como a las dos de la mañana, tambaleando, con la mirada igual de virá. Le toma un rato reconocerme, allí sentado en la oscuridad, en el sillón que papi solía ocupar, y cuando descubre que soy yo sonríe e intenta pronunciar un Pedrito que se le tropieza con la lengua y se le cae por sobre el labio inferior. Se me acerca, como para que yo me levante y lo abrace, y me levanto, pero lo veo tan loco, tan rampante y feliz en su nota que lo único que puedo hacer es desembuchar un puño que le rompe la nariz y cuando está en el piso, no sé lo que hago, así que lo pateo una, dos, tres, cuatro veces, hasta que él está tosiendo y le escupo. Escucho a mami levantándose en el cuarto de al lado y la llamo, y le digo que mire, que mire como llegó José Alberto, que alguien le había dado una paliza y ella empieza a llorar encima de él, y lo mece entre sus brazos como nunca me meció a mi, y llora, y reza, y dice que dios mío por favor, cúrame al nene.
Al otro día, se llevan a José Alberto en la van roja. Dicen que toma diez meses el proceso, estará diez meses internado allí, y luego lo sueltan en casa, y lo velan por diez meses más. Garantizan que lo curarán y esa mañana veo que mami está sonriente, y me prepara un bowl de avena, y me sirve café, y me hace tostadas y cuando regreso esa tarde, ha comprado un calendario y ha marcado cuando es que se cumplirán los diez meses y cuando es que volverá José Alberto. Hay algo en su acto que me sigue lastimando adentro, así que me voy y compro un pasaje y me voy para Santiago de Chile, a casa de un amigo, dónde no puedo recordar ni a mami, ni a José Alberto, ni a mi mismo, porque sólo veo un negro mensual, porque allá todo es tan blanco y tan diferente a acá, y la gente está en las calles por otras razones completamente. Pasan los meses y mami nunca me llama. Mami no me escribe, mami no me procura. A los diez meses de haberme ido, recibo una llamada: José Alberto regresó, Pedro, está tan cambiado que hasta está tocando la guitarra otra vez. Yo le digo que eso es lo que esperábamos, que que bueno, que cuando pueda visito, pero lo que hago es que me consigo un trabajito por acá, empiezo a dar clases en una universidad y me olvido por completo de mi familia, excepto cuando recibo un e-mail de Lourdes, diciéndome que se encontró con José Alberto y él le explica que yo le pagué el centro de rehabilitación y ella me da las gracias y me dice que soy la mejor persona que ella conoce. Le doy delete al correo, jamás le respondo y me meto tanto y tanto en mi escritura que pasan años antes de que regrese o que le conteste una llamada a mami o a José Alberto, que cuando vuelvo a la isla tengo canas enredadas en mis rizos, y soy tío, y mami está muriéndose en un hospital y cada segundo que paso sentado al lado de ella, me está contado de José Alberto, de cómo éste está contento, cómo la ha hecho feliz dándole los nietos que siempre quiso, y que aún no conozco. Me quedo esperando y llega Lourdes con los nenes, y se ve igual de bella que cuando dormía a mi lado, le sonrió, y me presento ante los nenes. Son dos, se llevan dos años. El mayor es alto, blanquito, bonito, tiene el pelo suave y es decente. Hola tío, me dice, me llamo José Alberto. El otro, se esconde detrás de la pierna de su madre, es más trigueñito, un poquito gordito, más feito y desde lejos, desde detrás de Lourdes me presento, y le digo que soy Tío Pedro y él mira a su mamá confundida, cómo diciéndole: Se llama como yo.
Lourdes me sonríe y miro a mami que se está riendo y dice: me da tanta lastima ver a esos dos nenes así, tan como ustedes a esa edad, y pensar que ustedes ya son dos hombres que no necesitan que los cuiden. Y le sonrío antes de irme. Me voy, pensando que yo aún necesito que me cuiden. Me monto en el carro y veo que José Alberto se estaciona al lado mío y se baja, como para saludarme, pero hago como si no lo hubiese visto y me desaparezco en la carretera, me desaparezco y pienso que jamás debí haber vuelto a esta maldita isla en la que todo apesta a desespero.
[Este cuento es parte de la colección Probabilidad de Lluvia, con la que gané la mención honorífica del Certamen Intrauniversitario de Cuentos de la Universidad de Puerto Rico, otorgada por Christian Ibarra, Fernando Iwasaki, y Yolanda Arroyo.]

lunes, julio 27, 2009

gesto de fallo, un cuento

Preferiría una droga en la sangre, piensa Carlos, preferiría tener una excusa válida, aunque débil, para hacerlo. Mas, no la tiene, pero aún así le quita el traje, aún así la mira a los ojos con mirada de a mentiras, le sonríe; le da el empujoncito necesario para que se desplome sobre el colchón como torre impactada por una aeronave en una mañana especialmente fría de septiembre. Lo hace tan, pero que tan consciente, tan pero que tan de embustes, que se merece lo peor, insiste.
Una vez terminan le mira el cuerpo delgado, el cuerpo de niña adolescente que llegó a los treinta sin rastro, traza el camino de su cuello a su ombligo con su dedo índice, le siembra un beso, y se sienta a su lado. La luz del edificio vecino se filtra por la ventana lluviosa y traza rejas de sombras sobre las viejas losetas que tienen todos los apartamentos de aquél área metropolitana. Parecen barrotes, se murmura, y ella pregunta qué dices, misanto. Carlos la mira y tira de sus hombros, nada, no digo nada; y ella desnuda en su cama, ella feliz en su cama, ella intrusa en su cama, tropiezo en su relación.
No, Carlos no dice nada, pero se pone de pie y se viste, y sale al baño, y cuando vuelve, ella comienza a caer en cuentas de que aquello es nada y pregunta quieres que me vaya. No, claro que no, le miente él, mas ella se va, se despide a través del vidrio del auto y Carlos se queda de pie, bajo la sombrilla, bajo el aguacero, y siente el impulso de sentarse allí, allí en la acera mojada.
Y lo hace. Se queda sentado allí, permitiéndole a la lluvia mojarlo, permitiéndole a la lluvia filtrarse en su cuerpo e intentar expurgar aquella pesadez que él mismo alojó en su pecho, sin justificación alguna. La calle donde está se estira hasta el horizonte, bobinando como un largo pedazo de fílmico que recorre todo aquél barrio, que aprieta todo aquél desorden arquitectónico y vulgar. La puerta blanca del edificio de dos pisos que está frente a él se abre, y la luz amarilla de los interiores choca con la anaranjada que despliegan los postes. Una mujer de piel trigueña sale, y el estudiante de bellas artes que vive ahí cierra la puerta detrás de ella. Sin paraguas, ella cubre su cabeza con un pedazo de tela clara. En vez de perderse, de regresar adónde sea que sea su casa, se sienta en el último escalón que conecta con la acera. Se remueve el paño de la cabeza y se estruja el cabello con ambas manos. Como es de esperarse, su mirar y el de Carlos se encuentran, luego de algunos segundos.
La ha visto antes por allí, le recuerda el punto rojo en su frente, le recuerda sus facciones de la India. También recuerda el niño que siempre la acompaña, junto a una bola de fútbol, junto al hombre alto y largo, también indio, que enseña en la escuela de informática. No sabe si sonreírle, así que no lo hace, pero no deja de mirarla, porque ella tampoco deja de mirarlo.
Ella le ve algo en su rostro que se compara a la hinchazón que siente en el pecho, y él le ve lo mismo. Un relámpago ilumina el cielo por algunos segundos. A lo lejos, se escucha la bocina de un auto, una mujer gritando en algún edificio, débiles ecos de la música de una barra estudiantil. Carlos siente la necesidad de pararse, de sentarse a su lado, de detallarle a qué sabe la traición, porque aún tiene el sabor fresco en su garganta, pero está seguro que ella también lo siente, que ella huele a lo mismo. Está seguro de que ella también quisiera que la lluvia que los empapa fuese ácido abrasante, que su piel, con el olor de otro, se deshiciese como un trozo de papel sobre candelas.
Sin embargo, la lluvia es sólo lluvia, concluye Carlos, al rato, cuando casi llevan una hora mojándose y las cinco de la mañana comienzan a acercarse con su promesa de sol. Abre la boca para decir algo, pero nunca lo hace. No importa nada de lo que pueda decir. Lo acometido no tiene consecuencia. Toda aquella noche puede ser ignorada por el resto de sus vidas. No hay nadie que los juzgue, ni juicio que valga. Sus fracasos son sólo suyos, y tal vez es eso lo que los ahoga a ambos. Una pelota de fracaso en carne viva, como una matriz malograda que no acaban de sacar, y que crece uñas y libras y libras de pelo en sus vientres. Nada que hacer, ni ahora ni nunca, le quiere decir, pero ella de seguro ya lo sabe, que son la ruina de toda una generación, que por más que hagan, perdieron.
Ella se pone de pie antes que él, sin quitarle los ojos de encima. Él la imita, y corre sus dedos por su barba húmeda. Entonces ella sonríe, ella eleva su mano, palma abierta hacia él, se da media vuelta y se dispersa, y él no tiene ni idea de lo que significa aquél gesto y regresa a su casa, se da un baño, le cambia la corcha a la cama, barre la habitación, mapea la habitación, y se pregunta el porqué de aquella sonrisa, de aquél gesto secreto.

[Este cuento es parte de la colección Probabilidad de Lluvia, con la que gané la mención honorífica del Certamen Intrauniversitario de Cuentos de la Universidad de Puerto Rico, otorgada por Christian Ibarra, Fernando Iwasaki, y Yolanda Arroyo]

