El 14 de agosto de 1984, el día que Arnaldo nació, su padre no llegó al hospital, como todos, incluyéndolo a él, esperaban.
Quince minutos después, lo despertó un alarido. Pensó, equivocadmaente, que se trataba de un sueño de los que tenía cuando niño. Volví a dormir.
Despertó, nuevamente, veinte minutos después. Salió del cuarto, para beber un trago en la barra del hotel.
Saludó a una mujer india, con una sonrisa. La mujer sonrió de vuelta.
Miró por encima de su hombro, al llegar al elevador. La mujer seguía allí, sin moverse.
--Are you alright?--preguntó, en su mal inglés.
La mujer columpió su cuello, asintiendo, sin virarse a mirarlo.
Llegó el elevador. Lo abordó.
Una vez adentro, le pareció raro el encuentro. Cerró los ojos. Sólo entonces, en el repaso de lo visto, fue que se percató de la estela roja trazada en la pared, detrás de la mujer.
Tomó una eternidad.
La mujer estaba en el suelo, hecha un bulto. Detrás de ella, un camino de sangre marcaba el lugar en el que había sido ¿atracada?. La raya roja descendía como una flecha hasta su cuerpo.
Corrió a su lado.
--¡Señora!--repitió él, en español, porque no le sirvió ningún otro.
Ella le miró, pálida, entremuerta.
Dijo algo en un idioma incomprensible.
Lo repitió.
Lo repitió.
Lo repitió.
Lo repitió.
Cuatro veces y se deshizo allí en sus brazos.
Un grito trajo a un empleado.
A la hora, la cargaron en una camilla.
El protocolo legal le hizo perder el vuelo.
La mañana siguiente estuvo en el hospital. Su hijo había nacido a las 3:20 del día anterior. Lo tomó en sus brazos, como tantas horas antes a la mujer. Lo devolvió rápido. Corrió al baño. Vomitó.
No fue a ver a su esposa otra vez al hospital. Salió corriendo de allí. Abordó su automovil y condujo por horas. Por días.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario