viernes, diciembre 11, 2015

la pregunta, una columna



Un hombre negro, rastrillo en mano, recoge el primer saldo de hojas que se ha acumulado frente a su lujosa casa en Ithaca, Nueva York. El hombre, Grant Farred, un intelectual sudafricano, lleva un rato trabajando bajo el sol otoñal cuando se le aproxima un Volvo tan blanco como la pareja en su interior. Sin saludar, la mujer se asoma por la ventana y, plácida, le pregunta si, después de terminar ahí, se interesaría en otro trabajito (recogiendo las hojas en su casa). Farred se detiene y le devuelve una respuesta que, en el trayecto entre su pronunciación y recepción, se hace cortante por lo precisa, cortante porque saca a colación la fuerte carga racista de la impensada pregunta de la señora. En shock, la pareja cambia la mirada y, más rápido que ligero, pisa el acelerador hasta desaparecer.

Su respuesta en sí es lo de menos. Lo que sorprende a Farred una vez da la espalda al evento, lo que lo ocupa es lo preciso de su réplica. Una réplica que aunque fue pronunciada casi como reflejo pareció haber sido pensada muchísimo antes, durante su crianza bajo el Apartheid. Lo que le sorprende es que su respuesta, que en sí misma sólo afirma un dato (que no está buscando trabajo porque es profesor) se transforma en otra cosa: en una afrenta, en una aserción política.

Farred está consciente que se trata de un incidente que, por lo cotidiano, quizás ni valga la pena relatar. También está consciente que la señora no quiso ofender: ni lo pensó. Justo por esa razón el librito que Farred escribió al respecto se trata, más que nada, del pensamiento y el gesto activo del pensar. Es, después de todo, justamente en lo que se dice sin pensar donde residen los monstruos de toda época y, Farred sostiene que la única acción válida ante la pregunta ignorante, es la respuesta cargada de pensar.


viernes, diciembre 04, 2015

reseñita de dicen que los dormidos, por alexandra pagán

Dicen que los dormidos (2012) es un novelón, en el buen sentido del aumentativo, vemos la narrativa de la violencia como pantano y pesadilla, la poesía de la hermandad que se trastoca con el trauma del juego nefasto del azar. Vemos una ciudad que flota en el mar pantanoso de la venganza, que se cuece y enreda en una trampa en la que todos perdemos algo, en la que nos hundimos en una pesadilla de la que pocas veces despertamos. La coma del protagonista empieza justo cuando despierta de ella, y lleva a ese estado comatoso a los que se interesan genuinamente por él, incluidos los lectores que nos hundimos en un estado de letargo y espanto del que no despertamos. El real vínculo y el real discurso lo serán las imágenes oníricas que de modo fantástico comparten los personajes y que se vuelven un mensaje críptico que descifrarlo nos sumerge en el terreno de la poesía, pero que nos deja irremediablemente tristes. Esperamos superar la novela como a veces intentamos superar las terribles noticias que configuran la trama de la ciudad.

miércoles, octubre 28, 2015

disonante, una columna

Es casi como uno de esos chistes: un cubano, un puertorriqueño y un haitiano se sientan en un sofá. El problema es que no hay “punchline”.
Contextualicemos: se trata de un festival literario y el cubano, el puertorriqueño y el haitiano están en un panel acerca del Caribe y sus distintas crisis. Una talentosa moderadora intenta hacer cuajar una conversación acerca del material común de la región y, en teoría, los tres escritores deberían discutir un terreno compartido.
La moderadora comienza con cuidado. Apela a un Caribe que, si hablase, pudiera ofrecer la historia personal de los últimos quinientos años del mundo (una historia íntima de la apropiación, expropiación y explotación de cuerpos y tierras). En un principio, casi parecería que se iría a formar una conversación en torno a esa historia compartida. Desafortunadamente, la cuestión se descose rápido, quizás por las interrupciones, implícitas a la traducción instantánea, o quizás debido a ciertos ánimos caldeados.
El haitiano quiere hablar de la crisis originaria de la región, que, para él (correctamente, diría yo) no es sino la explotación y exclusión racial; el cubano, de la intemperie asfixiante en la que cayó un movimiento revolucionario y las fugas de sus ciudadanos; el puertorriqueño (que pudiera ser este servidor), sobre la relación entre esas herencias políticas regionales y lo cotidiano.
Al final, más allá del bregar de la moderadora, quedan tres líneas paralelas sin punto de encuentro. Quizás, si no hubiese restricciones de horas, ni límites en las paciencias y vejigas de los participantes, esas tres líneas podrían llegar a encontrarse en una gruesa raya, como habrá explicado algún matemático radical.
Pero en ese momento, al culminar la discusión, y al decir de un miembro del público tras bastidores, el panel, repleto de disonancias, ofrece una imagen apta para el material común del Caribe hoy: tres líneas paralelas que comparten un origen, pero que permanecen en espera (o no) de un horizonte en el que coincidir.

