domingo, abril 17, 2011

si vuestra merced no se acuerda de mí, le dice el soldado a nuñez de piñeda

Leyendo el Cautiverio Feliz de Francisco Nuñez de Piñeda y Bascuñán me tropecé con un pedacito, en las primeras páginas, que me dio un estrujoncito. Ante la inminente separación del narrador y uno de sus soldados--ambos cautivos de Maulicán--ambos hombres se quiebran en llanto, los "ojos hechos arroyos", el segundo de éstos se postra:
Señor capitán y padre mío, acuérdese vuestra merced de mí, que soy un pobre soldado y miserable hombre de tierras estrañas, sin deudos ni parientes que puedan hacer memoria de mis trabajos; vuestra merced es mi apitán, mi señor y mi amo: duélase vuestra merced de mí cuando se vea en su casa, fuera de estas miserias y penalidades, que espero en nuestro Senor y en su bendita Madre que ha de rescatar vuestra merved muy breve; yo soy el que tengo que perecer en estas desdichas y en este penoso cautiverio, el que tengo de morir sin consuelo entre mis enemigos, yo soy el que no he de llegar a tener dicha de volver a tierra de cristianos, ni ver a mis amigos y compañeros, si vuestra merced, que si mi padre y mi señor, no se acuerda de mí...
Y ahí queda, abrazado de las piernas de Francisco, ese soldado anónimo.

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