domingo, julio 26, 2009

Moho, un cuento

Enajenada, la llamaron los trabajadores sociales; inmisericordiosa, su ex-marido. Pero ella ya estaba muy lejos del distrito dónde importan los encasillamientos de terceros. No más preocupaciones, juró. No más atender a sus hijos veinticinco horas al día, no más esperar a que su marido llegase a las once de la noche para servirle comida, para satisfacerle sus ínfulas de pornstar, para terminar acostándose a las cuatro de la mañana y a las siete despertarse, a llevar los nenes a la escuela. Un trueno. No más preocupaciones, se repitió en silencio mirando al mundo a su alrededor, como una niña de campo que acaba de graduarse de escuela superior, que nunca ha salido del pueblo, y que de repente llega al Recinto de Río Piedras. No más cuidar a su madre, moribunda desde hace diez años, no más limpiar mierda de viejas, cambiar pañales, ni vaciar follys.
Ahora toma las riendas otra vez. Las riendas de ese caballo espoleante que dejó estacionado en un parking que cobra dos dólares por hora cuando presintió aquél condón romperse hacía década y media. El condón romperse, jamás se lo esperó. El condón romperse, ¡ja! Ahora todo parecía un chiste. Ahora que era el día de partida, se daba cuenta lo patético que fue. Latex contra Piel. Latex contra Piel. Y guaya, guaya, el chillido de la ráfaga, guaya, latex, piel, mete, saca, latex, piel, te amo Chimi, mete saca, latex, piel, latex, piel, piel, ay nena, ay nena, ay nena, me vengo, piel, calor, piel, piel y la viscosidad.
Pero, no más. Ya no.
Era hora de ponerse aquellas botas blancas que se compró a mediados de los ochenta, de enrolarse en aquella chaqueta, en aquella camisa de manga larga y falda de breve alcance. Era hora de calzar el idioma que sacó de aquellos dos años de literatura norteamericana. Here I go, damn it, here I go and nobody will stop me, se dijo, segura de que su inglés no había perdido fluidez en todos esos años de callarlo, de no atreverse a pronunciar palabra alguna en la lengua anglosajona por miedo a que el olor de lonchera y jugo y Cheetos que emanaba de sus hijos se filtrara entre las sílabas foráneas y, como todo lo que tocaba, las oxidara con ese moho que parecía acaparar todas las superficies de su vida.
Sólo tenía que empujar su pie un poquito, entraría en las botas. No lo dudaba. En momentos cómo ese nada te puede interrumpir, los fracasos de tan presentes se han vuelto cosas lejanas, siluetas volátiles en el horizonte. Okay, one feet’s done, now move on to the next, sweetie, se dijo, move on to the next. One step at a time, mami, one step at a time. Sí, Relájate, relájate, mija. Nada la puede detener, insiste, hasta el clima está de acuerdo. Se da un pequeño empujón y se pone de pie. Otro trueno. Primer paso, segundo paso. Okay, just have to regain your sea legs, honey, patience, patience. Se deslizó, como diosa, por las losetas de la habitación y terminó halando un baúl de ropa que escondía al fondo del armario. Un baúl que contenía su juventud y las ropas que la marcaron. Sacó la mini. Le debía servir. Desde hacía más de un año que las pastillas habían hecho trizas de su estómago. Ya no soportaba comida fuerte. Un poquito de avena en las mañanas, y otro de arroz, por las tardes. De seguro entraba. El aguacero. Se bajó los pantalones. Los reemplazó por la falda. Sonrío. Se miró en el espejo, sin camisa. Sus senos se habían encogido, pero sus pezones se habían agrandado. No lo había notado hasta ese momento. ¿Un relámpago? Debió haber sido el lactar a las crías, de permitirle que le chuparan la vida, del mismo modo que se la chupaba su marido, cuándo aparecía. Las pastillas se quedarían aquí, se quedarían aquí con todo lo demás. No podía llevarse nada que hubiese sido afectado por el hongo del estancamiento. Nada que apestara al pedazo de latex genésico. Sacó una cartera de mahón, vacío todo su contenido. Todas las fotos, todas las tarjetas, excepto su identificación. Lo dejó todo encima de la coqueta. Se puso una vieja camisa de alguna banda que de seguro ya se había dividido, y luego la chaqueta, también de mahón. Se verificó una vez más en el espejo. Conseguiría un trabajo de azafata, de maestra de idiomas, de traductora y se iría lejos. Estados Unidos, primero. Claro, es lo más fácil. Y de ahí, Canadá, usar su poco de francés, su inglés, y luego dar el salto a Europa. That’s right, babe, you’re free, damn you, you’re free.
Abrió la puerta y se asomó al pasillo. Silencio. De seguro todos estaban durmiendo. Los alguaciles de su prisión se habían descuidado. El clima los debió haber confiado. Sus hijos debieron haberse acostado temprano. Su marido a mansalva trabajaría tarde. Su madre, su madre no se acababa de morir. Exhaló. Relax, Money, se dijo, it’s done. Y abrió la puerta principal, colocó la llave en el suelo, y la cerró detrás de si. Miró hacia la carretera. Sonrió. Un trueno, seguido de un relámpago, luego, el crujir de las ráfagas que se tragaban la ciudad. El aguacero la envolvía como bautismo. La carretera era un río. Un río de agua salvaje sin salida. Era el agua más clara que había visto en su vida. ¿Cuántas pulgadas debían haber caído hasta el momento? ¿Treinta, cuarenta? No podía parar de sonreír. De seguro esperaban que diera media vuelta y regresara. De seguro esperaban que se arrepintiera, que tanta esperanza, que tanto build-up terminara con una realización de lo inútil del intento de escape. Oh, you don’t know me, se dijo, les dijo, I’m not going back in there, this isn’t going to end up in disappointment, not again, dijo. Apretó la cartera. Sin permitir que su sonrisa se desvaneciera dio el paso que le faltaba, dejando atrás a sus hijos, a su marido, a los psicólogos, al latex, a su madre, las cuentas, la carga, las pastillas, y saltó hacia la corriente, hacia el río fugitivo que se la tragó en un inmenso y definitivo bocado de agua fría.