miércoles, octubre 14, 2015

no lo niegues, alejandra

esta lúgubre manía de vivir / esta recóndita humorada de vivir / te arrastra alejandra no lo niegues. 

lunes, septiembre 28, 2015

apellidos, una columna

Esta columna fue publicada en El nuevo día el pasado miércoles, 23 de septiembre. 



La pobreza del horizonte bipartidista cunde por doquier. Los tristes y demacrados trapos con los que intenta pasar al gato proverbial por liebre, y vestir a la aspirante mona de seda, son evidentes hasta para el más distraído de nosotros los miopes.
Sin embargo, esta pobreza no ha estado nunca más expuesta que hoy (o, por lo menos, no tan descaradamente), y ni se inmuta ante la probable cacofonía onomástica y la posibilidad de que sean las mismas familias y los mismos apellidos (Bush, Clinton, Rosselló) los que coronen futuras papeletas adornadas por siglas y símbolos que ya no pueden sino ser metonimias de la crisis (económica, social, política) de nuestra época.
Al mismo tiempo, la desfachatez y seguridad con la que la bestialidad bipartidista se canta última Coca-cola del desierto no se halla más clara en ningún otro lugar que en la mismísima preeminencia de esos nombres y su reproducción y herencia de legados marchitos e insignias huecas.
En Estados Unidos, la caducidad del recalentado discurso politico-bipartidista (ése que en España catalizó la ascensión de terceras opciones bajo los nombres Colau y Carmena el mayo pasado) ha dado paso a un campo de primarias impensable hace un par de años. Allí, candidatos de las afueras de las normatividades bipartidistas (tanto de la derecha radical, Trump, como la centro-izquierda, Sanders) intentan conseguir, no ya un espacio en las papeletas bajo terceros y cuartos partidos, sino la nominación oficial de un sistema bipartidista que, a través de los años, se perfeccionó precisamente para no dar cabida a tipos como ellos.
Pase lo que pase, Trump y Sanders son índices del desgaste de este horizonte, dos respuestas posibles a la pobreza imaginativa del bipartidismo.
La primera intenta reventar el “impasse” desembuchándole lo más duro y retrógrado de una cultura. La segunda recurre a la empatía, a la idea ya extraña de que un gobierno debe responsabilizarse por el bienestar de sus constituyentes.

miércoles, agosto 26, 2015

renuncia, una columna

Esta columna apareció en El nuevo día el 26 de agosto del 2015. 
High Noon, de Edward Hopper.

Ella dice que le tomó tiempo, que dudó que fuese posible, pero que sí, que se puede hacer, y, cuando se hace, uno termina sintiéndose bien. “Puede dejar de importarte”, sería la traducción más precisa de su argumento.
Después de un segundo en el balcón de madera, en el que algunos mosquitos más llegaron a hostigarnos, añade que el primer paso es ése, aprender cómo desaparecer completamente (lo cual es una canción de Radiohead), que puedes simplemente decirte: “Me aburrí”, y replantear afinidades.
Dice ahora sólo preocuparse por este lugar, el pequeñísimo pueblo al que me acabo de mudar y en el que nos conocimos, y sus respectivos círculos concéntricos. “¿Qué se le debe a un país, quince años después de haberte ido?”, sería la traducción de otro enunciado que, por haberse pronunciado entre dos palpitantes sonrisas, no es menos contundente.
El suyo -mejor dicho, el anteriormente suyo-, es un país a grandes rasgos condenado por su geografía a lo que ella llama una misma discusión política con un siglo de cacareo encima. Un siglo de cacareo salpicado por bombas y violencia. La gente que aún está allá, dice, o que no está, pero que se preocupa (y ella lo hizo por once años, anota, como confesando un vicio), se mata buscando respuestas, se frustra al hallarle fallas a la más reciente, y vuelve a comenzar. Es lo mismo año tras año, década tras década. No habla de Sísifo, aquel griego que empuja el peñón jalda arriba, pero la imagen se hace inevitable.
Le pregunto acerca de su familia, sus amigos. Se me hace impensable cortar lazos tan dramáticamente con el topónimo natal. Me dice que los primeros se van muriendo o van emigrando, y los segundos se olvidan de uno, y ambas cosas ayudan al proceso. Un día despiertas y sólo hay dos o tres personas a quienes te gustaría visitar y ya está. “Casi como que lo insta la situación,” concluye.

jueves, agosto 13, 2015

y sigue, una columna

Esta columna apareció en El nuevo día el 22 de julio del 2015. 

