miércoles, mayo 24, 2017

días raros, una columna




La foto es de El nuevo día.

Han sido días raros. El miércoles pasado sintonicé la radio y hablaban de Oscar López Rivera. Pasé a las redes sociales y varios medios transmitían con una costa de trasfondo y allí hablaba este hombre, ataviado en negro, sí, pero en un negro que lo hacía parecer fotoshopiado. Daba la impresión de que lo sacaron de otro lugar y lo pegaron en aquel cuadro y que, a todo esto, la operación había sido ejecutada por un principiante. No lograba verse natural. Había algo en cómo la superficie de su ropa, de su piel, y el rojo de sus zapatos repelían la luz del sol que aumentaba la impresión.
Las preguntas y las respuestas ofrecidas no hicieron más que intensificar la sensación de dislocación. Al escucharlo, sentía que estaba frente a una cápsula del tiempo, una retransmisión de algo que había pasado hacía mucho, pero de lo que sólo había leído u oído hablar en murmullos.
Pero no escuchaba, realmente. Eso me tomó un rato. Tuve que aguzar la oreja, primero. Luego, el ojo. Una vez lo hice la cosa cambió. Expandí el video hasta que ocupó todo el monitor y fue entonces que me percaté que me había equivocado.
No era el cuerpo que distorcionaba la luz. Esta parecía provenir de una fuente que no entraba en la cámara. Nunca he sido muy bueno en la edición de fotos ni videos, pero juré que, de hecho, era el trasfondo playero lo que repentinamente parecía artificial, que lo único que observaba en tiempo real era precisamente al hombre en negro. De improvisto, las respuestas se hicieron extremadamente relevantes, fuertes toneladas de contemporaneidad que me tomaron por sorpresa.
Han sido días raros, sí. Desde entonces, cada vez que leo o escucho a Oscar López Rivera hablar me veo en las mismas, alternando entre ambas sensaciones, las de un pasado que suena impropio y un presente demasiado vivo. Una sensación bienvenida, supongo, en tiempos desmemoriados.

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