[Este cuento es parte de la colección Probabilidad de Lluvia, con la que gané la mención honorífica del Certamen Intrauniversitario de Cuentos de la Universidad de Puerto Rico, otorgada por Christian Ibarra, Fernando Iwasaki, y Yolanda Arroyo]

miércoles, junio 24, 2009

el peor sueño del mundo, un cuento

Desde hace tiempo te he querido hablar de un sueño, contártelo, más bien, pero no había encontrado la oportunidad. No, no es nuevo. Ya va tiempo. Es un milagro que aún me acuerde, pero es que se ha repetido varias veces en los pasados cinco años. Lo tuve justo antes de irme, si no me equivoco. Sí, sí, la primera vez que me fui. No quiero viciarte, no es un sueño épico, y a ti, más que a nadie, te parecerá estúpido. Un sueño débil, pusilánime, dirías.
Ves, y te lo tengo que contar hoy, porque mañana vuelvo a montarme en un avión, y tengo esperanzas de no tener que regresar. No, no pienso volver, y esta vez estoy seguro que no lo haré. Lo siento, no puede esperar. Ten paciencia, hombre, no te pido nada más. Sólo siéntate y escúchame, no notarán que faltas por ahora, cuando se esté acercando la media noche de seguro te buscarán, para el conteo y toda esa madre. Pero espero haber terminado antes, me iré, sin despedirme de mami, ni de Melanie. Es la única forma.

Acuerdo levantarme pensando que había tenido el peor sueño del mundo, y aún me puedo proyectar y sentir el pecho apretado, y las lágrimas en mis cachetes.