Foto de RTVE.


El mes pasado me dije que no más, que ya está bueno de hablar de la crisis. El primer paso tomado fue dejar de colgar cosas en mi Facebook; el segundo, parar de comentarla; y el tercero, evitar discusiones personales que girasen en torno al tema. No dejé de seguir las noticias (ese viejo y frustrante vicio), pero me dije que ya no había más que decir. Que los pasados 8 o 9 años de crisis económica por fin trajeron el tema a la discusión pública en una clave distinta a la anterior, más apta -un registro más negativo, quizás, con palabras como inequidad, impago, recesión, etcétera). Iba a escribir sobre literatura. Eso quería.

Pero, entonces, la deuda que sabíamos impagable hizo frente a la cámara. Junto a ella, García Padilla, y Krueger, y todos los refritos de discursos que hemos visto popularizarse con una velocidad realmente sorprendente a nivel internacional de la boca de políticos, financistas, y economistas de ojos atrapados entre ombligos y fantasías libremercadistas que ni el viejo Adam Smith apoyaría (por lo menos sin dirigirse abiertamente a la necesidad de extinguir poblaciones, como hizo). Discursos y conversaciones (que si austeridad, que si sacrificio) que hemos visto explosionar con la misma velocidad con la que se popularizan, y no sólo en Grecia y en España. Son discursos que vimos estallar anteriormente (recordemos las secuelas de las neoliberalizaciones de las economías latinoamericanas en los 80 y 90 y sus funestos resultados sociales), pero que siguen regresando; la primera vez como tragedia; y la segunda, aún como tal.

Este mes, entonces, me veo diciéndome que lo que queda es, por lo menos, intentar vencer el cansancio y el aburrimiento. Tal vez quedarse con el cinismo, abrazarlo. Intentar que no sea uno desmoralizante. Intentar que sea un cinismo de potencias, un cinismo curioso, extrovertido. Tal vez uno que nos lleve a reunirnos, a conversar, organizarnos y, ojalá, hasta a hacer. ¿Cinismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad?

charleston, una columna

Esta columna apareció el 26 de junio del 2015 en El Nuevo Día.



En un manifiesto virtual, el asesino de Charleston dijo que le nació la conciencia, llamemos así su aparato vil, tras el asesinato de Trayvon Martin. Trayvon, que significativamente sería contemporáneo del asesino, fue finiquitado un febrero del 2012 tras un altercado con un guardia de palito privado que lo enfrentó por considerarlo de apariencia nebulosa (negro).
El revuelo mediático y la subsiguiente conversación sobre racismo sistémico llevó al asesino a Internet y a explorar la circunstancia de “su raza”. No fue su relación con la gente de color que conocía personalmente lo que le llevó a su radicalismo, dice, ya que con ellos siempre se llevó bien, sino que se radicalizó ante datos históricos, estadísticas y discusiones que encontró en Wikipedia y otras páginas.
Allí descubrió la amenaza a la “raza blanca”. Especialmente, a la raza blanca pobre, la que no tenía dinero para huir, la que era doblemente asesinada a manos oscuras, y extorsionada a manos judías. Allí descubrió que gran parte de sus clases de Historia habían sido falsas: que la historia de la esclavitud, del racismo, y del país, había sido distorsionada, etcétera.
En fin, tenemos que entender que lo del asesino de Charleston no es un radicalismo anacrónico. Es lo contrario: una irrupción de un terror muy contemporáneo, muy de la Web 2.0, muy de Fox News, muy del desmantelamiento del sistema de educación presente.
Un terror forjado en las brasas de las dos crisis del siglo XXI estadounidense: el golpe a la impenetrabilidad nacional que fue el 9/11 y el golpe a la estabilidad económica de la Gran Recesión. Es de estas dos crisis, también, que surgen los dos lados de la moneda que caracterizó la niñez y adolescencia del asesino. Cara: el apoderamiento derechista del Tea Party, y su influencia en la política “mainstream”. Cruz: la presidencia de Barack Obama, y su influencia en las conversaciones sobre raza que han ido entrando a la discusión pública.
Es importante tener todo esto en cuenta. Aunque sea sólo por reconocer los visos de nuestra época.