Como sabes, uno en los sueños no cambia. Aunque sepas que ha pasado mucho tiempo, o que estás bien engranado en el pasado, uno se ve igual. El sueño fue en el futuro, en este caso. Uno no tan lejano. Si lo tuve a los veintidós por primera vez, en el sueño tenía veintinueve, quizás. Dos más que ahora.
Estaba parado frente al portón de la Universidad, el que da hacia la Torre, debajo de uno de los dos pequeños techos que abrazan la entrada. Estaba vestido con un jacket largo y como color crema, como de niuyorquino de película y tenía guantes de terciopelo. Temblaba del frío. Recuerdo que pensé en el sueño que debía de ser la nieve, aunque no había nieve. Aquí es que entra la lógica del sueño, y que vas a tener que soportar un poquito de sinsentido: la imagen de la ciudad era Río Piedras, pero no creo que estuviese en Río Piedras. Digo, en el sueño sabía que no estaba en Río Piedras. Estaba en Estados Unidos, en algún estado frío, terminando algún doctorado igualmente frío. Tengo que confesarte que estaba nervioso, en el sueño. Estaba esperando por alguien, un poco ansioso. Alguien-es, en plural. Por alguna razón, seguía metiendo mi mano en el bolsillo derecho de la chaqueta y acariciando una paleta que tenía, sí, sí, un lollipop, como para asegurarme que no la había perdido. La paleta era importante, lo sabía en el sueño, aunque no cuando desperté y lo recordé. Por eso te lo menciono ahora, para que tengas claro la importancia de la paleta: la paleta entre mis dedos, la paleta en el bolsillo.
Esperé allí algunos minutos, antes de que un automóvil anónimo, una forma de automóvil, no, no recuerdo qué carro en específico era, era más como un vacío negro que un automóvil, pero en el sueño me hacía toda la lógica del mundo que se detuviera frente a mí, en la avenida Ponce de León, justo debajo del semáforo, aunque este estuviese verde—quién sea que lo conducía no veía Río Piedras, veía la ciudad significada. Acto seguido, las puertas se abrieron y desbordó un hombre como de mi edad, de mi edad de ahora, no del sueño, y una mujer de veintitardes. No te los puedo describir a detalles, ni mucho menos decirte quiénes eran, porque no sé, pero en el sueño los conocía, a ambos. Aunque a él no tanto. A ella la conocía bien, de eso estaba seguro, y al verla recordé un millar de imágenes que me hicieron sonreír. El hombre caminó hacia mí, y me dio la mano, y me sonrió, y me dijo un tanto tiempo que yo le respondí casualmente. Ella, por el otro lado, me miró nerviosa. Le besé la mejilla. Había algo entre nosotros. Una tensión. O mejor dicho, hubo algo entre nosotros. Una relación. Lo supe de improviso. Ella me acarició la barba con nostalgia, y la vi haciéndolo mil veces anteriormente, en contextos distintos. Le dije bueno verte. El hombre nos miraba, sin inmutarte. Estaba preparado para este encuentro. Supuse que era su pareja. Su pareja seria. Estaban cubiertos por esa sombra que tienen las parejas estables, las parejas de largo recorrer. Sombra que faltó siempre en mi relación con la mujer del sueño, eso también me llegó relámpago.
Ten paciencia, hombre. Lo que te estoy pidiendo son diez minutos. Hasta ignórame si quieres hacerlo, pero quédate ahí, hasta que termine.
Mientras la mujer me decía algo que yo ignoraba, mientras me daba unos papeles, el hombre abrió la puerta trasera del carro. No sabía por qué, pero mi atención estaba totalmente dedicada a sus acciones. El motivo de nuestro encuentro, sabía el yo durmiendo, estaba en aquél asiento trasero. La mitad del hombre desapareció en el interior, y cuando emergió nuevamente, cargaba una niña. Una niña preciosa, aunque no recuerdo su cara con detalles. Debía tener dos años, quizás tres. En el sueño mi pecho se me trancó, y siempre que lo recuerdo, y aún ahora que te lo cuento, siento que se me encaja algo, algo adentro. Por instinto, mi mano se escondió en el bolsillo y apretó la paleta, como si fuese la soga de la que dependía mi vida. El hombre le besó el cachete y caminó hacia mí. La mujer se volteó. Dándome la espalda, como si no quisiese ver aquello. El hombre me ofreció la niña. Sí, me la ofreció. Al levantarme estuve confundido, pero en el sueño, en el sueño la tomé, la tomé como si siempre lo hubiese querido hacer, y la abracé, mis manos temblando, mis brazos temblando, mis labios temblando. Iba a decir algo, no sé qué, pero la niña me empujó. Me empujó y comenzó a llorar, a decir con el gigante no, con el gigante no, y yo no sabía a qué se refería y la seguía abrazando y me dolía; puñeta, no te puedes imaginar lo mucho que me dolía. Miré al hombre y se la pasé a sus manos, sintiendo que no lo quería hacer. Sintiendo que le daba algo que jamás uno presta, que le entregaba las llaves de mi casa a un violador, a un secuestrador, a un asesino en serie. Y él la puso en el piso, y ella lo miró a él, de pie en sus pequeñitas piernitas, y volvió a repetir lo del gigante, y él la regaño. Le dijo respeta, con la voz con la que los padres regañan a los hijos.
Acuérdate de lo que habíamos hablado, le dijo él, y entonces dijo algo que no recuerdo exactamente, y que te repito probablemente de forma errada, pero que de todos modos es lo que me hizo levantarme, es lo que me hizo escribir esto antes de contártelo, que me hace obligarte a sentarte a ti, y repetir todo esto, aunque me duela demasiado: él es tu papá, nena, o tal vez fue, él es tu papi, o quizás y más probablemente, él es tu otro papi, del que te habíamos hablado. Y el yo despierto dio un paso hacia atrás, mirando la cama como si ella fuese la culpable, y el yo dormido dio un paso hacia atrás. Y los dos sentimos un dolor en el pecho tan y tan hondo, hombre, un dolor tan y tan ajeno que nos vació los pulmones de poquito en poquito, y me desperté pensando: la nena no sabía quién yo era. Y esa oración me sigue haciendo eco en la cabeza, papi, me sigue haciendo eco en la cabeza aún hoy: la nena no sabía quién yo era.
No me mires así, hombre. En el sueño, en el peor sueño del mundo, me acuclillé frente a la niña y saqué la paleta del bolsillo. Ella me miró desde ojos llorosos y la tomó. Le dije que la voy a llevar a un parque, y allá le daré otra paleta. Le sonreí, aunque lo que quería hacer era llorar como lo hacía la mujer, que había regresado al automóvil. El hombre le dio un empujoncito a la niña y me sonrió, como diciéndome buena suerte, mano, o, ya te toca, mano. Y yo columpié mi cuello, respondiéndole gracias, no sabes lo que esto significa para mi. La niña dio un paso hacia mí, miró al hombre y le sonrió, como si ella supiera que a él le dolía también, y el hombre le respondió con una sonrisa que yo reconocí como una sonrisa obligada. Trepé la nena a los hombros. Le dije, dile adiós a tu mami, y ella me hizo caso. Les dimos la espalda y comenzamos a caminar el largo trecho hacia la Torre de la Universidad, aunque realmente no estábamos allí, aunque realmente estábamos caminando por una acera forrada en nieve y en frío y nos dirigíamos hacia un parque pasivo que yo sabía que estaba en el área. No sé cómo cargar la niña exactamente, dónde colocar los brazos, y ella se da cuenta. Me corrige, me dice que suba más un brazo con una voz adorable. Lo hice. ¿Ves? Me dice y le respondí, sí, veo mi amor. Le empecé a contar del parque al que la voy a llevar, de cómo la llevaré a escoger paletas después, le hablé de mil cosas para no tener que quedarme callado, para poder distraerme y olvidar ese ardor que siento en el pecho. Cuando llegamos al parque la solté en los columpios un momento e intenté marcar el número celular de mami, o de Melanie. Intenté marcar todos los números menos el tuyo, papi, y la llamada no salió. La fuckin’ llamada no salía y yo no tenía ni idea de qué hacer. La nena me miró y yo le sonreí. Pero no fui tan fuerte como el hombre que la trajo, como su padre de crianza, como el padre que cuenta de verdad, y sentí que las lágrimas me escaldaban las cornisas de mis párpados. Y comencé a llorar. Comencé a llorar y la nena me miró desde lo más alto del columpio con una tristeza tan pero que tan honda que me hace llorar aún más. Tengo una hija que no me conoce, me dije; y, al pensarlo, el yo dormido sollozó aún más fuerte, y el llanto es lo que despertó al yo verdadero en primer lugar, y yo miré al techo de mi habitación y me sobé el pecho, porque me dolía. Realmente me dolía.

¿Entiendes? Dime que entiendes, por favor. Dime que te es obvio que te estoy intentando decir que me equivoqué, que por más que intenté, terminé igual que tú. ¿No ves eso? ¿Estás tan lejos? Olvídate. Vale, puedes bajar. Eso era todo. Feliz año nuevo. Sí, sí. Te llamaré cuando aterrice.

Lo veo bajar las escaleras y me doy cuenta que está viejo, que no lo volveré a ver vivo, que no sobrevivirá ese cáncer que parece querer cobrarles todas las que hizo. Y no me da nostalgia, para nada. Me parece que es el final que le debía venir, que es el final que nos vendrá a todos, porque es imposible escapar. De eso también estoy seguro. Estoy seguro que aunque me vaya lejos, aunque me mude a un continente siempre-soleado, aunque intente alejarme lo más posible del peor sueño del mundo, siempre vendrá el momento en el que la probabilidad de lluvia se hará realidad; y ese diluvio lo limpia todo, lo destruye todo, nos ahoga a todos.

[Este cuento es parte de la colección Probabilidad de Lluvia, con la que gané la mención honorífica del Certamen Intrauniversitario de Cuentos de la Universidad de Puerto Rico, otorgada por Christian Ibarra, Fernando Iwasaki, y Yolanda Arroyo]. Anteriormente había publicado una versión de éste como entrada al blog, bajo el mismo titulo. Aunque aquél era menos cuento y más anécdota.

viernes, mayo 22, 2009

La muralla china, cuento

Después de la tormenta, del huracán, el Policía estacionó su motocicleta en la entrada de la Muralla China, pidió una combinación de papas y pollo frito, y se sentó en la misma butaca de siempre. Le dio la espalda al vidrio, a la calle, a los postes inclinados como Pisa tras las heladas ráfagas, a la capa de brea nueva que había traído el sistema atmosférico, al barrio acicalado de cerquillo perfecto y cejas bien sacadas. Le dio la espalda a todo, excepto a Maite, sin acento, la pseudochina que atendía el local veintisiete horas al día y mil horas a la semana; se quitó el sombrero de oficial, y lo colocó al otro extremo de la mesa. Se paró, emancipó su revolver y lo hospedó en el mismo corazón de madera. Pidió una Diet Coke a la empleada. Ella asintió con un orientalísimo ademán. Jamás habían intercambiado palabra alguna a pesar de que sus rondas lo habían obligado a almorzar en aquél lugar desde que ingresó a la Fuerza, seis años atrás, luego de ser despedido de su profesión de veinte años de analista de mercado. La consideraba su amiga. Maite pasó el vaso sin mirarlo y se internó en la misteriosa laringe de restaurante chino tropical que conecta la cara publica que todos conocemos con la inconcebible intimidad de su cocina. Él regresó su cuerpo al asiento. Colocó su bebida seis pulgadas a la derecha de la pistola.

Aciertas: el policía estaba sumido en los ácidos de la culpa y no podía salvarse. Surgió la pregunta: ¿cómo se retira un pensamiento del cráneo del homo sapiens sapiens? Yo, autor, no tengo ni idea. El Policía tampoco la tenía. Maite, que emergió zen de los confines del lugar cargando el plato de comida en una bandeja anaranjada y caminando hacia él, mucho menos.

La mujer colocó su carga en la mesa de al lado. Sonriendo, tomó la pistola en sus manos, como si lo hubiese hecho antes, como si no viese en ella el potencial de aparato abrasador de músculo, y la plantó sobre el sombrero.

El Policía la observaba incauto. Nervioso. Sus pulmones rechinaban como lo habían hecho desde su niñez. Padecía de asma crónica y su esposa e hija eran pías fumadoras. Sacó la pompa y se la llevó a sus labios. Uno, dos, inhala. La precisión de los lentísimos movimientos de Maite era desconcertante. Acto seguido, la mujer tomó la gorra, la acercó al vidrio, y cubrió el corazón de la mesa con la bandeja de comida humeante. El olor a fritura. La oriental sonrisa, la pantomima amigable.

¿Hablas español, Maite? Preguntó y ella asintió, y tomó asiento frente al sombrero, la pistola, el plato de comida. Levantó su mano izquierda, una mano tan foránea a las manicuras que dejaba de ser mano, una mano dura, porosa, una mano lija, y posicionó su dedo índice sobre el pulgar. Poco, pronunció.

Te voy a contar un pedazo de una historia, Maite; dijo el Policía, pero antes preguntó de qué parte de la China provenía, si es que provenía de allí. No, no China. Corea. Norte Corea. North Korea, en inglés. Hablas coreano entonces, añadió el Policía, más para recordar el dato, que para aportar a la conversación. Eso es bonito, hablar otro idioma. Bebió del refresco. Se comió una papa. Acarició las extrañísimas facciones de Maite, que ahora le parecían tan coreanamente coreanas, con sus ojos, e intentó buscarle algo lindo, pero no lo encontró, y ese vacío le produjo un sentimiento de belleza que se asimiló, al instante, con el ser coreano.

Maté un hombre anoche, Maite. Un hombre malo, pero un hombre, de todos modos. El Policía buscó algún tipo de reacción en el rostro de la extranjera, pero no podía distinguir alguna. ¿Cómo se accede a un pensamiento en el cráneo de otro homo sapiens sapiens? Los ojos triangulares no cedían pulgada. La nariz colgante, mucho menos. Los restos de la sonrisa. ¡Los restos de la sonrisa! La mujer llevó su mirada hacia el otro lado del vidrio, hacia el mundo de domingo de misa que había sido purificado por quince pulgadas de lluvia, hacia las cutículas perfectas del barrio. No había ningún otro negocio abierto. Las ventanas de las oficinas aún seguían cubiertas por tormenteras de cinc. Nadie pisaba las aceras, ni siquiera perros callejeros.

¿En medio de tormenta? Preguntó Maite, la inmigrante coreana que atendía el restaurante chino que era propiedad de un dominicano ilegal en la isla, y el Policía asintió. Una tímida nube contorsionó las sombras del coreano rostro. Meneó su delicada cabeza de lado a lado. Estiró sus dígitos hacia el revolver, se lo llevó a su nariz, trazó la silueta niquelada con su labio superior. Levantó la pistola, se la pasó a su mano izquierda. Cubrió la culata con la palma, llevó su índice al gatillo, recostó el cañón en su derecha y apuntó al Policía. Él colocó ambas manos sobre la mesa, y se apoyó contra el espaldar de su silla, extrañamente relajado. Miró por décima vez hacia fuera. La tormenta, el huracán había arrasado en la isla. Había dejado a dos mil personas refugiadas. Se registraban ciento veintiocho desaparecidos. Quince municipios estaban incomunicados. Lo único aún de pie, aún respirando, era ese barrio. Devolvió su mirar a la mujer coreana, a la amiga silente, a la mirilla fijada en su garganta. Maite cerró su ojo izquierdo, para poder apuntar mejor.

¡Bam!, dijo ella, eres muerto.

[Este cuento es parte de la colección Probabilidad de Lluvia, con la que gané la mención honorífica del Certamen Intrauniversitario de Cuentos de la Universidad de Puerto Rico, otorgada por Christian Ibarra, Fernando Iwasaki, y Yolanda Arroyo].

martes, mayo 12, 2009

ráfaga niña, un cuento

[1]] Dicen que Juan Rajao dormía debajo del puente. Que habitaba en uno de los dos colchones allí estacionados. Que de sus dieciséis hermanos fue el único en nacer con labio leporino, pero uno más en una línea de desenlaces de retardación temprana. Lo vieron salir de la barra de Eric a eso de las cinco, de pies trenzados, y lengua al aire. Don Pedro Ramos lo vio desde su oficina, dice su secretaria. Don Víctor Vélez lo saludó desde el otro lado del vidrio de la farmacia, pero Juan Rajao ni se percató. Estaba lejos. Muy lejos, dicen. Cada equis cantidad de pasos, saltaba y se torcía, como un bailarín del ballet que había visto en Don Francisco el sábado pasado, en el televisor de la barra.

[2] La niña Nircia soñaba en la tercera y última habitación de un largo pasillo en una casa que compartía con sus dos hermanas, su madre y la idea de su padre. Las paredes de su cuarto estaban pintadas de baby pink, excepto una, que permanecía color cemento, y que tenía una puerta de aluminio que daba a un viejo balcón de madera que jamás había sido remodelado. Este balcón, por su parte, tenía un pequeño portón, o lo que una vez fue un portón, que cedía ante la menor presión y empezaba al caminante por un camino de tierra que descendía hacia la orilla del Río Viví.
Su hermana mayor, ella dijo, le contó que por el débil cuerpo de agua viajaban marcianos enfermos en búsqueda de niñas especiales como ella para que los curasen y les diesen albergue en lo que pasaba el mal tiempo y pudiesen regresar a su planeta. Como en ET, le contaron, a pesar de que ella nunca había visto la película.
Cuando comenzó la tormenta, ella salió al balcón, y fijó sus ojos en el río crecido. Cruzó los dedos, los apretó. Estoy dispuesta a curarlo, dijo en voz alta, y se imaginó con algodones bañados en alcoholado, masajeándole las llaguitas de los brazos, como hizo su padre cuando le dio varicelas. Se sentó en el suelo de madera húmeda. Metió sus brazos entre los barrotes de caoba de la baranda y los abrazó. Consideraba bajar. Una ráfaga niña la envolvió y le recogió el flequito de pelo rubio que su padre le acomodaba detrás de la oreja, cuando se aparece.

[3] Dicen que tan pronto fue posible salieron a buscarlo. Que debajo del puente no quedaba nada. Que el inicial golpe de agua lo había rejuvenecido todo. Que a Juan Rajao lo arrancó el Viví mismo, y se lo tragó enterito. La secretaria de Don Pedro dice que él se lo advirtió a los empleados públicos. El mejor bateador de Los Montañeses dijo que desde que pronosticaron el temporal debieron haber hecho algo con Juan Rajao. Don Víctor Vélez culpó al mismísimo alcalde y le pidió la renuncia.

[4] La madre de la niña Nircia se sumergió en sus sábanas tan pronto el huracán entonó su silbido irascible y, como si jamás hubiese abandonado la casa de sus padres para casarse, trancó sus ojos para darle paso a una lágrima, que advirtió un sollozo.
Las hermanas, que compartían una misma habitación, decidieron dormir durante el evento, para levantarse la mañana siguiente, mientras la brisa aún gozaba de la corriente subcutánea que proseguía las tormentas, para juntarse con sus respectivos noviecitos y dar una vuelta por El Mirador.
La niña Nircia, por el otro lado, hincó campamento en el balcón destechado. No permitió ni por un segundo que la sacudida de las palmas, o las gotas de plomo que le laceraban el rostro le rompiesen la trampa que le había tendido al Viví. Ella atraparía su extraterrestre. Ella lo salvaría del río, lo secaría y remediaría cualquier malestar que pudiese sentir la criatura. Le acomodaría el flequito de pelo detrás de la oreja, le cantaría canciones, lo mecería en sus brazos hasta que la mirase y le dijera que lo había salvado, que ahora le cumpliría un deseo, algo que realmente quisiera, como le dijo su hermana que le diría el marciano. Y ella cerraría los ojos, y ella lo pensaría por mucho rato, a pesar de que ya sabía lo que pediría. A pesar de que le pediría también ser un extraterrestre, a pesar de que le pediría que se lo diera de nuevo, que la hiciese normal, que le quitase lo de especial para no tener que necesitarlo tanto y poder decírselo, para que volviese algún día.

[5] Dicen que fue el cadáver de Juan Rajao que vio a la niña Nircia en el balcón. Que el Viví lo depositó justo al frente del camino que nacía en sus pies. Que la niña corrió hasta la orilla y no reconoció al retardado, aunque lo había visto otras veces en los juegos de béisbol. Dicen que las ráfagas deshicieron el mundo alrededor de ella, pero que a la infante ni la tocaron; que ella haló al cadáver por un brazo hasta la orilla, que lo tendió sobre su falda y le acarició el rostro, pensando lo extraño que era, preguntándose de qué planeta provenía. Dicen que la familia de la criatura no supo del peligro en el que se encontraba. Que no le importaba. La secretaria de don Pedro dice que él había hecho una querella en el Departamento de la Familia, para que la removieran hacía dos semanas, porque su madre no estaba capacitada para darle el cuidado especial que necesitaba. Don Víctor Vélez miró por la ventana y se quedó en silencio, porque no quería emitir juicio sobre la hija de su antigua enamorada.

[6] La niña Nircia le cantó a su marciano canciones que recordaba de su niñez. Le untó puñadas de arena y tierra sobre las magulladuras que tenía en los brazos. Tomó unas hojas y las masticó, como mamá pajarito. No le importó que fuera amargo. Uno hacía cualquier cosa para curar a los que quiere. Luego, escupió el bálsamo verdoso sobre sus dedos y lo regó sobre el labio extraño de su paciente. Para que se le curara, para que los otros marcianos no lo miraran como si fuera raro, y le dijeran que era especial, que debía ser feliz porque era único, y lo tratasen como un niño toda su vida y nunca lo tomasen en serio. Mi niñita dulce, mi hijita bella, duerme esta noche, le cantó y le sobaba el poco pelo marciano y, de vez en cuando, le besaba la frente, para ver si estaba caliente. Pero estaba frío, frío, frío. Tan frío como la lluvia que le azotaba pero que no sentía. Y por más frío que se ponía, ella se alegraba más, porque eso quería decir que se le disipaba la fiebre, que pronto estaría bien. Mas, el tiempo pasaba, y el extraterrestre no mejoraba. No se levantaba, no le decía que le pidiera un deseo. La niña Nircia comenzaba a preocuparse. Le cantó un poco más, le besó un poco más, masticó hojas amargas un poco más, pero nada. Comenzaba a perder esperanzas, la niña. Tal vez tiene demasiado frío, pensó, y lo haló a medio metro de la orilla, y le dijo espérame aquí, voy a buscarte una sábana. Con mucho cuidado retomó el camino, entró a su habitación, buscó la mantita azul, y regresó el balcón. Se detuvo. Algo había cambiado. Un olor extraño, un olor de naturaleza, de premonición, le heló la piel. Entonces, escuchó el ruido. El rugir. Un alarido monstruoso. Un estrépito proveniente del fin del mundo. Y se asustó, y se dejó caer al suelo, y cerró los ojos y le pidió un deseo a su extraterrestre, lo pidió sin pensarlo, aunque él no le hubiese prometido nada.
El bramido y el miedo se disiparon al rato, y la niña bajó el camino con cuidado. Tenía la sábana sobre un hombro. Al llegar a la orilla del río, el agua estaba un poco más clara. Las palmas estaban impávidas, los mapenes cubrían el suelo. El marciano se había ido. Nircia sintió sus manos temblar. Su garganta comenzó a coagularse. Peleó las lágrimas. Las empujó hacia el punto cardinal que no le enseñan en la escuela. Pensó que no valía la pena. Que le habían mentido. Que sus hermanas la habían tomado por idiota. Que se habían burlado de ella nuevamente. Que se habían burlado de ella y de lo especial que era una última vez.
No obstante, de improviso, escuchó a alguien llamándola. Escuchó otro grito, diferente al anterior. Miró hacia el balcón, dejó caer la mantita azul. Cerró los ojos y vio a su marciano navegando por debajo de la corriente, viajando río abajo en búsqueda de otra niña, de otro deseo que cumplir.

[7] Dicen que el río Viví se tragó a Juan Rajao. Que no ha aparecido, ni aparecerá. Que la última persona que lo vio fue la niña Nircia, aunque ella insiste que no, que lo que vio fue a un marciano. Don Víctor Vélez sostiene que este ha sido el peor huracán que ha tomado al pueblo. Que la plaza es un cementerio de árboles, que mientras más te adentras en el campo, más víctimas encuentras. La secretaria de Don Pedro dice que él le contó que a la niña Nircia se la llevó su padre. Que la encontró frente al Viví, hecha llantos, y se la llevó para Caguas. Que por fin ese hombre estaba en buen camino, que ahora era policía por allá, y la podría criar bien.

[Este cuento es parte de la colección Probabilidad de Lluvia, con la que gané la mención honorífica del Certamen Intrauniversitario de Cuentos de la Universidad de Puerto Rico, otorgada por Christian Ibarra, Fernando Iwasaki, y Yolanda Arroyo].